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el_diario_de_ana_frank

diario

había gritado:

había gritado: «¡Turquía al lado de los ingleses!». Sus diarios llegaron hasta nosotros con sus falsas noticias y desengaño. Los billetes de 500 y de 1000 florines van a ser declarados caducos. Quienes se ocupan del mercado negro, etc., van a verse en apuros, pero es mucho más serio para los propietarios que ocultan su dinero y para quienes están escondidos por la fuerza de las circunstancias. Cuando se quiere cambiar un billete de 1000, se está obligado a declarar y probar su proveniencia. Podrán utilizarse para pagar los impuestos, hasta la semana próxima. Dussel ha conseguido un antiguo torno operado a pedal. Bien pronto voy a ser sometida a un examen minucioso. El «Führer de los germanos» ha hablado a sus soldados heridos. ¡Triste audición! Preguntas y respuestas poco más o menos de esta clase: — Mi nombre es Heinrich Scheppel. — ¿Dónde fue usted herido? — En el frente de Stalingrado. — ¿Qué heridas tiene? — Ambos pies helados y fractura del brazo izquierdo, Así transcurría esta tremebunda función de títeres. Los heridos parecían estar muy orgullosos de sus heridas, cuantas más, mejor. Uno de ellos parecía muy turbado, apenas podía hablar, por la simple razón de que le era permitido tender al Führer la mano (si es que le queda alguna). Tuya, ANA Jueves 25 de marzo de 1943 Querida Kitty: Ayer, cuando estábamos agradablemente reunidos papá, mamá, Margot y yo, Peter entró de pronto y murmuró algo al oído de papá. Yo pude vagamente oír: «Un tonel derribado en el almacén», y «alguien que está llamando a la puerta», tras lo cual salieron enseguida. Margot había comprendido lo mismo, pero trataba de calmarme, porque, naturalmente, yo me había puesto pálida. Ya solas las tres, no había más que aguardar. Apenas dos minutos más tarde subió la señora Van Daan; había estado escuchando la radio en la oficina privada, Pim le había dicho que desconectara el aparato y subiera silenciosamente, pero cuando menos ruido quiere una hacer, más crujen los peldaños. Después de otros cinco minutos, Peter y Pim reaparecieron, muy pálidos, y nos contaron sus desventuras. Se habían puesto a escuchar al pie de la escalera, al principio sin resultado. De pronto — nada de ilusión— oyeron

dos golpes violentos, como si golpeasen dos puertas. De un salto, Pim subió hasta nuestra casa; al pasar, Peter avisó a Dussel, que, como siempre, fue el último en unirse a nosotros. Todos nos pusimos en marcha para subir a casa de los Van Daan, no sin antes quitarnos los zapatos. El señor Van Daan estaba en cama con resfrío; nos agrupamos alrededor de su cabecera para imponerle, en voz baja, de nuestras sospechas. Cada vez que el señor Van Daan tosía, su esposa y yo casi nos desmayábamos de miedo; por fin, uno de nosotros tuvo la luminosa idea de darle codeína: los accesos se calmaron inmediatamente. Tras una espera interminable, supusimos que, como ya no se percibía ningún ruido, los ladrones habían oído nuestros pasos en aquellas oficinas cerradas y habían emprendido la fuga. Pensamos con aprensión en el receptor de radio, a cuyo alrededor las sillas formaban círculo, y que todavía estaba sintonizado con Inglaterra. Si la puerta hubiera sido forzada y si los encargados del cañón antiaéreo denunciaran tal irregularidad a la policía, las consecuencias no podrían ser más serias. El señor Van Daan se levantó, se puso el abrigo y el sombrero, siguió a papá, y ambos bajaron la escalera: Peter, que para mayor seguridad se había armado de un gran martillo, se unió a ellos. Las señoras, Margot y yo quedamos en una espera angustiosa durante cinco minutos, por fin, los hombres reaparecieron para decirnos que todo estaba tranquilo en la casa. Quedaba entendido que no utilizaríamos el agua de los grifos ni la descarga del W.C. Pero la emoción causó el mismo efecto en cada uno de nosotros. Puedes imaginarte cuál era la atmósfera después que todos hubimos visitado el retrete. Cuando un incidente de tal clase sucede, siempre hay un montón de cosas que se suman a él; y en este caso: 1º, el carillón de la Westerturn dede sonar, y por lo tanto yo me veía privada de ese amigo que infaliblemente me infundía confianza; 2º, nos preguntábamos si la puerta de la casa había sido bien cerrada la víspera, porque el señor Vossen había partido antes de la hora esa tarde, e ignorábamos si Elli pensó en pedirle la llave antes de que se fuera. Sólo alrededor de las once y media de la noche comenzamos a sentirnos un poco más tranquilos. Los ladrones nos habían alarmado a eso de las ocho. A pesar de su rápida fuga, nos hicieron pasar una velada de execrable incertidumbre. Bien pensado, nos pareció extremadamente improbable que un ladrón se arriesgara a forzar una puerta de entrada a una hora en que la gente circula aún por las calles. Además, alguien sugirió que el capataz de nuestros vecinos podía haber trabajado hasta más tarde, que el ruido podía provenir de allí, puesto que las paredes eran delgadas; en tal caso, la emoción general habría jugado una mala pasada a nuestro oído, y nuestra imaginación habría hecho lo demás durante aquellos instantes críticos. Nos acostamos, por fin, aunque nadie tenía sueño. Papá, mamá y Dussel

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