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de la

de la esquina; cinco minutos después, se sirvió de la otra puerta de entrada para subir a nuestra casa, como un ladrón, por la escalera que da acceso a ella directamente. Quería irse a la una y cuarto, pero, habiendo sido interceptado por Elli, que pudo prevenirle de que M. se encontraba en la oficina, dio media vuelta y se quedó con nosotros hasta la una y media. Entonces, se descalzó y, con los zapatos en la mano, volvió a bajar por la misma escalera con tal prudencia que, a fuerza de evitar los crujidos de los peldaños, tardó un cuarto de hora en volver a su escritorio, entrando por la calle. Entretanto, liberada de M., Elli volvió a buscar al señor Kraler, que ya había partido con tanta prudencia por la otra escalera. ¡Un director que baja descalzo y se coloca los botines en la calle! ¡Qué dirían los vecinos si lo vieran! Tuya, ANA Miércoles 29 de septiembre de 1943 Querida Kitty: Es el cumpleaños de la señora Van Daan. Le hemos regalado un frasco de mermelada, aparte de cupones para queso, carne y pan. Su marido, Dussel y nuestros protectores también le obsequiaron cosas comestibles, además de flores. ¡Tales son los tiempos que corren! Esta semana, Elli ha estado a punto de sufrir una crisis de nervios; le habían hecho tantos encargos, insistido tanto sobre las cosas urgentes y sobre lo que nos faltaba, rogándole que volviera porque había comprendido mal, que estuvo a punto de perder la paciencia. No es de sorprenderse, cuando se piensa en todo el trabajo acumulado en la oficina. Ella reemplaza a Miep, engripada, y a Koophuis, enfermo; además, tiene un tobillo lastimado, y se siente apesadumbrada por problemas sentimentales y debe soportar a un padre regañón. Nosotros, la hemos consolado diciéndole que nuestra lista de encargos se acortaría por si sola sí ella tuviera la energía y la firmeza suficientes para decirnos que le falta tiempo. En cambio, noto que hay tirantez entre papá y Van Daan. Papá, por una u otra razón, está furioso. ¡Es lo que nos faltaba! ¡Si al menos yo no me viera tan directamente mezclada en estas escaramuzas! ¡Si pudiera marcharme! Van a volvernos locos. Tuya, ANA

Domingo 17 de octubre de 1943 Querida Kitty: Koophuis ha vuelto, gracias a Dios. Está todavía bastante pálido, pero ya se ha puesto en marcha, lleno de ánimo, encargándose de vender ropas por cuenta de Van Daan. Estos andan cortos de fondos, resulta desagradable, pero es así. La señora tiene abrigos, vestidos, calzado para revender, pero no quiere deshacerse de nada, mientras que el señor no logra vender ni un traje porque pide un precio demasiado elevado. No se sabe en qué terminará todo esto. La señora no tendrá más remedio que desprenderse de su abrigo de piel. La disputa entre marido y mujer sobre el asunto ha sido violentísima; ahora asistimos a la fase de reconciliación: ¡Oh, querido Putty!» y « ¡Kerli adorada! La cabeza me da vueltas todavía al pensar en las injurias que aquí se lanzan desde hace un mes. Papá no abre la boca. Cuando alguien se dirige a él, se muestra huraño, como si temiera tener que intervenir en un nuevo litigio. Los pómulos de mamá están rojos de emoción. Margot se queja de dolores de cabeza. Dussel, de insomnio. La señora Van Daan se lamenta todo el día, y yo estoy enloqueciendo del todo. En verdad, termino por olvidar con quién habíamos regañado y con qué persona hemos hecho las paces. Sólo el estudio me aleja de esos pensamientos, y por lo tanto le dedico mucho tiempo. Tuya, ANA Viernes 29 de octubre de 1943 Querida Kitty: Otra resonante gresca entre el señor y la señora Van Daan. Cuestión financiera. Los Van Daan se han comido su dinero, ya te lo adelanté. Hace algún tiempo, el señor Koophuis habló de un amigo que trabaja en el comercio de pieles; el señor Van Daan tuvo entonces la idea de vender un abrigo de pieles de su mujer enteramente de conejo, y ya llevado por ella durante diecisiete años. Han obtenido por él 325 florines, lo que es un precio enorme. La señora hubiera querido guardarse para ella ese dinero, con el fin de poder comprar ropa nueva después de la guerra. Le costó mucho trabajo a su marido hacerle comprender que de esa suma había necesidad urgente para el hogar. No puedes imaginar qué alaridos, qué gritos, qué injurias y qué accesos de cólera. Fue horrible. Nosotros nos situamos al pie de las escalera, conteniendo la respiración y preparados para subir a separar a las furias. Todo eso repercute en el sistema nervioso y causa tal tensión, que por la noche, cuando me acuesto, lloro y agradezco al cielo que puedo contar con una media hora para mí sola.

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