La sirena varada: Año 1, Anual

editorialdreamers

El especial del primer año de La sirena varada: Revista literaria

· NOIR · CIENCIA FICCIÓN · TERROR ·

La sirena varada

R E V I S T A L I T E R A R I A

es una publicación de

EDITORIAL DREAMERS

libros digitales, gratuitos y legales

LA SIRENA VARADA: REVISTA LITERARIA BIMESTRAL

Año 1, Anual, es una publicación bimestral editada por

Digital Robotic Entity Assembled for Masterful Editing and

Rational Sabotage S.A.S. de C. V.:

Tlalnepantla de Baz, C.P. 54170, Estado de México, México.

www.editorialdreamers.com.mx

Director y editor responsable: José Luis Vázquez

Ilustración de portada: Yumin

Ilustraciones: The British Library’s collections

Las opiniones expresadas por los autores no

necesariamente reflejan la postura del editor, sin embargo,

la editorial respalda todas las opiniones al aceptar su

aparición en esta revista.

Queda estrictamente prohibida la reproducción total o

parcial de los contenidos e imágenes de la publicación

sin previa autorización de Digital Robotic Entity

Assembled for Masterful Editing and Rational Sabotage

S.A.S. de C. V. o los respectivos autores.

SOBRE

ESTE

NÚMERO

Retrasos, retrasos, retrasos... Es lo

que útlimamente esta revista ha

tenido. Pero créanme, ha sido por

una buena razón. No solo comenzaremos

con una nueva etapa en La Sirena

Varada al iniciar con la publicación mensual

de nuestros números, en lugar de

hacerlo una publicación bimestral, sino

que también iniciaremos con la publicación

de más artículos de opinión y entrevistas

a diversas personalidades que

no están relacionadas con la literatura.

¿Cómo es posible que entrevistemos

a ese tipo de personas? Bueno, la respuesta

es simple: leer es para todos.

Uno de los autores de la editorial me

propuso esa campaña, y realmente quedé

fascinado con la idea, porque cumple

precisamente con el objetivo de la editorial.

Hay que llevar el amor por la literatura

a todos los rincones del planeta,

y la mejor forma de hacerlo, considero

yo, es por medio de los medios digitales.

La literatura es nuestra arma para

conquistar al mundo, y nosotros queremos

poner nuestro granito de arena,

tal vez en algún momento podamos llenar

una playa.

© 2018

DIGITAL ROBOTIC ENTITY ASSEMBLED

FOR MASTERFUL EDITING AND

RATIONAL SABOTAGE S.A.S. DE C.V.

todos los derechos reservados


18

MALESTAR

(O LO QUE HAY DEBAJO

DE MÁSCARAS Y SILENCIO)

34

La influencia

de la lectura en las

generaciones que

se están formando

50

ESCRITORES SIN SALIDA

PRESENTA:

70

EL ESCRITOR

QUE ESCRIBE


88

TE PERDONO,

OCTAVIO PAZ

104

LAS FIGURAS TEXTUALES

DEL PENSAMIENTO:

LA DESCRIPCIÓN

122

138

156

LAS RAICES

DE LA LECTURA

172

DE PROMESAS

Y DECISIONES

MORALES

LA IGLESIA

DEL DIOS MUERTO

MICROCUENTOS


6

EL ENGAÑO

Por Victor Manuel Reyes Chávez


Todo parecía sencillo desde la primera

vez que lo hice —pensaba

Andrés—, solo decía en la casa que

salía tarde de trabajar, me tomaba unas

cinco o seis cervezas en casa de algún

compañero del trabajo y, después, salía

a cualquier table dance de la ciudad;

ahí le pagaba a alguna muchacha tres

o cuatro horas de su tiempo para estar

con ella, beber, y obvio, tener sexo. Terminando

eso, llegaba a la casa, ebrio,

listo para dormir y no escuchar reclamos

de mi esposa. ¡Ay! Ahora con eso

del embarazo sinceramente he perdido

mucho la atracción hacia ella, y no era

para menos, había subido casi 16 kilos

ahora que estaba a punto de dar a luz

y, sinceramente, prefería estar afuera lo

mas posible de la casa, pero ahora, ahora,

lo que mas añoro es poder decirle

que la extraño y que desearía no haberle

jugado tanto al hábil.

Andrés sollozó, y en ese momento lo

golpearon en las costillas.

—¡Cállate, cabrón!, te gusta andar de

machito con las muchachas, ¡ahora vas

a ver lo que es bueno!

El golpe casi lo deja inconsciente,

pero, aun en ese predicamento, no podía

dejar de pensar en Sandra, o al menos

ese era el nombre que ella le había

dado; había pasado varias noches con

ella, buscándola, pagándole sus tragos,

sus fichas, gastaba cantidades algo fuertes

cada noche por el gusto de tener el

físico y la atención de esa muchacha a

su lado pero ¿quién podía resistirse? Era

una de las cuatro muchachas mas atractivas

del lugar. La había conocido cuando

fue con un amigo del trabajo a «relajarse»

después de una semana de locos

donde habían cerrado una cuenta con

unos japoneses, que al final del día, al ir

a ese lugar, cerraron el trato sin dudarlo.

Su compañero de trabajo lo congratulo:

—Wey, nos van a dar buena comisión

en la empresa por este cierre, vamos nuevamente

al lugar, te invito una muchacha.

Pero después de esa ocasión él conoció

a Sandra, y a pesar de que esa noche

ambos se fueron al hotel y después

cada uno por su camino, él no quedo

satisfecho, quería más de ella, quería

sentirla, tenerla a su lado, tocarla, oírla,

se sentía embelesado como Odiseo

al escuchar a las sirenas en su barco de

regreso a Ítaca, solo que él, a diferencia

de Odiseo, se dejó llevar por el canto de

esa sirena. Pero no solo era su canto,

era el contonear de sus caderas, su figura

desnuda, la manera en como el pagaba

y ella accedía a sus necesidades.

Sin embargo había algunas cosas

que no le cuadraban. Ella, en repetidas

ocasiones, se quejaba de un sujeto, uno

que según ella la mantuvo como princesa

y esclava al mismo tiempo, un sujeto

que hacia de ella lo que el quisiera

y claro, Andrés era el salvador que ella

necesitaba, él le decía que se irían lejos,

que con lo que el ganaba ella sin problemas

podía trabajar en alguna otra

ciudad, al final del día, a el no le incomodaba

su vocación.

Sandra le decía: «Vámonos, Andrés,

con lo que estás pagando aquí es sobrado

lo que gano en dos días, y podemos

hacer otro tipo de cosas solos».

A él no le interesaba irse, solo quería

beber, divertirse, coger, y después sentir

esa falsa sensación que tienen los hombres

de que tienen una o más mujeres a

su disposición para usarlas en el mejor

momento que ellos lo decidieran.

Pero Andrés no contaba con que esa

noche en particular hiciera su aparición

ese sujeto, y para sorpresa de él, Sandra

decidiera quedarse en su regazo,

7


iendo y tocándolo como si fuera un

cliente VIP. Andrés no soportaba eso,

le dijo al mesero, a varios meseros incluso

que quería a Sandra en su mesa,

que la tenía para pagarla sin problemas

y no veía porque el indio apestoso prieto

con el que estaba Sandra, fuera más

que él, después de todo el creía tener

un vínculo con ella.

—Jefe, mejor pida otra muchacha,

Sandra va a estar muy ocupada hoy, o

mejor aún, venga otro día —le decían los

meseros. Pero después de una botella

completa de whisky cualquier hombre

pierde lo poco que le queda de sentido

común y le sale su gallo interior.

—A mí me vale madres con quien esté.

A ver, deja voy por ella —y sin dejar que

nadie hablara y la música siguiera su

curso, se levantó y fue hacía donde estaban

ambos. Sandra y el sujeto estaban

beso y beso, acurrucados como unos

novios en el parque a medio día, cuando

Andrés llegó y se puso entre ellos, aventándole

mil pesos, y diciéndole:

Ahí está lo que te has gastado hasta ahorita,

Sandra y yo vamos a platicar con tu permiso

—y sin dudarlo la levanto de la mesa.

—¿Estás pendejo o demente? —le

dijo Sandra—. Estoy ocupada, ya mejor

vete a tu casa, después hablamos.

Pero ese tono mas le hizo sacar su

macho interno; la jaloneó, la llevó a

su mesa, y le pidió tres copas de dama

para que se quedara con ella.

No entiendo que haces con ese pendejo,

yo tengo días viniendo a verte

solo a ti, ni siquiera veo el show de las

demás muchachas, ¿y así me pagas?

Pues bueno, ya tiene su lana… Ahora,

¿qué onda? ¡Dame un beso!

—Si serás wey, Andrés, te conté sobre

«el sujeto». ¿Lo recuerdas?

—Sí, lo recuerdo.

—Pues es él, tiene unos negocios

aquí en la ciudad y vino a arreglarlos,

pensé que no volvería, pero ahora le

acabas de aventar dinero en su mesa y

me quitaste de en medio.

Andrés sintió por primera vez que

dentro de todo lo que había estado haciendo

mal, esto, realmente lo era. Con

la poca descripción del «sujeto» sabía

que la había cagado, ahora tenia que

salir de ahí, ahora empezaba a extrañar

a su esposa embarazada.

—Valiendo madre, tengo que irme a

mi casa ya, ¿porque chingados no me

dijiste que andabas con un puto narco?

—Pues porque la verdad me gustas,

pero ahorita eso ya no tiene que ver,

necesitas irte.


—Ok, pero no será tan fácil, sinceramente,

no se ve tan peligroso —Andrés

intentaba verse tranquilo, pero por

dentro se repetía que era un pendejo-.

—Mira, vamos a hacer como que entramos

a un privado y de ahí te sales, yo

le pago tu cuenta al mesero, por favor

no hagas nada estúpido.

Fuera de la borrachera que traía, la

preocupación lo levantó en ascuas, y

decidió hacer lo que Sandra le propuso.

Entraron al área de privados y mientras

ponían la canción mas corta de toda su

vida, salió por una puerta trasera sin

decir adiós, se encaminó en chinga a

su carro, y cuándo estaba a punto de

llegar, lo jalaron del brazo dos tipos, lo

tiraron al suelo, y después de golpearlo

un rato lo subieron a una camioneta.

Lo último que escucho después del

golpe fue:

—Qué galancito, ¿cuál es tu último

deseo? Estoy de buenas, y antes de que

te arranque esa verga y te la meta a la

boca y te mate, te dejaré pedir algo…

Pero no salgas con tus mamadas,

¿entendido?

—Tacos.

—Vaya, quieres morirte con la puta

panza llena antes de que te la destripe,

esta bien. Rojo, vete a unos tacos que

no se vean tan corrientes, este tipo ya

está muerto, démosle por lo menos

una enchilada con la salsa.

Se estacionaron en un lugar y se bajaron

los dos tipos que lo habían madreado;

comieron, rieron con el taquero

y pidieron posteriormente cuatro de

cabeza y dos de bistec los cuales, entre

su malicia, los inundaron de la salsa

mas picosa del lugar. Cuando abrieron

la puerta de la camioneta para reírse

de él, mientras al intentar comerse

sus tacos se ahogaría en lo picoso, Andrés

solo escuchó un sonido hueco y

el malandro que le abría la puerta caía

tirando la bandeja de tacos. Posteriormente

escuchó otros sonidos fuertes y

el solo se tiró entre los asientos pidiéndole

a algo divino que lo salvara.

