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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

sueño), era el coche

sueño), era el coche abierto y Mildred que conducía a ciento cincuenta kilómetros por hora, y él que le gritaba a Mildred, y Mildred que le gritaba a él, y ambos que trataban de oír lo que decía el otro, y oían sólo el ruido del motor. —¡Por lo menos baja a mínima! —aullaba Montag. —¿Qué? —gritaba Mildred. —¡Baja a ochenta, la mínima! —¿La qué? —chillaba Mildred. —¡Velocidad! —gritaba Montag. Y Mildred corría entonces a ciento noventa kilómetros por hora y dejaba a Montag sin aliento. Cuando salían del coche, Mildred ya se había puesto los Caracoles en las orejas. Silencio. Sólo el viento que soplaba débilmente. Montag se movió en la cama. —Mildred. Se incorporó, estiró un brazo y le sacó el diminuto insecto musical de la oreja. —¡Mildred! ¡Mildred! —Sí. La voz de Mildred apenas se oía. Montag se sintió como una de aquellas criaturas insertadas electrónicamente en las paredes: hablaba, pero sus palabras no atravesaban la barrera de cristal. Sólo podía representar una pantomima, con la esperanza de que Mildred volviera la cabeza y lo viese. No podían tocarse a través del vidrio. —Mildred, ¿conoces a esa chica de la que te hablé? —¿Qué chica? Mildred estaba casi dormida. —La chica de al lado. —¿Qué chica de al lado? —Ya sabes, esa chica que va al colegio. Clarisse se llama. —Oh, sí —dijo la mujer. —No la he visto estos últimos días… Cuatro días, exactamente. ¿La has visto tú? —No. —Había pensado en hablarte de ella. Es curioso. —Oh, ya sé a quién te refieres. —Eso pensaba. —La chica… —murmuró Mildred en la oscuridad del cuarto. —Sí, ¿qué pasa con ella? —preguntó Montag. —Iba a decírtelo. Me olvidé. Me olvidé. —Dímelo ahora. ¿Qué pasa?

—Creo que se ha ido. —¿Se ha ido? —Toda la familia se ha mudado a alguna parte. Pero la chica se ha ido de veras. Creo que se murió. —No podemos estar hablando de la misma chica. —Sí. La misma. McClellan. La atropello un coche. Hace cuatro días. No estoy segura. Pero creo que se murió. La familia se fue a otra parte. No sé a dónde. Pero creo que la chica se murió. —¡No estás segura! —No, no estoy segura. No del todo. —¿Por qué no me lo dijiste antes? —Me olvidé. —¡Hace cuatro días! —Me olvidé completamente. —Hace cuatro días —murmuró Montag, sin moverse. Ambos callaron unos instantes, inmóviles, acostados en la oscuridad. —Buenas noches —dijo Mildred. Montag oyó un débil susurro. El dedal eléctrico se encendió y se movió como una mantis religiosa sobre la almohada. Ahora estaba otra vez en la oreja de Mildred, zumbando. Montag escuchó. Mildred cantaba entre dientes. Fuera de la casa se estremeció una sombra, un viento otoñal se alzó y murió. Pero había algo más en aquel silencio. Como un aliento que empañaba los vidrios. Como un débil jirón de humo verdoso y luminiscente; el movimiento de una única y enorme hoja de octubre que volaba sobre el jardín, alejándose. El Sabueso, pensó Montag. Está ahí afuera esta noche. Está ahí ahora. Si yo abriese la ventana… No abrió la ventana. Montag, a la mañana, temblaba y tenía fiebre. —No puedes estar enfermo —dijo Mildred. Montag cerró los párpados afiebrados. —Sí —dijo. —Pero anoche estabas bien. —No, no estaba bien. Montag oía a los « parientes» que conversaban en la sala. Mildred estaba de pie junto a la cama de su marido, mirándolo con curiosidad. Montag la veía sin abrir los ojos: el pelo quemado por materias químicas y reducido a una paja quebradiza, los ojos con algo parecido a una catarata invisible, pero que podía adivinarse allá en el fondo; los labios

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