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Fahrenheit 451 - Ray Bradbury

¡Las cosas que he hecho

¡Las cosas que he hecho en una semana! —Hizo lo que debía hacer. Algo que había empezado hace mucho tiempo. —Sí, lo creo, aunque no crea en otra cosa. Era algo que tenía que haber ocurrido antes. Lo sentí, mucho tiempo. Yo hacía una cosa y pensaba en otra. Dios, todo estaba ahí. Es asombroso que los demás no lo viesen. Y aquí estoy ahora, complicándolo también a usted. Pueden haberme seguido. —Me siento vivo por primera vez en años —dijo Faber—. Siento que estoy haciendo lo que debí haber hecho hace toda una vida. Por el momento no tengo miedo. Quizá sea porque hago al fin lo que se debe. Quizá sea porque he cometido un acto temerario y no quiero parecer cobarde ante usted. Supongo que tendré que hacer cosas aún más violentas, exponiendo mi propia vida, y no volver a caer y asustarme. ¿Cuáles son sus planes? —Seguir huy endo. —¿Sabe que ha estallado la guerra? —Lo oí. —Dios, ¿no es gracioso? —dijo el viejo—. Parece algo tan remoto sólo porque tenemos nuestros propios problemas. —No he tenido tiempo de pensar —dijo Montag sacando cien dólares—. Quiero que usted se quede con esto. Úselo como le parezca cuando me vay a. —Pero… —Puedo estar muerto al mediodía, úselo. Faber asintió. —Será mejor que vay a hacia el río, si puede. Sígalo, y si puede llegar a las viejas vías de ferrocarril, sígalas también. Aunque todo es prácticamente aéreo en estos días, y las rutas terrestres están abandonadas, esas vías siguen todavía ahí, herrumbrándose. He oído que hay aún campamentos de vagabundos en todo el país, aquí y allá; campamentos ambulantes, los llaman, y si uno camina bastante y con los ojos bien abiertos dicen que es posible encontrar a viejos graduados de Harvard en los caminos. Algunos tienen la captura recomendada en las ciudades. Sobreviven en el campo. No son muchos, y el gobierno no cree, parece, que sean bastante peligrosos como para organizar una batida. Puede usted quedarse algún tiempo con ellos y reunirse conmigo en Saint Louis. Saldré esta mañana, en el autobús de las cinco, para ver a un impresor retirado que vive en esa ciudad. Haré algo, al fin. Este dinero será útil. Gracias, y Dios lo bendiga. ¿No quiere dormir unos minutos? —Será mejor que me vay a. —Examinemos antes la situación. El viejo llevó a Montag al dormitorio, movió un cuadro, y reveló una pantalla de televisión del tamaño de una tarjeta postal. —Siempre me gustaron las cosas muy pequeñas, las cosas que uno puede llevar consigo, que se pueden tapar con la palma de la mano, que no lo aplastan a

uno, nada monstruosamente grande. El viejo tocó el aparato. —Montag —dijo la pantalla de TV, encendiéndose— m-o-n-t-a-g. —Una voz deletreó el nombre—. Guy Montag. Todavía prófugo. Los helicópteros de la policía vuelan ya buscándolo. Se ha traído un nuevo Sabueso Mecánico de otro distrito… Montag y Faber se miraron. —El Sabueso Mecánico nunca falla. Este notable invento nunca ha cometido un error. Hoy, esta cadena de estaciones se complace en anunciar que tan pronto como el Sabueso comience a dirigirse hacia su blanco, una cámara de televisión lo seguirá desde un helicóptero… Faber sirvió dos vasos de whiskey. —Necesitamos esto. Los dos hombres bebieron. —… un olfato tan sensible que el Sabueso Mecánico puede recordar e identificar diez mil olores de diez mil hombres sin necesidad de cambiar los circuitos. Faber se estremeció levemente y miró a su alrededor, la casa, las paredes, la puerta, el pestillo, y la silla donde estaba sentado Montag. Montag vio la mirada. Los ojos de ambos recorrieron rápidamente la casa y Montag sintió que se le dilataban las narices. Supo que estaba tratando de rastrearse a sí mismo, y su olfato fue de pronto lo bastante fino como para seguir la senda que había abierto en el aire de esa habitación y percibir el sudor de su mano en el pestillo; gotas de un sudor invisible, pero tan numerosas como los cristales de un pequeño candelero. Él, Montag, estaba en todas partes; en el interior, el exterior y los alrededores de todas las cosas. Era una nube brillante, un fantasma que cortaba la respiración. Vio que Faber mismo dejaba de respirar, temiendo quizá que aquel fantasma se le metiese en el cuerpo, temiendo contaminarse con aquellas exhalaciones espectrales y los olores del prófugo. —¡El Sabueso Mecánico desciende ahora en un helicóptero en el sitio del incendio! Y allí, en la pantalla, aparecieron los restos de la casa de Montag y algo cubierto por una sábana. Y del cielo, revoloteando, bajó el helicóptero como una flor grotesca… Montag miró la escena, fascinado, sin desear irse. Parecía algo tan remoto, tan ajeno a él. Era como una obra teatral donde no participaba, un espectáculo asombroso y hasta curiosamente agradable. Todo eso es para mí, pensaba Montag, todo eso ocurre sólo para mí, Señor. Montag hubiera deseado poder quedarse allí, cómodamente, y seguir las diversas y rápidas fases de la cacería, por los pasadizos, por las calles, por las avenidas desiertas, por los terrenos baldíos y parques de juegos, con pausas aquí

Fahrenheit 451, de Ray Bradbury - Paz con Dignidad
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