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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

inexpresivos, y luego de

inexpresivos, y luego de un rato, una voz dijo en la pantalla oscurecida: —La persecución ha terminado. Montag ha muerto. Un crimen contra la sociedad ha tenido su castigo. Oscuridad. —Pasaremos ahora al Salón Celestial del Hotel Lux, en el programa de « Media hora antes del alba» , que… Granger apagó el aparato. —No enfocaron bien la cara del hombre. ¿Lo notó? Ni sus mejores amigos podrán afirmar que no era usted. Lo mostraron de un modo confuso, dejando margen suficiente a la imaginación. Demonios —murmuró—. Demonios. Montag no dijo nada, pero, vuelto otra vez hacia el aparato, clavaba los ojos en la pantalla desierta, estremeciéndose. Granger le tocó el brazo. —Bienvenido de entre los muertos. —Montag hizo un signo afirmativo. Granger continuó—: Le voy a presentar a todos. Éste es Fred Clement, antiguo ocupante de la cátedra Thomas Hardy, en Cambridge, antes de que se transformase en la Escuela de Ingeniería Atómica. Este otro es el doctor Simmons, especialista en Ortega y Gasset. El profesor West, aquí presente, era una autoridad en ética, materia ahora abandonada, en la Universidad de Columbia. El reverendo Pandover, que hace unos treinta años dio unas conferencias y entre un domingo y otro perdió todo su rebaño, a causa de sus puntos de vista. Está haraganeando con nosotros desde hace un tiempo. En cuanto a mí, he escrito un libro titulado Los dedos en el guante. Estudio de la relación entre el individuo y la sociedad, ¡y aquí estoy! Bienvenido, Montag. —Yo no soy como ustedes —dijo Montag al fin, lentamente—. He sido un idiota toda mi vida. —Estamos acostumbrados a eso. Todos hemos cometido los mismos y adecuados errores, o no estaríamos aquí. Cuando vivíamos como individuos aislados, todo lo que teníamos era rabia. Golpeé a un bombero cuando vino a quemar mi biblioteca, hace años. He estado ambulando desde entonces. ¿Quiere unirse a nosotros, Montag? —Sí. —¿Qué puede ofrecernos? —Nada. Pensé que sabía una parte del Eclesiastés y quizá un poco de la Revelación, pero no me acuerdo ni siquiera de eso. —El libro del Eclesiastés sería realmente magnífico. ¿Dónde lo tenía? Montag se tocó la cabeza. —Aquí. —Ah —Granger sonrió, asintiendo. —¿Qué pasa? ¿No está bien? —dijo Montag. —Mejor que bien, perfecto. —Granger se volvió hacia el reverendo—.

¿Tenemos un libro del Eclesiastés? —Uno. Un hombre llamado Harris, en Yougstown. —Montag —Granger tomó firmemente el hombro de Montag—. Camine con cuidado. Cuide su salud. Si algo le ocurre a Harris, usted será el Eclesiastés. ¡Advierta qué importancia ha adquirido usted en este último minuto! —¡Pero me he olvidado! —No, nada se pierde. Tenemos métodos para sacarle lo que sea. —¡Pero he tratado y a de recordar! —No trate. Saldrá a la luz cuando sea necesario. Todos tenemos una memoria fotográfica, pero nos pasamos la vida aprendiendo a olvidar. Simmons, aquí presente, se ha ocupado del asunto durante más de veinte años. Con la ayuda de su método podemos acordarnos de cualquier cosa que hay amos leído una vez. ¿Le gustaría, Montag, leer algún día La República de Platón? —¡Por supuesto! —Yo soy La República de Platón. ¿Le gustaría leer a Marco Aurelio? El señor Simmons es Marco Aurelio. —¿Cómo está usted? —dijo el señor Simmons. —Hola —dijo Montag. —Quiero presentarle también a Jonathan Swift, autor de ese malvado libro político, ¡Los viajes de Gulliver! Y este otro señor es Charles Darwin, y este otro es Schopenhauer, y éste Einstein, y éste que está a mi lado el señor Albert Schweitzer, un filósofo muy amable por cierto. Aquí estamos todos, Montag. Aristófanes, y Mahatma Gandhi y Gautama Buda, y Confucio y Thomas Love Peacock y Thomas Jefferson y el señor Abraham Lincoln, si gusta. Somos también Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Todos rieron calladamente. —No puede ser —dijo Montag. —Es —replicó Granger con una sonrisa—. Somos quemadores de libros también. Los leemos y los quemamos, temiendo que los descubran. Los microfilms no sirven. Viajamos continuamente. Tendríamos que enterrar las películas y volver a buscarlas. Y siempre podrían sorprendernos. Mejor guardar los libros en las viejas cabezotas, donde nadie puede verlos o sospechar su existencia. Somos trozos de fragmentos de historia, y literatura, y derecho internacional, y Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo. Es tarde. Y la guerra ha comenzado. Y estamos aquí, y la ciudad está allí, envuelta en su vieja túnica de mil colores. ¿Qué piensa usted, Montag? —Pienso que estaba ciego con mis métodos: poner libros en las casas de los bomberos y después dar la alarma. —Hizo usted lo que tenía que hacer. Llevado a una escala nacional, hubiese dado un resultado maravilloso. Pero nuestro método es más simple, y, creemos, mejor. Sólo pretendemos conservar los conocimientos imprescindibles, intactos y

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