Pasado el ruido ensordecedor se levantó

de la camioneta, vio a los tipos,

al taquero y a algunas personas, posiblemente

clientes muertos a balazos.

¿Y él? ¡Ileso! Se dio cuenta de que podría

haber sido un ajuste de cuentas,

una emboscada, o lo que fuese. Era

tiempo de largarse de ahí, correr como

desquiciado y jamás de los jamases

volvería a engañar a su mujer, y obvio

mucho menos a comer tacos saliendo

del table.


10

HACIA UN LUNES

SIN SOL

Por Mauricio del Castillo


Trapaga se encontraba a punto de

ser decapitado por la guillotina en

plena Revolución Francesa. Sintió

que su garganta se cerraba y le impedía

proferir un grito de ayuda. El verdugo,

de pie junto a la horca, sacó una pequeña

bolsa de algodón e introdujo la cara

del prisionero en ella. Trapaga aferró su

maletín, como si se tratara de su única

realidad en esta extraña no existencia.

—¡Auxilio! —exclamó.

Creyó que se trataba de un sueño

que casi ponía en entredicho las leyes

de la física. Sin embargo, alcanzó a recordar

que había sido arrojado a esa

época por aquel charlatán del Control

Maestro de la Aldea Digital.

Alguien retiró la aguja receptora cerca

del nervio óptico. Trapaga se hallaba

tendido ahora en la mesa de simulación,

con la entrada coaxial injertada

en su cráneo. Tardó en acostumbrarse

a la luz. Al reponerse, sintió una mano

sobre su hombro. Se trataba del administrador

y monitor de la aldea.

—¿Cómo se siente, señor Trapaga? —preguntó,

con una sonrisa diabólica y un tanto

cínica—. ¿Le agradó?

—De ningún modo.

—¿Qué ocurre? ¿Pompeya no es de su

gusto? ¿Sufrió una quemadura de piel

en Marte? ¿Marylin Monroe lo abofeteó?

—Usted me quiso jugar chueco. Esto

no era lo que yo pensaba. ¡No es justo!

Él ya estaba demasiado grande para

estas cosas, pensó. No era su forma

ideal de pasarla bien. ¿Qué caso tenía

oler las flores en una simulación si no

era en un campo al aire libre? Sentía

que algo se desperdiciaba en el mundo

y que lo sumía en una penumbra de la

que muy difícilmente saldría.

Se retiró, no sin antes echar una última

mirada a los usuarios perdidos en sus propias

simulaciones. Las luces estroboscópicas,

las bagatelas, los ruidos estridentes

y los repentinos fantasmas eran algo común

a la Aldea Digital. Trapaga se sentía

como un animal fuera de su hábitat.

Halló un rincón tranquilo para descansar,

lejos de la influencia que podrían

ejercer los otros usuarios. Tomó

asiento con suma lentitud en una escalinata,

desprendió el broche de su maletín

y extrajo un peculiar objeto.

Era conocido en otro tiempo como

«libro». Lo abrió por en medio con delicadeza,

como si temiera que las hojas

se desprendieran, y empezó a leer.

El tiempo se suprimió; su mente vagó

a la deriva en un mar de creatividad e

imaginación. Trapaga olvidó por unos

instantes lo que estaba ocurriendo a su

alrededor. Cuando despegó la vista del

libro reparó en las decenas de miradas

clavadas en él.

Como si cometiera una falta, Trapaga

lo cerró de golpe. Algo no está bien

aquí, pensó. ¿Qué había estado ocurriendo

con el mundo? ¿Qué lo había

vuelto así? De pronto era mal visto cultivarse,

cuestionar el entorno, recrearse

en las palabras.

Trapaga notó con cierto horror que

las personas lo rehuían como si se tratara

de un leproso. Estaba herido en el

alma y en el orgullo. Si bien es cierto que

se sintió diferente a los demás durante

toda su vida, no podía dejar de sentir

que el universo lo oprimía por todas

partes… como si perteneciera a otro

universo y alguien lo hubiese colocado

en este. Deseaba explorar el mundo, saber

lo que escondía la historia, el arte,

la ciencia y el espíritu los cuales yacían

dormidos en cada uno de nosotros.

Cobijado por estos pensamientos, se

quedó dormido. Toda su fisonomía lu-

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cía en desequilibrio, asimetría, sin una

normalidad en ella. Las palmas de sus

manos se encontraban abiertas, hacía

arriba, como si se dejara retratar por un

artista. Podía pasar como una escultura

viviente, manteniéndose aferrado a esta

época oscura y a este universo sangrante.

Cuando estuvo a punto de realizar

un salto a las fauces del sueño profundo,

algo lo hizo despertar por completo.

Parpadeó, con la intención de enfocar

su vista. Justo en frente de él se hallaban

dos guardias programados por el

Control Maestro de la Aldea Digital. Sus

figuras se alargaban como dos sombras.

Trapaga los miró con creciente

hostilidad, como si representaran el

lado más cruel —y severo— del mundo.

—¿Qué quieren? ¿Qué es lo que está

ocurriendo aquí?

—Debe acompañarnos.

—¡No!

—Aleje pensamientos hostiles, señor

Trapaga. Se lo advertimos. Nuestros

superiores quieren tener una plática

con usted.

—No… No pueden obligarme. —Trapaga

intentó moverse hacia atrás para

evitar que los guardias lo tomaran. Sin

embargo no tuvo oportunidad de escape.

—¿A qué se dedica?

—Solía ser un poeta, antes de que

fueran impuestas las Leyes de Simplificación

—dijo Trapaga, con la espalda

en la pared.

La poesía estaba muerta, pensó Trapaga.

Ya nadie evocaba el alma, el amor, la

mente. Cuando él tomó la pluma y el papel,

la poesía estaba ya en una etapa terminal.

Pero la poesía no podía caber en un ataúd

cuando su naturaleza podía reflejarse en

todo vestigio otorgado por el mundo, pensó.

Ahora su sentencia era firme y en definitiva

su aniquilación también.

—¿Qué es eso que lleva en las manos?

—preguntó uno de los guardias.

—Un libro —dijo Trapaga.

—¡Un libro!

—Así es. Solo un libro.

—¿Para qué sirve? ¿Cuál es su función?

—¿Su función? Pues amplía nuestros

horizontes; descubre ámbitos de la

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ealidad en prácticamente todos sus

niveles que hasta entonces ignorábamos.

Leer nos da vocabulario y entendimiento

del lenguaje. Agudiza nuestra

mente, nos hace más críticos, mejora

nuestra memoria. Los libros son inteligentes,

brillantes y sabios.

—¿Estaba enterado de que son prohibidos?

Son armas, armas muy dañinas

para la sociedad.

—No, no saben lo que dicen. Eso es lo

que quieren hacernos creer. Sólo escuchen.

¡Escuchen!

—¡Cierre la boca! ¿Dónde está su cara/

libro? ¿Y su gorjeo? ¿Cuántos mensajes

ha hecho en el día? No veo por ningún

lado su número de contactos.

—No los tengo.

—¿Se está burlando de nosotros?

—Oigan, yo no he hecho nada.

—Bueno, se acabó —dijo la voz del

otro guardia—. Ahora levanté las manos,

Trapaga. Dese la vuelta y no se mueva.

Trapaga obedeció. Un par de esposas

escalaron su pierna derecha, pecho y

brazos hasta juntar sus muñecas en un

chasquido magnético. Sintió un miedo

primitivo que impactaba en lo más

profundo de su ser. Los guardias lo tomaron

de los hombros y lo arrastraron.

Sus labios se helaron. Iba con la mirada

húmeda a punto de soltarse.

—¿Qué hacen? ¿A dónde me llevan?

La luz quemaba su rostro. Trató de

protegerse, pero resultó inútil. La luz

comenzó a ganar cada vez más intensidad

a medida que se acercaba al final

del recorrido.

Abrió los ojos y se encontró una vez

más en su cubículo de trabajo. No se trataba

de una prisión, pero al volver poco

a poco a la realidad se dio cuenta que

casi cumplía con los mismos propósitos.

Intentó extraer su libro para continuar

la lectura, pero se dio cuenta que

no lo llevaba consigo. Debió haber sido

confiscado sin que se diera cuenta. Levantó

la cabeza y miró el reloj de manecillas.

Hubiera jurado que estas no se

movían en lo absoluto.

Entonces se dio cuenta de que era lunes

a primera hora en la oficina.

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14

LA MUÑECA DE

LOS TRES PELOS

Por Allen Schavelzon


Quién no ha oído acerca de los

relatos sobre espíritus y acontecimientos

que parecen carentes

de exploración de entre los terrenos

esotéricos. Lo que voy a relatar ocurrió

y en mi propia carne se ha anidado el

temor de una inminente secuela. La

«tía», como todos la conocíamos, era

una mujer gitana y excéntrica que estéticamente

parecía normal, incluso

uno podría atreverse a decir que era

modestamente atractiva, mas no bella,

pues su mayor encanto era ese halo de

locura en el que su vida se iluminaba.

Esta dama llegó a nuestras vidas de

modo desconocido, casi por azar, y le

tenía un especial afecto a mi madre y

hermanas prefiriéndome por encima

de ellas. «Ella es la más valiosa…» era

lo que repetía hasta el hartazgo cuando

venía de visita ocasionando con ello

incomodidad a nuestro clan. Nunca

entendí su peculiar expresión así que

para mí se volvió un dogma del cual no

podía dudar.

En mi noveno cumpleaños, la «tía»

me regaló una pequeña muñeca de

tela, rellena de un material extraño que

acompañó de un extraño monólogo:

—A ella le gusta decir muchas cosas y

verse bonita, pero se le cae un cabello

cada vez que alguien cercano sufre. Le

da mucha vergüenza eso y no quiere

que nadie lo sepa, pero si guardas su

secreto ella te compensará —anunció

la mujer al entregarme el objeto.

No era como los demás juguetes ya

que su aspecto semejaba más al de un

talismán pagano. Toda ella estaba confeccionada

a mano, de ropajes hechos

con colores brillantes, unos ojillos de

cristal rojizo y honestamente lo único

hermoso en ella era un precioso cabello

negro de origen misterioso y aspecto

más que real. La zíngara parecía

complacida ante la mirada de extrañeza

de mi familia, sin embargo, por el

gesto cariñoso, fui incapaz de despreciar

su obsequio. Tras ese suceso una

serie de acontecimientos trágicos darían

comienzo al fin...

Semanas después fue hallada muerta

de forma desconocida, así que no quedó

más que darle sepultura y orar por

su descanso, sin embargo, mientras los

mayores rezaban yo tenía a la muñeca

entre mis brazos y me percaté de que

un pequeño mechón de cabello habíase

tornado blanco como las nubes y caído

de la nada; tal como las hojas se marchitan

y mueren tranquilamente en la brisa

otoñal. Mientras yo me fijaba en eso los

ojos de la muñeca reflejaron la luz de los

cirios dándole una mirada infernal y al

mismo tiempo que una vocecilla juguetona

se grababa en mi mente

—Ella no pudo pagar su deuda y por

eso me la llevé. Ahora te corresponde

pagar por ella pues eras «su más valiosa...

moneda».

