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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

lavar ropa; metes las

lavar ropa; metes las prendas dentro y cierras la tapa. —La señora Bowles rió un rato entre dientes—. Tan pronto me besan como me patean. ¡Por suerte y o también sé patear! Las mujeres se rieron mostrando la lengua. Mildred calló un momento, y luego, dándose cuenta de que Montag estaba todavía en el umbral, golpeó las manos. —¡Hablemos de política para complacer a Guy ! —Muy bien —dijo la señora Bowles—. En la última elección voté, como todos, por el presidente Noble. Uno de los hombres más buenos mozos que hay an llegado a la presidencia. —¡Oh, pero quién se presentó contra él! —No valía mucho, ¿eh? Bastante bajito y con ese aspecto doméstico, y además no sabía afeitarse ni peinarse. —¿Cómo la oposición sostuvo a ese hombre? Un hombre bajito como ése no puede rivalizar con un hombre alto. Además tartamudeaba. La may or parte del tiempo y o no oía lo que decía. ¡Y cuando oía algo, no entendía! —Gordo también, y no lo disimulaba con la ropa. No es raro que todo el país votase por Noble. Hasta los nombres ayudaban. Comparen Winston Noble con Hubert Hoag durante diez segundos y y a pueden imaginar el resultado. —¡Maldita sea! —gritó Montag—. ¡Qué saben ustedes de Hoag y Noble! —Bueno, estaban ahí en las paredes de la sala no hace más de seis meses. Uno de ellos no paraba de tocarse la nariz. Yo no podía aguantarlo. —Pues bien, señor Montag —dijo la señora Phelps—, ¿quería usted que votásemos a un hombre como ése? Mildred sonrió, resplandeciente. —Sal de la puerta, Guy, y no nos pongas nerviosas. Pero Montag desapareció y volvió en seguida con un libro en la mano. —¡Guy ! —¡Maldita sea, y maldita sea, y maldita sea! —Lo que tiene ahí, ¿no es un libro? Creía que hoy se instruía a la gente con películas. —La señora Phelps parpadeó—. ¿Está ley endo acerca de la teoría de los bomberos? —Teoría, demonios —dijo Montag—. Esto es poesía. Un murmullo. —Montag. —¡Déjeme tranquilo! Montag sintió como si estuviese girando en un torbellino de rugidos y zumbidos. —Montag, conserve la serenidad, no… —¿No las ha oído? ¿No ha oído a estos monstruos que hablan de monstruos? Oh, Dios, cómo disparataban hablando de la gente y de sus hijos y de sí mismas,

y de cómo hablan con sus maridos y de cómo hablan de la guerra. Maldita sea, aquí estaba yo, y no podía creerlo. —No dije una sola palabra de ninguna guerra. Lo sabe usted muy bien —dijo la señora Phelps. —En cuanto a la poesía, la odio —concluy ó la señora Bowles. —¿Escuchó alguna vez poesía? —Montag. —La voz de Faber insistía, airadamente—. Lo arruinará todo. ¡Cállese, loco! Las tres mujeres se habían puesto de pie. —¡Siéntense! Las mujeres se sentaron. —Yo me voy a casa —gorgoteó la señora Bowles. —Montag, Montag, por favor, en nombre de Dios, ¿qué pretende? —rogó Faber. —Pues bien, ¿por qué no nos lee algún poema de su librito? La señora Phelps hizo un signo afirmativo. —Sería interesante. —Eso no está bien —gimió la señora Bowles—. ¡No podemos hacer eso! —Bueno, mire al señor Montag, desea leernos algo. Y si escuchamos bien, el señor Montag se quedará contento, y quizá entonces podamos hacer otra cosa. La señora Phelps miró nerviosamente el inmenso vacío de las paredes. —Montag, si sigue con eso, me retiro, me voy. —El escarabajo mordía el oído de Montag—. ¡Para qué sirve eso, qué quiere probar! —Asustarlas como todos los diablos, eso quiero, ¡darles una lección! Mildred miró el aire vacío. —Pero, Guy, ¿con quién estás hablando? Una aguja de plata le traspasó el cerebro a Montag. —Montag, escuche. Sólo hay un modo de salir de esto. Diga que es un juego, finja, pretenda que no está enojado. Luego… diríjase al incinerador, ¡y deshágase del libro! Mildred y a había anticipado todo esto con una voz chillona: —Señoras, una vez al año todo bombero puede llevar a su casa un libro, de los viejos tiempos, para mostrar a la familia qué tontería eran los libros, cómo pueden atacarle a uno los nervios. Guy les reservaba esta sorpresa para que vean qué confusión había entonces. De ese modo nuestras cabecitas podrán olvidar para siempre esas cosas inútiles. ¿No es así, querido? —Diga « sí» . Montag apretó el libro entre las manos. La boca de Montag se movió como la de Faber. —Sí. Mildred arrancó el libro de las manos de Montag, con una carcajada.

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