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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

enrojecidos y

enrojecidos y enfurruñados; el cuerpo tan delgado como el de un insecto a causa de la dieta, y la carne blanca como el tocino. —¿Me traerás una aspirina y un vaso de agua? —Tienes que levantarte —dijo Mildred—. Es mediodía. Has dormido cinco horas más que de costumbre. —¿Apagarás las paredes de la sala? —Es mi familia. —¿La apagarás para un hombre enfermo? —La apagaré. Mildred salió del cuarto, no hizo nada en la sala, y volvió. —¿Está mejor así? —Gracias. —Es mi programa favorito —dijo Mildred. —¿Y la aspirina? —Nunca te enfermaste antes. Mildred volvió a salir del cuarto. —Bueno, estoy enfermo ahora. Esta noche no iré a trabajar. Llama a Beatty en mi nombre. Mildred regresó tarareando. —Estabas raro anoche. Montag miró el vaso de agua que le traía su mujer. —¿Dónde está la aspirina? —Oh. —Mildred fue otra vez hasta el cuarto de baño—. ¿Ocurrió algo? —Un incendio, nada más. —Yo pasé una linda noche —dijo Mildred, desde el baño. —¿Qué hiciste? —Estuve en la sala. —¿Qué había? —Programas. —¿Qué programas? —De los mejores. —¿Con quién? —Oh, y a sabes, la pandilla. —Sí, la pandilla, la pandilla. Montag se apretó los ojos doloridos, y de pronto el olor del queroseno lo hizo vomitar. Mildred entró en el cuarto, cantando en voz baja. —¿Por qué hiciste eso? —preguntó sorprendida. Montag miró distraídamente el piso. —Quemamos a una vieja anoche. —Por suerte la alfombra es lavable —dijo Mildred. Trajo un estropajo y lo

pasó por la alfombra—. Anoche fui a casa de Helen. —¿No puedes ver la función en tu propia sala? —Claro que sí, pero me gusta ir de visita. Mildred se encaminó hacia la sala. Montag la oyó cantar. —¿Mildred? —llamó. Mildred volvió, cantando, castañeteando levemente los dedos. —¿No vas a preguntarme de anoche? —dijo Montag. —¿Qué pasó? —Quemamos mil libros. Quemamos una mujer. —¿Y bien? El ruido hacía estallar la sala. —Quemamos ejemplares de Dante y Swift y Marco Aurelio. —¿Un europeo? —Algo parecido. —¿Un radical? —Nunca lo leí. —Un radical. —Mildred jugueteaba con el teléfono—. No querrás que llame ahora al capitán Beatty, ¿no? —¡Tienes que llamarlo! —¡No grites! —No grito. —Montag se había sentado de pronto en la cama, enojado, tembloroso, enrojecido. La sala rugía en el mediodía caluroso—. No puedo llamarlo. No puedo decirle que estoy enfermo. —¿Por qué? Porque tienes miedo, pensó Montag. Un niño que finge sentirse enfermo, y que luego de unos instantes de discusión dirá: « Sí, capitán, ya estoy mejor. Llegaré ahí a las diez de la noche» . —No estás enfermo —dijo Mildred. Montag se acostó otra vez. Buscó bajo la almohada. El libro estaba todavía allí. —Mildred, ¿qué te parece si, bueno, dejo el trabajo un tiempo? —¿Quieres perderlo todo? Después de tantos años de trabajo, sólo porque una noche cualquiera una vieja y sus libros… —¡Tendrías que haberla visto, Millie! —No significa nada para mí. ¿Por qué guardaba esos libros? Conocía las consecuencias, pudo haberlo pensado. La odio. Has cambiado por su culpa, y pronto no tendrás casa, ni trabajo, ni nada. —No estabas allí, no la viste —dijo Montag—. Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar, para que una mujer se deje quemar viva. Tiene que haber algo. Uno no muere por nada. —Era una tonta.

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