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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

cuando vivían en

cuando vivían en Chicago. Nunca se encontró un libro. El tío tenía un prontuario confuso: antisocial. ¿La muchacha? Era una bomba de tiempo. La familia había estado alimentando el subconsciente de la niña. Estoy casi seguro; examiné los registros de la escuela. No quería saber cómo se hacen las cosas, sino por qué. Esto puede resultar embarazoso. Uno empieza con los porqués, y termina siendo realmente un desgraciado. La pobre chica está mejor muerta. —Sí, muerta. —Por suerte gente rara como ella aparece pocas veces. Los curamos casi siempre en estado larval. No es posible construir una casa sin clavos ni maderas. Si no quieres que se construya una casa, esconde los clavos y la madera. Si no quieres que un hombre sea políticamente desgraciado, no lo preocupes mostrándole dos aspectos de una misma cuestión. Muéstrale uno. Que olvide que existe la guerra. Es preferible que un gobierno sea ineficiente, autoritario y aficionado a los impuestos a que la gente se preocupe por esas cosas. Paz, Montag. Que la gente intervenga en concursos donde haya que recordar las letras de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de los Estados, o cuánto maíz cosechó Iowa el año último. Llénalos de noticias incombustibles. Sentirán que la información los ahoga, pero se creerán inteligentes. Les parecerá que están pensando, tendrán una sensación de movimiento sin moverse. Y serán felices, pues los hechos de esa especie no cambian. No les des materias resbaladizas, como filosofía o psicología, que engendran hombres melancólicos. El que pueda instalar en su casa una pared de TV, y hoy está al alcance de cualquiera, es más feliz que aquel que pretende medir el universo, o reducirlo a una ecuación. Las medidas y las ecuaciones, cuando se refieren al universo, dan al hombre una sensación de inferioridad y soledad. Lo sé, lo he probado. Al diablo con esas cosas. ¿Qué necesitamos entonces? Más reuniones y clubes, acróbatas y magos, automóviles de reacción, helicópteros, sexo y heroína. Todo lo que pueda hacerse con reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la comedia es insulsa, si la película no dice nada, golpéame con el theremín, ruidosamente. Me parecerá entonces que estoy respondiendo a la obra. En realidad, respondo con reacciones táctiles a las vibraciones. No interesa. Quiero entretenimientos sólidos. —Beatty se incorporó—. Debo irme. La conferencia ha terminado. Espero haber aclarado las cosas. No lo olvides, Montag, esto es lo más importante. Somos los Muchachos Felices, el Conjunto del Buen Humor, tú y yo, y todos los otros. Somos un dique contra esa pequeña marea que quiere entristecer el mundo con un conflicto de pensamientos y teorías. Sostenemos el dique con nuestras manos. No lo sueltes. No dejes que un torrente de melancolía y filosofía lóbrega invada el universo. Dependemos de ti. No sé si entiendes qué importante eres tú, qué importantes somos nosotros, para que no se pierda la felicidad del mundo. Beatty estrechó la mano débil de Montag. Montag no se movió. Parecía como

si la casa estuviera derrumbándose a su alrededor, y él no pudiera moverse. Mildred había desaparecido de la puerta. —Una última palabra —dijo Beatty—. Una vez por lo menos en su vida, el bombero se siente picado de curiosidad. ¿Qué dirán los libros? Se pregunta. Ah, poder rascarse esa picadura, ¿eh? Bueno, Montag, créeme. He leído unos pocos libros en mi juventud, sé de qué se trata. ¡Los libros no dicen nada! Nada que puedas aprender o creer. Hablan de gentes que no existen. Delirios imaginativos, cuando son obras de ficción. Y si no son de ficción, peor aún. Un profesor que llama idiota a otro, un filósofo que clava los dientes en el gaznate de otro. Todos corren de aquí para allá, apagando las estrellas, extinguiendo el sol. Uno se siente perdido. —Bueno, ¿y qué ocurre si un bombero se lleva accidentalmente, no a propósito, un libro a su casa? —dijo Montag estremeciéndose. La puerta entreabierta lo miraba con un enorme ojo vacío. —Un error disculpable. Curiosidad, nada más —dijo Beatty —. No nos preocupamos demasiado, ni nos enojamos. Dejamos que el bombero guarde el libro veinticuatro horas. Si en ese plazo no lo quema, vamos y se lo quemamos nosotros. —Claro —dijo Montag con la boca seca. —Bueno, Montag. ¿Trabajarás hoy en otro turno? ¿Contamos contigo esta noche? —No sé —dijo Montag. —¿Qué? Beatty parecía algo sorprendido. —Iré más tarde. Quizá. —Te extrañaremos de veras si faltas —dijo Beatty, guardándose la pipa en el bolsillo. No iré nunca, pensó Montag. —Que te pongas bien y sigas bien —dijo Beatty. Se volvió y salió por la puerta abierta. Montag miró por la ventana mientras Beatty se alejaba en su coche, amarillo como el fuego, con ruedas cenicientas. Del otro lado de la calle se alzaban los frentes chatos de las casas. ¿Qué había dicho Clarisse una tarde? « No hay porches. Mi tío dice que antes había porches. Y la gente se sentaba allí en las noches de verano, y hablaba cuando tenía ganas de hablar, y se balanceaba en las mecedoras, y no hablaba cuando no tenía ganas de hablar. A veces se quedaban allí, simplemente, y pensaban cosas. Mi tío dice que los arquitectos suprimieron los porches con la excusa de que no quedaban bien. Pero la verdadera razón, la razón oculta, era otra. No querían que la gente se pasase las horas sin hacer nada, ésa no era la verdadera vida social. La gente hablaba demasiado. Y tenía tiempo para pensar. Así que suprimieron los

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