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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

Montag—. Creo que ni

Montag—. Creo que ni siquiera la muerte de mi mujer podría entristecerme. No está bien. Algo malo me pasa. —Escuche —dijo Granger tomándolo por el brazo y caminando con él, apartando los matorrales para que pasara—. Mi abuelo murió cuando yo era niño. Era escultor. Era además un hombre muy bondadoso, dispuesto a querer a todo el mundo. Ay udaba a limpiar la casa de vecindad, hacía juguetes para los niños, y un millón de cosas. Tenía siempre las manos ocupadas. Y cuando murió, comprendí que yo no lloraba por él, sino por todas las cosas que hacía. Lloraba porque nunca volvería a hacerlas. Nunca volvería a labrar otro trozo de madera, ni nos ayudaría a criar palomas y pichones en el patio, ni tocaría el violín de aquel modo, ni nos contaría aquellos chistes. Era parte de nosotros, y, cuando murió, todos los actos se detuvieron, y nadie podía reemplazarlo. Era un individuo. Era un hombre importante. Nunca pensé en su muerte. Sí en cambio en todos los objetos labrados que nunca nacieron a causa de esa muerte. Cuántas bromas faltan ahora en el mundo, cuántas palomas que sus manos nunca tocaron. Mi abuelo modelaba el mundo. Hacía cosas en el mundo. Con su muerte el mundo perdió diez millones de actos hermosos. Montag siguió caminando en silencio. —Millie, Millie —suspiró—. Millie. —¿Qué? —Mi mujer, mi mujer. Pobre Millie, pobre, pobre Millie. No recuerdo nada. Pienso en sus manos, pero no hacen nada. Sólo le cuelgan a los costados, o le descansan en el regazo, o sostienen un cigarrillo. Eso es todo. Montag se volvió y echó una mirada a la ciudad. ¿Qué le diste a la ciudad, Montag? Cenizas. ¿Qué le dieron los otros? Nada. Granger miró junto con Montag. —Todos deben dejar algo al morir, decía mi abuelo. Un niño o un libro o un cuadro o una casa o una pared o un par de zapatos. O un jardín. Algo que las manos de uno hay an tocado de algún modo. El alma tendrá entonces a donde ir el día de la muerte, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, allí estará uno. No importa lo que se haga, decía, mientras uno cambie las cosas. Así, después de tocarlas, quedará en ellas algo de uno. La diferencia entre un hombre que sólo corta el césped y un jardinero depende del uso de las manos, decía mi abuelo. La cortadora de césped pudo no haber estado allí; el jardinero se quedará en el jardín toda una vida. —Granger movió una mano—. Mi abuelo me mostró unas películas tomadas desde un cohete V-2 hace medio siglo. ¿Vio usted alguna vez el hongo atómico desde trescientos kilómetros de altura? Es un pinchazo de alfiler, nada. Con el campo alrededor.

» Mi abuelo pasó una docena de veces ese film, y pensó que algún día las ciudades deberían abrirse un poco más y dejar entrar la vegetación y el campo. La gente recordaría que aún quedaba un poco de espacio en la tierra, y que podía sobrevivir en ese campo, que devuelve lo que se le da, tan fácilmente como si nos echara el aliento o nos mostrara el mar para decirnos que no somos tan grandes. Si olvidamos qué cerca está el campo de noche, decía mi abuelo, algún día vendrá a recordarnos su terrible realidad. ¿Comprende? El abuelo murió hace muchos años, pero si usted mira dentro de mi cabeza, por Dios, en las circunvoluciones del cerebro verá las huellas digitales del pulgar del abuelo. El abuelo me tocó una vez. Como dije antes era escultor: “Odio a un romano llamado Status Quo” me decía. “Llénate los ojos de asombro, vive como si fueses a morir en los próximos diez segundos. Observa el universo. Es más fantástico que cualquier sueño construido o pagado en una fábrica. No pidas garantías, no pidas seguridad, nunca hubo un animal semejante. Y si alguna vez lo hubo, debe de ser pariente del perezoso, que se pasa los días cabeza abajo, colgado de una rama, durmiendo toda la vida. Al diablo con eso” decía. “Sacude el árbol, y que el perezoso caiga de cabeza”. —¡Mire! —gritó Montag. Y la guerra comenzó y terminó en ese instante. Más tarde, los hombres que rodeaban a Montag no pudieron decir si había habido algo realmente. Quizá una luz y un movimiento en el cielo. Quizá los bombarderos habían estado allí, y los cazas, a diez kilómetros, a cinco kilómetros, a un kilómetro de altura, durante un único instante, como semilla arrojada en el cielo por la mano de un gigantesco sembrador, y los bombarderos pasaron, terriblemente veloces, y repentinamente lentos, sobre la ciudad en sombras. El bombardeo concluyó, indudablemente, una vez que los cazas avistaron el objetivo y alertaron a los bombarderos a ocho mil kilómetros por hora. La guerra sólo había sido el rápido susurro de una guadaña. Una vez descargadas las bombas, nada quedaba por hacer. Ahora, tres segundos más tarde, en lo que era todo el tiempo de la historia, antes de que las bombas tocasen el suelo, las naves enemigas ya habían dado media vuelta al mundo, como balas en las que el isleño salvaje no puede creer pues son invisibles, y sin embargo el corazón estalla repentinamente, y los cuerpos vuelan en pedazos sueltos, y la sangre se sorprende de verse libre y en el aire; el cerebro derrocha sus escasos y preciosos recuerdos y, perplejo, muere. No podía creerse. No había sido más que un gesto. Montag vio el enorme puño de metal, que se había alzado sobre la ciudad lejana, y supo que en seguida oiría el chillido de las turbinas. El chillido diría, luego del acto: desintegraos, que no quede piedra sobre piedra, pereced. Morid. Montag sostuvo las bombas en el cielo durante un único momento, extendiendo desesperadamente las manos.

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