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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

—Todo llegará, a su

—Todo llegará, a su tiempo —dijo el hombre nerviosamente—. Por aquí. Mientras subían las escaleras oyeron un ruido. Miraron hacia afuera y vieron el coche, que daba vueltas y vueltas alrededor de la plaza, ocho veces, cargado de hombres que gritaban y cantaban y se colgaban de los guardabarros, riendo. Niños y perros corrían detrás del coche. —Cómo me gustaría tener un coche como ése —dijo el señor Esposa. En el tercer piso del Hotel Esposa, el gerente sirvió un poco de vino fresco para los tres. —Por un cambio —dijo el señor Esposa. —Brindaré por eso. Bebieron. El señor Esposa se pasó la lengua por los labios y se los limpió en la manga de la chaqueta. —Sorprende y entristece ver cómo cambia el mundo. Es insensato, nos han dejado atrás, piensa uno. Es increíble. Y ahora, bueno… Están a salvo por esta noche. Pueden tomar una ducha y cenar bien. No pueden quedarse más de una noche. Esto es todo lo que puedo ofrecerles por lo bondadosos que fueron ustedes conmigo hace cinco años. —¿Y mañana? —¿Mañana? No tomen el autobús para la capital, por favor. Hay tumultos en las calles, allá. Han matado a alguna gente del norte. No es nada. Pasará en seguida. Pero hasta entonces, hasta que la sangre se enfríe, deberán tener cuidado. Hay muchos malvados que quieren aprovechar la situación, señor. En las próximas cuarenta y ocho horas, bajo el disfraz del nacionalismo, esa gente intentará ganar el poder. Egoísmo y patriotismo, señor. Es difícil distinguir uno de otro. Así que… deberán esconderse. Es un problema. Toda la ciudad sabrá que están aquí antes de unas pocas horas. Puede ser peligroso para mi hotel. No sé. —Comprendemos. Es usted muy bueno al ayudarnos tanto. —Si necesitan algo, llámenme. —El señor Esposa se bebió el vino que aún quedaba en su vaso—. Terminen la botella —dijo. Los fuegos de artificio comenzaron aquella noche a las nueve. Los cohetes, primero uno y luego otro, se elevaron en el cielo oscuro y estallaron por encima de los vientos edificando arquitecturas de llamas. Cada cohete, en la cima de su curso, se abría desplegando una formación de gallardetes de llamas blancas y rojas, algo parecida a la cúpula de una hermosa catedral. Leonora y John Webb, junto a la ventana abierta, miraban y escuchaban desde la habitación en sombras. Pasaba el tiempo, y por todos los caminos y senderos venía más gente a la ciudad y comenzaba a pasearse por la plaza

tomada del brazo, cantando, aullando como perros, apretándose como gallinas. Y luego se dejaban caer en las aceras, se sentaban allí, y se reían, con las cabezas echadas hacia atrás, mientras los cohetes estallaban en colores sobre las caras levantadas. Una banda comenzó a soplar y resollar. —Aquí nos tienes —dijo John Webb— luego de unos cuantos centenares de años de buena vida. Esto es lo que queda de la supremacía blanca… tú y y o en una habitación a oscuras en un hotel situado a quinientos kilómetros tierra adentro en un país en fiesta. —Tenemos que ponernos en su lugar. —Oh, hace tiempo que lo he hecho. En cierto modo, me alegro de que sean felices. Dios sabe que han esperado bastante. Pero me pregunto cuánto durará esa dicha. Ahora que el chivo expiatorio ha desaparecido, ¿quién será el culpable de la opresión? ¿Quién estará tan a mano, quién será tan obviamente culpable como tú y y o y el hombre que ocupó antes que nosotros este mismo cuarto? —No sé. —Somos tan oportunos. El hombre que alquiló este cuarto el mes pasado era tan oportuno. Un modelo. Se reía de las siestas de los nativos. Rehusaba aprender una pizca de español. Que aprendan inglés, por Dios, y que hablen como hombres, decía. Y bebía demasiado y perseguía demasiado a las mujeres del pueblo. Webb se interrumpió y se alejó de la ventana. Miró el cuarto. Los muebles y adornos, pensó. El sofá donde el hombre puso los zapatos sucios, la alfombra que agujereó con colillas de cigarrillo… Y la mancha húmeda en la pared junto a la cama, Dios sabe por qué o cómo hizo eso. Las sillas ray adas y pateadas. No era su hotel o su habitación; era algo prestado. Y sin ningún valor. Así ese hijo de perra se paseó por todo el país durante cien años, un hombre de negocios, una cámara de comercio, y aquí estamos nosotros ahora, bastante parecidos a él como para ser sus hermanos, y allá están ellos, en la noche del baile de la servidumbre. No saben, y si lo saben no quieren pensarlo, que mañana serán tan pobres como hoy, que estarán tan oprimidos como siempre, que la máquina apenas se habrá movido hasta el otro diente del engranaje. Ahora la banda había dejado de tocar, y un hombre había subido de un salto, gritando, a la plataforma. Hubo un resplandor de machetes en el aire y el brillo oscuro de unos cuerpos semidesnudos. El hombre de la plataforma volvió la cara al hotel y miró la habitación oscura donde John y Leonora Webb habían retrocedido, alejándose de las luces intermitentes. El hombre gritó. —¿Qué dice? —preguntó Leonora. —« Éste es un mundo libre» —tradujo John Webb.

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