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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

quiero que usted me

quiero que usted me enseñe a comprender lo que leo. Faber estudió la cara alargada y azul de Montag. —¿Cómo despertó? ¿Qué le sacó la antorcha de las manos? —No sé. Tenemos lo necesario para ser felices, y no lo somos. Algo falta. Busqué a mi alrededor. Sólo conozco una cosa que hay a desaparecido: los libros que quemé durante diez o doce años. Pensé entonces que los libros podían ser una ayuda. —Es usted un romántico incurable —dijo Faber—. Sería gracioso si no fuese serio. No son libros lo que usted necesita, sino algunas de las cosas que hubo en los libros. Lo mismo podría verse hoy en las « salas» . Radios y televisores podrían proyectar los mismos infinitos detalles y el mismo conocimiento, pero no. No, no, no son libros lo que usted busca. Puede encontrarlo en muchas otras cosas: viejos discos de fonógrafo, viejas películas, y viejos amigos; búsquelo en la naturaleza, y en su propio interior. Los libros eran sólo un receptáculo donde guardábamos algo que temíamos olvidar. No hay nada de mágico en ellos, de ningún modo. La magia reside solamente en aquello que los libros dicen; en cómo cosen los harapos del universo para darnos una nueva vestidura. Por supuesto, no conoce usted estas cosas, no sabe de qué hablo. Pero usted tiene intuitivamente razón. Eso es lo que cuenta. Tres cosas faltan. » Primero: ¿Sabe usted por qué un libro como éste es tan importante? Porque tiene calidad. ¿Y qué significa esta palabra? Calidad, para mí, significa textura. Este libro tiene poros. Tiene rasgos. Si lo examina usted con un microscopio, descubrirá vida bajo la lente; una corriente de vida abundante e infinita. Cuantos más poros, cuantos más pormenores vivos y auténticos pueda usted descubrir en un centímetro cuadrado de una hoja de papel, más “letrado” es usted. Ésa es mi definición, por lo menos. Narrar pormenores. Frescos pormenores. Los buenos escritores tocan a menudo la vida. Los mediocres la rozan rápidamente. Los malos la violan y la abandonan a las moscas. » ¿Comprende ahora por qué los libros son temidos y odiados? Revelan poros en la cara de la vida. La gente cómoda sólo quiere ver rostros de cera, sin poros, sin vello, inexpresivos. Éste es un tiempo en que las flores crecen a costa de otras flores, en vez de vivir de la lluvia y la tierra. Los mismos fuegos de artificio, tan hermosos, proceden de la química de la tierra. Y sin embargo, queremos nutrirnos de flores y fuegos de artificio, sin completar el ciclo que nos llevaría de vuelta a la realidad. Conocerá usted la ley enda de Hércules y Anteo, el luchador gigante, de fuerza increíble mientras pisase la tierra. Pero cuando Hércules, abrazándolo, lo alzó en el aire, pereció fácilmente. Si no hay algo en esa ley enda que se refiere a nosotros, nuestra ciudad, nuestro tiempo, entonces estoy loco. Bueno, eso es lo primero que necesitamos, me parece. Calidad, textura de información. —¿Y lo segundo?

—Ocio. —Oh, pero disponemos de muchas horas libres. —Horas libres, sí. ¿Pero tiempo para pensar? Cuando no conducen a ciento cincuenta kilómetros por hora, y entonces no se puede pensar en otra cosa que en el peligro, se entretienen con algún juego, o en una sala donde no es posible discutir con el televisor de cuatro paredes. ¿Por qué? El televisor es real. Es algo inmediato, tiene dimensiones. Le dice a uno lo que debe pensar, y de un modo contundente. Ha de tener razón. Parece tener razón. Lo arrastra a uno con tanta rapidez a sus propias conclusiones que no hay tiempo de protestar, o decir « ¡Qué tontería!» . —Sólo la « familia» es « gente» . —¿Cómo dice? —Mi mujer dice que los libros no son « reales» . —Gracias a Dios. Uno puede cerrarlos, decir « Espérate aquí un momento» . Uno se siente Dios con los libros. ¿Pero quién ha escapado a esas garras que se apoderan de uno en el mismo instante en que se enciende la televisión? Le dan a uno la forma que quieren. Es un ambiente tan real como el mundo. Se convierte en la realidad, y es la realidad. Los libros pueden ser atacados con razones. Pero, a pesar de mis conocimientos y mi escepticismo, no he podido discutir con una orquesta sinfónica de cien instrumentos, a todo color, tridimensional. Como usted ve, mi sala de recibo no es más que cuatro paredes de y eso. Y mire esto. — Mostró dos conitos de goma—. Para mis oídos cuando viajo en el tren subterráneo. —Dentífrico Denham, no trabajan, ni hilan —entonó Montag con los ojos cerrados—. ¿A dónde iremos ahora? ¿Nos ay udarán los libros? —Sólo si conseguimos la tercera cosa necesaria. La primera, como dije, es calidad de información. La segunda: ocio para digerirla. La tercera: el derecho a obrar de acuerdo con lo que nos ha enseñado la interacción de las otras dos. Y me parece muy difícil que un hombre muy viejo y un bombero descontento logren algo a esta altura. —Puedo conseguir esos libros. —Se arriesga usted demasiado. —Eso es lo bueno de estar muriéndose. Cuando y a no hay nada que perder, se puede correr cualquier riesgo. —Bueno, ha dicho usted algo interesante —rió Faber—. ¡Y sin haberlo leído! —¿En los libros hay cosas como ésa? ¡Pero si la dije sin pensar! —Mejor aún. No la preparó para mí ni para nadie, ni siquiera para usted mismo. Montag se inclinó hacia adelante. —Esta tarde pensé que si los libros eran en verdad algo de valor, podríamos buscar una imprenta e imprimir algunos ejemplares…

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