De momento adjudiqué la alucinación

al aroma del incienso, pero tonta de mí

que no sabía lo que me esperaba. A partir

de entonces empezaron los decesos

de maneras algunas horrendas y otras

sin ningún sentido, primero en gente del

pueblo y después en mi familia.

Año tras año se presentaba la muerte

junto al más escaso cabello y la horrorosa

voz del talismán que cada vez se tornaba

más burlona, como recordándome

la maldición a la que había sido sometida

por capricho de una vieja bruja.

Ya adulta, mi salud mental decreció hasta

el punto de la desesperación, tanto que

un día tomé a la desdichada muñeca y con

las tijeras de costura destrocé la ropa poco

a poco, los brazos, las piernas, arranqué

15


los cristalinos ojos y el abdomen lo abrí,

hallando en el interior un relleno asqueroso:

cabello humano, reseco y quebradizo.

Quemé los restos y acudí donde el sacerdote

del pueblo, contándole toda mi historia

a la cual encontró una explicación.

Me contó que la gitana era una bruja

que había huido durante mucho tiempo

de la justicia divina, ofreciendo a sus

entes oscuros no su alma como pago

sino la de todos aquellos a quienes

mostrase afecto a cambio de protec-

ción a su vida, consagrada su funesta

promesa en un objeto confeccionado

por sus manos, una muñeca creada a

partir de jirones y cabello de los condenados

a muerte. El cura aplaudió mi

decisión de destruir la siniestra figurita

y yo volví a mi casa con el alma momentáneamente

aliviada. Esa misma noche

la voz de siempre sonó en mis sueños,

advirtiendo con severidad irónica.

—Cuándo ella reveló mi secreto creyó

que su alma estaría salvada; me traicio-

16


nó y apareció muerta. Yo renové mi energía

de su desesperación, por eso lucí hermosa

ante tu vista cuando llegué a ti. Si

hubieses guardado mis secretos como te

lo advirtió me hubiese mantenido bella,

pues ahora sabes que tu vida me pertenece.

Tu existencia pende literalmente

de mis cabellos así que cuando llegue el

momento en que hayan caído todos tú lo

harás junto conmigo.

Desperté sobresaltada y busqué ansiosamente

entre los restos de la basura

los retazos del amuleto, que inexplicablemente

encontré intacto y con

cuatro cabellos negrísimos en aquella

espantosa cabeza.

Hace días el sacerdote murió en un

accidente. Yo me preparó para irme de

este pueblo fantasmal con mis pocas

pertenencias a la espalda, mis pesares

en el corazón y atado fuertemente mi

silencio por los tres únicos cabellos de

aquél espantoso talismán, tal como si

mi vida dependiese de ello.

17


MALESTAR

(O LO QUE HAY

DEBAJO DE

MÁSCARAS Y

SILENCIO)

Por Oliver Salvador López Gutiérrez

No podría afirmar que la lectura

elimine el malestar que existe

en la vida, pero, en definitiva, la

lectura provee capacidad de reflexión

(aunque claro está, existen lecturas

que, así como las comidas ostentosas,

embotan la inteligencia; existen también,

lecturas que vencen al desdeñamiento

del Yo hacia la ciencia), y en la

reflexión pudiéramos encontrar una

zona de encuentro brutal entre el ma-

18

lestar y la [verdadera] actividad filosófica:

el cuestionarse.

¿Por qué brutal? Porque el cuestionamiento

verdaderamente filosófico estaría

encaminado (podríamos atribuirle

esta propuesta a Camus) hacia la pregunta

de ¿vale la pena la vida de ser vivida o

no? La respuesta (afirmativa) yacerá en

la reflexión precisamente. Una reflexión

que sólo se alcanza a través del conocimiento

escondido en la lectura, si me lo


preguntaran personalmente. Brutal porque

el simple hecho de elaborar esa pregunta

es ya una dura confrontación. Pero

esa pregunta no se elabora por sí sola: y

si esa duda no aparece, podríamos hablar

entonces de una automatización

mecánica de la vida, vagando todos, cargando

con nuestro pensamiento muerto,

y lo absurdo como axioma vitalicio.

Por otra parte, hablando de las lecturas

que embotan, son aquellas que

sirven a manera de una cortina (o máscara)

de reflexión. Pudiéramos decir que

son los textos que «brindan respuestas»

en lugar de originar dudas. No hay peor

[pseudo] reflexión que la que no es propia,

ni se funda en las bases del pensamiento

propio. Una Idea. Las lecturas

que embotan no propician ideas. Dan

«respuestas», y nada es peor para una

reflexión que tener una «respuesta» ajena

a una pregunta que nunca se originó.

19


Y entonces las personas se calificarán

de intelectuales [nada más alejado] y

creerán que saben algo [¿qué es lo que

saben? No saben porque nunca se lo han

cuestionado] cuando en realidad saben

nada. Recuerdo que en algún momento

dado, un viejo maestro mío nos dijo en

clase que la palabra saber proviene del

latín sapere, que significa saborear [entre

otras acepciones refutarán los filólogos]:

que hermosa definición del saber:

es saborear el conocimiento, saborear

las palabras, los conceptos, las ideas; definición

que se opone ante los atracones

de lecturas [que embotan] con «respuestas»

a preguntas no articuladas. No podemos

hablar que hay un saber de esas

lecturas, con toda sinceridad: ¿qué se saborea?

¿Cómo saborear el conocimiento

de una pregunta, de una reflexión, de

una duda si no incitan siquiera a cuestionarse?

¿Cómo saborear un atracón?

20


Las lecturas que ayudan a la reflexión

saben. Nos incitan a cuestionarnos,

empezando, por ejercicio casi automático,

a nosotros mismos. Me permito

repetir la palabra nuevamente: brutal,

¡cuán brutal puede ser el cuestionarse

a sí mismo, a la sociedad, a la época, a

la cultura y al autor mismo! Esto es reflexión.

La reflexión filosófica [contemporánea]

por excelencia debiera ser si

la vida vale la pena ser vivida o no. Y

la respuesta afirmativa a esa pregunta

se puede encontrar en la dicha del leer,

del ser, del saber: hay que imaginar a

Sísifo dichoso… ¡Nada más brillante se

podría haber dicho!

Si me preguntasen la importancia de

la lectura, propondría lo anterior como

acercamiento, desempañamiento cuando

mucho: en la reflexión escondida

entre los renglones de una lectura se

encuentra la dicha, el sabe[o]r de la vida.

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22

UN PEZ

QUE NO SABÍA

RESPIRAR

Por Juan Christian Aguirre Contreras


José Carlos Reyes Oropeza se encontraba

hospedado en una habitación

del hotel Arizona. Su esposa,

cansada de sus infidelidades, decidió

cambiar las chapas del departamento

en la Anzures y José tuvo que encontrar

refugio. Instalado cerca del Monumento

a la Revolución, tomaba un Boones

de fresa mientras veía en las noticias

de las tres una imagen aérea de la zona

en la que se encontraba. Escuchó un

helicóptero sobrevolar el Arizona.


¿Entonces te gusto? ¡Por supuesto! Eres

la morrita más bonita de toda la pinche

escuela. ¿Y qué eres capaz de hacer

por mí? Lo que sea. ¿Lo que sea? Dime

que quieres que haga. ¿Ves ese frasco

de salsa? Tómatelo todo. ¡No mames!

¿Cómo crees? ¡Es puro habanero! Me

voy a vomitar. Entonces no te gusto

tanto. Que lástima. Te iba a dar un beso

si te la tomabas toda. ¿Neta? Claro. ¡Va!

Envalentonado (ebrio), el Gabo decidió

hablar con Suzet. Él era algo obeso,

de cara común, calificaciones promedio,

hijo de actuarios que trabajaban

para Seguros El Águila. Un tipo equis.

Ella era un diez, nadie comprendía

cómo una chica tan espectacular no

estudiaba en la UNAM, el CENART o la

Ibero. Tenía mucho estilo, sabía sobre

libros y películas, había leído a Kierkegard

y a Deleuze, su papá fue amante

de Mosivais y su mamá fue Directora de

Arte de un par de películas.

El Gabo se tomó toda la salsa de habanero

de un golpe. Los primeros tragos,

aunque pesados, bajaron por su

garganta. En el tercero sintió un poco

de líquido regresar por su esófago hasta

su nariz. Lágrimas salían de sus ojos,

su rostro se tornaba rojo, las venas de

su frente se botaban, sudaba demasiado,

parecía que alguien había tirado

una cubeta de agua sobre su playera.

Para el último trago, un hilo de salsa

escurría por la comisura de sus labios.

Todos reían ante aquella escena desesperada.

La que reía más era Suzet. Con

el dedo índice atrajo al Gabo hacia ella.

Estaba alucinando, veía todo como si

los colores estuvieran separados, el

amarillo, el magenta y el cian (ojo de

diseñador) cada uno avanzando con

milisegundos de retraso entre uno y

otro y el otro. No escuchaba con claridad,

se sentía bajo el agua. Era como

un pez que no sabía respirar.

Al estar a centímetros de distancia,

ella solo dijo; no, mejor no. Te ves de la

verga. Las burlas no se hicieron esperar.

Un eh puto sonaba al unísono. La cabeza

de Gabriel giraba hasta que cayó

como un costal de papas. Desmayado,

comenzó a vomitar el piso del bar y se

cagó encima, le había dado diarrea por

haber comido tanto picante. El dueño

del bar fue por la policía para que lo

sacaran de ahí. Lo llevaron al torito por

faltas a la moral. Estuvo encerrado entre

el olor a humedad, mierda y orines

cuarenta y ocho horas para pensar en

la humillación que había pasado.

Otra vez era viernes y la clase se estaba

poniendo de acuerdo a donde ir a

tomar. ¿Qué Guácaras?¿Vas a jalar? Gabriel

sólo se puso el gorro de su sudadera,

cruzó sus brazos sobre la banca y

bajó su cabeza. Miraba al suelo cuando

notó una araña caminando por su rodilla.

Sintió un ligero sobresalto, después

recuperó la postura y de un soplido

sacó volando al arácnido. En el suelo,

la araña comenzó a retorcerse como si

la hubieran rociado con insecticida.

23


¿No vas a jalar Gabo? No mames,

Suzet. Te lo digo en buena onda, me

siento mal por lo del viernes pasado.

Vente ándale, yo te invito la primera

cerveza. El dueño no me va a dejar

pasar. Vamos a ir a otro bar. Ya ven, no

seas cortado.

Gabo llegó de la mano de Suzet, lucía

satisfecho, como un torero listo para

dar el rejoneo de su vida. Se sentaron

juntos, con todos los del salón. ¿Qué

tranza Guácaras? ¿Hoy si traes pañal?

De pronto, Gabriel se notó sumamente

incómodo, sintió una presión gástrica,

volteó hacia su compañero y le eructó

en la cara. Todos los que escucharon

rieron. ¡Qué chingón! El Guácaras se

la aplicó bien chido. La garganta del

tipo se cerró, comenzó a jadear, se estaba

ahogando, sus ojos se pusieron

en blanco. Llevó sus manos a su cuello,

cayó al suelo, se convulsionaba como la

araña del salón. Gabriel sonreía, volteó

a la salida. Confundidos, todos se alejaban

de él. Suzet, que no había soltado

su mano en todo ese tiempo, intentaba

separarse con todas sus fuerzas. Nadie

entendía lo que estaba pasando.

¡Lo mató!

Gabo salió de ahí con estoica serenidad.

