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Jueves 10

Jueves 10 de diciembre de 1942 Querida Kitty: El señor Van Daan fue un tiempo comerciante de embutidos en general, salchichones y especias. Fue tomado en las oficinas de papá precisamente por su experiencia en los negocios. Hemos encargado mucha carne (en el mercado negro, desde luego), para hacer conservas, en vista de los tiempos difíciles. Era curioso ver las tripas transformarse en salchichas, después de haber sido atiborradas de carne picada y repicada, y sazonada con todos los ingredientes. Inmediatamente las probamos en el almuerzo, con chucrut. Pero los salchichones van a ser puestos a secar en el techo, colgados de un palo con hilo. Cada uno de nosotros al entrar en la habitación y ver la exposición de salchichones frescos, se echó a reír. No era para menos. La habitación resultaba irreconocible. Cubierto con un delantal de su mujer, que lo hacía aún más voluminoso, el señor Van Daan se afanaba con la carne: sus manos cubiertas de sangre, la cara roja y el delantal manchado, le daban el aspecto de un verdadero carnicero. La señora se ocupaba de todo a la vez: aprender su lección de holandés, cuidar la sopa y mirar a su marido, suspirando y gimiendo de dolor al acordarse de su costilla rota. ¡Así aprenderá a no hacer, a su edad, ejercicios idiotas de cultura física! ¡Todo eso para afinar un poco su grueso trasero! Sentado al lado de la estufa, Dussel ponía compresas de manzanilla en su ojo inflamado. Pim había colocado su silla en el delgado rayo de sol que se filtraba por la ventana; se tropezaba con él de vez en cuando; sin duda, el reumatismo lo hacía sufrir, porque parecía un viejo encorvado, mirando con irritación los dedos del señor Van Daan. Peter hacía acrobacias con su gato; mamá, Margot y yo estábamos pelando patatas, en suma, nadie tenía la cabeza en lo que hacía, a tal punto Van Daan llamaba la atención. Dussel ha inaugurado un nuevo consultorio odontológico. Por si te divierte, voy a contarte cómo ha sido. Mamá estaba planchando, cuando la señora Van Daan se ofreció como primera paciente. Se sentó en medio de la habitación. Con gesto importante. Dussel abrió su estuche y sacó sus instrumentos, pidió agua de Colonia como desinfectante y vaselina en reemplazo de cera. Miró el interior de la boca de la señora, tocó un diente o un molar, lo que la hizo estremecerse como si fuera a morir de dolor, en tanto lanzaba exclamaciones incoherentes. Tras un largo examen (según la señora Van Daan; aunque no duró más de dos minutos). Dussel empezó a hurgar en uno de los agujeritos. Pero no pudo proseguir. La señora tomada de improviso, agitó brazos y piernas hasta que Dussel soltó bruscamente su pequeño gancho.... que quedó prendido de la muela de la señora. ¡Entonces empezó un lindo

espectáculo! La señora Van Daan lanzó los brazos en todas direcciones, gritando (en la medida de lo posible, con tal instrumento en la boca) y tratando de arrancar el pequeño gancho, que se había hundido todavía más. Muy tranquilo, el señor Dussel observaba la escena con los brazos cruzados. Los demás espectadores eran sacudidos por una risa loca. Esto era estúpido, pues estoy segura de que yo hubiera chillado más fuerte que ella. Después de muchas contorsiones, golpes, gritos y chillidos, la señora terminó por arrancarse el gancho, ¡y el señor Dussel continuó su trabajo como si nada hubiera sucedido! Se desempeñó tan rápidamente, que la señora Van Daan no tuvo tiempo de recomenzar sus contorsiones, gracias a la manera en que fue secundado. Dos ayudantes, el señor Van Daan y yo, resultaron valiosos. Todo ello me hizo pensar en un grabado medieval que lleva esta leyenda: «Sacamuelas trabajando». Por fin, a la paciente se le acabó la paciencia; tenía que atender su sopa y el resto de la comida. De una cosa estoy segura: ¡no se ofrecerá ya, tan pronto, como paciente en el consultorio de nuestro dentista! Tuya, ANA Domingo 13 de diciembre de 1942 Querida Kitty: Estoy cómodamente instalada en la oficina del frente, y puedo mirar hacia afuera por la rendija de la espesa cortina. Aunque ya está anocheciendo, tengo todavía bastante luz para escribirte. Resulta extraño ver pasar a la gente. Me parece que todos tienen prisa y que a cada instante van a chocar contra sus propios pies. En cuanto a los ciclistas, a la velocidad que van ni siquiera puedo distinguir si son hombres o mujeres. La gente de este barrio es típicamente popular y en su mayor parte se ve pobre, en especial los niños, que están muy sucios: no los tocaría ni con pinzas. Verdaderos hijos del arrabal, con la nariz siempre chorreante; hablan una jerga apenas compresible. Ayer en la tarde, cuando Margot y yo tomamos aquí nuestro baño, le dije: — Si pudiéramos atrapar a esos chicos que pasan por aquí, uno detrás de otro, darles un baño, lavarlos, cepillarlos, zurcirles la ropa y dejarlos enseguida... Margot me interrumpió: — Los verías mañana lo mismo de sucios, y con idénticos harapos. Pero digo tonterías, hay otras cosas que ver: autos, barcos y la lluvia. Me gusta, en particular, escuchar el rechinar del tranvía al pasar frente a la casa. Nuestros pensamientos varían tan poco como nosotros mismos. Forman un

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