Views
5 months ago

Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

—Señorito Ridley

—Señorito Ridley —dijo Montag al fin. —¿Qué? —preguntó Beatty. —La mujer dijo: « Señorito Ridley» . Dijo algo disparatado cuando llegamos a la puerta. « Anímese» dijo. « Señorito Ridley» . Algo, algo, algo. —« Encenderemos hoy en Inglaterra un cirio tal, por la gracia de Dios, que no se apagará nunca» —dijo Beatty. Stoneman lanzó una ojeada por encima del hombro al capitán. Montag hizo lo mismo, sorprendido. Beatty se rascó la barbilla. —Un hombre llamado Latimer le dijo eso a otro llamado Nicholas Ridley, cuando iban a quemarlos vivos en Oxford, por herejía, el 16 de octubre de 1555. Montag y Stoneman volvieron a mirar la calle que se deslizaba bajo las ruedas. —Sé muchas anécdotas y frases —dijo Beatty—. Es casi inevitable en un capitán de bomberos. A veces me sorprendo a mí mismo. ¡Cuidado, Stoneman! Stoneman frenó el camión. —Maldita sea —dijo Beatty —. Ya has pasado la calle que lleva al cuartel. —¿Quién es? —¿Quién va a ser? —dijo Montag, apoy ándose de espaldas contra la puerta cerrada, en la oscuridad. Su mujer dijo al fin: —Bueno, enciende la luz. —No quiero luz. —Pues acuéstate. Montag oyó que su mujer se daba vuelta, impaciente. Los muelles del colchón chillaron. —¿Estás borracho? —preguntó la mujer. La mano entonces inició otra vez su tarea. Montag sintió que una mano y luego la otra lo libraban de la chaqueta y la dejaban caer. Sostuvieron luego el pantalón, sobre un abismo, y lo soltaron en la oscuridad. Montag tenía infectadas las manos, y pronto se le infectarían los brazos. Podía sentir el veneno que le subía por la muñeca, hasta el codo y el hombro, y luego el salto de omóplato a omóplato, como una chispa que salta sobre la nada. Tenía unas manos famélicas, y los ojos estaban ya sintiendo hambre, como si debiesen mirar algo, cualquier cosa, todo. —¿Qué estás haciendo? —dijo la voz de su mujer. Montag trastabilló, con el libro entre los dedos sudorosos y fríos. —Bueno —dijo la mujer un minuto más tarde—. No te quedes ahí en medio de la habitación.

Montag emitió un débil sonido. —¿Qué? —preguntó la mujer. Montag volvió a emitir aquel sonido suave. Se acercó tanteando a la cama y escondió torpemente el libro bajo la almohada. Cayó en la cama. Su mujer se sobresaltó y dio un grito. Montag estaba allí, en el cuarto, muy lejos de ella, en una isla invernal aislada del mundo por un mar desierto. Descubrió de pronto que su mujer estaba hablando, hablando de muchas cosas, y eran sólo palabras, como las que había oído una vez a un niño de dos años, palabras inventadas, una jerga, ruidos agradables. Pero Montag no dijo nada, escuchó aquellos sonidos, y después de un rato oy ó que su mujer atravesaba la habitación, se paraba junto a él, y le ponía la mano en la mejilla. Montag supo que cuando le sacase la mano, la mujer descubriría que estaba húmeda. Más tarde Montag miró a Mildred. Estaba despierta. Una leve melodía bailaba en el aire. Mildred se había llevado otra vez el Caracol al oído y escuchaba a gentes distantes, de lugares distantes, con los ojos abiertos y clavados en los abismos de negrura que flotaban sobre ella en el techo. ¿No había un viejo chiste acerca de la mujer que habla tanto por teléfono que el marido, desesperado, corre a la tienda más próxima y la llama por teléfono para preguntarle qué cenaremos esta noche? Bueno, entonces, ¿por qué no se compraba él una estación Caracol transmisora y le hablaba a su mujer, murmuraba, suspiraba, gritaba, aullaba, tarde, de noche? ¿Pero qué podía murmurar, qué podía aullar? ¿Qué podía decir? Y de pronto Mildred le pareció tan extraña que era como si no la conociese. Él, Montag, estaba en una casa ajena, como en esos otros viejos chistes acerca de un señor que vuelve borracho a su casa, y se equivoca de puerta, y se equivoca de habitación, y se acuesta con una desconocida, y se levanta temprano a trabajar, y ninguno se ha dado cuenta. —¿Millie…? —suspiró Montag. —¡Qué! —No pensé que iba a asustarte. Sólo quería saber… —¿Y bien? —¿Cuándo nos encontramos? ¿Y dónde? —¿Cuándo nos encontramos para qué? —le preguntó Mildred. —Quiero decir… por primera vez. Montag supo que Mildred fruncía el ceño en la oscuridad. Explicó: —La primera vez que nos encontramos, ¿dónde fue, y cuándo? —Bueno, fue en… —Mildred se detuvo—. No sé —dijo. Montag sentía frío.

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury - Paz con Dignidad
Angusola y los cuchillos
4cDnTYnoH
Catarro de pecho - Fernando Vicente
hora de lectura
Kelley%20Armstrong%20-%20Serie%20Darkest%20Powers%2002%20-%20El%20Despertar
813.54-S642d-Despertar_cronicas_vampiricas_I
G3jLD
1hqf13s
relatos_2012_PDF
AnimaBarda_Abril2012
XXg8e
Mujica Lainez, Manuel – El Escarabajo - Lengua, Literatura y ...
COUXPr
ANTOLOGIA DE PRUEVA
Dinero - Confiar
Documento - GutenScape.com
Antologia Somos Leyenda – Athnecdotario - Ángel Villán
Artifex cuarta época - Asociación Cultural Xatafi
JUEGOS DE CAPRICORNIO - Robert Silverberg
segundo libro Cincuenta sombras oscuras
Untitled
PDF JY7 - JoYa 777
CF - Seleccion 01
libro completo en formato PDF - Human.ula.ve - ULA
5.Bierce_De Santis int - Plan Nacional de Lectura
Ver Documento - Memoria Chilena para Ciegos
Almas grises libro completo tecnologia paula diaz
LA ULTIMA NIEBLA - Literatura y libros
Excodra VII: El futuro