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el_diario_de_ana_frank

diario

comodidad», pero corro

comodidad», pero corro a la ventana, quito el enmascaramiento, aspiro el aire fresco por la rendija entreabierta, hasta que estoy bien despabilada. Luego, enseguida a quitar las sábanas para no dejarse tentar. Mamá llama a eso «ser una artista del vivir». ¿No te parece divertido? Desde hace una semana, nadie tiene ya la hora exacta. El reloj de nuestro querido y fiel Westerturm ha sido quitado, sin duda para la fundición de metales destinados a material de guerra. Ya no hay manera de averiguar la hora, ni de día ni de noche. Yo sigo esperando que el reloj sea reemplazado por un artefacto cualquiera, de hierro o de cobre, que recuerde al barrio su amado carillón. Esté donde esté, mis pies suscitan la admiración a mi alrededor. A pesar de las circunstancias, estoy admirable, maravillosamente calzada, gracias a Miep, que ha descubierto un par de zapatos de ocasión, por 27 florines y medio; son de gamuza con refuerzos de cuero, de un rojo borra de vino y con tacones bastante altos. Aumentan mucho mi estatura. Tengo la impresión de andar con zancos. Dussel ha estado a punto de poner nuestras vidas en peligro. Ha tenido la ocurrencia de encargarle a Miep un libro prohibido: una sátira sobre Hitler y Mussolini. Al volver en bicicleta con el famoso librito, tuvo un choque con unos S.S. motociclistas. Perdiendo la cabeza, ella les grito: «¡Canallas!», y se escabulló a toda prisa. Prefiero no pensar en lo que habría acontecido si la llevan a la comisaría. Tuya, ANA Miércoles 18 de agosto de 1943 Querida Kitty: Podría titular lo que sigue: «La tarea comunal del día: pelar patatas». Uno va a buscar los periódicos; otro, los cuchillos, reservándose el mejor para sí mismo; un tercero, las patatas; un cuarto, la cacerola llena de agua. El señor Dussel comienza. Si no pela siempre bien, en todo caso lo hace sin interrupción y mira a diestro y siniestro para ver si los demás trabajan de la misma manera que él. ¡No! — Ana, mira un poco cómo tengo yo el cuchillo y pelo de arriba abajo. No, así no... ¡Así! Entonces respondo tímidamente: — Pero estoy acostumbrada a hacerlo de este modo, señor Dussel, y lo hago con rapidez. Sin embargo, yo te enseño la manera más cómoda. Puedes fiarte de mí.

Naturalmente, a mí, me importa un comino. Haz como quieras. Seguimos pelando. Miro de soslayo a mi vecino. Agacha la cabeza pensativo, pero calla. Aún no hemos terminado la tarea. Luego, miro a papá, que está del otro lado; pelar papas no es para él un fastidio sino un trabajo de precisión. Cuando lee, en su frente se graba una arruga profunda; pero, cuando ayuda a preparar patatas, arvejas u otras legumbres, parece impermeable a todo pensamiento, y adopta «su expresión de patata», asegurándose de que no entrega ninguna que no esté perfectamente pelada; con una expresión semejante, la imperfección es inconcebible. Mientras trabajo, no tengo más que levantar los ojos para estar informada. La señora Van Daan trata de atraer la atención de Dussel. Primero, le lanza una mirada furtiva; él finge no haber notado nada. Enseguida, ella guiña el ojo: él prosigue su trabajo atentamente. Luego, ella se ríe; Dussel mantiene los ojos bajos. Entonces, mamá se ríe también; Dussel permanece impasible. La señora no ha logrado ningún resultado, y va, pues, a proceder de otra forma. Corto silencio. Después: — Putti, ¿por qué no te pones un delantal? Mañana me veré nuevamente obligada a quitar las manchas de tu pantalón. — ¡No me ensucio! Otro silencio breve. — Putti, ¿por qué no te sientas? — Estoy bien de pie. ¡Lo prefiero! Intervalo. — Putti, ¡ten cuidado! ¡Te salpicas! — Si, mami, tendré cuidado. La señora busca otro tema de conversación. — ¿Viste, Putti? Los ingleses no han reanudado los bombardeos. ¿Por qué? — Porque el tiempo es demasiado malo. — Pero ayer hacía buen tiempo, y no hubo aviones. — ¿Si habláramos de otra cosa? — ¿Y por qué, si a mí me agrada saber lo que tú piensas de eso? — Nada. — ¿Por qué, nada?

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El duende quiso madrugar. nº 5