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9 months ago

Perdidos en el otro lado de la nada

“¡Tráeme un

“¡Tráeme un poco!”, supliqué, aferrándome a una piedra para no caer. Encontré a Rick en cuclillas sobre un diminuto manantial triangular escondido bajo una gran piedra caliza. Él llenó mi cantimplora y bebí a toda velocidad. Oscurecía. Tendríamos que pasar otra noche fría a la intemperie. Pero estábamos demasiado cautivados por el agua para que eso nos preocupara. FOTO: CORTESÍA DE ARKANSAS DEMOCRAT-GAZETTE DÍA 3: SEPARACIÓN “Tenemos que volver al sendero”, señaló Rick cuando nos despertamos. Aunque el manantial había salvado nuestras vidas, él tenía razón. Era muy pequeño para abastecernos a ambos, y nos sentíamos débiles por el hambre. Nadie sabía que estábamos allí. Nadie nos buscaba. Teníamos que seguir avanzando. Rellenamos las cantimploras y escalamos las rocas para salir del cañón. Al ascender, encontramos la vereda. Y luego, como había sucedido durante los últimos dos días, la perdimos. “¡Demonios!”, gritó Rick. “¡Yo conozco el camino! ¡Mi camioneta”, señaló con su bastón. “¡Está allá! ¡Estoy harto de esas malditas señales!”. Entonces abandonó la vereda de una buena vez. Rick sabía que, si avanzábamos en esa dirección, finalmente nos toparíamos con el sendero del que habíamos partido hace dos días. Y tenía razón. Llegamos a él, pero no lo reconocimos. Lo pasamos de largo. Un mojón en el sendero. La densa vegetación cubría estas señales. Rick estaba muy pendiente de la hora. Teníamos hasta las 14:00 para encontrar cómo salir de ahí; de lo contrario, nos veríamos obligados a detenernos y resguardarnos del Sol. A las 12:30 vi un pequeño mezquite en un barranco angosto. Me arrastré hasta él y me senté a su sombra. “No puedo más”, comenté. “Solo te retraso”. Rick tuvo que tomar una difícil decisión. No podía hacerse a la idea de dejarme sola. Al mismo tiempo, creía poder regresar y traer ayuda. —Vete tranquilo; resistiré —afirmé. A Rick le quedaban dos tragos de agua en su cantimplora; me dejó uno. —Te amo— dijo. —Yo también te amo. —¿Quieres que te traiga algo cuando regrese? —bromeó. —Dos vasos de agua y una cerveza. Poco después de que se fue, bebí el último trago de agua que me quedaba.

SELECCIONES LLEGÓ EL ATARDECER. Habían pasado varias horas desde la partida de mi esposo, y el asedio del calor disminuyó. Sin embargo (como me enteraría después), Rick estaba llegando a su límite. No había comido en días, recorrió un maratón con apenas un trago de agua en la cantimplora y ni siquiera había señal alguna que sugiriera que iba en la dirección correcta. Habría sido tan fácil darse por vencido... podría quedarse donde estaba y dormirse. No obstante, Rick penen mí. Si él moría, yo también. Luego vio un brillo a la distancia: una camioneta. Estaba estacionada cerca de la salida. Eso significaba que nuestro vehículo esperaba apenas a 1.5 kilómetros por ese mismo camino. Hora y media más tarde, Rick llegó a la administración del parque, tocando la bocina. Su conducir errático llala atención de David Dotter, delegado del superintendente. “¡Mi esposa y yo nos perdimos en el desierto!”, gritó. “Ella sigue allá”. Se dirigieron al inicio del sendero, pero Rick estaba muy débil, así que no acompañó al oficial. Dotter regresó solo, dos horas después. De inmediato pidió ayuda al Departamento de Seguridad Pública de Texas. EL RUIDO DE un helicóptero me despertó de un sueño irregular. Cuando un reflector fulgurante cortó la oscuridad con su haz, me invadió la euforia. “¡Rick!”, grité. Y añadí: “¡Mamá! ¡Papá! ¡Por favor, ayúdenme!”. La aeronave voló lenta y metódicamente por el horizonte. Demasiado débil para ponerme de pie, usé mis manos y pies para trepar como cangrejo por una pequeña inclinación. “¡Estoy aquí!”, vociferé. “¡Estoy aquí!”. No sirvió de nada. El reflector jamás iluminó el profundo barranco en el que yo estaba. DÍA 4: SOLA Cuando la argolla de matrimonio salió de mi dedo marchito, la busqué tanteando entre las ramas y rocas a mi alrededor. Nada. El desierto me había quitado hasta mi sortija. Conforme aumentaba el calor, también lo hacían mis alucinaciones. En una de ellas, hacía el papel de niñera. Nuestros vecinos me habían pedido que cuidara a su hijo, que tenía una discapacidad física. En realidad, el niño era yo, luchando por mover mis brazos y piernas que ya no respondían. Mi estado físico seguía deteriorándose. El fluido se fugaba de mi cuerpo a medida que mis riñones, corazón, hígado y pulmones padecían las fluctuaciones extremas del calor y el frío, además del agotamiento y la grave deshidratación. Órgano por órgano, mi cuerpo se iba apagando. Rick, ya descansado, regresó a la búsqueda con 24 rescatistas. Avanzaba tan rápido entre los cactus que el superintendente Barrett Durst tenía que correr. “¡Espere!”, suplicaba. Rick no se detuvo. “Voy a encontrarla y a llevarla a casa”.

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