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1 week ago

El encantador de elefantes

lejos para caer sobre la

lejos para caer sobre la cerca, pero al llegar al suelo, rebotó y algunas de las ramas de la copa se atoraron entre los cables, lo que ocasionó que se tensaran hasta estar a punto de romperse. Hubo muchos chispazos que, afortunadamente, asustaron a los elefantes. Los cables no se partieron, así que aún había corriente; no obstante, no tardarían en darse cuenta de que había un punto débil. Por eso teníamos que actuar rápido. Solo había una solución: alguien tendría que entrar al boma a hurtadillas, con un serrucho, para cortar las ramas enredadas en la cerca. David se ofreció como voluntario. Entonces elaboramos un plan. Primero, no le dimos una comida a la manada para que después estuviera hambrienta. A fin de controlar la corriente, coloqué dos guardias con radios en los electrificadores y uno más se quedó conmigo para fungir como comunicador y transmitir las instrucciones por radio. Luego, los guardias echaron el alimento sobre la cerca para atraer a los elefantes y alejarlos del árbol caído. Le hice un gesto al guardia a mi lado y él gritó al personal en los electrificadores: “¡Corten la corriente! ¡Adelante!”. David escaló la reja. El guardia ordenó: “¡Activen la corriente!”. Ahora David estaba enjaulado en el doma. Con la mirilla de mi rifle enfoqué a los animales, que estaban en el otro extremo. David empezó a cortar las ramas mientras yo describía lo que estaba viendo: “Todo bien. Está funcionando. Solo unos minutos más”. De pronto todo cambió. Frankie debió haber escuchado un ruido porque alzó la vista. Enardecida al ver que alguien había invadido su territorio, arremetió a todo galope. “David, ¡sal ahora! ¡Corten la corriente! ¡Se acerca!”, grité. El mensaje no se transmitió; los guardias no cortaron la corriente. David estaba atrapado. Desesperado, trepó por el árbol, dirigiéndose a la valla, mientras la enardecida elefanta embestía a una velocidad inimaginable. Apunté; sabía que ya era demasiado tarde. Podía poner una bala en la cabeza de Frankie, pero por la inercia se estrellaría contra David y este quedaría hecho polvo. Tensé el dedo. Y entonces cayó una lluvia de majaderías

SELECCIONES e insultos, en la que escuché hasta algunos que no conocía. Era David, maldiciendo al hombre de la radio que no había transmitido correctamente el mensaje. Levanté el rifle y Frankie pasó a toda velocidad. Miré a David con incredulidad. Acababa de escalar una cerca electrificada de 2.5 metros de alto y, contra todo pronóstico, no tocó los cables de corriente en el frenesí por salvar su vida. Tan pronto como todos nos tranquilizamos, David insistió en regresar al boma a terminar el trabajo, no sin antes advertirle al guardia con el radio que si se equivocaba otra vez, lo mataría él mismo. “Pero ya estarás muerto”, dijo otro guardia. David fue el primero en soltar la carcajada. Hicimos lo correcto A MEDIDA QUE PASABAN las semanas, la manada empezó a serenarse. Ya podíamos acercarnos a la valla, a la hora de la comida, sin que nos amagaran elefantes furiosos. Y para entonces también se había detenido el temido patrullaje matutino. Nana ya no enfilaba a todos en la cerca, amenazando con una estampida en masa. Una mañana vi a Nana y a su bebé en la reja, justo frente a nuestro pequeño campamento. Era algo inédito. Al ponerme de pie, ella levantó la trompa y me miró directamente. Sus orejas no estaban paradas y lucía tranquila. Por instinto, decidí acercarme. Los elefantes prefieren los movimientos lentos, sin brusquedad, así que caminé muy despacio, deteniéndome para cortar un manojo de pasto, tomándome todo el tiempo del mundo. Necesitaba que se habituara a que yo me acercara. Me detuve a 3 metros de la cerca y levanté la vista para encontrarme con el enorme animal. Luego, di un paso adelante. Después otro. Ella no se movió. De pronto me sentí protegido, como si alguien me estuviera cuidando. Jamás me había sentido tan seguro, pese a que estaba parado frente a un animal silvestre que hasta ese momento solo había querido matarme. Estaba hechizado por la magnífica criatura que se alzaba ante mí, contemplaba sus colmillos, las gruesas pestañas, las arrugas que le surcaban la piel. Entonces extendió su trompa hacia mí con mucha delicadeza. Yo la miraba, hipnotizado. Oí la voz de David como si se tratara de un eco: “Jefe, ¿qué estás haciendo?”. Estuve a punto de dar un paso atrás, pero algo me hizo quedarme en ese lugar. Volví a tener esa sensación de serenidad hipnótica. Una vez más, Nana extendió la trompa. Y entonces comprendí: quería que me acercara más, y lo hice sin pensarlo. El tiempo se detuvo mientras la trompa de Nana serpenteaba a través de la valla, evitando con cuidado los cables eléctricos, hasta llegar a mi cuerpo. Me tocó suavemente. Quedé sorprendido por la humedad de su

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