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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

2 El tamiz y la arena

2 El tamiz y la arena Ley eron toda la tarde, mientras la fría lluvia de noviembre caía del cielo sobre la casa. Estaban en el vestíbulo, pues la sala parecía tan vacía y gris sin las paredes anaranjadas y amarillas, de luz de confeti, y naves del espacio, y mujeres vestidas con mallas de oro, y hombres con trajes de terciopelo negro que sacaban conejos de cincuenta kilos de sombreros de plata. La sala estaba muerta, y Mildred miraba inexpresivamente los muros mientras Montag iba y volvía, y se agachaba y leía en voz alta una página, hasta diez veces. —« No sabemos en qué preciso momento nace una amistad. Cuando se llena una vasija gota a gota, una de ellas rebasa al fin la vasija; así en una serie de actos bondadosos hay al fin uno que enciende el corazón» . Montag se quedó escuchando la lluvia. —¿Es esto lo que pasó con la muchacha de al lado? Es tan difícil saberlo. —Esa muchacha ha muerto. Hablemos de alguien vivo, por favor. Montag no miró a su mujer y caminó estremeciéndose hasta la cocina. Se quedó allí un rato mirando la lluvia que golpeaba los cristales, y luego regresó al vestíbulo de luz gris, esperando a que los temblores cesasen. Abrió otro libro. —« Ese tema favorito: y o» . —Eso lo entiendo —dijo Mildred. —Pero el tema favorito de Clarisse no era ella. Era cualquier otro, y yo. Fue la primera persona, en muchos años, que me gustó de verdad. Fue la primera persona que me miró a los ojos como si y o contara para ella. —Montag alzó los dos libros—. Estos hombres han estado muertos mucho tiempo, pero sé que sus palabras apuntan, de un modo o de otro, a Clarisse. Afuera, en la puerta de calle, en la lluvia, un débil rasguño. Montag se quedó petrificado. Vio que Mildred se echaba hacia atrás, apoyándose en la pared, y jadeaba. —Alguien… en la puerta… ¿Por qué la voz de la puerta no nos dice…? —Yo la apagué.

Bajo la puerta, una respiración lenta y husmeante, la exhalación de un vapor eléctrico. Mildred se rió. —¡Es sólo un perro, nada más! ¿Lo echo? —¡No te muevas! Silencio. La lluvia fría. Y el olor de la electricidad azul que pasaba por debajo de la puerta cerrada. —Volvamos al trabajo —dijo Montag serenamente. Mildred le dio un puntapié a un libro. —Los libros no son gente. Tú lees, y y o miro alrededor. ¡Y no hay nadie! Montag miró la sala muerta y gris como las aguas de un océano donde bulliría la vida si ellos encendiesen el sol electrónico. —Pues bien —dijo Mildred—, mi « familia» es gente. Me dicen cosas, y y o me río, ¡y ellos se ríen! ¡Y todo en colores! —Sí, y a sé. —Y además, si el capitán Beatty supiera de estos libros… —Mildred pensó unos instantes y puso cara de asombro, y luego de horror—. Vendría y quemaría la casa y la « familia» . ¡Qué espanto! Piensa en nuestras inversiones. ¿Por qué debo leer? ¿Para qué? —¡Para qué! ¡Por qué! —dijo Montag—. Vi la más horrible de las serpientes la otra noche. Estaba muerta, pero estaba viva. Podía ver, pero no podía ver. ¿Quieres ver esa serpiente? Está en el Hospital de Emergencia donde hicieron un informe con todas las porquerías que te sacó la serpiente. ¿Quieres ir y revisar el informe? Quizá lo encuentres a mi nombre o en la sección Miedo de la Guerra. ¿Quieres ir a la casa que ardió la otra noche? ¿Y rascar unas cenizas de los huesos de la mujer que quemó su propia casa? ¿Y qué me dices de Clarisse McClellan? ¿Dónde tendríamos que buscarla? ¡En la morgue! ¡Escucha! Los bombarderos cruzaban y cruzaban el cielo sobre la casa, jadeando, murmurando, silbando como un enorme ventilador invisible que diese vueltas en el vacío. —Señor —dijo Montag—. A toda hora tantas cosas malditas en el cielo. ¿Qué demonios hacen esos bombarderos ahí arriba, sin descansar un minuto? ¿Por qué nadie habla de eso? ¡Hemos iniciado y ganado dos guerras atómicas desde 1960! ¿Nos divertimos tanto en casa que nos hemos olvidado del mundo? ¿Será que somos tan ricos y el resto del mundo tan pobre y no nos importa que lo sea? He oído rumores; el mundo está muriéndose de hambre; pero nosotros estamos bien nutridos. ¿Es cierto que el mundo trabaja duramente mientras nosotros jugamos? ¿Nos odiarán tanto por eso? He oído rumores acerca de ese odio también, muy de cuando en cuando. ¿Sabes tú por qué nos odian? Yo no, debo admitirlo. Quizá los libros nos saquen un poco de esta oscuridad. Quizá eviten que cometamos los mismos condenados y disparatados errores. No he oído que esos idiotas bastardos de tu sala hablen de eso. Dios. Millie, ¿no te das cuenta? Una hora al día, dos

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