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Lunes 26

Lunes 26 de julio de 1943 Querida Kitty: Ayer tuvimos un día tumultuoso y todavía nos sentimos nerviosos. Sin duda, tú te preguntarás si alguna vez pasamos un día tranquilo. Por la mañana, durante el desayuno, sonó la alarma; pero, nos despreocupamos, porque eso quiere decir que los aviones se aproximan a la costa. Luego me tendí durante una hora, pues sentía un fuerte dolor de cabeza, y me reuní con los demás alrededor de las dos de la tarde. A las dos y media, apenas Margot había terminado de ordenar su trabajo de oficina, las sirenas se pusieron a rugir; de modo que ambas subimos enseguida. Era hora, pues cinco minutos después se produjeron tales sacudidas, que los cuatro nos refugiamos en nuestro «rincón de seguridad» en el corredor. No había lugar a dudas, la casa temblaba y las bombas no caían lejos. Me aferré a mi maletita, más para asirme a algo que para huir, pues, de cualquier modo, nosotros no podemos salir: la calle nos reserva tantos peligros como los bombardeos. Después de media hora, disminuyó la cantidad de aviones; en cambio, hubo una enorme batahola en la casa. Peter había vuelto a bajar de su puesto de observación en el desván. Dussel se hallaba en el despacho. La señora Van Daan se creía a salvo en la oficina privada. Su marido había visto todo el espectáculo desde la buhardilla. Y nosotros nos habíamos quedado en el pequeño corredor. Subí a la buhardilla para ver las columnas de humo que se elevaban por sobre el puerto. Bien pronto nos invadió un olor a quemado, y el cielo se vio cubierto por una bruma espesa. Un incendio de tales dimensiones no resulta un espectáculo agradable; y, por fortuna, pronto se extinguió, de manera que cada uno de nosotros pudo volver poco después a sus ocupaciones. Por la noche, a la hora de la cena, nueva alarma. La comida era buena, pero el ulular de las sirenas me quitó el apetito. Sin embargo, todo permaneció tranquilo hasta la señal que indicaba el fin de la alarma, tres cuartos de hora más tarde. Apenas fregados los platos, alarma, el estruendo de las baterías antiaéreas y un número inconcebible de aviones. «¡Cielos, dos ataques en un solo día es demasiado!». Pero no se nos pedía nuestra opinión: una vez más, llovían bombas, ahora por el otro lado, por Schiphol según el comunicado inglés. Subiendo, bajando, los aviones hacían vibrar el aire y me ponían la piel de gallina. A cada momento, yo me decía. ¡Dios, ése se va a caer! Puedo asegurarte que, al acostarme, a las nueve, no podía sostenerme sobre mis pies. A medianoche me desperté: los aviones. Dussel estaba desvistiéndose; no hice caso de eso y, al primer cañonazo, salté de mi cama para ir a refugiarme en la de papá. Dos horas de vuelo y de bombardeo incesantes; luego, silencio. Me volví a mi cama, y me dormí a las dos y media.

Las siete. Me desperté sobresaltada. Van Daan estaba con papá. Mi primer pensamiento fue el de los ladrones. Oí a Van Daan decir «todo», y pensé que lo habían robado todo. Pero no. Esta vez la noticia era maravillosa, la más maravillosa desde hacía varios meses, ¿qué digo?, desde que comenzó la guerra: «Mussolini renunció, el rey de Italia se ha hecho cargo del gobierno». Lo celebramos alborozadamente, todos y cada uno. Después de la espantosa jornada de ayer, por fin un buen presagio..., una esperanza. ¡La esperanza del final, la esperanza de la paz! Kraler subió a decirnos que Fokker fue arrasado. Esta noche, dos nuevas alarmas. Estoy extenuada por los bombardeos y la falta de sueño, y no tengo ganas de estudiar. La ansiedad con respecto a lo que sucederá nos mantiene viva la esperanza de ver el fin de todo eso, quizás este año... Tuya, ANA Jueves 29 de julio de 1943 Querida Kitty: La señora Van Daan, Dussel y yo estábamos fregando los platos. Y lo que casi nunca ocurre e iba seguramente a llamar la atención de mis compañeros de tarea: yo había guardado un silencio absoluto. Con el fin de evitar cuestiones busqué un tema que creía neutro: el libro Henri van den Overkant. ¡Ay, cómo me engañé! Si la señora Van Daan no me hiere, es Dussel quien lo hace; debí haber pensado en eso. Fue él quien nos recomendó la obra como extraordinaria y excelente. Lo mismo que yo, Margot no la encontró ni lo uno ni lo otro. Sin dejar de secar los platos, admití que el autor estaba acertado en el retrato del chico, pero que, en cuanto a lo demás... era preferible no hablar, y me atraje la indignación del señor Dussel. — ¿Cómo puedes comprender la psicología de un hombre? Pase si se tratara de un niño. Tú eres demasiado joven para un libro así; ni siquiera estaría al alcance de una persona de veinte años. (Entonces, ¿por qué nos lo recomendó tan calurosamente a las dos?). Dussel y la señora Van Daan prosiguieron sus observaciones por turno: — Sabes demasiado para tu edad. Tu educación deja mucho que desear. Más tarde, cuando seas mayor, no encontrarás ya atractivo en nada y dirás: «Todo eso ya lo leí en los libros, hace veinte años». Apresúrate, pues, a enamorarte y a encontrar un marido si deseas enamorarte de verdad. ¡Has aprendido todas las teorías, pero te falta la práctica! ¡Qué concepto tan curioso tienen ellos de la educación al azuzarme siempre contra mis padres, que es lo que hacen en realidad! ¡Y callar delante

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