Views
4 months ago

Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

—Era tan inteligente

—Era tan inteligente como tú o como y o, quizá más, y la quemamos. —Agua que no has de beber, déjala correr. —No, no agua, fuego. ¿Has visto alguna vez una casa incendiada? Humea durante días. Bueno, este incendio durará en mí hasta el día de mi muerte. ¡Dios! He tratado de apagarlo, en mi interior, durante toda la noche. He tratado hasta de volverme loco. —Debiste pensarlo antes de hacerte bombero. —¡Pensarlo! —dijo Montag—. ¿Acaso tuve ocasión de elegir? Mi abuelo y mi padre fueron bomberos. Soñaba con imitarlos. La sala tocaba un aire de danza. —Hoy trabajas en el primer turno —dijo Mildred—. Tenías que haber salido hace más de dos horas. No me acordaba. —No se trata sólo de la mujer que murió —dijo Montag—. Anoche pensé en todo el queroseno que usé en los últimos diez años. Y pensé en los libros. Y por primera vez comprendí que detrás de cada libro hay un hombre. Un hombre que tuvo que pensarlo. Un hombre que empleó mucho tiempo en llevarlo al papel. Nunca se me había ocurrido. —Montag dejó la cama—. Y a algún hombre le costó quizá una vida entera expresar sus pensamientos, y de pronto llego yo y ¡bum!, y en dos minutos todo ha terminado. —Déjame tranquila —dijo Mildred—. Yo no he hecho nada. —¡Que te deje tranquila! Está bien, pero ¿quién me tranquiliza a mí? No necesitamos estar tranquilos. A veces debemos preocuparnos. ¿Desde cuándo no estás realmente preocupada? Preocupada por algo importante, algo verdadero. Y en seguida Montag calló. Recordó la semana pasada y las dos estatuas de piedra con los ojos clavados en el techo, y la bomba-serpiente, con un ojo sonda. Y los dos hombres de cara de jabón hablaban y los cigarrillos se les movían entre los labios. Pero aquélla era otra Mildred, una Mildred hundida tan profundamente en esta otra, y tan preocupada, tan realmente preocupada, que las dos mujeres no se habían encontrado nunca. Montag se volvió. —Bueno —le dijo Mildred—. Ya lo hiciste. Mira quién está. Fuera de la casa. —No me importa. —Acaba de llegar un coche Fénix, y un hombre de camisa negra, con una serpiente anaranjada bordada en la manga, viene hacia aquí. —¿El capitán Beatty? —preguntó Montag. —El capitán Beatty. Montag no se movió. Se quedó mirando, fijamente, la blancura fría de la pared. —Ve a recibirlo, ¿quieres? Dile que estoy enfermo. —¡Díselo tú! Mildred dio rápidamente unos pasos a la izquierda, otros pasos a la derecha, y se detuvo, con los ojos muy abiertos. El altoparlante de la puerta la llamaba en

voz baja: señora Montag, señora Montag, alguien vino, alguien vino, señora Montag, señora Montag, alguien vino. Luego silencio. Montag comprobó si el libro estaba bien escondido bajo la almohada, volvió a acostarse, lentamente, arregló la colcha sobre las rodillas y el pecho, se incorporó a medias, y Mildred salió del cuarto, y el capitán Beatty entró a grandes pasos con las manos en los bolsillos. —Apague a los « parientes» —dijo Beatty echando una ojeada a todo excepto a Montag y su mujer. Mildred corrió esta vez. Las voces dejaron de aullar en la sala. El capitán Beatty se sentó en la más cómoda de las sillas con una expresión serena en la cara rubicunda. Preparó y encendió lentamente su pipa de bronce y lanzó una gran bocanada de humo. —Pasaba por aquí y se me ocurrió ver al enfermo. —¿Cómo lo supo? Beatty sonrió con una sonrisa que exhibía el rosado de caramelo de las encías y la blancura de caramelo de los dientes. —Me lo imaginé. Ibas a pedir franco esta noche. Montag se sentó en la cama. —Bueno —dijo Beatty—, ¡tómate la noche! —Examinó la caja de cerillas eternas. En la tapa se leía: garantizadas: encienden un millón de veces. Beatty tomó una cerilla y la frotó distraídamente contra un costado de la caja, encendiéndola, apagándola, encendiéndola, apagándola, encendiéndola, diciendo alguna frase, apagándola. Observó la llama. Sopló. Observó el humo—. ¿Cuándo estarás bien? —Mañana. Pasado mañana quizá. Los primeros días de la semana que viene. Beatty aspiró una bocanada de humo. —Todo bombero —dijo— tarde o temprano pasa por esto. Sólo les falta entender, saber cómo funciona la máquina. Conocer la historia de la profesión. Hoy apenas se informa a los novicios. Es lamentable. —Una bocanada—. Sólo los jefes lo recuerdan. —Otra bocanada—. Te diré de qué se trata. Mildred se movió, inquieta. Beatty tardó un minuto en acomodarse y recordar qué quería decir. —¿Cuándo comenzó todo esto, te preguntas, este trabajo, cómo se organizó, cuándo, dónde? Bueno, yo diría que comenzó realmente en una llamada Guerra Civil. Aunque según nuestro reglamento fue fundado antes. Pero en verdad no progresamos hasta que apareció la fotografía. Luego las películas cinematográficas, a principios del siglo veinte. La radio. La televisión. Las cosas comenzaron a ser masa. Montag no se movía. —Y como eran masa, se hicieron más simples —dijo Beatty —. En otro tiempo los libros atraían la atención de unos pocos, aquí, allá, en todas partes.

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury - Paz con Dignidad
C A T A R R O D E P E C H O
Si Decido Quedarme
Nabokov, Vladimir-Lolita
Eliot, T. S. (Fernando Vargas, traductor) - Poesia completa T. S. Eliot
Maquetación 1 - Ministerio del Poder Popular del Despacho de la ...
Juárez a favor de la Lectura!
tercer libro Cincuenta sombras liberadas
tú - La novela corta: una biblioteca virtual
Descargar Capítulo 1 Bajo una luz más clara - Babel Libros
Los misterios de Paris - University of Toronto Libraries
Verano, un sbado del mes de julio, en una aldea ... - Ver más Ya.com
Estela_de_Alejandro_Gonzalez_Geell
1.%20Hush%20Hush%20%5BBecca%20Fitzpatrick%5D