Cinco cuadras después notó que

seguía con Suzet. ¡Auxilio! ¡Me quiere

secuestrar! ¡Ayuda! La gente volteaba

alarmada para ver la escena, nadie

se atrevía a acercarse. Un gas de color

verde salía de la boca de Gabriel,

Suzet comenzaba a toser. Suéltame,

Gabriel, suéltame. Por favor. Suzet lloraba.

Gabriel por fin la soltó. Ella salió

corriendo. El gas parecía ir en aumento.

Gente a diez metros comenzó a toser, a

veinte metros, a cincuenta, a cien. Todos

tosían, caían al suelo, se ahogaban,

convulsionaban. Gabriel reía como

desquiciado. Nadie que estuviera cerca

permanecía en pie. Los autos sobre la

Avenida Insurgentes permanecían estáticos.

Notó, más adelante, el cuerpo

inerte de Susana. Tomó su celular, llamó

a su padre. Papá, yo creo que hoy

no llego a la casa. Colgó. Mientras esperaba

a la ley, se puso a calcular las

probabilidades de aquella situación.

Un helicóptero sobrevolaba la zona del

Monumento a la Revolución.


José Carlos se asomó por la ventana de

su habitación, vio gente convulsionándose,

autos detenidos, el silencio de la

incertidumbre y en el centro de todo,

un chico algo gordo sonriente. En las

noticias pasaban imágenes de un reportero

con una máscara anti-gas a la

altura del Monumento, detrás un grupo

de impacto de la SSP, todos con máscaras

antigás listos para ingresar a la

nata verde. Carlos tenía un tiro limpio

desde aquella posición. Apuntó con su

arma al chico, pensó en los padres de

Gabriel, en los muertos que se amontonaban

en la calle, en su esposa. Clic.

Uno, menos de dos segundos tardó la

bala en cruzar la explanada y atravesar

el cráneo de aquel muchacho. Supo

que su nombre era Gabriel y que estudiaba

Diseño.

24


a

#ACERTIJO

Un hombre esta al principio de

un largo pasillo que tiene tres

interruptores, al final hay una

habitación con la puerta cerrada.

Uno de estos tres interruptores

enciende la luz de esa habitación,

que esta inicialmente apagada.

¿Cómo lo hizo para conocer que

interruptor enciende la luz recorriendo

una sola vez el trayecto

del pasillo?

Pista: El hombre tiene una linterna.

La respuesta en el siguiente número

25


26

DESTINO:

ALPHA CENTAURI

Por Ivan Emmanuel


Me senté en el sillón de mando

y después de batallar un poco,

logré desplegar una pantalla

holográfica. Busqué el Sistema de Guía

Virtual, cuidando no equivocarme y activar

una instrucción que retrasara mi

partida. No fue difícil hallarla, el mismo

ordenador me dio de inmediato

las opciones: si quería tomar el control

manual de la nave o si prefería la ayuda

del asistente de mando. Esta segunda

era la que buscaba.

—Buenos días, por favor dígame el

destino al que desea ir —sin tantos rodeos,

una voz robótica se dejó escuchar.

Luego de un breve sobre salto, balbucee:

—¿Destino?... Ah sí, Alpha Centauri.

Voy a la más pequeña del sistema:

Próxima Centauri.

Era todo lo que sabía y con el asistente

de mando resultaba más que suficiente

para que yo le diera instrucciones

y éste las acatara sin chistar. Pero

no fue así, el asistente requirió:

—Indique las coordenadas del sistema

o inserte el chip con el mapa estelar.

»¿Cuál chip? —me pregunté de inmediato.

Era claro que no me sabía las

coordenadas y la mención de la palabra

chip me hizo recordar el objeto pequeño

que mis hijos me habían dado

una semana antes.

Ellos tenían la costumbre de guardar

información como se practicaba antaño;

fascinados por la historia constantemente

usaban objetos antiguos. Y

esa mañana, antes de partir a sus merecidas

vacaciones en Próxima b, me

dejaron un chip de memoria compatible

con los sistemas de la vieja nave

de su tatarabuelo, sabiendo que me

encantaría la idea de acompañarlos en

ella y porque se habían llevado el único

vehículo espacial que quedaba, mi esposa

había partido en el otro unos días

antes que ellos.

La «Pequeña Sofía» (así le puso mi

bisabuelo), no tenía grabado ningún

mapa estelar que sirviera para ubicar

las coordenadas de la estrella. Para

eso era el chip de memoria, mis hijos

lo sabían bien.

Casi por instinto metí la mano en

los bolsillos de mi chaqueta y después

en los de mi pantalón; no lo encontré.

Busqué en mi equipaje, algo preocupado.

Nada. Me resigné entonces a la idea

de haberlo perdido.

—Bueno, voy al sistema Alpha Centauri

no creo que sea difícil llegar... ¿Cuántas

estrellas puede tener? Yo solo voy a una

de ellas, a Próxima Centauri —murmuré.

Mis escasos conocimientos de astronomía

me hicieron subestimar la inmensidad

del espacio y sobre todo de

la Constelación del Centauro a la cual

pertenece el sistema Alpha Centauri.

Como podía identificar la Constelación

desde la atmosfera terrestre, fue

que pensé: «¿Qué tan difícil puede ser

apuntar a una estrella?».

—Coloca a la «Pequeña Sofía’ en órbita,

a seiscientos kilómetros —ordené

con autoridad y sin titubear un segundo,

al asistente de mando.

Conforme ganábamos altura y se hacía

más opaca la frontera entre la atmosfera

y el espacio, me fui llenando de optimismo.

El plano estelar era cada vez más

brillante y tupido, pero aun claro para

mí. Lo había visto antes y sabía cómo

identificar la constelación que buscaba.

Pues cuán difícil puede ser viajar a una

estrella. Solo agarras tu nave espacial,

eliges la indicada y trazas una línea recta

imaginaria hacía ella. Luego tomas los

controles de velocidad y dirección y listo.

Sales de hipervuelo, te diriges al parque

27


ecoturístico de Próxima b y a disfrutar de

tus vacaciones con la familia. Al menos

así fue como lo pensé en mi cada vez

más creciente optimismo, ignorando por

completo las leyes de la física.

—Hemos llegado a la zona indicada,

por favor indique el destino —requirió

de nuevo el asistente de mando.

La nave se encontraba en una pequeña

desviación a la izquierda de la

estrella, así que ordené hacerla girar

unos treinta grados hasta tenerla a la

vista en la ventana principal.

Sólo se trataba de enderezarla y

apuntar con ella. Nada más. Qué tan

difícil podía ser.

El asistente simplemente cumplió mi

orden, aun sin coordenadas introducidas

en su sistema de vuelo. Segundos después

la vista cambió de un cielo estrellado a un

túnel de luces multicolor girando alrededor.

La «Pequeña Sofía» estaba en marcha.

Olvidé que la geometría del espacio-tiempo

curvo es distinta a la geometría

de Euclides y por tanto que la

luz no viaja en línea recta, sino que

solo sigue la curvatura del espacio y

eso nos lleva a que la ubicación de la

estrella sea diferente a la percepción

que de ella se tiene desde la Tierra. Y

viajar en el espacio a hipervuelo (quizás

erróneamente usé el término como

sinónimo de viajar a través del agujero

de gusano) sin tomar en cuenta esa

información, equivaldría a equivocar la

trayectoria y perderse en el espacio.

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Tomé un descanso de una hora. El

tiempo que me llevaría alcanzar mi

destino. Pero el sueño duró mucho

más que eso y de no ser por un agudo y

molesto ruido seguiría durmiendo.

—Hemos llegado —indicó el asistente

después de haberme despertado— la nave

reposa en una órbita a ocho unidades astronómicas

de la estrella más grande.

Restregándome los ojos con las palmas

de mis manos para espantarme el sueño

que aún tenía, no reparé en la voz robótica

de la nave. Sólo me senté y recargué en el

respaldo del sillón tratando de tomar un

respiro profundo, cuando repentinamente

algo me detuvo. Confundido al principio

me incliné hacía adelante lo más que pude.

La estrella no era familiar, de hecho, resultaba

gigante en comparación con las del

sistema Alpha Centauri. Me di cuenta tan

luego la vi; me lamenté y maldije entonces

lo más que pude mi error de apreciación.

Después de todo en el espacio no es bueno

tomar una decisión sin el sustento suficiente

que garantice el resultado que se desea.

Se trataba quizás de Hadar, no lo sabía.

Un sistema binario de estrellas gigantes,

qué más podía ser sino Hadar,

una estrella noventa veces más alejada

que Alpha Centauri. Le aposté a ello y le

dije al asistente, un poco recuperado de

mi equivocación, que con éste dato realizara

un nuevo salto a mi destino. Cuando

me fue preguntado éste, con menos

entusiasmo que al principio solo dije:

—Ah sí… Alpha Centauri.

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30

SUICIDIO

EN SANTA ANA

Por Andrea Medina


George vivía en un conjunto de edificios

cerca del centro, su departamento

quedaba en el séptimo

piso. Había recibido suficiente dinero

del seguro de vida de su padre como

para darse el lujo de trabajar pocas horas

(sólo con el fin de aparentar que hacía

algo además de ver las actividades

cotidianas de sus vecinos del edificio

de enfrente).

Era un hombre solitario, apenas conocido

por otros seres humanos. No

devolvía el saludo a nadie ni pronunciaba

palabra durante sus escasas horas

laborales. Tampoco era adepto a las

redes sociales, ya que estas dejaban un

rastro electrónico que cualquiera podría

ver; no le gustaba ser observado.

Emergencias recibió varias llamadas

de residentes del conjunto de edificios

Santa Ana alertando que había un

hombre tirado en un charco de sangre

en el estacionamiento. Era George. Se

había lanzado desde su ventana al vacío.

Su cráneo quedó completamente

destruido por el impacto con el pavimento.

A la policía le costó varias horas

identificar al suicida, nadie parecía

reconocerlo. Cuando por fin dieron con

su identidad y número de departamento,

subieron a revisarlo. Lo que hallaron

dejaría helado hasta al más experimentado

de los policías.

La noche anterior, George estaba en

la seguridad de su hogar preparándose

un café como siempre lo hacía, apagó

todas las luces y se sentó frente a la

ventana de la sala en su silla bar. Desde

allí podía verlo todo: al hombre que

veía la pelea de box con una cerveza

tras otra, a la mujer que cepillaba su

pelo en su habitación, al adolescente

viendo películas para adultos a escondidas

de su abuela. Espiar a la gente

le parecía cien veces más entretenido

que ver la televisión. No creía que fuera

inmoral, al fin y al cabo era ellos quienes

dejaban las cortinas abiertas.

Sólo el estacionamiento separaba

un edificio del otro. George no pensaba

quedarse mucho, iría a la cama temprano

esta vez. Pero un hombre que no

había notado antes despertó su curiosidad.

Estaba a la altura de George, en

el séptimo piso. Se encontraba parado

en medio de la sala, sin hacer nada.

Después de algún rato fue a la puerta

y una mujer entró. El desconocido se

veía incomodo, ni siquiera le ofreció

algo de beber a su visita. Ella, en cambio,

parecía no poder parar de hablar.

Estaba interesada en él, era obvio. El

hombre comenzó a mover los brazos

en señal de impaciencia, trataba que

esta se marchara, pero no funcionó. La

mujer intentó ir a la cocina, el hombre

la sujetó con fuerza por los hombros.

