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El encantador de elefantes

ESPECIAL DE LA TIERRA

ESPECIAL DE LA TIERRA Lawrence Anthony administró una reserva en África durante 15 años. Esta es su experiencia con la manada. LAWRENCE ANTHONY

SELECCIONES LA RESERVA DE CAZA EN la que vivía se llamaba Thula Thula; abarcaba más de 2,000 hectáreas de selva virgen en el corazón de Zululandia, Sudáfrica. Hace tiempo, los elefantes solían andar en libertad por aquí. Ya no. Muchos zulúes de áreas rurales jamás han visto uno. Un día sonó el teléfono. Era Marion Garai, de la Asociación de Administradores y Propietarios de Elefantes. Fue directo al grano. Sabía que habíamos comprado el viejo campamento de cazadores el año anterior y que ahora trabajábamos con la población local para generar conciencia sobre la conservación de las especies. Y… se preguntaba… ¿me interesaría adoptar una manada de elefantes? Teníamos varias especies endémicas en la reserva: rinocerontes blancos, búfalos cafre, leopardos, jirafas, cebras, antílopes. Pero elefantes no. Y ahora me ofrecían toda una familia. Solo había un problema, me explicó Garai. A estos pequeños se les consideraba “problemáticos”. Tendían a escaparse de las reservas; los dueños actuales querían deshacerse de ellos y si nosotros no los aceptábamos… lo harían a tiros. Con los nueve. ¿Cómo que son “problemáticos”? “La matriarca es una escapista y atraviesa cercas electrificadas”, me contó Garai. “Ha aprendido a abrir cerrojos con los colmillos; también los usa para torcer el alambre hasta romperlo o, simplemente, resiste el dolor y traspasa la reja a la fuerza”. Me imaginé a una bestia de 4.5 toneladas soportando una atroz descarga de 8 kilovatios por todo su cuerpo a propósito. Hay que tener agallas. Quizá debí haber dicho que no. Pero siempre he adorado a los elefantes. No solo son los animales terrestres más grandes y nobles, sino que además simbolizan la majestuosidad de África. Y de pronto me ofrecían mi propia manada. ¿Tendría otra oportunidad como esta alguna vez? “Sí”, respondí. “Los acepto”. Tenía dos semanas para recibirlos o no habría trato: los matarían. En ese lapso había que reparar y electrificar 32 kilómetros de cercado para animales grandes y construir desde cero un boma (corral) de cuarentena lo suficientemente fuerte como para retener a la criatura más poderosa sobre la faz de la Tierra. Llamé por radio a mis dos hombres de confianza: David, joven de 19 años, amigo de la familia, y Ndonga, exmilitar al mando de mis guardias ovambo. “Me regalaron una manada de elefantes, aunque son algo traviesos”, les dije. FOTO DE LA PORTADILLA ANTERIOR: SUKI DHANDA/CAMERA PRESS/REDUX

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