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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

decírtelo. Si todavía

decírtelo. Si todavía me quieres, me ay udarás en esto. Veinticuatro horas, cuarenta y ocho horas, no te pido más. Luego todo habrá terminado. Te lo prometo, ¡te lo juro! Y si hay algo aquí, si sale algo de toda esta confusión, quizá podamos iniciar otra vida. Montag soltó a Mildred, que y a no luchaba. Mildred se dejó caer, apoyándose en el muro, y se quedó sentada en el piso, mirando los libros. Vio que su pie rozaba un volumen y apartó el pie. —Esa mujer de la otra noche, Millie —continuó Montag—. Tú no estabas allí. No le viste la cara. Y Clarisse. Nunca hablaste con ella. Yo sí. Y hombres como Beatty temían a Clarisse. No entiendo. ¿Por qué temer a alguien como ella? La comparé con los bomberos, en el cuartel, la otra noche, y de pronto comprendí que los bomberos no me gustaban nada, y que y o tampoco me gustaba nada. Y pensé que quizá sería mejor quemar a los bomberos. —¡Guy ! La voz de la puerta de calle llamó en un murmullo. —Señora Montag, señora Montag, alguien vino, alguien vino, señora Montag, señora Montag, alguien vino, alguien vino. Un murmullo. Montag y Mildred se volvieron y miraron la puerta y los libros desparramados por todas partes, por todas partes, en montones. —¡Beatty ! —dijo Mildred. —No puede ser él. —¡Ha vuelto! —murmuró Mildred. La voz de la puerta llamaba otra vez: —Alguien vino… —No contestemos. Montag se apoyó en la pared y luego, lentamente, se puso en cuclillas y movió los libros con el codo, el pulgar, el índice. Temblaba de pies a cabeza, y hubiese querido, sobre todas las cosas, meter los libros otra vez en su agujero. Pero no podía enfrentarse de nuevo con Beatty. Se sentó entonces en el suelo y la voz de la puerta de calle volvió a llamar, con may or insistencia. Montag tomó un pequeño volumen. —¿Por dónde empezaremos? —Abrió a medias el libro y le echó una ojeada —. Por el principio, supongo. —Beatty va a entrar —dijo Mildred—, ¡y nos quemará a nosotros junto con los libros! La voz de la puerta de calle se apagó al fin. Se hizo un silencio. Montag sintió que alguien, detrás de la puerta, esperaba, escuchaba. Luego las pisadas se alejaron por la acera y el jardín. —Veamos qué es esto —dijo Montag. Leyó, vacilante, y con una terrible atención, unas pocas líneas aquí y allá. Al

fin llegó a esta frase: —« Se ha calculado que once mil personas han preferido varias veces la muerte antes que romper los huevos por la punta más fina» . Mildred lo miraba desde el otro extremo del cuarto. —¿Qué significa eso? ¡No significa nada! ¡El capitán tenía razón! —Un momento —dijo Montag—. Empezaremos otra vez, desde el principio.

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