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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

formaba allá arriba, en

formaba allá arriba, en el cielo, y amenazaba venir hacia él y aplastarlo. Montag flotaba de espaldas cuando la maleta se llenó de agua y se hundió. El río, sereno y ocioso, se alejaba de las gentes que desay unaban sombras, almorzaban humo y cenaban vapores. El río era algo real; lo sostenía cómodamente y le daba tiempo, ocio para pensar en ese mes, ese año, y toda una vida. Montag escuchó cómo se le calmaba el corazón. Los pensamientos dejaron de apresurársele, junto con la sangre. Vio la Luna baja en el cielo. La Luna, y la luz de la Luna. ¿Que venía de dónde? Del sol, naturalmente. ¿Y la luz del sol? Nacía de su propio fuego. Y así seguía el sol, día tras día, con fuego y fuego. El sol y el tiempo. El sol y el tiempo y el fuego. El fuego. El río lo balanceaba suavemente. El fuego. El sol y todos los relojes de la tierra. Todo se unió transformándose en algo muy simple. Luego de haber flotado mucho tiempo en la tierra, y poco tiempo en el río, Montag supo por qué no volvería a quemar. El sol ardía continuamente. Quemaba el tiempo. El mundo corría describiendo un círculo y giraba sobre su eje, y el tiempo quemaba los años y los hombres, de algún modo. Y si él, Montag, quemaba junto con los bomberos, y el sol quemaba el tiempo, nada quedaría sin quemar. Alguien tenía que dejar de quemar. No lo haría el sol, ciertamente. Así que, parecía, tendría que ser Montag, y la gente que había trabajado con él hasta hacía unas horas. En alguna parte alguien tendría que empezar a guardar y conservar las cosas, en libros, discos, en la cabeza de la gente, de cualquier manera con tal que estuviesen seguras, libres de polillas, moho y podredumbre, y hombres con fósforos. El mundo estaba lleno de incendios, de todas formas y tamaños. El sindicato de tejedores de telas de amianto tendría que abrir muy pronto sus puertas. Montag sintió que su talón golpeaba algo sólido, tocaba pedruscos y rocas, rozaba la arena. El río lo había llevado hacia la orilla. Miró la enorme y negra criatura sin ojos ni luz, informe, sólo una masa de miles de kilómetros de largo, inconmensurable, con bosques y colinas verdes que lo esperaban. Titubeó antes de dejar aquella tranquilizadora corriente. Temía que el Sabueso estuviese allí. De pronto los árboles comenzarían a agitarse bajo el viento de los helicópteros. Pero sólo el viento normal del otoño pasaba entre los árboles, como otro río. ¿Por qué no corría por allí el Sabueso? ¿Por qué los cazadores habían dejado las orillas? Montag escuchó. Nada. Nada. Millie, pensó. Toda esta tierra aquí. Escucha. Nada y nada. Tanto silencio, Millie. Me pregunto qué dirías tú. ¿Gritarías « cállate, cállate» ? Millie, Millie. Millie no estaba aquí, y el Sabueso no estaba aquí, pero el aroma seco del heno que venía de algún campo distante llevó a Montag a tierra. Recordó una

granja que había visitado cuando era muy joven. Había descubierto entonces que en alguna parte, detrás de los siete velos de la irrealidad, detrás de las paredes de las salas de recibo y los muros ciudadanos de latón, las vacas pastaban, y los cerdos dormían al sol, en los charcos tibios, y los perros ladraban corriendo detrás de ovejas blancas por las lomas. Ahora, el aroma seco del heno, el movimiento de las aguas, lo hacían pensar en el heno fresco de un granero solitario, alejado de las ruidosas carreteras, en los fondos de una pacífica granja, y bajo un viejo molino de viento que chirriaba como el paso de los años sobre su cabeza. Se quedaría en el desván del granero toda la noche, escuchando los animales lejanos, los insectos y los árboles, los movimientos minúsculos. Durante la noche, pensó, oiría quizá bajo el desván el sonido de unos pasos. Se sentaría, sobresaltado. El sonido se perdería a lo lejos. Volvería a acostarse y miraría hacia afuera y vería que en la granja se apagarían las luces, y una mujer muy joven y hermosa se asomaría a una ventana oscura y se trenzaría el cabello. Le costaría verla, pero su rostro sería como el rostro de la muchacha que hacía tanto tiempo, en el pasado, conocía el lenguaje de las nubes y no temía que la quemasen las luciérnagas, y sabía qué significaba una flor de diente de león frotada bajo la barbilla. Luego, la muchacha desaparecería de la ventana y volvería a aparecer en el primer piso, en una habitación iluminada por la Luna. Y entonces, bajo el sonido de la muerte, el sonido de los aviones que cortaban el cielo en dos negros pedazos de horizonte, y acería en el desván, oculto y a salvo, observando aquellas nuevas y raras estrellas en el borde de la tierra, estrellas que huían del suave color del alba. Y a la mañana no tendría sueño, pues los olores cálidos y las escenas de la noche campesina le habrían quitado todo cansancio y lo habrían hecho dormir con los ojos abiertos, y la boca que esbozaba una sonrisa. Y allí, al pie de la escalera del desván, esperándolo, estaría aquella cosa increíble. Descendería cuidadosamente, en la luz rosada del amanecer, sintiendo tan intensamente el mundo que tendría miedo, y se detendría junto al pequeño milagro, y al fin se inclinaría y lo tocaría. Un vaso de leche fresca y unas pocas peras y manzanas esperaban al pie de la escalera. Eso era todo lo que deseaba ahora. Una señal que le dijese que el mundo inmenso lo aceptaba y le dejaba tiempo para pensar en todas las cosas que debía pensar. Un vaso de leche, una manzana, una pera. Montag salió del río. La tierra se lanzó hacia él, como la ola de un maremoto. Montag fue aplastado por la oscuridad, la visión de la tierra y el millón de olores de aquel aire que le helaba el cuerpo. Cay ó hacia atrás empujado por un frente de oscuridad,

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