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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

—Lirios del campo.

—Lirios del campo. —Denham. —¡Lirios, he dicho! La gente miró fijamente a Montag. —Llamen al guardia. —Este hombre se ha vuelto… —¡Estación La Cumbre! El tren se detuvo siseando. Un grito: —¡Estación La Cumbre! Un suspiro: —Denham. La boca de Montag apenas se movía. —Lirios… La puerta del tren se abrió con un silbido. Montag no se movió. La puerta emitió un sonido entrecortado y comenzó a cerrarse. Sólo entonces Montag saltó hacia adelante, atropellando a otros pasajeros, gritando en su interior. Salió justo a tiempo. Corrió por el piso de losas blancas, a través de los túneles, ignorando las escaleras, pues quería sentir cómo se le movían los pies, cómo se le balanceaban los brazos, se le dilataban y encogían los pulmones, se le secaba la garganta. Una voz flotaba allá abajo: —Denham Denham Denham. El tren silbaba como una serpiente. El tren desapareció en su agujero. —¿Quién es? —Montag. —¿Qué quiere? —Déjeme entrar. —¡No he hecho nada! —Estoy solo, ¡maldita sea! —¿Lo jura? —¡Lo juro! La puerta se abrió lentamente. Faber sacó la cabeza. Parecía muy viejo a la luz, y muy frágil, y con mucho miedo. Parecía no haber salido de la casa durante años. No era muy distinto de las paredes de y eso del interior de la casa. Tenía las mejillas y los labios blancos, y el pelo era blanco también, y los ojos se le habían apagado, y en el vago azul de las pupilas había algo de blanco. Y luego, de pronto, vio el libro bajo el brazo de Montag y y a no pareció tan viejo ni tan frágil. Poco a poco se le fue borrando aquella expresión de miedo. —Lo siento. Pero hay que tener cuidado. —Miró el libro—. Así que es cierto.

Montag entró en la casa. La puerta se cerró. —Siéntese. Faber retrocedió de espaldas, como si temiera que el libro se desvaneciese si le quitaba los ojos de encima. Detrás de él se abría la puerta de una alcoba, y en ese cuarto unas piezas de maquinaria y unas herramientas de acero se amontonaban en desorden sobre un escritorio. Montag apenas pudo echar una ojeada antes de que Faber, advirtiendo su distracción, se diera vuelta rápidamente y cerrase la puerta. El viejo se quedó allí unos instantes, inmóvil, aferrando el pestillo con una mano temblorosa. Luego volvió una mirada intranquila a Montag, que ahora estaba sentado, y con el libro en el regazo. —El libro… ¿Dónde…? —Lo robé. Faber, por primera vez, alzó los ojos y miró directamente a Montag. —Es usted valiente. —No —le dijo Montag—. Mi mujer está muriéndose. Una amiga mía murió hace unos días. Alguien que pudo haber sido una amiga murió carbonizada no hace más de veinticuatro horas. Sólo usted, entre quienes conozco, puede ay udarme. A ver. A ver… Las manos le picaban a Faber en las rodillas. —¿Puedo? —Perdón —dijo Montag, y le alcanzó el libro. —Han pasado tantos años. No soy un hombre religioso. Pero han pasado tantos años. —Faber volvió las páginas, deteniéndose aquí y allá a leer—. Es tan bueno como en mis recuerdos. Señor, cómo lo han transformado en nuestras « salas de recibo» . Cristo es ahora de la « familia» . Me pregunto a menudo si Dios reconocería a su hijo, vestido de etiqueta. O quizá sea un traje de calle. En fin, sólo una barra de menta, de buen tamaño. Azúcar cristalizada y sacarina. Cuando no nos hablan veladamente de ciertos productos comerciales indispensables para todo devoto. —Faber olió el libro—. ¿Sabe que los libros huelen a nuez moscada o a especias de países lejanos? Me gustaba mucho olerlos cuando era joven. Señor, había un montón de hermosos libros en aquel tiempo, antes de permitir que se perdieran. —Faber volvió las páginas—. Señor Montag, está usted ante un cobarde. Vi el camino que tomaban las cosas, hace tiempo. No dije nada. Soy un inocente que pudo haber hablado cuando nadie quería escuchar al « culpable» ; pero no hablé, y me convertí así en otro culpable más. Y cuando al fin organizaron la quemazón de libros, con la ay uda de los bomberos, lancé unos gruñidos y callé. No había otros que gruñesen o gritasen conmigo. Ahora es tarde. —Faber cerró la Biblia—. Bueno… ¿Por qué no me dice qué lo trajo aquí? —Nadie escucha a nadie. No puedo hablarles a las paredes. Las paredes me gritan. No puedo hablar con mi mujer; ella escucha las paredes. Quiero que alguien oiga lo que tengo que decir. Y quizá, si hablo bastante, adquiera sentido. Y

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury - Paz con Dignidad
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