Su expresión cambió, sentía miedo y

asombro. Al parecer, no se esperaba

una conducta así de parte de aquel

sujeto. Se ponía cada vez más violento,

apretaba la mandíbula, mostrando los

dientes. La abofeteó. Quedó aturdida

por unos segundos, pero el terror la

hizo volver en sí y querer huir. El hombre

no se lo permitió.

George estaba boquiabierto, sin respiración.

Se preguntaba si alguien más

estaba viendo lo que él. La intensidad de

sus emociones lo congeló. ¿Qué haría?

En el departamento de enfrente las

cosas empeoraron. George comenzó a

ver lo rojo de la sangre en el rostro de la

mujer. Estaban forcejeando y rompían

todo a su paso.

Un espejo estalló en pedazos. George

sabía lo que pasaría. Miró su teléfono

y pensó en llamar a la policía, pero

31


de repente se imaginó todas aquellas

preguntas que le harían, las veces que

tendría que repetir las respuestas a diferentes

detectives, tendría que servir de

testigo en la corte si atrapaban al hombre.

Todo eso era demasiado para él.

El hombre tomó un pedazo del espejo

roto y lo clavó en el pecho de su

víctima. Ella cayó al suelo. Trataba de

arrastrarse hacia la puerta. Él puso la

rodilla derecha sobre su estómago, le

sostuvo la frente y comenzó a apuñalar

sus ojos, sus mejillas, dejándola

irreconocible en cuestión de segundos.

Evidentemente ella ya estaba muerta,

pero él no se detenía. Seguía desgarrando

y perforando su piel. George

pudo ver las vísceras de la pobre mujer

desparramadas en el suelo.

El sangriento asesino había terminado

su trabajo, agitado y por completo exhausto,

ante la vista de un cobarde que

lo había permitido. Vaya espectáculo.

El hombre se levantó, dio unos pasos

hacia su ventana y miró a George directamente

a los ojos. El corazón comenzó

a latirle sin control, se le heló la sangre.

Lo estaba viendo, el asesino sabía que

era testigo y seguro iría por él. Pero la

verdad es que eso no pasaría. La luz

del departamento de ese hombre se

encendió. Una familia de cuatro entró

con cajas de mudanza, felices, emocionados

por lo bueno que se venía en su

nuevo hogar. Todo estaba impecable.

Nada malo había pasado dentro de

esas paredes. Y George, a oscuras, supo

que lo que en realidad veía era su propio

reflejo en el vidrio de su ventana.

La policía descubrió al pasar de los

días que el hombre que se había suicidado,

antes de hacerlo, asesinó brutalmente

a una compañera de trabajo que

había conseguido su dirección en recursos

humanos y que estaba perdidamente

enamorada de él. Ella no lo conocía,

no había hablado con él jamás,

pero estaba tan ansiosa de hacerlo que

planeó tocar su puerta fingiendo que

se había equivocado de departamento

y reconocerlo de la oficina.

Quién podría haber sabido que George

era un hombre enfermo, por completo

sin control, capaz de hacer cualquier

tipo de atrocidad si se sentía acorralado.

Ella lo pagó, y él, al no poder con la

culpa y acabar con su vida después de

ver el cuerpo mutilado en su sala.

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33


La influencia

de la lectura

en las

generaciones

que se están

formando

Por Cuauhtémoc Martínez

Cada día recibimos de manera inconsciente

una gran cantidad de

información que puede aturdirnos,

distraer nuestros sentidos de las

cosas que valen la pena e importan;

más por las nuevas dinámicas que tiene

la sociedad, como las redes virtuales,

la interacción en vivo con programas

de radio y televisión, o los videos

que se pueden encontrar en internet.

Todo esto construye una barrera que

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deja atrás a los medios escritos de información,

periódico, revistas y libros.

Las generaciones nuevas crecen

conviviendo y confiando con las cosas

que encuentran en internet, llenan su

mente de ideas sacados de aquí, siendo

más vulnerables que antes a seguir

las modas, las cuales suelen ser dictadas

por las entidades dominantes de

las diversas esferas existentes en la

sociedad actual.


Se hizo común escuchar a las personas

decir que vivimos en la “era de

la información” lo cual puede parecer

preocupante, ya que tener información

es muy diferente a tener conocimientos

o herramientas para desarrollarte.

En internet circula información de

dudosa procedencia, la cual es necesario

discriminar y como todo dato que

llega a nosotros, cuestionarlo, inspeccionarlo

y generar nuevas preguntas

al respecto. En este medio se accede

a millones de artículos que pueden

aportarnos soluciones, pero también

hay muchas cosas que son simples opiniones,

que al ser tomadas como información

comprobada pueden generar

problemas. Porque algunas personas

creen lo primero que se les dice, generando

un circulo de confusión, esparciendo

mentiras que se vuelven verdad

ante los ojos de la sociedad.

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Las generaciones nuevas se han malacostumbrado

a obtener las cosas sin esforzarse,

por lo cual tienen dificultad para investigar

y buscar en libros; teniendo gran parte de

ellos un vocabulario limitado, utilizando

modismos de otros lugares que llegan a

ellos gracias a las redes sociales y los diversos

canales de información que consultan.

Sin duda la escritura ha sido uno de

los mayores inventos que ha tenido la

humanidad, el cual data de la antigua

Sumeria en una era cercana a la revolución

neolítica, con lo cual se logró que

los relatos pasaran de generación en

generación sin distorsionarse, pudiéndose

conservar para la posteridad.

La lectura se supone junto con las grabaciones

(de diversos géneros) como un

medio para conocer las costumbres y

características que hay en otro lugar o se

presentaron en una época diferente. Nos

permiten ir a lugares lejanos, inmiscuirnos

en mundos distantes, llevando nuestra

imaginación a nuevos límites. De la misma

forman nos ayuda a cuestionarnos sobre

nuevos temas, crearnos un criterio y una

postura ante la vida, la cual nos guía en las

diversas facetas que se nos presentan.

La lectura es una herramienta vital

para generar conocimiento, nos ayuda a

reforzar los conocimientos adquiridos y

relacionarlos con otras cosas. Las personas

pueden aprender temas nuevos mediante

la consulta de textos, comparar

definiciones, hondar en la especialidad

que les interesa, más hoy en día que internet

nos facilita la búsqueda de información

específica; situación que colabora

con que se pueda ser autodidacta,

algo siempre útil, que se complemente

entre otras cosas con la lectura.

El hábito de la lectura no sirve solamente

para saber más, leer nos lleva

también a mejorar nuestra ortografía,

indagar sobre las cosas que nos interesan,

recibir la información de fuentes

confiables y conocer nuevos nichos

en los cuales podemos desarrollarnos.

Leer es una parte importante en el desarrollo

del ser humano, recalcando no

sólo la lectura de corte científico o académico,

sino también la poesía, novela,

notas periodísticas, datos curiosos y

demás estilos que suman para nuestra

cotidianeidad e incluso poder profesionalizarnos

en el tema.

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La lectura es una herramienta para conocer

las ideas y opiniones de los demás,

reflexionar acerca de las acciones que estamos

realizando, proyectar nuestras decisiones

a futuro en comparación con los

resultados que alguien más obtuvo. Leer

es la puerta al conocimiento acumulado,

acercarnos a la vida de otros, entender

cómo sacaron sus conclusiones dentro

de la vida personal y profesional.

Para los jóvenes la lectura les puede

dar experiencia y visión que su edad

les dificulta tener; significa una parte

importante en su formación, para que

fundamente sus ideales, comprenda las

dinámicas que tendrá su vida; la lectura

hará que pueda identificar el camino

que desea tomar, sabiendo las decisiones

y sacrificios que deberá afrontar.

La lectura te apoya en la asimilación de

experiencias inusuales que te envuelven, leyendo

puedes identificarte con la situación

de algún personaje, del autor o con el escenario

que se plantea, de esa manera los jóvenes

pueden ver todo el panorama, con lo

cual se entienden más a fondo las posibles

consecuencias, para así discernir de mejor

manera sobre las opciones que tienen.

Para cada persona, un libro, ensayo

y artículo, posee un mensaje diferente,

incluso leerlo en etapas diferentes

de la vida te permite vislumbrar mensajes

distintos, por ello la riqueza que

tiene la escritura es grande en la vida

de todas las personas, de los adultos

que pueden asimilar las cosas que les

ocurren y las circunstancias que fueron

delimitando su camino en la vida;

mientras que para los jóvenes y niños,

será una herramienta para su formación,

la cual influirá en sus conductas

y actividades, por ello es importante

inculcar la lectura que aporte algo en

la formación actitudinal, permitiendo

al joven expresar lo que siente y acercarse

a lo que anhela ser. Inculcar en él

la lectura es abrir su visión de las cosas

que conforman la vida, permitiéndole

ver caminos que podrían pasar desapercibidos

de manera común.

La lectura es un hábito que se debe

inculcar en las nuevas generaciones por

todas las personas, familiares, amigos,

profesores; ya que esto es un verdadero

regalo, algo que la persona siempre tendrá

y le ayudará a su desarrollo pleno.

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SÍNDROME DEL

EQUINOCCIO DE

OTOÑO

Por Gabriela Bolaños Cacho Gasca

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Es la mañana más fría de mi existencia,

el cielo se encuentra de un

color gris, el más bello que había

visto desde mi niñez, será que así siempre

me acostumbré a verlo por las ventanas

casi ensombrecidas de la vieja

casona que era mi morada, justo después

de que mi madre me alumbrara

una noche gélida del mes de octubre

de 1951; exactamente a las 11:30 pm.

La angustia que pasé al sentir los

brazos del invierno ya cercano en mi

cuerpo sin ninguna protección, fue una

de las cosas que quedaron grabadas en

el pequeño ser que era yo. De mi progenitora

no recuerdo nada, ella se quedó

dormida para siempre, en la escueta

sala de operaciones tras librarse de mí.

Transcurrieron 12 años, los cuales pasé

al lado de mi progenitor en esa misma casona

a orillas del mar, en la ciudad de portuaria

de Aberdeen al nordeste de Escocia.

Según yo, trataba de hacerle la vida más

alegre y placentera a mi padre, y poder

hacerlo olvidar la gran tristeza que le perforaba

cual puñal de largo filo en su corazón,

haciéndole confundir los sentimientos

hacía mí, tornándolos en un segundo

como emotividades amorosas, cariñosas

y comprensivas en odio y culpa los cuales

me los adjudicaba cada día más, al grado

de creer que yo era justamente el causante

de la desdichada muerte de mi madre a

la que amó demasiado.

Que por mi culpa, los meses de plenitud

y luz de ella, yo había robado para

poder surgir. Me hacía sentir un monstruo,

que en el preciso instante de salir,

le desgarré todas sus entrañas desarticulándome

de todo lo que me formó; tal

y como un escorpión que desaparece a

la que le dio origen. Continuó ese sentir

hasta que llegó el día en que falleció mi

padre; fue un día feliz y a la vez de luto.

En mi interior ardían dos sentires, el

de inmensa alegría de saber que la naturaleza

me hizo el gran favor de deshacerse

de él perpetuamente; era un tanto

macabro pero espeluznantemente

bellísimo y por otro lado la inolvidable

culpabilidad y tristeza por el afecto insuficiente

que recibí.

