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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

con varios hombres, y

con varios hombres, y escuchar y saber. Si el zángano muere, y o seguiré vivo en mi casa, cuidando mi terror con un máximo de comodidad y un mínimo de peligro. ¿Ve qué prudente soy, qué despreciable? Montag se colocó la bala verde en la oreja. El viejo Faber se metió una bala similar en la suy a y movió los labios. —¡Montag! La voz del viejo resonó en el interior de la cabeza de Montag. —¡Lo oigo! El viejo se rió. —A usted también se le oy e muy bien —Faber murmuraba, pero la voz resonaba claramente en la cabeza de Montag—. Vay a al cuartel cuando sea la hora. Escucharemos juntos al capitán Beatty. Puede ser uno de nosotros. Sabe Dios. Le diré a usted qué puede decir. Le ofreceremos un hermoso espectáculo. ¿Me odia usted por esta cobardía electrónica? Aquí estoy, enviándole a usted afuera, a la noche, mientras me quedo en la retaguardia, escuchando con mis malditas orejas y esperando a que lo degüellen. —Haremos lo que hay que hacer —dijo Montag. Puso la Biblia en manos del viejo—. Tome. Trataré de conseguir otro ejemplar. Mañana… —Veré al impresor que está sin trabajo. Por lo menos haré eso. —Buenas noches, profesor. —No buenas noches. Estaré con usted el resto de la noche. Un murciélago avinagrado que le hará cosquillas en el oído cada vez que me necesite. Pero buenas noches, y buena suerte, de todos modos. La puerta se abrió y se cerró. Montag estaba otra vez en la calle oscura, mirando el mundo. Uno podía sentir, aquella noche, que la guerra se preparaba en el cielo. Las nubes se apartaban y volvían; un millón de estrellas se deslizaba entre las nubes, como discos enemigos; y parecía que el cielo podía caer sobre la ciudad, y que entonces la ciudad sería un polvo de tiza, y que la Luna se alzaría en un fuego rojo. Montag salió del tren subterráneo con el dinero en el bolsillo (había ido al banco que permanecía abierto toda la noche y todas las noches, atendido por empleados robots), y mientras caminaba escuchaba la radio-caracol que llevaba en una oreja… —Hemos movilizado un millón de hombres. Si se declara la guerra, nuestra victoria será rápida… Una música ahogó rápidamente la voz. —Diez millones de hombres movilizados —murmuró Faber en la otra oreja —. Pero diga un millón, se sentirá más contento. —¿Faber? —¿Sí?

—No estoy pensando. Estoy haciendo lo que me dicen, como siempre. Usted me dijo que consiguiese el dinero y lo conseguí. Yo no pensé en eso. ¿Cuándo empezaré a actuar con independencia? —Ya ha empezado al decir lo que dijo. Tiene que confiar en mí. —¡Confiaba en los otros! —Sí, y vea a dónde nos llevaron. Tiene que actuar a ciegas, al menos durante un tiempo. Apóy ese en mi hombro. —No quiero que esto se reduzca a cambiar de acompañante, y que me digan qué hay que hacer. No hay razón para cambios si hago eso. —¡Ya ha aprendido mucho! Montag sintió que los pies lo llevaban por la acera, hacia su casa. —Siga hablando. —¿Quiere que lea? Le leeré para que no se olvide. Sólo duermo cinco horas por noche. No tengo nada que hacer. Le leeré mientras duerme. Dicen que aun entonces es posible aprender, si alguien le habla a uno al oído. —Sí. —Bueno. —Muy lejos, en la noche, en el otro lado de la ciudad, el débil susurro de una hoja al volverse—. El libro de Job. La Luna se alzó en el cielo mientras Montag caminaba, moviendo apenas los labios. Estaba cenando ligeramente a las nueve, cuando la voz de la puerta de calle resonó en el vestíbulo. Mildred dejó corriendo la sala como un nativo que huyese de una erupción del Vesubio. La señora Phelps y la señora Bowles cruzaron la puerta de calle y se desvanecieron en la boca del volcán con martinis en la mano. Montag dejó de comer. Las mujeres parecían un monstruoso candelero de cristal, que tintineaba con mil sonidos. Montag vio sus sonrisas gatunas reflejadas en todas las paredes. Ahora se gritaban unas a otras por encima del estrépito. Montag se encontró en la puerta de la sala, con la boca llena. —¿No tenéis todas un magnífico aspecto? —Magnífico. —¡Tú estás muy bien, Millie! —Muy bien. —Todas estáis muy elegantes. —Muy elegantes. Montag las miraba fijamente. —Paciencia —murmuró Faber. —Yo no tendría que estar aquí —susurró Montag, casi para sí mismo—. Tendría que estar y endo a la casa de usted, con el dinero. —Hay tiempo hasta mañana. ¡Cuidado!

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