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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

encerradas en estas

encerradas en estas palabras, todas las falsas promesas, las nociones de segunda mano, y las filosofías gastadas por el tiempo. Así hablaría Beatty, transpirando ligeramente, y el suelo se cubriría con un enjambre de polillas oscuras, destruidas por una tormenta. Mildred dejó de gritar tan de repente como había empezado. Montag no escuchaba. —Hay que hacer algo —dijo—. Antes de devolverle el libro a Beatty haré sacar una copia. —¿Estarás aquí para la función de los Payasos Blancos, y recibir a las visitas? —exclamó Mildred. Montag se detuvo en la puerta, de espaldas. —¿Millie? Un silencio. —¿Qué? —Millie, ¿el Pay aso Blanco te quiere? Ninguna respuesta. —Millie… —Montag se pasó la lengua por los labios—. ¿Tu « familia» te quiere, te quiere mucho, con todo su cuerpo y toda su alma, Millie? Montag sintió en la nuca que Mildred parpadeaba lentamente. —¿Por qué haces esas preguntas tontas? Montag sintió que tenía ganas de llorar, pero no movió la boca ni los ojos. —Si encuentras a ese perro afuera —dijo Mildred— dale un puntapié de mi parte. Montag titubeó, escuchando, ante la puerta. Al fin la abrió y se asomó. La lluvia había cesado, y el sol se ponía en un cielo sin nubes. En la calle y el jardín no se veía a nadie. Soltó el aliento en un largo suspiro. Salió dando un portazo. Estaba otra vez en el tren. Me siento entumecido, pensó. ¿Cuándo comenzó realmente este entumecimiento a invadirme la cara, y el cuerpo? Aquella noche en que tropecé con el frasco de píldoras, como si hubiese tropezado con una mina subterránea. Este entumecimiento desaparecerá, pensó. Llevará tiempo, pero lo conseguiré, o Faber lo conseguirá para mí. Alguien, en alguna parte, me devolverá mi vieja cara y mis viejas manos. Hasta la sonrisa, pensó. Mi vieja y quemada sonrisa. Estoy perdido sin ella. Las paredes del túnel pasaban ante él. Losas claras y negras, claras y negras, números y oscuridad, más oscuridad. Y los totales que se sumaban a sí mismos. Una vez, cuando era niño, se había sentado en una duna amarilla, a orillas del mar, en un día azul y cálido de verano, tratando de llenar un tamiz con arena.

Algún primo le había dicho: « ¡Llena este tamiz y te daré un premio!» . Y cuanto más rápido echaba la arena, más rápido pasaba por el tamiz, con un suspiro cálido. Se le cansaban las manos, la arena hervía, el tamiz estaba vacío. Sentado allí, en pleno julio, en silencio, sintió que las lágrimas le rodaban por la cara. Ahora, mientras el tubo neumático lo arrastraba velozmente entre los sótanos muertos de la ciudad, sacudiéndolo, recordó otra vez la lógica terrible de aquel tamiz. Bajó la vista y vio que llevaba la Biblia abierta. Había gente en el tren de succión, pero apretó el libro entre las manos, y se le ocurrió entonces aquella idea tonta: si lees con suficiente rapidez, y lo lees todo, quizá quede en el tamiz algo de arena. Comenzó a leer, pero las palabras pasaban del otro lado, y pensó: dentro de unas horas allí estará Beatty, y aquí estaré y o, tratando de no perder ninguna frase, de recordar todas las líneas. Tengo que hacerlo. Apretó el libro en sus puños. Se oy ó el sonido de unas trompetas. —El dentífrico Denham. Cállate, pensó Montag. Mirad los lirios del campo. —El dentífrico Denham. Ellos no trabajan… —Denham. Mirad los lirios del campo, cállate, cállate. —¡Dentífrico! Montag abrió bien el libro y alisó las páginas y las tocó como si fuese ciego, siguiendo la forma de las letras, sin parpadear. —¡Denham! Se deletrea: D-E-N… Ellos no trabajan ni… El murmullo de la arena caliente a través de un tamiz vacío. —¡Denham lo hace! Mirad los lirios, los lirios, los lirios… —El detergente dental Denham. —¡Cállate, cállate, cállate! Fue un ruego, un grito tan terrible que Montag se puso de pie. Los sorprendidos pasajeros lo miraban fijamente, se apartaban de ese hombre de cara hastiada, de boca seca, que farfullaba algo incomprensible, que llevaba en la mano un libro aleteante. Gente que hasta hacía un momento había estado tranquilamente sentada, siguiendo con los pies el ritmo del Dentífrico Denham, del Detergente Dental Denham, del Dentífrico Dentífrico Dentífrico Denham, uno dos, uno dos tres, uno dos, uno dos tres. Gente que había estado masticando débilmente las palabras Dentífrico Dentífrico Dentífrico. La radio del tren vomitó a trozos sobre Montag una enorme carga de música de latón, cobre, plata, cromo y bronce. La gente era triturada hasta la sumisión; no escapaban, no había a dónde escapar; el tren neumático hundía su cabeza en la tierra.

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