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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

hombre a pie, una

hombre a pie, una rareza, y habían dicho, simplemente: « Alcancémoslo» , sin saber que era el señor Montag, fugitivo. Simplemente unos cuantos niños que habían salido a dar un largo y ruidoso paseo, recorriendo ochocientos o mil kilómetros en unas pocas horas, a la luz de la Luna, con los rostros helados por el viento, lanzados a una aventura, para volver o no volver luego a sus casas, vivos o no vivos. Podían haberme matado, pensó Montag, tambaleándose. El aire todavía agitado y sacudido en nubes de polvo a su alrededor le tocaba la lastimada mejilla. Sin ninguna razón, podían haberme matado. Caminó hacia la acera diciéndole a cada pie que se moviera y siguiera moviéndose. De algún modo había recogido los libros desparramados por la calle. No recordaba haberse agachado o haberlos tocado. Los pasó de una mano a otra, varias veces, como si fuesen una mano de póker sobre la que no podía decidir. Me pregunto si serían los mismos que mataron a Clarisse. Se detuvo y volvió a repetirlo mentalmente, con mayor fuerza. ¡Me pregunto si serían los mismos que mataron a Clarisse! Quiso correr detrás de ellos, gritando. Se le humedecieron los ojos. Lo había salvado la caída. El conductor, al ver tendido a Montag, consideró instantáneamente la posibilidad de que al pasar sobre un cuerpo a una velocidad tan alta el coche volcara haciendo saltar a sus ocupantes. Si Montag hubiese sido un blanco vertical… Montag abrió la boca, sin aliento. Allá abajo, en la avenida, a cuatro cuadras de distancia, el coche había aminorado la marcha, había girado en dos ruedas, y volvía ahora a todo correr. Pero Montag había desaparecido, oculto en la oscuridad hacia donde había emprendido un largo viaje, hacía una hora, ¿o hacía un minuto? Se detuvo, estremeciéndose en la noche, mirando hacia atrás, mientras el coche pasaba corriendo y patinaba, precipitándose otra vez hacia el centro de la avenida, llenando el aire de carcajadas, desapareciendo. Más allá, mientras se movía en las sombras, Montag pudo ver los helicópteros que descendían, descendían como los primeros copos de nieve del largo invierno próximo… La casa estaba en silencio. Montag se acercó por la parte de atrás, arrastrándose a través del perfume denso, húmedo y nocturno de los narcisos, las rosas y el césped cubierto de rocío. Tocó la puerta de alambre, descubrió que estaba abierta, y se deslizó por el porche, escuchando.

Señora Black, ¿duerme usted?, pensó. Esto no está bien, pero su marido se lo hizo a otros, y nunca titubeó, y nunca se preocupó. Ahora, ya que es usted la mujer de un bombero, le toca el turno a su casa, por todas las cosas que quemó su marido y las gentes a las que hizo daño sin pensar. La casa no respondió. Montag escondió los libros en la cocina y salió a la calle otra vez y volvió la cabeza y la casa estaba todavía en sombras, silenciosa, dormida. Mientras atravesaba la ciudad, y los helicópteros revoloteaban en el cielo como papeles rotos, llamó desde una solitaria cabina de teléfono, frente a una tienda cerrada por la noche. Luego, de pie, inmóvil en el frío aire nocturno, se quedó esperando, y oy ó a lo lejos las sirenas que comenzaban a sonar, y las Salamandras que venían. Venían a quemar la casa de la señora Black, mientras Black estaba afuera trabajando, y venían a sacar a la mujer al aire helado de la madrugada, mientras los techos desaparecían y caían en el fuego. Pero por ahora la mujer dormía aún. Buenas noches, señora Black, pensó. —¡Faber! Otro golpe seco, un murmullo, y una larga espera. Pasó un minuto y una lucecita se encendió en la casita de Faber. Otra pausa, y se abrió la puerta. Se quedaron mirándose a la media luz, Faber y Montag, como si ninguno crey ese en la existencia del otro. Al fin Faber se movió, alargó una mano, tomó a Montag por el brazo, lo metió en la casa, lo hizo sentar, y volvió a la puerta y se quedó allí, escuchando. Las sirenas gemían en la madrugada tranquila. El viejo entró y cerró la puerta. —He sido un tonto rematado —le dijo Montag—. No puedo quedarme mucho tiempo. Me voy, Dios sabe adonde. —Por lo menos fue un tonto en las cosas importantes —dijo Faber—. Pensé que había muerto. La cápsula que le di… —Quemada. —Oí que el capitán le hablaba, y de pronto silencio. Casi salí a buscarlo. —El Capitán murió. Encontró la cápsula, escuchó su voz, e iba a seguir la onda. Lo maté con el lanzallamas. Faber se sentó y no habló durante un tiempo. —Dios mío, ¿cómo ocurren estas cosas? —dijo Montag—. La otra noche todo era magnífico, y de pronto supe que me estaba ahogando. ¿Cuántas veces puede hundirse un hombre antes de morir? Me cuesta respirar. Ahí está Beatty, muerto, que una vez fue mi amigo. Y ahí está Millie, desaparecida. Pensé que era mi mujer, pero ahora no estoy seguro. Y la casa, incendiada. Y y o sin trabajo, un prófugo. Y en el camino dejé un libro en la casa de un bombero. ¡Jesucristo!

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury - Paz con Dignidad
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