Mi vida ha transcurrido en una soledad

extrema, con la cual he llegado a

intercambiar conversación junto a las

sombrías paredes del sanatorio. Cuando

fui niño viví en una casona que en

sus buenos tiempos había sido digna

de una agradable vista por sus paisajes,

lo que en sí la rodeaba y por supuesto,

la alegría encapsulada de mis padres…

hasta que aparecí yo.

Prosigo con la descripción de mi antiguo

hogar, el cual actualmente se encuentra

en un estado deplorable, empezando

por el antes lindo tejaban rojo

que se divisaba desde lo lejos y que

ahora es sólo una nube de destrucción,

la fachada ni nombrarla y en el interior

murmuran los mismos muebles que

compraron papá y mamá el día de su

boda puesto que dicha casona fue regalo

de la bisabuela Wendolyne un año

antes de su fallecimiento.

Solía tener un gran recibidor con un

espejo oval, dos percheros en donde

decían que en las reuniones colgaban

de ellos hermosas estolas de las más

diversas pieles y sombreros de gente

con renombrado abolengo de la región.

En la parte izquierda, la biblioteca se

tapizaba en libros y una vetusta lámpara

alumbraba el escritorio de madera

olorosa de mi padre en la cual pasaba

grandes temporadas enclaustrado,

viendo la foto de mi madre que nunca

la movió de su lugar. También merodeé

mentalmente los corredores, las esca-

39


leras gélidas de mármol con una roída

alfombra de estampados que siempre

se me hicieron ridículos.

Mi padre sólo salía para probar pequeñísimos

bocados y posteriormente

regresaba a su lisa silla de cuero negro

que aún se conserva bastante bien.

Confieso que el olor a libros viejos me

enloquece y me hace encerrarme todavía

ahí; no sé el motivo, tal vez sea por

recordar que la lectura nunca fue de mi

agrado. Del lado derecho se hallaba la

sala tachonada de retratos familiares y

en la chimenea restaban algunos leños

que hace dos inviernos prendí; y al fondo

del comedor una colosal y tétrica

mesa de pino llena de polillas.

Mi mente vaga sin rumbo haciéndome

meditar en cosas sin sentido y vuelvo

a esa mesa tan larga y desagradable

como la base de una máquina de torturas

en la época de la Inquisición en

la cual se juzgaban a los herejes como

yo. Sonará deprimente pero es divertido

para mi depravada mente, causa de

éste aislamiento absoluto.

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EL REGALO

DE DIOS

Por Tania Jaquez


La bruma era tan densa que nadie

podía mirar al frente. Todos andaban

con la cabeza gacha, esperando

a que aquello les ayudara a quitar el

duro picor de los ojos que les ocasionaba.

Caminaba el pueblo de la Bruma,

sumido en una vida bajo aquella cortina

oscura que no podían ver el sol, ni

el cielo, ni las aves que volaban encima

de ellos porque les dolía, sentían que el

viento les hacía daño y la misma neblina

espesa les quitaba el aliento. Vivían

para morir debajo de esa fea capa de

eso que no sabían qué era, de donde

venía, hacia donde iría.

En la Ciudad de la Bruma había una

mujer que miraba por la ventana. Podía

alcanzar a ver algunas personas

caminando por las calles con bastones

para evitar que la neblina los tragara

y resultara en accidentes. Con faroles

en las manos para no perderse. Nadie

tenía autos, nadie usaba transportes.

Todos caminaban. Miró cómo la niebla

gris se comía el acero y todos los metales

de los herrajes en las casas, ya fuera

de puertas como de ventanas. Las casas

caían a pedazos por la humedad.

Un día la mujer de pálida piel asomó

el rostro por la ventana más alta de su

casa mientras limpiaba. Un cálido rayo

de sol se dejó caer justo en su piel, generándole

una sutil quemada. Aulló del

dolor y se alejó, asustada. El pequeño

rayo permaneció proyectando su luz

contra el suelo. Grisa tuvo miedo. Sin

embargo, acercó la mano para poder

sentir el calor delicado que desprendía,

que generó ligeras quemaduras. No conocía

nada encima de la bruma, pero no

era tonta. Entendía qué era aquello: Sol.

Corrió a decirle a su esposo lo que

había descubierto. Fueron juntos al

lugar donde se encontraba el rayito de

sol. Atemorizados, hablaron al cura. El

gordo hombre puso su mano bajo ella

recibiendo la suave lamida de calor.

Alarmado, se fue hasta la plaza principal,

frente a la magnífica catedral de la

bruma, donde el dios miraba desde lo

alto de una estatua. Su rostro de sol esculpido

en piedra oculto por una nube.

—¡Nuestro dios se ha manifestado,

está furioso por que hemos vivido en

pecado, arrepentíos! —gritó en el altavoz,

los fieles se postraron en el suelo

adorando al dios y pidiendo perdón.

Grisa se limitó a mirar desde la orilla

de la plaza oscura. El pueblo entero tomaba

aquello como el acontecimiento

más horrible de todos los tiempos, pero

ella, no sabía por qué, creía que el cielo

estaba manifestándose de manera

hermosa, aunque dolorosa. Vio de la

catedral alzarse un suave humo que se

extendía por el cielo con tranquilidad,

rellenando el agujero por donde se había

colado la luz. Su corazón volvió a nublarse,

cerró los ojos y lloró en silencio.

Varios días después, fue por víveres

al mercado. Compró lo necesario y de

camino volvió a sentir un calorcillo sobre

la cabeza. Alzó el rostro, la luz le

golpeó los ojos, dejándola ciega. Gritando,

dejó caer sus compras, buscando

las formas a su alrededor, pero todo

estaba muy blanco y luego oscuro, tan

oscuro como la noche.

Su esposo llegó a casa de noche y la

vio con los ojos vendados. Le preguntó

lo sucedido y ella contó con lujo de detalle,

envuelta en sollozos. Le examinó los

ojos, se le habían vuelto blancos como

la leche debido a una fea catarata.

Durante la noche, Grisa se fue al balcón

a tientas y se sostuvo del barandal

de hierro forjado, con herrumbre. Su esposo

seguía dormido, verían al doctor en

43


la mañana. Sin embargo, quería sentir el

viento fresco de la noche. Se quitó la banda

de los ojos y como un milagro pudo

ver más allá del cielo brumoso, las estrellas

brillar. No paró de observarlas: eran

como diamantes diminutos colgados en

una tela oscura que nunca había visto,

tan negra como la propia oscuridad.

Al amanecer le contó todo aquello a

su marido, entendiendo el regalo del

sol. El chisme se corrió por la colonia y

luego por la ciudad. Cientos de curiosos

acudían a molestarla día y noche para

escuchar lo que había sobre la bruma.

La llamaron la «profetisa del Sol». Sin

embargo, fue el sacerdote quien la visitó

una noche, llamándola maldita y

le arrebató los ojos con la rabia de su

dios y la ayuda de su creyente esposo

para quedar en completa oscuridad,

tendida en el suelo, llorando sangre y

odiando el primer momento en el que

pudo ver el sol salir de la bruma.

«Que el Señor de la Bruma te perdone…»

44


a

#ACERTIJO

Tenemos doce monedas aparentemente

iguales, pero una de

ellas tiene un peso ligeramente

superior. Usando una balanza de

platillos y con solo tres pesadas

encontrar la moneda diferente.

La respuesta en el siguiente número

45


46

EL LLANTO

DE LA NOCHE

Por Mauricio Vega Vivas


El oficial de fusileros hizo una pausa

y, devolviendo el sable a la vaina

que llevaba en el cinto encima de

la chaqueta militar, se dirigió a grandes

zancadas hacia el condenado a muerte.

A un par de pasos de él le preguntó, sin

deponer el ceño, tratando de suavizar

el tono de su voz:

—¿Hay algo que pueda hacer por usted,

general Muriel? ¿Una última voluntad?

El condenado giró la cabeza y clavó

la mirada en el hosco semblante del

oficial, esperando todavía que su figura

se esfumara por fin en el aire.

El oficial volvió a preguntar con idéntico

tono ante su mutismo:

—¿Nada entonces, general?

Muriel se humedeció los labios resecos,

sin dejar de mirarle fijamente al

rostro, y al cabo respondió tranquilo:

—Nada, oficial... Cumpla con su deber.

El ceñudo oficial torció la boca y regresó

maldiciendo junto a los fusileros,

que descansaban las carabinas sobre

la culata en la tierra suelta. Desenvainó

de nuevo el sable y, mascullando todavía,

reinicio el trámite.

Alzando la cabeza para contemplar

un momento el cielo poblado de nubes,

esgarró luego la saliva espesa que

irritaba su garganta y después de escupir

miró el destacamento de federales

acantonado a las afueras de la ciudad

de Celaya. La botonadura dorada de su

chaqueta destellaba bajo la luz del sol,

que había vuelto a asomar el rostro en

el cielo. Apretó los párpados, paciente

y resignado, y la voz del oficial se fue

desvaneciendo por fin en sus oídos,

como si el viento la adelgazara, hasta

convertirse en un eco lejano.

Abrió los párpados de golpe en la habitación

en penumbras, debajo de las

sábanas blancas que le cubrían hasta

el pescuezo el corazón le palpitaba con

fuerza como si quisiera saltarle del pecho,

y en el silencio de la recámara se escuchaba

perfectamente el sutil jadeo de su

respiración. Desorientado y confundido

giró la cabeza a un lado y otro de su cama,

reconociendo la habitación a oscuras.

En medio de las sombras descubrió

la cabellera revuelta de su mujer, que

dormía plácidamente a su lado, y girándose

mejor pegó suavemente su

cuerpo al suyo. Con un brazo rodeó su

cintura y la tibieza de su cuerpo lo reconfortó.

Mucho más tranquilo, subió

una mano y acarició la negra cabellera,

aspirando el sutil aroma a rosas que

manaba del pelo ensortijado.

No supo exactamente cuánto tiempo

permaneció despierto esta vez, tratando

de sacar de su cabeza los restos persistentes

de aquella absurda pesadilla.

Tuvo la impresión de que su razón se resistía

al extravío del sueño. Que rehuía

la pérdida total de la conciencia. Pero

un irresistible sopor comenzó a invadirle

poco después, y terminó por vencerle

al cabo. Y al separar la piel pegajosa de

los párpados estaba de nuevo allí, delante

del pelotón de fusilamiento, que

aún descansaba las carabinas sobre la

tierra alborotada por la ventisca.

Un escalofrío recorrió vertiginoso

su espalda, estremeciéndolo hasta los

huesos. Tuvo el impulso de huir corriendo

de ahí, de escapar de ese aborrecible

sueño por pies ligeros. Pero la

modorra parecía anclarlo sin remedio

a esa realidad alterna.

Hasta sus oídos llegó de nueva cuenta

la voz áspera del oficial de fusileros,

como un murmullo que el viento acarreaba

caprichosamente desde la profundidad

del abismo en que parecía

haberse convertido su cabeza.

47


—¡Presenten…, armas! —lo oyó clamar

con el sable en lo alto, listo para

asestar un tajo al vacío.

Los fusileros levantaron las carabinas

y las recargaron contra el pecho.

Presa de un indescriptible desasosiego,

Muriel abrió y cerró los párpados con

desesperación, en busca del anhelado

despertar que se negaba a consumarse.

—¡Apunten! —vociferó imperturbable

el oficial.

