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8 months ago

Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

Encontró unos pocos

Encontró unos pocos donde los había dejado, junto a la cerca. Mildred, bendita fuese, los había pasado por alto. Cuatro libros estaban aún en su sitio. Unas voces sollozaban en la noche, y los ray os de unas linternas se paseaban por las cercanías. Otras Salamandras rugían, muy lejos, y las sirenas de los coches policiales atravesaban la ciudad. Montag tomó los cuatro libros que quedaban y se fue cojeando, sacudiéndose, cojeando callejón abajo. De pronto cayó, como si le hubiesen cortado la cabeza y sólo el cuerpo estuviese allí tendido en el callejón. Algo en su interior lo había obligado a detenerse, arrojándolo al suelo. Se quedó donde había caído y sollozó, con las piernas recogidas, la cara apretada ciegamente contra la grava. Beatty quería morir. En medio del llanto, Montag supo que así era. Beatty había querido morir. Se había quedado allí, sin moverse, sin tratar realmente de salvarse, bromeando, charlando, pensó Montag. Ese pensamiento bastó para que dejara de llorar y se detuviese a tomar aliento. Qué extraño, qué extraño, tener tantas ganas de morir. Permitir que un hombre vay a armado, y luego, en vez de callarse y cuidarse, seguir gritando y burlándose, y luego… A lo lejos, unos pies que corrían. Montag se sentó. Salgamos de aquí. Vamos, levántate, levántate, ¡no puedes quedarte sentado! Pero lloraba de nuevo y había que acabar con eso de una vez por todas. Ya estaba mejor. No había querido matar a nadie, ni siquiera a Beatty. Las carnes se le retorcieron y encogieron, como si se las hubiesen metido en un ácido. Sintió náuseas. Veía aun a Beatty, una antorcha que se agitaba en la hierba. Se mordió los nudillos. Lo siento, lo siento, oh Dios, lo siento… Trató de volver a unir todas las cosas, de regresar a la vida normal de hacía unos pocos días, antes del tamiz y la arena, el dentífrico Denham, aquella mariposa en el oído, las luciérnagas, las alarmas y viajes. Demasiado para tan pocos días, demasiado en verdad para una vida entera. Unos pies corrían en el extremo del callejón. —¡Levántate! —se dijo a sí mismo—. ¡Maldita seas, levántate! —le dijo a la pierna. Se incorporó. El dolor era ahora unos clavos en la rodilla, y luego sólo unas agujas de zurcir, y luego sólo unos alfileres de gancho, y después de cojear y saltar otras cincuenta veces, llenándose la mano de astillas en la cerca de madera, el cosquilleo se transformó en un rocío de agua hirviente. Y la pierna era al fin su propia pierna. Había temido que si corría podía romperse aquel tobillo suelto. Ahora, absorbiendo la noche por la boca y devolviéndola con un color pálido, metiéndose en el cuerpo toda aquella pesada negrura, logró caminar con lentitud y serenidad. Llevaba los libros en las manos. Recordó a Faber. Faber quedaba allá en el humeante montón de alquitrán sin identidad ni

nombre. Había quemado también a Faber. La idea lo sacudió de tal modo que sintió que Faber estaba realmente muerto, cocinado como una cucaracha en aquella capsulita verde, en el bolsillo de un hombre que ahora era sólo un esqueleto atado por tendones de asfalto. No debes olvidarlo, quémalos o te quemarán, pensó. Eso es todo. Buscó en sus bolsillos. El dinero estaba allí, en un bolsillo, y en el otro encontró el caracol donde la ciudad se hablaba a sí misma en la madrugada desapacible y negra. —Alerta, policía. Un fugitivo en la ciudad. Culpable de asesinato y crímenes contra el Estado. Nombre: Guy Montag. Ocupación: Bombero. Visto por última vez en… Montag corrió sin detenerse durante seis manzanas, y al fin el callejón se abrió en una avenida, ancha como diez calles. Parecía un río sin embarcaciones, helado bajo la luz fría de las grandes lámparas de arco. Uno puede ahogarse si intenta cruzarla, pensó; es demasiado ancha; es demasiado abierta. Un vasto escenario sin decorados que lo invitaba a cruzar, a correr, a ser visto fácilmente bajo aquella iluminación deslumbrante, a ser fácilmente apresado, fácilmente derribado por una bala. El caracol le zumbó en el oído. —… atención a un hombre que corre… atención a un hombre solo… a pie… atención… Montag retrocedió a las sombras. Delante de él se alzaba una estación de gas, una brillante construcción de porcelana blanca. Dos coches plateados entraban en la estación. Si quería caminar, no correr, atravesar tranquilamente la ancha avenida, tenía que estar limpio y presentable. Estaría un poco más seguro si se lavaba y peinaba antes de ir a… Sí, pensó, ¿a dónde voy? A ninguna parte. No había a dónde ir, ningún amigo a quien buscar. Excepto Faber. Y entonces comprendió que iba, de veras, a casa de Faber, instintivamente. Sin embargo, Faber no podía esconderlo. Sólo intentarlo sería un suicidio. Pero supo que iría a ver a Faber de todos modos, por un rato. La casa de Faber sería el lugar donde recuperaría la fe, cada vez menor, en su propia capacidad para sobrevivir. Quería saber por lo menos que había un hombre como Faber en el mundo. Quería ver al hombre vivo, y no quemado como un cuerpo encerrado en otro cuerpo. Y debía dejarle un poco de dinero a Faber, naturalmente, para que lo gastase mientras él, Montag, huía. Quizá pudiese llegar al campo y vivir cerca de los ríos o las carreteras, en las colinas y prados. Alzó los ojos. Algo giraba en el cielo. Los helicópteros de la policía se elevaban allá lejos, como las motas de una grisácea flor de cacto. Eran dos docenas que oscilaban, indecisos, a cinco kilómetros de distancia, como mariposas aturdidas por el otoño, y luego caían

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