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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

porches. Y los jardines

porches. Y los jardines también. Ya no más jardines para estar en ellos. Y mire los muebles. No más mecedoras. Son demasiado cómodas. La gente debe estar de pie, y corriendo de un lado a otro. Mi tío dice… y… mi tío… y… mi tío…» . La voz de Clarisse se apagó poco a poco. Montag se volvió y miró a su mujer. Sentada en medio de la sala le hablaba a un anunciador, quien a su vez le hablaba a ella. —Señora Montag —decía el hombre. Esto, aquello y lo de más allá—. Señora Montag… —Esto y aquello y lo otro. Cada vez que el anunciador, al dirigirse a su auditorio anónimo, hacía una pausa, el dispositivo conversor que les había costado cien dólares intercalaba el nombre de Mildred. Un modelador especial, aplicado al área que rodeaba la boca del hombre, hacía que el movimiento de los labios siguiese con toda corrección las sílabas y consonantes. Un amigo, sin duda, un buen amigo. —Señora Montag… mire esto. Mildred volvió la cabeza. Aunque era evidente que no estaba escuchando. —Sólo hay un paso de no ir al trabajo hoy a no trabajar mañana —dijo Montag—. Ni nunca más. —Pero irás a trabajar esta noche, ¿no es cierto? —dijo Mildred. —No lo sé aún. En este momento siento deseos de romper algo, destrozar algo. —Saca el coche. —No, gracias. —Las llaves del coche están en la mesa de luz. Siempre que me siento así, tengo ganas de correr. Llega uno a los ciento cincuenta kilómetros por hora y se siente mucho mejor. A veces corro toda la noche y vuelvo a casa, y tú no te has dado cuenta. Es divertido en el campo. Uno atropella conejos, y hasta perros. Saca el coche. —No. No esta vez. No quiero librarme de esto. Dios, está creciendo dentro de mí. No sé qué es. Me siento tan desgraciado, tan triste. Y no sé por qué. Siento como si pesase más. Me siento gordo. Como si hubiese estado guardando algo, no sé qué. Hasta podría empezar a leer libros. Mildred miró a Montag como si él estuviese detrás de la pared de cristal. —Entonces irías a la cárcel, ¿no? Montag comenzó a vestirse, moviéndose de un lado a otro del cuarto. —Sí, y sería una buena idea. Antes de que haga daño a alguien. ¿Has oído lo que decía Beatty ? Conoce todas las respuestas. Tiene razón. La felicidad importa mucho. La diversión es todo. Y sin embargo allí estaba y o diciéndome a mí mismo: no soy feliz, no soy feliz. —Yo sí. —La boca de Mildred irradió una sonrisa—. Y me siento orgullosa.

—Voy a hacer algo —dijo Montag—. No sé todavía qué, pero va a ser algo grande. —Oh, tanta palabrería me cansa —dijo Mildred volviéndose otra vez hacia el anunciador. Montag tocó la llave del volumen y el anunciador enmudeció. —¿Millie? —Una pausa—. Esta casa es tan tuy a como mía. Siento que es justo decirte algo. Pude habértelo dicho antes, pero no lo quise admitir, ni siquiera ante mí mismo. Quiero que veas algo, algo que fui apartando y escondiendo durante este año último. No sé por qué, pero lo hice y no te lo dije nunca. Tomó una silla de respaldo recto y la arrastró lentamente hacia el vestíbulo. Se subió a la silla y se quedó inmóvil unos instantes, como una estatua, mientras su mujer lo miraba desde abajo y esperaba. Luego estiró un brazo y tiró de la rejilla del sistema de aire acondicionado, y metió el brazo en el agujero, a la derecha, apartó otra hoja metálica y sacó un libro. Sin mirarlo, lo dejó caer. Volvió a meter la mano, sacó otros dos libros y los dejó caer. Siguió así, metiendo la mano y sacando libros, pequeños, grandes, amarillos, rojos, verdes. Cuando terminó, bajó la vista y miró los veinte libros que se amontonaban a los pies de Mildred. —Lo lamento —dijo—. No lo pensé realmente. Pero siento ahora como si hubiésemos estado juntos en esto. Mildred retrocedió como si se viese de pronto ante una invasión de ratas que habían salido de debajo del piso. Respiraba con dificultad, estaba pálida y tenía los ojos muy abiertos. Pronunció el nombre de Montag, una, dos, tres veces. Luego, gimiendo, se inclinó rápidamente hacia adelante, tomó un libro y corrió hacia el incinerador de la cocina. Montag dio un grito y la alcanzó. La tomó por un brazo y Mildred trató de librarse de él, arañándolo. —¡No, Millie, no! ¡Espera! Quieta, por favor. No sabes… ¡Quieta! Montag la abofeteó, y volvió a tomarla por un brazo, sacudiéndola. Mildred dijo otra vez el nombre de Montag y se echó a llorar. —¡Millie! —dijo Montag—. Escúchame. Concédeme un minuto, ¿quieres? Nada podemos hacer. No podemos quemarlos. Quiero verlos, por lo menos echarles una ojeada. Luego, si lo que dijo el capitán es verdad, los quemaremos juntos. Debes ay udarme. —Miró a Mildred a la cara, y con una mano le tomó la barbilla, firmemente. No miraba sólo a Mildred, se buscaba en su rostro, buscaba lo que debía hacer—. Nos guste o no nos guste, estamos en esto. No te he pedido casi nada en estos años, pero ahora sí, por favor. Tenemos que salir de algún modo, averiguar qué nos pasa, a ti con tus medicinas para la noche y el automóvil, y a mí con mi trabajo. Vamos hacia el abismo, Millie. Dios, no quiero seguir así. Esto no va a ser fácil. No nos queda casi nada, pero quizá podamos recomponer los pedazos y ayudarnos. Te necesito tanto ahora. Ni siquiera puedo

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