Views
10 months ago

Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

Podían ser distintos.

Podían ser distintos. Había espacio en el mundo. Pero luego el mundo se llenó de ojos, y codos, y bocas. Doble, triple, cuádruple población. Películas y radios, revistas, libros descendieron hasta convertirse en una pasta de budín, ¿me entiendes? —Creo que sí. Beatty contempló las formas del humo que había lanzado al aire. —Píntate la escena. El hombre del siglo diecinueve con sus caballos, sus carretas, sus perros: movimiento lento. Luego, el siglo veinte: cámara rápida. Libros más cortos. Condensaciones. Digestos. Formato chico. La mordaza, la instantánea. —La instantánea —repitió Mildred asintiendo con movimientos de cabeza. —Los clásicos reducidos a audiciones de radio de quince minutos; reducidos otra vez a una columna impresa de dos minutos, resumidos luego en un diccionario en diez o doce líneas. Exagero, por supuesto. Los diccionarios eran obras de consulta. Pero muchos sólo conocían de Hamlet (tú seguramente conoces el título, Montag; para usted probablemente es sólo el débil rumor de un título, señora Montag), muchos, repito, sólo conocían de Hamlet un resumen de una página en un libro que decía: Ahora usted puede leer todos los clásicos. Lúzcase en sociedad. ¿Comprendeos? Del jardín de infantes al colegio, y vuelta al jardín de infantes. Ése ha sido el desarrollo espiritual del hombre durante los últimos cinco siglos. Mildred se puso de pie y comenzó a dar vueltas por el cuarto, levantando cosas y volviéndolas a poner en su lugar. Beatty no le prestó atención. —Cámara rápida, Montag —continuó—. Rápida. Clic, pic, ya, sí, no, más, bien, mal, qué, quién, eh, uh, ah, pim, pam, pam. Resúmenes, resúmenes, resúmenes. ¿La política? Una columna, dos frases, un titular. Luego, en pleno aire, ¡todo desaparece! ¡Las manos de los editores, explotadores, directores de radio bombean y bombean, y la mente del hombre gira con tanta rapidez que el movimiento centrífugo lo libra de todo pensamiento inútil, de días y días malgastados! Mildred alisó la colcha y arregló la almohada. Montag sintió que el corazón le saltaba una y otra vez en el pecho. Mildred lo tomaba ahora del hombro para que se moviese. Quería sacar la almohada y arreglarla bien, y ponerla otra vez en la cama. Y quizá gritaría, con los ojos muy abiertos, o extendería simplemente la mano diciendo: « ¿Qué es esto?» , y alzaría inocentemente el libro. —Se abreviaron los años de estudio, se relajó la disciplina, se dejó de lado la historia, la filosofía y el lenguaje. Las letras y la gramática fueron abandonadas, poco a poco, poco a poco, hasta que se las olvidó por completo. La vida es lo inmediato, sólo el trabajo importa. Divertirse, sí, pero después del trabajo. ¿Por qué aprender algo salvo apretar botones, insertar llaves, ajustar tornillos y tuercas?

—Deja que te arregle la almohada —dijo Mildred. —¡No! —murmuró Montag. —La cremallera reemplazó al botón, y el hombre no tiene tiempo para pensar mientras se viste a la hora del alba, una hora filosófica, y por lo tanto una hora melancólica. —Déjame —insistió Mildred. —Vete —dijo Montag. —La vida se redujo a ruidos e interjecciones, Montag. ¡Sólo bum, pam y uf! —Uf —dijo Mildred tirando de la almohada. —¡Déjame, por amor de Dios! —gritó Montag. Beatty miró a Montag con los ojos muy abiertos. La mano de Mildred se había helado bajo la almohada. Siguió con los dedos el contorno del libro, reconoció la forma, e hizo un gesto de sorpresa y luego de estupefacción. Abrió la boca como si fuera a hacer una pregunta. —Sólo los pay asos pudieron seguir en los teatros, y se adornaron las habitaciones con paredes de vidrio y bonitos colores que subían y bajaban como confeti o sangre o jerez o sauternes. A ti te gusta el béisbol, ¿no, Montag? —Es un hermoso juego. Beatty era ahora casi invisible: una voz en alguna parte detrás de una cortina de humo. —¿Qué es esto? —preguntó Mildred casi riéndose. Montag se apoy ó pesadamente contra los brazos de su mujer—. ¿Qué es esto? —¡Siéntate! —aulló Montag. Mildred retrocedió de un salto, con las manos vacías—. ¡Estamos hablando! Beatty continuó como si no hubiese pasado nada. —¿Te gustan los bolos, Montag? —Los bolos, sí. —¿Y el golf? —El golf es un hermoso juego. —¿Baloncesto? —Un hermoso juego. —¿El billar? ¿El fútbol? —Hermosos juegos también. —Deportes al alcance de todos, espíritu de grupo, diversión y no hay que pensar, ¿eh? Organizar y superorganizar super superdeportes. Más impaciencia. Las carreteras llenas de multitudes que van a alguna parte, alguna parte, alguna parte, ninguna parte. El refugio de la gasolina. Las ciudades se transforman en campamentos, la gente en hordas nómadas que van de lugar en lugar siguiendo las mareas lunares, durmiendo esta noche en el cuarto donde tú dormiste el mediodía anterior y yo dormí la noche anterior. Mildred se fue y cerró de un golpe la puerta. Las « tías» de la sala

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury - Paz con Dignidad
Kelley%20Armstrong%20-%20Serie%20Darkest%20Powers%2002%20-%20El%20Despertar
813.54-S642d-Despertar_cronicas_vampiricas_I
AnimaBarda_Abril2012
Mujica Lainez, Manuel – El Escarabajo - Lengua, Literatura y ...
Antologia Somos Leyenda – Athnecdotario - Ángel Villán
segundo libro Cincuenta sombras oscuras
5.Bierce_De Santis int - Plan Nacional de Lectura