Los fusileros dirigieron el cañón de

sus armas hacia su chaqueta polvorienta,

que había comenzado a humedecerse

por el abundante sudor que le escurría

por el cuello. Muriel fijó un instante

la vista en las bandoleras de los fusiles

que se mecían agitadas por el viento, en

un vaivén monótono y horrendo.

El ardiente sol le tatemaba la cabeza

debajo de la gorra de plato, cuya visera

apenas lograba a cubrirle de su radiante

luz. Sumido en un confuso delirio, Muriel

entornó dócilmente los párpados

para evitar el simple encandilamiento.

La pesadez anterior comenzó a sumirlo

nuevamente en la inconsciencia, y la voz

del oficial volvió a tornarse de pronto lejana.

El olor acre de la leña ardiendo en

los fogones de la soldadesca se fugaba

de sus sucias narices, sumergiéndolo en

la misma modorra irresistible.

Abrió los ojos de nuevo junto a su

mujer. Ella continuaba de espaldas a él,

navegando en su sueño sosegado. Atónito

y confundido, pasó la mano con

insistencia sobre la cabellera enmarañada,

tratando de asirse a la realidad

como un náufrago a un madero en medio

del mar. La mujer gimió en respuesta

a sus caricias, desde la profundidad

de su descanso.

Pero el sopor que le impedía mantenerse

despierto por mucho tiempo,

volvió a obligarlo a cerrar los párpados,

que le pesaban como dos pesados plomos.

Asomado de nuevo al vacuo precipicio

del sueño, el humo picante de

la leña quemada penetró una vez más

en sus narices con su molesto escozor.

Las nubes pardas que amenazaban lluvia

poco antes en lo alto del cielo, se

habían marchado arrastradas por el

viento llevándose su frescor hacia otros

rumbos. En su lugar, sólo algunos fatigados

cirros se estiraban extenuados

sobre el destacamento hasta casi desaparecer,

menguados en su propia sed.

Sumergido, pues, en sus pensamientos

delante del pelotón de fusilamiento, tuvo

la impresión por un instante de estar contenido

en otro cuerpo; en un recipiente

ajeno que no alcanzaba a reconocer. Pero

luego, al frotar la piel callosa de sus dedos,

se reconoció en esa epidermis dura, curtida

por el roce de las riendas de cuero.

Un ligero desvanecimiento sacudió

de súbito su cabeza, y ahí estaba de

nueva cuenta sobre el lecho tibio al

lado de su esposa; que continuaba embarcada

plácidamente en su tranquilo

sueño. Con desesperación apartó esta

48


vez las cobijas y de un impulso abandonó

la cama. Encendió la lámpara de su

buró y la habitación se iluminó con una

luz suave. El frío calaba los huesos.

Decidido mejor a permanecer en

vela el resto de la madrugada, se dirigió

hacia la ventana y separó las cortinas

con las manos para echar un vistazo

a la calle. Afuera, el viento gélido del

otoño mecía caprichosamente las hojas

de los árboles y el cielo estrellado

enmarcaba una luna hermosamente

astada. Sobre el interior de los vidrios

se condensaban gruesas gotas de agua

que, al engordar, resbalaban por la superficie

transparente. Pensó en lágrimas

que escurrían por las mejillas de

una casa imaginaria, en el llanto de la

noche más negra de su vida.

Después de permanecer por un buen

rato mirando hacia la calle solitaria a

través de los cristales empañados, el

frío intenso lo hizo volver al lecho y se

sentó en el borde de la cama tiritando.

La mansa respiración de su mujer, con

su cadencioso fuelle, le pareció una

dulce y tierna melodía.

Girándose hacia ella, alargó una

mano y tomó su hombro desnudo, buscando

su calor. La inesperada frialdad

de su cuerpo lo alarmó y la hizo girar

suavemente para examinarla. El espanto

lo obligó entonces a apartarse de un

salto. Sin comprender lo que ocurría,

miró estupefacto el rostro horripilante

del ser que yacía inmóvil sobre el lecho.

Un súbito vértigo golpeó su cabeza

como un mazo. Los muros de la habitación

comenzaron a moverse de manera

inexplicable, como si un repentino sismo

los sacudiera desde sus cimientos.

Controlando el pánico, se dirigió tambaleante

hacia la puerta de la recámara

para salir de ahí, sosteniéndose de los

muebles para no caer. La horrenda aparición

permanecía boca arriba con las

cuencas vacías, mirando hacia ninguna

parte. Ensordecedores relámpagos comenzaron

a atronar afuera, iluminando

la negra noche. En una desesperada

tentativa por mantener la cordura, trató

de reproducir en su mente el rostro de la

mujer que debía dormir a su lado; pero

le fue imposible fijarlo en su memoria.

La aterradora escena comenzó a desvanecerse

ante sus desorbitados ojos,

cuando deducía ya la terrible verdad. Lo

último que vio de aquel espantoso teatro

fue la lúgubre silueta de la muerte que,

inmóvil aún sobre el lecho, parecía sonreírle

con una mueca macabra pelando

los dientes en medio de la penumbra.

Abrió esta vez los párpados de golpe

delante del pelotón de fusilamiento.

Aspirando con fuerza el aire tibio del

atardecer, que le produjo un incierto

placer, se entregó al fin a su fatal destino.

Y en un gesto de suprema soberbia

militar, justo cuando el oficial de fusileros

terminaba de pronunciar la última

frase, irguió orgulloso la cabeza y la

metralla lo atravesó inmisericorde.

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50

ESCRITORES

SIN SALIDA

PRESENTA A:

EL EDITOR EN JEFE

Una entrevista

por Juss Kadar


Uno de los principales actores de

este proyecto ha sido obviado

y trabaja bajo las sombras para

que esta revista, así como nuestros

libros, lleguen a sus manos. Estoy hablando

de nuestro editor en Jefe, de

quien pocos sabemos poco y muchos

saben aún menos. Por esa razón esta

entrevista es ahora para mostrar un

poco sobre él.

¿Cómo surge la idea de querer crear

una editorial?

Bueno, la idea de querer crear una editorial

fue muy espontánea. Hace varios

años, por ahí del 2012, conocí a una

«poeta» (y recalco las comillas porque

en realidad no es poeta) a la cual le

tomé mucho cariño. Aquí entre nos, no

me gustaban mucho sus poemas, siempre

he sido muy exigente con la poesía,

y regularmente si son poemas en verso

libre no me gustan mucho, pero era

la primera persona que conocí que de

verdad le interesaba la literatura tal

vez tanto como a mí. Después de vernos

algunas veces por la diferencia de

distancias me dijo que quería publicar

sus poemas en un libro; así que, como

buen encandilado, decidí ayudarla. Yo

realmente no sabía nada sobre la edición

de libros pero pensé «¿Qué tan difícil

puede ser?» Primer error. Me topé

con todo lo que conlleva una edición:

desde preparar el manuscrito hasta

ofrecerlo a la gente. Total, que lo terminé

diseñando y me gustó como quedó

(aunque para mis estándares actuales

puedo decir que hice una porquería).

Total, que para no hacer el cuento tan

largo: Organicé su presentación, sus

libros se vendieron y después de un

tiempo, dejamos de hablarnos. Pero la

espina de trabajar con libros me quedó,

principalmente porque yo también

quería escribir, pero era algo que se me

dificultaba demasiado.

¿Cómo se te ocurrió el nombre?

El nombre de la editorial realmente

se me vino a la mente en automático.

Siempre me han gustado los videojuegos,

y mi favorito por encima de cualquier

otro es «Chrono Cross», un juego

de finales de los noventa. En ese juego

hay un grupo de ladrones a los que

llaman «Radical Dreamers» y, para no

contarte toda la historia del juego, su

ideología y en sí todo el juego dejó una

marca muy importante en mí. Así que

no dudé en utilizar la palabra Dreamers

para el nombre. De hecho mi intención

era ponerle a la editorial «Editorial

Radical Dreamers», pero pensando en

cuestiones legales no lo hice.

El logotipo fue, de cierta forma, también

sencillo. Porque la idea me vino gracias

a la obra de teatro «La sirena varada»,

del autor español Alejandro Casona, (y

que curiosamente también da nombre

a esta revista). En esta obra el personaje

principal es «Sirena», que vive junto con

muchas personas más en un mundo de

fantasía de la cual ninguno de ellos quiere

salir por diversas razones. La obra enfrenta

a la fantasía con el sentido común

y la crueldad de tener que enfrentarse

necesariamente a la vida, eso es lo que

(yo considero) los libros hacen. Regalarnos

un pedazo de fantasía ya sea para

evadir la realidad que día a día vivimos,

aunque en los libros también encontramos

de muchas formas a esa misma realidad

retratada, lo cual crea una yuxtaposición

sobre lo que nosotros podamos

querer realmente.

51


¿Cómo te planteaste los primeros pasos

en la editorial? ¿Buscaste a los escritores

o ellos te encontraron a ti?

Si debo ser sincero casi no planee nada.

Lo primero que sabía era que iba a necesitar

un sitio web y redes sociales para

que la gente conociera la editorial. Eso

fue lo más sencillo. En cuanto a las redes

sociales me fue difícil empezar porque,

además de no saber cómo llamar la

atención de la gente, no sabía de donde

sacar los libros. Lo primero que me plantee

fue cómo atraer a la gente. Nunca me

ha gustado la imagen seria e institucional

de las cosas: soy muy relajado y me

gusta aparentar que me tomo las cosas

a la ligera (aunque realmente no es así).

Por eso, en lugar de hacer todo pomposo

y ceremonioso, decidí compartir memes.

Bien se dice que se atrae más a la gente

con miel que con hiel y hasta la fecha ha

funcionado bien, principalmente porque

mi intención era atraer a la gente que

no acostumbra leer a un sitio donde se

les van a ofrecer libros en los cuales no

tienen que gastar; ese, según yo, sería el

principal gancho para que la gente iniciara

un hábito que le traería muchas cosas

buenas a su vida. Yo realmente estoy en

contra de la idea de que ser lector te hace

más inteligente, o culto, o todas esas cosas...

Para mí, la lectura es solo otro medio

de entretenimiento que no se debe

de perder. No por esto quiero restarle importancia

a los libros, al contrario, quiero

darles el lugar que les corresponde: una

herramienta con la cual el autor puede

compartir todo lo que tiene dentro de sí,

y con la que el lector puede conocer nuevos

lugares, personas, formas de pensar,

en otras palabras: expandir su mente.

Aunque esto aplica para libros de ficción

principalmente, porque los libros de no

52

ficción sí están enfocados en la transmisión

de conocimientos.

En cuanto a los autores, realmente

primero comencé buscándolos. Sin ser

barbero, debo decir que tú fuiste a la

primera autora que contacté. Después

hubo al menos cinco autores más, los

cuales no están ya con nosotros por

diversas razones, principalmente por

no darles importancia a sus libros. Al

menos eso es lo que yo creo. Después

los autores comenzaron a llegar poco a

poco, y hasta la fecha, han sido muy pocos

los que yo he invitado a la editorial.

¿Qué ha sido lo mejor?

Han sido muchas cosas buenas las que

la editorial me ha traído, principalmente

el poder acercar los libros a las personas,

pues mi idea no ha sido como tal

hacer un negocio de esto (aunque debo

reconocer que para hacerlo bien tengo

que vivir de esto y ganar dinero). Lo que

más me gusta es ver cuando los autores

y los lectores comienzan a convivir entre

ellos fuera de Editorial Dreamers. Es

decir: los lectores se hacen fan de los escritores

y los comienzan a seguir y platicar

con ellos: forman una conexión, y es

precisamente para eso para lo que los

libros están hechos. Me gusta también

ver que la gente lee los libros y que poco

a poco nos hemos ido diferenciando de

las demás editoriales tanto por nuestro

contenido como por la forma en la cual

trabajo la editorial. Me gusta también

que puedo llamar amigos tanto a varios

autores como a varios lectores.

