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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

a salvo. No queremos por

a salvo. No queremos por ahora incitar las iras de nadie. Pues si nos destruyen, el conocimiento muere con nosotros, quizá para siempre. Somos ciudadanos modelos, a nuestro modo. Caminamos por los viejos rieles, dormimos de noche en las colinas, y la gente de las ciudades nos deja en paz. Nos detienen y registran a veces, pero de nada pueden acusarnos. La organización es flexible, fragmentaria y dispersa. Algunos nos hemos cambiado la cara o las impresiones digitales con ayuda de la cirugía. En este preciso momento nuestra tarea es horrible. Estamos esperando a que estalle la guerra, y que, con la misma rapidez, llegue a su fin. No es nada agradable, pero no gobernamos las cosas. Somos la rara minoría que clama en el desierto. Cuando la guerra termine, quizá podamos ser útiles al mundo. —¿Creen ustedes que los escucharán entonces? —Si no, sólo nos quedará esperar. Les pasaremos los libros a nuestros niños, de viva voz, y ellos esperarán a su vez y se los pasarán a otras gentes. Mucho se perderá de ese modo, es cierto. Pero no se puede obligar a la gente a que escuche. Se acercarán a nosotros cuando llegue la hora, cuando se pregunten qué ha pasado y por qué el mundo estalló en pedazos. No puede tardar mucho. —¿Cuántos son ustedes? —Miles en los caminos, las vías de ferrocarril abandonadas. Vagabundos por fuera, bibliotecas por dentro. No lo planeamos en un principio. Siempre había alguien que quería recordar un libro, y así lo hacía. Luego, después de veinte años, nos encontramos, fuimos de un lado a otro, unimos los hilos sueltos, e ideamos un plan. No debíamos olvidar lo más importante: no éramos importantes. Debíamos evitar toda pedantería. No debíamos sentirnos superiores a nadie en el mundo. No éramos más que cubiertas protectoras de libros; ése era nuestro único significado. Algunos de nosotros viven en pueblos. El capítulo primero de Walden de Thoreau en Green River; el capítulo segundo en Willow Farm, Maine. Hasta hay una aldea en Maryland, de veintisiete habitantes, que es los ensayos completos de un hombre llamado Bertrand Russell. Ninguna bomba tocará esa aldea. Uno puede, casi, tomarla en la mano, y pasar las páginas, tantas páginas por persona. Y cuando la guerra termine, algún día, algún año, podrán escribirse los libros otra vez; se llamará a la gente, una a una, para que recite lo que sabe, y los guardaremos impresos hasta que llegue otra Edad de las Tinieblas, y tengamos que rehacer enteramente nuestra obra. Pero eso es lo maravilloso en el hombre; nunca se descorazona o disgusta tanto como para no empezar de nuevo. Sabe muy bien que su obra es importante y valiosa. —¿Qué haremos hoy, esta noche? —les preguntó Montag. —Esperar —dijo Granger—. Y caminar un poco río abajo, por si acaso. Comenzó a arrojar polvo y basura al fuego. Los otros hombres ayudaron, y Montag ayudó, y allí en medio del campo, todos los hombres se movieron para apagar el fuego, juntos.

* * * Se detuvieron junto al río, a la luz de las estrellas. Montag miró la esfera luminosa de su reloj sumergible. Las cinco. Las cinco de la mañana. Otro año pasaba en una sola hora, y el alba esperaba más allá de la lejana orilla del río. —¿Por qué confían en mí? —preguntó Montag. Un hombre se movió en la sombra. —Basta mirarlo. No se ha visto usted en un espejo últimamente. Además, la ciudad nunca pensó en organizar una verdadera cacería. Unos pocos mentecatos con versos en la cabeza no pueden hacer daño a la gente de la ciudad. Ellos lo saben y nosotros también. Todo el mundo lo sabe. Mientras a la mayoría de la población no se le ocurra empezar a citar la Constitución y la Carta Magna, todo andará bien. Basta para eso con la vigilancia de los bomberos. No, las ciudades no nos molestan. Y usted tiene un aspecto de todos los diablos. Caminaron a lo largo del río, rumbo al sur. Montag trataba de ver las caras de los hombres, las viejas caras que el fuego había iluminado, cansadas y arrugadas. Buscaba una luz, una resolución, un triunfo sobre el futuro, algo que, aparentemente, no estaba allí. Quizá había esperado que aquellas caras ardiesen y brillasen, encendidas por el conocimiento, resplandecientes como linternas, con una luz interior. Pero la luz que había visto antes era la del fuego, y estos hombres no eran diferentes de cualquier otro que hubiese recorrido un largo camino, realizado una larga búsqueda, visto las cosas buenas destruidas y ahora, muy tarde, se uniese a sus semejantes para esperar el fin de la fiesta y ver cómo se apagaban las lámparas. No podían asegurar que las cosas que llevaban en la cabeza diesen a todo futuro amanecer una luz más pura, no estaban seguros de nada, salvo de que los libros estaban archivados detrás de los ojos serenos, que los libros estaban esperando, con los cuadernillos sin abrir, a los clientes que quizá viniesen años más tarde, algunos con manos limpias, y otros con manos sucias. Montag miró de soslayo a uno y otro mientras caminaban. —No juzgue a un libro por su cubierta —dijo alguien. Todos se rieron quedamente, siguiendo el curso del río. Se oyó un chillido y los aviones de la ciudad desaparecieron sobre la cabeza de los hombres antes de que éstos alzaran la vista. Montag se volvió hacia la ciudad. Allá abajo, en el río, era ahora un débil resplandor. —Mi mujer está allí. —Lo siento. Las ciudades no serán nada bueno en los próximos días —dijo Granger. —Es raro, no la extraño. No siento en realidad casi nada de nada —dijo

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