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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

—Daría mi mano

—Daría mi mano derecha —dijo Faber. Montag, inmóvil, esperó lo que iba a ocurrir. Sus manos, ellas solas, como dos hombres que trabajan juntos, comenzaron a desgarrar las hojas del libro. Las manos arrancaron la guarda, y luego la primera hoja, y luego la segunda. —¡Idiota, qué está haciendo! —Faber se incorporó de un salto, como si hubiera recibido un golpe. Cay ó sobre Montag. Montag lo apartó y dejó que sus manos continuaran. Seis hojas más cay eron al piso. Recogió las hojas y las arrugó bajo los ojos de Faber. —¡No! Oh, no —dijo el viejo. —¿Quién puede detenerme? Soy un bombero. ¡Puedo quemarlo a usted! El viejo se quedó mirando a Montag. —No lo haría. —¡Puedo hacerlo! —El libro. No arranque más hojas. —Faber se dejó caer en una silla, con el rostro muy pálido, los labios temblorosos—. No me haga sentir todavía más cansado. ¿Qué quiere? —Necesito aprender. —Bueno, bueno. Montag dejó el libro. Comenzó a desarrugar la bola de papeles, y los alisó. El viejo lo miraba con un aire de fatiga. Sacudió la cabeza como si de pronto estuviese despertando. —Montag, ¿tiene usted algún dinero? —Alguno. Cuatrocientos, quinientos dólares. ¿Por que? —Tráigalo. Conozco a un hombre que imprimía el periódico de la universidad hace medio siglo. Fue el año que llegué a clase, al comenzar otro semestre, y descubrí que en el curso de drama, de Esquilo a O’Neill, sólo se había inscrito un alumno. ¿Ve? Era como una hermosa estatua de hielo que se derritiese al sol. Recuerdo que los periódicos morían como enormes mariposas. Nadie deseaba volverlos a ver. Nadie los echó de menos. Y entonces el gobierno, comprendiendo que reducir el tema de las lecturas a labios apasionados y puñetazos en el estómago era muy ventajoso, completó el círculo con sus lanzallamas. Pues bien, Montag, ahí está ese impresor desocupado. Comenzaremos con unos pocos libros, y esperaremos a que la guerra destruya el orden actual y nos dé el impulso que falta. Unas pocas bombas, y las « familias» de todos los muros, como ratones arlequines, ¡callarán para siempre! En el silencio, quizá alguien oiga nuestro murmullo. Los dos hombres se quedaron mirando el libro sobre la mesa. —He tratado de recordar —dijo Montag—. Pero, diablos, se me olvida al mover la cabeza, Dios, cómo me hubiese gustado decirle algo al capitán. Ha leído bastante, así que conoce todas las respuestas, o parece conocerlas. Tiene una voz mantecosa. Temo que vuelva a lanzarme otro discurso, recordándome

mi vida anterior. Hace sólo una semana, mientras empuñaba una manguera de queroseno, y o pensaba: Dios, ¡qué divertido! El viejo movió afirmativamente la cabeza. —Los que no construy en deben quemar. Es algo tan viejo como la historia y la delincuencia juvenil. —Entonces soy eso. —Todos lo somos un poco. Montag se encaminó hacia la puerta de calle. —¿No puede darme un consejo para cuando me encuentre esta noche con el capitán? Necesito un paraguas que me proteja del chaparrón. Tengo tanto miedo que me ahogaré si me habla otra vez. El viejo no dijo nada, pero volvió a mirar nerviosamente hacia el dormitorio. Montag notó la mirada. —¿Bien? El viejo respiró profundamente, retuvo el aliento, y lo dejó salir. Volvió a aspirar, con los ojos cerrados, la boca apretada, y al fin suspiró: —Montag… —Y dándose vuelta dijo—: Venga. No puedo permitir que se marche de ese modo. Soy un viejo cobarde. Abrió la puerta de la alcoba y guió a Montag hasta un cuartito con una mesa, donde se amontonaban unas herramientas de metal, unos alambres microscópicos, bobinas diminutas y cristales. —¿Qué es esto? —preguntó Montag. —La prueba de mi terrible cobardía. He vivido solo tantos años, proyectando con mi imaginación figuras en las paredes. Los dispositivos electrónicos y los transmisores de radio fueron mi entretenimiento. Mi cobardía es una pasión tan intensa, y complemento del espíritu revolucionario que vive a su sombra, que tuve que proy ectar esto. Faber mostró un pequeño objeto verde, metálico, no may or que una bala de calibre 22. —Sólo queda este refugio para los peligrosos intelectuales sin trabajo. Construí todo esto, y esperé. Esperé, temblando, toda una media vida, a que alguien me hablara. No me atrevía a hablar con nadie. Aquella vez en el parque, cuando nos sentamos en el mismo banco, supe que usted vendría, con llamas o amistad, era difícil saberlo. Tengo este aparatito preparado desde hace meses, y casi lo dejo ir sin él. ¡A tanto llega mi miedo! —Parece una radio-caracol. —Y algo más. ¡El aparatito escucha! Si se lo pone en el oído, Montag, puedo quedarme en casa cómodamente, calentándome los huesos asustados, y escuchar y analizar el mundo de los bomberos, descubrir sus debilidades, sin peligro. Seré la reina del panal, a salvo en la colmena. Usted sería el zángano, la oreja ambulante. Podría distribuir orejas, si fuese necesario, por toda la ciudad,

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