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El señor Van Daan

El señor Van Daan enrojeció, miró fijamente por un segundo, y se calló. A veces suceden cosas graciosas: pocos días atrás, la señora Van Daan se había exaltado a propósito de sus recuerdos de juventud: lograba engañar a su padre, había tenido muchos pretendientes, etcétera. — Y, ¿saben ustedes? — prosiguió—, mi padre me aconsejó que dijera a un caballero que se estaba volviendo demasiado intempestivo: ¡Señor, no olvide usted que soy una dama! Nos echamos a reír a carcajadas. Aunque por lo común tan callado, también Peter suele provocar nuestra hilaridad. Siente pasión por las palabras extranjeras, aun cuando no siempre conozca su significado. Una tarde se prohibió usar el lavatorio porque había visitas en la oficina. Pero Peter estaba apurado, así que no apretó la descarga. Para prevenirnos, dejó una nota en la puerta: «S. V. P. gas». Por supuesto, lo que quería decir era: «Cuidado con el gas», pero pensó que las iniciales quedaban más elegantes. No tenía la más remota idea de que querían decir «por favor». Tuya, ANA Sábado 27 de febrero de 1943 Querida Kitty: Pim espera una invasión aliada de un día a otro. Churchill tuvo una pulmonía, de la que se restablece lentamente. En la India, Ghandi demuestra, una vez más, su amor por la libertad haciendo huelga de hambre. La señora Van Daan pretende ser fatalista. Pero ¿quién es la más chillona durante los bombardeos? Nadie más que Petronella. Henk nos ha traído el sermón impreso por los obispos y distribuido entre los fieles de la iglesia. Es magnífico y está muy bien escrito: «Holandeses, no descanséis, todos están luchando con sus propias armas, por la libertad de la patria, del pueblo y de la religión. Ayudad, sed generosos, y no desfallezcáis». ¡Y eso viene del púlpito! ¿Servirá de algo? Nuestros correligionarios, seguramente no podrán ser ayudados. No te imaginas lo que ha sucedido. El propietario vendió este edificio, sin avisar antes a Kraler y Koophuis. La otra mañana vino de visita el nuevo propietario, acompañado de un arquitecto, para examinar la construcción. Afortunadamente, el señor Koophuis se encontraba presente; les enseñó toda la casa, salvo nuestro anexo, diciéndoles que la llave de esa puerta la tenía en su domicilio. El nuevo propietario no insistió. ¡Con tal de que no vuelvan para echar una ojeada al anexo! ¡Eso sería amargo para nosotros!

Papá nos regaló un nuevo fichero, que nos servirá a Margot y a mí para los libros que ya hemos leído; cada una anotará el título de los libros, el autor, etc. Tengo un cuaderno especial para las palabras extranjeras. Desde hace algunos días, las cosas marchan mejor con mamá, pero nunca seremos la una confidente de la otra. Margot está cada vez más pronta a sacar las uñas, y hay algo que fastidia a papá, aunque él, es siempre muy bueno. Nuevo racionamiento de mantequilla y margarina en la mesa. En cada plato se coloca una pequeña porción. Considero que los Van Daan no realizan un reparto equitativo, pero mis padres temen demasiado las disputas para permitirse una observación. Por mi parte, creo que a esa gente siempre se le debería pagar con la misma moneda. Tuya, ANA Miércoles 10 de marzo de 1943 Querida Kitty: Anoche tuvimos un cortocircuito, precisamente durante un bombardeo y el ruido ensordecedor de los cañones antiaéreos. No puedo librarme del miedo a los aviones y a las bombas, y me paso casi todas las noches al lecho de papá, buscando allí protección. Es una niñería, lo admito, pero si tú tuvieras que pasar por eso... Los cañones hacen un estruendo ensordecedor. La señora fatalista estaba a punto de soltar las lágrimas cuando dijo, con una vocecita quejumbrosa: — ¡Oh, qué desagradable! ¡Oh, que estruendo! Lo que quería decir: «Me muero de miedo». A la luz de las velas era menos terrible que en la oscuridad. Yo me estremecía como si tuviera fiebre y suplicaba a papá que encendiera nuevamente la velita. Pero él se mantuvo inflexible: había que permanecer en la oscuridad. De repente empezaron a tirar con las ametralladoras, lo que es cien veces más aterrador que los cañones. Mamá saltó de la cama y encendió la vela, a pesar de que papá refunfuñaba. Mamá contestó con firmeza: — ¿Es que tomas a Ana por un viejo soldado como tú? Asunto concluido. ¿Te he hablado ya de los otros miedos de la señora Van Daan? Creo que no. Si no lo hiciera, no estarías completamente al tanto de las aventuras del anexo. Una noche, la señora creyó oír ladrones en el desván: percibía sus pasos, no cabía duda, y estaba tan asustada que despertó a su marido. Pero en ese momento los ladrones habían desaparecido: el señor Van Daan no oyó más

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