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8 months ago

El encantador de elefantes

Me di cuenta

Me di cuenta de que ambos estaban tan preocupados como yo, pero también entusiasmados. Corrimos la voz de que necesitábamos trabajadores. Y, a fin de mantener a los caciques locales de nuestro lado, me entrevisté con ellos para explicarles lo que planeábamos hacer. Afortunadamente me acompañó mi esposa. Françoise desplegó su encanto francés para convencerlos de que no había ningún riesgo mayor y, así, los jefes locales aprobaron el plan. ERAN PROBLEMÁTICOS Y SUS DUEÑOS QUERÍAN DESHACERSE DE ELLOS. SI NOSOTROS NO LOS QUERÍAMOS, MATARÍAN A TODA LA MANADA. Contratamos a 70 obreros y, al son de canciones marciales, las cuadrillas empezaron a trabajar. Construían desde que salía el Sol hasta que se ponía, todos los días. Era un trabajo agotador, sudoroso y sucio, a temperaturas que llegaban a los 43 grados. Aun así, kilómetro tras tortuoso kilómetro, la cerca electrificada se erigió. Edificar el boma fue igual de extenuante. Medimos 92 metros cuadrados de selva virgen y cementamos postes de eucalipto de 2.7 metros de alto cada 11 metros sobre cimientos de concreto. Luego, colocamos la reja en los postes, así como cables del grosor del pulgar de un hombre; fijamos los extremos a una Land Rover y aceleramos para tensarlos bien. Electrificar la valla fue fácil. Pusimos cuatro cables para la fase en los postes; dos electrificadores alimentados con baterías de automóvil suministraban la corriente. La descarga de 8 kilovatios sería brutal y dolorosa para los elefantes, pero no los mataría. Lo comprobé, sin querer, al tocar los cables por accidente, para diversión de los trabajadores. La electricidad te entume y te hace temblar; a menos que te sueltes rápidamente, caes sentado porque se te doblan las piernas. Lo único bueno es que te recuperas enseguida y puedes reírte. Una vez levantada la cerca, había que talar los árboles que los elefantes pudieran lanzar contra ella, pues de esa manera cortarían la corriente. El plazo de dos semanas pasó en un abrir y cerrar de ojos y, desde luego, no habíamos terminado. Telefoneé; conseguí algo de tiempo adicional. Sin embargo, un día recibí la llamada que temía. La manada había escapado otra vez. En ese instante, estaban subiendo a los animales a un tráiler y llegarían a Thula Thula en 18 horas. ¡Estuvo cerca! LOS ZULÚES, que viven de la tierra, dicen que si llueve en una inauguración, el acontecimiento será bendecido. La lluvia es vida. Pero no llovió, no: el cielo se rompió y cayó

SELECCIONES un torrente. Para cuando el camión llegó a las afueras de Thula Thula envuelto en una espesa oscuridad, el diluvio había convertido los caminos sin pavimentar en ríos de lodo. Abríamos el portón de la reserva cuando estalló un neumático; el caucho reforzado explotó y sonó como un disparo. Los elefantes se sobresaltaron y empezaron a golpear el interior del tráiler, como si fuera un enorme tambor, mientras las cuadrillas trabajaban a toda máquina para cambiar la rueda averiada. “¡Parece el Parque Jurásico!”, exclamó Françoise. Nos reímos, aunque no precisamente de gusto. Françoise y yo nos conocimos en Londres, en 1987. Fuimos a un club de jazz donde pasé casi toda la noche hablándole de la magia de África… fue fácil hacerlo en pleno invierno inglés. Y aquí estábamos 12 años después, en medio de la selva, empapados, forcejeando con el neumático de un camión enlodado lleno de elefantes. No recuerdo haber mencionado que algo así podía suceder mientras derrochaba encanto en esa primera cita. Apenas habían logrado asegurar el neumático cuando el camión resbaló unos metros y se hundió en un lodo pegajoso. Las ruedas giraban y escupían barro por doquier. De nada sirvieron las maldiciones, las patadas o las ramas embutidas. La manada estaba cada vez más agitada. Afortunadamente, en un arranque de frustración, el conductor metió reversa y, de alguna forma, logró que el tráiler patinara fuera del lodazal y saliera de la vía grasienta. Esquivó las espinas de los matorrales que podían hacer jirones los neumáticos; deslizó el vehículo más allá de los inmensos montículos de termitas y llegó, no sé cómo, al boma. El siguiente problema fue hacer que los animales bajaran del camión. Tuvimos que cavar una zanja UN MARTILLEO ME DESPERTÓ. ABRÍ LOS OJOS. LUEGO OÍ GRITOS. “¡LOS ELEFANTES SE ESCAPARON DEL BOMA! ¡SE FUERON!”. SALTÉ DE LA CAMA. para que el piso del tráiler estuviera a ras del suelo. Pero la zanja se había convertido en un agujero pantanoso inundado, y, cuando retrocedimos, la puerta corrediza del vehículo se atascó en el barro. Eran las 2 de una noche oscura. La lluvia, espesa como una manta, seguía cayendo. Armados con palas, nos deslizamos en el lodo y abrimos a golpes una ranura para la puerta. Nos hicimos a un lado; por fin estábamos listos para liberar a los animales en su nuevo hogar. Pero, antes, nuestro veterinario decidió aplicar un sedante suave, con una jeringa del tamaño de una vara, a

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