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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

sonido y olor que le

sonido y olor que le silbaba en los oídos. El mundo giró a sus pies. Las estrellas caían sobre él como encendidos meteoros. Sintió deseos de arrojarse otra vez al río y dejarse ir aguas abajo hasta un sitio seguro. Esa tierra oscura que se alzaba ante él le recordaba aquel día de su infancia, cuando se bañaba en el mar, y de pronto, de alguna parte, vino la ola más grande en la historia de sus recuerdos, envolviéndolo en barro salado y sombras verdes, con un agua que le quemaba en la garganta y la nariz, dándole náuseas y obligándolo a gritar: ¡Demasiada agua! Demasiada tierra. De la pared oscura que se extendía ante él surgió un murmullo. Una forma. En la forma, dos ojos. La noche, que lo miraba. El bosque, que lo veía. ¡El Sabueso! Luego de la huida, la carrera, el sudor y la zambullida en el río, luego de haber llegado tan lejos, de haberse esforzado tanto, creerse a salvo, suspirar con alivio y salir a la orilla, encontrar sólo… ¡El Sabueso! Montag emitió un último grito de agonía, como si aquello fuese demasiado para un solo hombre. La forma estalló desapareciendo. Los ojos se borraron. Las hojas amontonadas en el suelo se alzaron como un rocío seco. Montag estaba solo en medio del campo. Un ciervo. Montag respiró aquel pesado almizcle, como un perfume mezclado con sangre, y el resinoso aliento del animal, de cardamomo, musgo y malezas, en esa noche inmensa en que los árboles corrían hacia él, se apartaban, corrían, se apartaban, junto con el corazón, que le latía en los ojos. Había un billón de hojas en el suelo. Montag vadeó las hojas como un río seco que olía a especias calientes y polvo tibio. ¡Y los otros olores! De la tierra entera surgía un olor a patata cortada, fresco y húmedo y blanco, pues la Luna la iluminaba casi toda la noche. Había un olor a botella de salmuera y un olor a perejil en una fuente. Había un olor débil y amarillo, como el de un frasco de mostaza. Había un olor a claveles que venía del jardín de la casa de al lado. Montag bajó la mano y sintió que una planta se alzaba hacia él, como un niño, y lo rozaba con suavidad. Los dedos le olían a regaliz. Montag se quedó allí, inmóvil, aspirando, y cuanto más aspiraba los olores de la tierra, más lo colmaba la riqueza de la tierra. No se sentía vacío. Había allí más que suficiente para que no se sintiese vacío. Habría siempre más que suficiente. Montag entró en aquel bajo océano de hojas, tambaleándose. Y en medio de aquel mundo extraño, algo familiar. Tropezó y se oyó una vibración sorda. Montag tocó el suelo con la mano, un metro hacia este lado, un metro hacia este otro.

Las vías del ferrocarril. Las vías que salían de la ciudad y cruzaban oxidadas el campo, los bosques, ahora desiertos, las tierras junto al río. Éste era su camino, fuese a donde fuese ahora. Éste era el objeto familiar, el talismán mágico que necesitaría durante un tiempo, que necesitaría tocar, sentir bajo los pies mientras caminaba entre las zarzas y aquellos lagos donde olía, sentía y tocaba; entre los murmullos y la lenta caída de las hojas. Montag caminó entre los rieles. Y le sorprendió estar tan seguro, repentinamente, de algo que no podía probar. Una vez, hacía mucho, Clarisse había caminado por allí, por donde él caminaba ahora. Media hora después, con frío, mientras caminaba con cuidado por los rieles, totalmente consciente del cuerpo, la cara, la boca, los ojos colmados de oscuridad, los oídos colmados de sonido, las piernas cubiertas de picaduras de espinas y ortigas, Montag vio el fuego. El fuego desapareció y volvió como un guiño. Montag se detuvo, temiendo apagarlo con su aliento. Pero el fuego estaba allí, aunque distante, y Montag fatigado se acercó a él. Tardó por lo menos un cuarto de hora en acercarse de veras, y luego se quedó mirándolo desde las sombras. Aquel leve movimiento, el color rojo y blanco; un fuego extraño, pues significaba para él algo nuevo y distinto. No quemaba, calentaba. Montag vio muchas manos que buscaban ese calor, manos sin brazos, que se ocultaban en la oscuridad. Sobre las manos, caras inmóviles que sólo la luz del fuego animaba, movía, agitaba. Montag no había pensado nunca que el fuego pudiese dar, y no sólo tomar. Hasta el olor era diferente. Nunca supo cuánto tiempo estuvo allí, inmóvil, pero tenía la sensación, tonta y sin embargo deliciosa, de que era un animal que había venido del bosque, atraído por el fuego. Era un ser salvaje, de ojos húmedos, con piel y hocico y cascos, un ser con cuernos, y sangre que tenía el olor del otoño. Montag se quedó allí mucho tiempo, escuchando el cálido chisporroteo de las llamas. Había silencio alrededor de aquel fuego, el silencio de las caras de los hombres, y había tiempo allí, tiempo para sentarse junto a estos rieles oxidados, bajo los árboles, y mirar el mundo, y hacerlo girar con los ojos, como si su centro fuese esta hoguera, un eje de acero que estos hombres sostenían. Pero no sólo el fuego era diferente. También el silencio. Montag se acercó a ese silencio especial que parecía armonizar con el mundo. Y luego se alzaron las voces, y las voces hablaban, y Montag no podía oír qué decían, pero los sonidos subían y bajaban, serenamente, y las voces tocaban el

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