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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

—¿No recuerdas?

—¿No recuerdas? —Hace tanto tiempo. —Sólo diez años, nada más. ¡Sólo diez años! —No te excites. Estoy tratando de pensar. —La mujer lanzó una curiosa risita que subía y subía—. Gracioso, qué gracioso, no recordar cuándo se conoció al marido o la mujer. Montag se frotaba los ojos, la frente, y la nuca, con movimientos lentos. Se apretó los ojos con las manos como para poner la memoria en su sitio. No había de pronto nada más importante en la vida que saber dónde había conocido a Mildred. —No tiene importancia —dijo Mildred, y se levantó, y fue al cuarto de baño. Montag oyó el ruido del agua, y los sonidos de Mildred al tragar. —No, supongo que no —dijo. Trató de contar cuántas veces tragaba, y recordó la visita de los dos hombres de cara de zinc oxidado, con los cigarrillos en las bocas rectas, y la Serpiente de Ojo Eléctrico que horadaba capa tras capa de noche y piedra y agua estancada. Y quiso llamarla y gritarle: ¡cuántas tomaste esta noche, las cápsulas, cuántas tomarás más tarde sin darte cuenta! ¡Y así siempre a toda hora! ¡Y si no esta noche mañana por la noche! Y yo sin dormir, ni esta noche, ni mañana por la noche, ni ninguna noche, durante mucho tiempo. Y vio a Mildred acostada, con los dos técnicos de pie junto a ella, no inclinados hacia ella con preocupación, sino de pie, muy derechos, con los brazos cruzados. Y recordó que había pensado entonces que si ella se moría, él, Montag, no derramaría ni una lágrima. Pues sería como la muerte de una mujer desconocida, de una cara de la calle, de una imagen del periódico, y de pronto todo le pareció tan falso que se echó a llorar, no ante la idea de la muerte, sino ante la idea de no llorar la muerte. Un hombre tonto y vacío que vivía con una mujer tonta y vacía, mientras la serpiente hambrienta la vaciaba todavía más. ¿Cómo te has vaciado tanto? Se preguntó. ¿Quién te sacó todo de adentro? ¡Y aquella horrible flor del otro día, el diente de león! Fue el colmo, ¿no es verdad? « ¡Qué lástima! ¡No está enamorado de nadie!» . ¿Y por qué no? Bueno, ¿no había de veras un muro entre él y Mildred? ¡No sólo un muro, sino dos, y tres! ¡Y un muro caro, además! ¡Y los tíos, las tías, los primos, los sobrinos que vivían en ese muro, el farfullante hato de monos que no decían nada, nada, y a gritos, a gritos! Desde un comienzo habían sido parientes para Montag. « ¿Cómo está hoy el tío Luis?» . « ¿Quién?» . « ¿Y la tía Maude?» . La imagen más significativa que tenía de Mildred, realmente, era la de una niñita en un bosque sin árboles (¡qué raro!), o quizá una niñita en una llanura donde había habido árboles (uno podía sentir el recuerdo de sus sombras alrededor): sentada en el centro de la sala de recibo. La sala de recibo, qué nombre bien aplicado. A cualquier hora que entrase en la casa, alguien estaba hablando con Mildred.

—¡Hay que hacer algo! —¡Sí, hay que hacer algo! —Bueno, ¡basta de hablar entonces! —¡Hagámoslo! —¡Me siento tan furioso que podría escupir! ¿De qué se trataba en verdad? Mildred no podía decirlo. ¿Quién estaba enojado con quién? Mildred no lo sabía. ¿Qué iban a hacer? Bueno, dijo Mildred, esperemos y veamos. Montag y a esperaba para ver. Un enorme trueno brotó de las paredes. La música bombardeó a Montag con tal volumen que los huesos casi se le despegaron de los tendones. Sintió que le vibraba la mandíbula, y que los ojos se le sacudían en las órbitas. Cuando todo terminó, se sintió como un hombre a quien habían tirado en un precipicio, metido en una centrífuga y arrojado a una catarata que caía y caía en la nada y la nada, y nunca… llegaba… del todo… al fondo… nunca… nunca… del todo… llegaba… al fondo… y la caída era tan rápida que uno no tocaba ni siquiera los costados… nunca… llegaba… a nada. El trueno agonizó. La música murió. —Ya está —dijo Mildred. Era de veras algo notable. Algo había ocurrido. Aunque la gente de las paredes se había movido apenas, y nada había cambiado realmente, parecía como si alguien hubiese puesto en movimiento una máquina de lavar, o lo hubiese sumergido a uno en un gigantesco tubo neumático. Uno se ahogaba en música y cacofonía pura. Montag salió sudando de la habitación, al borde del colapso. Detrás quedaba Mildred, sentada en su silla, escuchando otra vez las voces: —Bueno, todo irá bien ahora —dijo una « tía» . —Oh, no estés muy segura —dijo un « primo» . —Vamos, no te enojes. —¿Quién se enoja? —Tú. —¿Yo? —¡Sí, tú! —¿Y por qué? —Ya lo sabes. —Todo eso está muy bien —gritó Montag—, pero ¿por qué están enojados? ¿Quién es esa gente? ¿Quién es ese hombre y quién esa mujer? ¿Están casados, divorciados, comprometidos, o qué? Buen Dios, nada tiene relación con nada. —Han… —dijo Mildred—. Bueno, han… han tenido esa pelea. Una pelea seria. Ya oíste. Creo que están casados. Sí, están casados. ¿Por qué? Y si no eran las tres paredes (que pronto serían cuatro para completar el

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