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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

Todos tocamos nuestra

Todos tocamos nuestra arpa. Y a usted le toca decidir con qué oreja escuchará la música. Montag abrió la boca para responder a Faber. El sonido de la campana evitó que cometiera ese error. La voz de la alarma cantaba en el cielo raso. Se oyó un seco golpeteo. El teléfono escribía la dirección en el otro extremo del cuarto. El capitán Beatty, con sus cartas de póker en la mano rosada, caminó con exagerada lentitud hacia el teléfono. Esperó el fin del informe, arrancó el trozo de papel. Lo miró descuidadamente, se lo metió en el bolsillo, volvió, y se sentó. Los otros lo miraron. —Puede esperar cuarenta segundos, mientras les saco todo el dinero —dijo Beatty alegremente. Montag dejó sus cartas. —¿Cansado, Montag? ¿Abandonas el juego? —Sí. —Espera un momento. Bueno, si lo pensamos un poco, podemos terminar esta mano más tarde. Dejen los naipes cara abajo, sobre la mesa, y preparen los equipos. Vamos, de prisa. —Y Beatty volvió a levantarse—. Montag, ¿no te sientes bien? No me gustaría que volvieses a caer en otra de esas fiebres. —Pronto me sentiré bien. —Te sentirás magníficamente. Éste es un caso especial. Vamos, ¡rápido! Dieron un salto en el aire y se tomaron de la barra de bronce, que parecía asomar por encima de una inmensa ola capaz de arrastrarlos a todos. Y entonces la barra, ante el desaliento de los hombres, los llevó abajo, ¡a la oscuridad, las ráfagas y toses y succiones del dragón gaseoso que rugía despertando a la vida! —¡Eh! Doblaron una esquina con truenos y silbidos de sirena, chirridos de frenos, chillidos de gomas; con un gorgoteo de queroseno en el brillante tanque de bronce, como una comida en el estómago de un gigante; con la barandilla de plata sacudida por las manos de Montag, manos que se agitaban en el espacio frío de la noche; con un viento que le levantaba el pelo, un viento que le silbaba en los oídos, mientras él no dejaba de pensar en las mujeres, las mujeres fisgonas de mentes arrastradas por un viento de neón que habían estado esa noche en su sala. ¡Aquella tonta y condenada lectura! Como tratar de apagar un fuego con pistolas de agua, qué disparate, qué insensatez. Una furia que se transformaba en otra. Una cólera que desplazaba a otra. ¿Cuándo dejaría esa locura y se quedaría quieto, realmente quieto? —¡Allá vamos! Montag alzó los ojos. Beatty nunca conducía, pero lo estaba haciendo esta noche, dando una vuelta cerrada en las esquinas, inclinándose hacia adelante en su trono de conductor. La gran capa negra flotaba detrás y Beatty parecía un enorme murciélago que volaba en el viento, sobre la máquina, sobre los números

de bronce. —¡Allá vamos, a hacer felices a los hombres, Montag! Las mejillas rosadas y fosforescentes de Beatty brillaban en la profunda oscuridad. Sonreía salvajemente. —¡Allá vamos! La Salamandra se detuvo con un estampido, despidiendo a los hombres, que resbalaron y saltaron torpemente. Montag se quedó mirando con aire de cansancio la barandilla brillante y fría que apretaba entre los dedos. Beatty estaba ya junto a Montag, oliendo el viento que acababa de atravesar rápidamente. —Muy bien, Montag. Los hombres corrían como tullidos en sus incómodas botas, silenciosos como arañas. Al fin Montag alzó los ojos y se volvió. Beatty estaba estudiándole la cara. —¿Pasa algo, Montag? —Pero cómo —dijo Montag lentamente—, nos hemos detenido frente a mi casa.

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