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10 months ago

Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

—¡Aquí está! Lee.

—¡Aquí está! Lee. No te preocupes, voy a devolvértelo. Éste es aquel tan gracioso que leíste en voz alta el otro día. Señoras, no entenderéis una palabra. Repeticiones, ñoñerías. Adelante, Guy. Esta página, querido. Montag miró la página abierta. Una mosca estiró las alas dentro de su oreja. —Lea. —¿Cuál es el título, querido? —La Bahía de Dover. Montag sentía la boca entumecida. —Bueno, lee con voz clara, y despacio. En el cuarto había un calor sofocante. Montag era un frío, una llama. Las mujeres esperaban sentadas en medio de un desierto vacío, y Montag, de pie, se balanceaba esperando a que la señora Phelps dejara de alisarse el vestido y que la señora Bowles se sacara la mano del pelo. Luego comenzó a leer con su voz grave, tropezando, una voz que se hacía más firme a medida que pasaba de una línea a otra; y la voz cruzó el desierto, se internó en la blancura, y envolvió a las tres mujeres sentadas en aquel vacío inmenso y ardiente. —Las aguas de la fe alguna vez también las costas rodearon como una clara túnica plegada. Pero ahora sólo oigo su largo y melancólico rugido al retirarse, al hálito del viento de la noche, desnudando los tristes y afilados pedruscos de la tierra. Las sillas crujieron bajo las tres mujeres. Montag concluyó: —Ah, amor, ¡seamos siempre fieles! Pues en el mundo que parece extenderse ante nosotros como un país de sueños, tan diverso, tan nuevo, tan hermoso, no hay en verdad ninguna luz, alegría o amor, verdad o paz, o alivio de amarguras. Y aquí estamos como en un llano oscuro con alarmas confusas de luchas y de huidas donde ejércitos ciegos se acometen de noche. La señora Phelps estaba llorando. Las otras, en medio del desierto, miraban cómo lloraba, cada vez más alto, y cómo la cara se le arrugaba y descomponía. La miraban, sin tocarla, confusas ante la escena. La mujer sollozaba sin poderse dominar. Montag mismo se sentía aturdido, y débil. —Vamos, vamos —dijo Mildred—. No pasa nada, Clara. ¡Clara, por favor! ¿Qué te ocurre? —Yo… y o… —sollozó la señora Phelps—. No sé. No sé de veras. Oh, oh… La señora Bowles se incorporó y miró con ojos brillantes a Montag.

—¿Ve usted? Ya lo sabía, ¡esto es lo que yo quería probar! ¡Sabía que pasaría esto! Siempre lo he dicho, poesía y lágrimas, poesía y suicidios y llantos y sentimientos horribles, poesía y enfermedades; ¡todo lo mismo! Y aquí tengo ahora la prueba. Es usted odioso, señor Montag, ¡odioso! —Ahora… —dijo Faber. Montag sintió que se volvía y se encaminaba hacia la pared y arrojaba el libro por la puerta de bronce a las llamas que esperaban. —Palabras tontas, palabras tontas, palabras tontas y dañinas —dijo la señora Bowles—. ¿Por qué hay gente que desea hacer daño a la gente? Como si no hubiese bastante mal en el mundo, ¡tienen que atormentar a la gente con cosas como éstas! —Clara, vamos, Clara —imploró Mildred, tirando del brazo de la mujer—. Vamos, anímate, ahora vamos a ver la « familia» . Animo. Riamos y seamos felices. Deja de llorar. ¡Tendremos una fiesta! —No —dijo la señora Bowles—. Ahora mismo me vuelvo a casa. Tú puedes venir a visitarme y ver mi « familia» cuando quieras. ¡Pero y o no volveré jamás a esta disparatada casa de bombero! —Váyase a su casa —dijo Montag mirando a la mujer serenamente—. Váyase a su casa y piense en su primer marido, divorciado, y en su segundo marido, muerto en un automóvil, y en su tercer marido, que se pegó un tiro. Váyase a su casa y piense en su docena de abortos. Váyase a su casa y piense en sus malditas operaciones cesáreas, también, y en sus hijos, que la odian. Váyase a su casa y piense cómo pasó todo eso, qué hizo usted para que no se repitiera. ¡Váy ase a su casa! ¡Váy ase! —aulló Montag—. ¡Antes de que le dé un golpe y la saque de aquí a puntapiés! Un ruido de puertas y las mujeres se fueron. Montag se quedó en la sala, sintiendo el frío invernal, entre unos muros del color de la nieve sucia. En el cuarto de baño corrió el agua. Montag oy ó a Mildred que sacudía las tabletas de dormir que tenía en la mano. —Tonto, Montag. Tonto, tonto, tonto. Oh, Dios, qué tonto… —¡Cállese! Montag se sacó la bala verde y se la metió en un bolsillo. La bala siseó débilmente: —… tonto… tonto… Montag revisó la casa y encontró los libros detrás de la refrigeradora, donde Mildred los había escondido. Algunos faltaban, y comprendió que su mujer había iniciado el lento proceso de dispersar la dinamita por la casa, cartucho a cartucho. Pero no estaba enojado ahora, sólo cansado y asombrado de sí mismo. Llevó los libros al patio de atrás y los escondió bajo los matorrales, al lado de la cerca. Sólo por esta noche, pensó, para que Mildred no siga quemando. Volvió a la casa.

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury - Paz con Dignidad
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