Views
7 months ago

Perdidos en el otro lado de la nada

Cathy,

Cathy, senderista experimentada, conocía muy bien el área. Eran casi las 13:30, la hora más calurosa del día. Nos había tomado mucho tiempo bajar hasta el cañón, subir nos llevaría más. La luz del día podría desaparecer antes de que regresáramos al punto de partida. Rick estudió el mapa. “Parece que ya hemos recorrido casi la mitad del circuito”, indicó. “Solo hay que seguir avanzando”. Durante las horas siguientes, el Sol azotó sin piedad. Nos detuvimos con frecuencia, estiramos la espalda y sacudimos las cantimploras para obtener las últimas gotas. Parecía que llevábamos una eternidad caminando. Los mojones seguían escondiéndose, cubiertos por la vegetación. Volver atrás para buscar el camino consumió tiempo y energía. También nos obligó a abrirnos paso entre los cactus. Entonces llegamos a un punto sin salida: la orilla de un cañón. “¡Dios mío!”, exclamé. Eran las 20:00. Habíamos andado casi 13.5 kilómetros sin lograr llegar a ningún sitio. “¡Ayuda!”, gritó Rick; eso me espantó. Pero me sumé. “¡Ayuda! ¡Estamos perdidos! ¡Necesitamos agua!”. No había más respuesta que el eco de nuestras voces. Rick sacó su teléfono. No tenía señal; sin embargo, iluminó lo suficiente como para estudiar el lugar. A Rick le preocupaban los animales: pumas, serpientes, coyotes. Encontró un espacio rocoso de suelo, y nos recostamos. “Hará mucho frío”, aseguró. Solo teníamos puestos shorts y camisetas ligeras, así que entrelazamos las piernas y nos abrazamos para aprovechar el calor corporal. Cerré los ojos e intenté dormir. DÍA 2: ESPERANZA Amaneció. Habían pasado 13 horas desde la última vez que bebimos agua. Caminamos cerca de medio kilómetro hasta el último mojón que habíamos visto la noche anterior y que señalaba el mirador Mexicano Falls. “Conque eso es lo que sucedió”, dijo Rick. “Seguimos las marcas hasta el mirador en lugar de mantenernos en el sendero”. Según el mapa, faltaban 8 kilómetros por delante para volver a la camioneta. Marchamos a paso constante otro rato y me animé un poco, hasta que perdimos de vista las referencias otra

SELECCIONES vez. Retrocedimos y volvimos sobre nuestros pasos incontables veces, en busca de mojones ocultos. Esta parte del desierto tenía muchos accidentes. Decenas de arroyos y barrancos nos obligaban a escalar colinas empinadas y, apenas las bajábamos, había una nueva pendiente. “¿Cuándo acabará esto?”, grité. “Nunca”, murmuró Rick, mientras se abría paso entre otro arbusto espinoso. “Tenemos que volver, los niños nos esperan”, dijimos con la voz rasposa ME ARRASTRÉ HACIA EL ÁRBOL Y ME SENTÉ A SU SOMBRA. “NO PUEDO MÁS”. RICK TUVO QUE TOMAR UNA DIFÍCIL DECISIÓN. por la falta de agua. Amanda, de diez años, y Ethan, de ocho, estaban en casa, en North Little Rock, con mis padres. Vi sus tiernas caritas e imaginé lo asustados que estarían si tuvieran idea de nuestra situación tan crítica. Anduvimos cuatro horas más. A las 14:00, con 32 grados, insistí en buscar un lugar con sombra para descansar. Casualmente, una vez leí en un libro que una mujer logró sobrevivir al calor del desierto porque se quedaba a la sombra en la tarde y caminaba por la noche. Vi una formación rocosa que ofrecía un espacio de sombra y nos abarcaría a ambos. Brotaba aire más fresco a través de un orificio en la base de la roca. Me senté cerca de la corriente y disfruté de la brisa. Un momento después, vi un cactus verde brillante. Su jugo se usa para preparar margaritas. Seguramente tendría algo que pudiéramos beber. Tras arrancar dos pencas, usé el cuchillo de Rick para cortar la parte inferior de una de ellas y succioné el líquido. La abrí y comí la pulpa. Sus diminutas y delgadas espinas se clavaron en mi lengua, mejillas y labios. No me importó: mi sed era mayor. “Sabe asqueroso”, se quejó Rick, a la vez que escupía la pulpa. “¡No lo hagas! Necesitamos toda el agua que aún tenemos en el cuerpo”. Nos recostamos a la sombra. Me pellizcaba la piel a menudo y esta se mantenía plegada: señal de deshidratación grave. Mis labios estaban partidos e hinchados, y sentía la lengua inflamada e inútil. “Cariño, tengo miedo de que no salgamos de esto”, dije. “Yo también”, balbuceó Rick. Horas después, cuando el Sol inició su lento descenso, Rick se puso de pie. “Debemos seguir”, señaló. Nos tambaleábamos por el camino cuando Rick divisó algo que se extendía debajo del cañón: álamos. En el desierto significan agua. Corrió hacia ellos. “¡Agua!”, gritó. Cruzó la cuenca de un arroyo seco y desapareció entre los árboles.

Calero, un oficio perdido - Técnica Industrial
El país de las islas y el agua
CULTURA Y DESIERTO - Universidad de Antofagasta
Grado 4, Unidad 5, Semana 1 - MacMillan Tesoros
T2_Materia y Energía_Actividades Tema.pdf - Rincon Educativo
Tapalpa del término Náhuatl “Tierra de colores” o “Lugar situado en ...
Olas de diversión - Comfama