¿Qué ha sido lo peor?

¿Lo peor? Bueno, realmente lo peor que

me puede pasar en la editorial es no tener


ecursos suficientes para hacer todos los

planes que tengo. Eso es lo que no me deja

dormir en las noches y, tristemente, esos

recursos son principalmente dinero. Sin

embargo, el no tener dinero simplemente

causa que las cosas se hagan de forma más

lenta, pero no impide que no se hagan.

¿Cómo ves el mundo editorial ahora

mismo?

Esa es una pregunta muy importante para

mí. El mundo editorial, desde mi punto de

vista, se ha convertido en una máquina de

hacer dinero para unos cuantos, sin importar

lo que suceda alrededor.

Los libros son, por naturaleza, un

artículo de consumo, y eso es algo que

ha sucedido desde que la imprenta se

inventó; pero últimamente, tanto a autores

como editores, solo les importa

hacer dinero; y, bueno, no considero

que esté mal ganar dinero por los libros,

al contrario, es bueno recibir una

retribución por lo que se hace, pero

pienso que lo que importa en un libro

es lo que tiene dentro, y no lo que se

pueda ganar con él.

Pienso que esta avaricia de autores y

editores ha dado lugar al nacimiento del

lector «zombi», el lector «from hell», el

editor «Scrooge» y el escritor «Larfleeze».

El lector zombi es aquel que, como

buen zombi, sigue al grupo y sigue todas

sus tendencias sin importar hacia

donde lo lleven. Tienen la costumbre

de consumir solo «lo que está de moda»,

le tiene miedo a los clásicos porque los

considera aburridos, o viejos, o difíciles,

o no sé cuántas cosas más. Realmente

lo que le importa es sentirse parte de

algo, de un grupo, y por eso adopta las

ideas y sigue fielmente lo que otros que

considera mejor que él.

53


54

Por otro lado, tenemos al lector from

hell. Este es el más molesto de todos. Es

aquel que se pasa criticando los gustos de

los demás por ser «superficiales» o «tontos».

Cree que los libros de autores clásicos

son insuperables, se la pasa diciendo

que los libros nuevos, principalmente las

novelas juveniles, son basura y se cree

súper intelectual por haber leído Rayuela

y varios libros de ese estilo. Tienen la tendencia

a no aceptar las críticas y a creerse

«únicos y diferentes», como en muchas redes

sociales y foros suele suceder.

El editor Scrooge es aquel al que no

le importa el contenido de los libros que

publica, solo le importa los números

que estos puedan generar. No quiero

criticar ningún libro porque todos los

libros tienen su público y no todos tenemos

los mismos gustos, pero es importante

destacar que para este tipo de editores

y editoriales el dinero es la meta, y

escogen libros que saben que se van a

vender, dejando de lado libros que vale

la pena publicar pero que no se venderían

bien. Así es como todas las grandes

casas editoriales se manejan, pero no

es exclusivo de ellas, casi todas las editoriales,

desde las más pequeñas hasta

las más grandes, lo hacen de esa forma.

Esto viene de la mano con un fenómeno

muy importante: la autopublicación.

Las mal llamadas editoriales de autopublicación

(y digo mal llamadas porque en

realidad solamente son puntos de distribución)

no se preocupan porque los libros

que publiquen tengan lo mínimo de calidad

y aceptan todo. Una buena editorial

se dedica a ayudar al escritor. ¿Cómo? Haciendo

su trabajo: corrigiendo y editando,

porque el escritor debe preocuparse de

la historia esté bien contada, y la editorial

debe preocuparse de la ortografía, redacción,

gramática, etc., etc., etc... Al menos


eso es lo que yo pienso. Pero no lo hacen

así, al menos no como deberían hacerlo.

Dejan que se publiquen libros sin siquiera

revisarlos y eso, para mí, habla muy mal

de cualquier editorial, porque entonces

el negocio no son los lectores, sino los autores

al cobrarles los diferentes servicios

que cualquier editorial debería hacer para

publicar un libro.

Por último, el lector Larfleeze. Larfleeze,

o el agente naranja, es un personaje de DC

que forma parte de los cómics de Linterna

Verde. Él porta un anillo naranja, el cual

está definido como el color de la codicia.

Así son muchos autores hoy en día: escriben

cualquier cosa, sin preocuparse por

de verdad escribir algo que valga la pena,

y quieren explotar eso como si fuera una

mina de oro. Un buen ejemplo de esto son

los libros de autoayuda, por supuesto no

voy a decir que todos, pero sí la gran mayoría,

están llenos de obviedades y pensados

para llenar los bolsillos del escritor y

del autor. Hay muchos autores de distintos

géneros que podrían entrar en esta categoría.

A ellos les importa muy poco si tienen

que pasar sobre otros autores o que

por ellos les cierren las puertas a autores

que sí se esfuerzan en hacer su trabajo y

que aman hacer lo que hacen por encima

del dinero.

Tristemente esta es la tendencia a futuro,

y no creo que haya una forma de

evitarlo, pero sí de resistirlo.

¿Qué hace distinto a Editorial Dreamers

de otras editoriales? Veo que ofrece infinidad

de opciones, como audio libros,

webs series... que no únicamente se

queda en los libros.

Esa pregunta me la hago todos los días

al despertar (cuando llego a dormir). Yo

creo firmemente que Editorial Dreamers

se diferencia de las demás editoriales al

no ser el dinero el centro de la editorial.

Eso me da la libertad de publicar obras

que yo considero valen la pena publicar,

aunque debo aclarar que cualquier libro

escrito con sangre, sudor, lágrimas

y amor vale la pena.

Una de las primeras cosas es que

Editorial Dreamers no publica libros de

chile, mole y pozole. Editorial Dreamers

tiene bien definido su línea editorial: literatura

de ficción. No publicamos otro

tipo de cosas porque entonces seríamos

como todos los demás y no se podría

ofrecer un catálogo uniforme a los lectores.

Esas son las principales diferencias.

Todos los proyectos alternos de la

editorial son un complemento a nuestros

libros. Algo que haga sentir aún

más orgullosos a los autores editados

y que amplíe nuestro abanico de productos.

Sin embargo, los audiolibros

cumplen la función de brindar accesibilidad

a aquellos que no pueden leer;

ya sea por alguna incapacidad física o

cualquier otra cosa.

¿Cuáles son sus planes de futuro?

Los planes para la editorial son crecer

de forma mesurada pero constante.

Para el 2018 tengo la firme convicción

de publicar 50 libros de autores contemporáneos

y 150 libros clásicos, para

que nuestros lectores tengan una mayor

variedad de dónde escoger y para

que más autores tengan la posibilidad

de ver su libro publicado.

¿Qué tiene que tener un libro y un autor

para ser publicado en la editorial?

Esa es una buena pregunta y nunca me

la había planteado como tal. Al mo-

55


mento de elegir un manuscrito nunca

me fijo en la ortografía o la gramática,

puesto que arreglar eso es mi trabajo.

Me preocupo principalmente en que

la historia que el autor esté contando

sea, primero, algo que valga la pena

contar. A lo que voy es que muchos libros

se quedan en manuscritos porque

la historia no es del todo interesante o

no aporta nada novedoso. Suena un

poco cruel pero es la verdad: pero es

más la forma en cómo los autores relatan

sus historias lo que me hace querer

leer más y publicarlas. Debo decir que

algunos de los libros publicados no

me gustan, pero eso no significa que

no sean buenos, al contrario, son libro

excelentes y merecen ser publicados y

leídos por la mayor cantidad de gente

que quiera leerlos. Trato de ser lo más

objetivo que puedo y dejar de lado mis

gustos personales para poder elegir de

la mejor forma posible.

¿Qué has tenido que dejar atrás?

Muchas cosas. Dirigir una editorial solo

significa hacer absolutamente todo:

hay que hacerla de publirrelacionista,

diseñador, CM, barrendero y todo

lo que puedas imaginar. Tiene mucho

que no hago cosas que me gusten o

incluso tiene mucho que no salgo de

mi cubil para disfrutar un poco de mi

tiempo. Todo eso sin dejar de lado las

obligaciones que tengo en el ámbito

personal (que realmente significa más

trabajo realmente). En teoría, puedo

considerar que este trabajo, y otro que

también realizo que no tiene que ver

con la editorial pero es igual de importante,

me tienen completamente aislado

del que alguna vez fue mi mundo.

Pero me siento muy comprometido

56

con la editorial y, principalmente, lo

disfruto. Disfruto hacer todas y cada

una de las cosas que hay que hacer y

no lo cambiaría por nada.

¿Te sientes orgulloso?

Me siento orgulloso de la gente que no

leía y ahora está leyendo gracias a los

libros gratis; me siento orgulloso de los

autores de la editorial, porque ven sus

obras publicadas y se esfuerzan para

seguir escribiendo nuevas historias que

lleguen a la gente. Pero de mí aun no

me siento orgulloso, porque aún no he

alcanzado lo que quiero alcanzar con la

editorial. Me hace falta mucho camino

que recorrer y esa búsqueda del orgullo

propio es algo que me ayuda a seguir

aprendiendo cosas nuevas que puedas

poner en práctica para la editorial.

¿Cuál sería tu meta final para la editorial?

Estar en librerías, que un autor

se hiciera muy conocido, tener prestigio...

¿o qué sería?

No tengo como tal una meta final, porque

hablar de una meta final me hace pensar

que la editorial puede llegar a tener un

fin, y realmente eso no me gustaría. Tal

vez el fin llegue el día que yo me muera...

no sé... Pero mientras tanto seguiré

pensando en distintas metas que poder

alcanzar en conjunto con los autores.

Las principales metas en este momento

son, ciertamente, estar en librerías.

Comprendo que para cualquier

autor, me incluyo, es un logro de vida

ver su libro vendiéndose en las librerías

más importantes del mundo. Pero

como tal mi meta, en ese sentido, no

es individual. Quiero que tanto autores

como editorial alcancen el mayor


Porque, como editores,

nosotros les tenemos el

mismo cariño a las obras

que el autor. O al menos

así debería de ser.

prestigio posible a la par. Realmente

busco que la editorial sea un semillero

de grandes autores que en algún momento

puedan ser reconocidos y recordados

por las generaciones que vienen.

¿A qué escritor le gustaría haber publicado

que ya sea conocido?

Tengo varios, pero a quien me hubiera

gustado publicar es, sin lugar a duda, a

Emily Rodda. Ella es una de las mejores

escritoras de literatura infantil y fantástica

que, a mi consideración, existe.

Y aunque me hubiera gustado editar

todos los libros que ella ha escrito, me

hubiera conformado con editar todos

los libros de la serie «Deltora Quest».

¿Cree que se infravalora el tema de ser

editor? ¿Se ve como un mal trabajo?

Yo, personalmente, creo que el trabajo

del editor está pasando a segundo plano.

Primero porque los editores (por supuesto

no me refiero a todos, pero es necesario

decirlo de esa forma) creen ser poseedores

de la verdad absoluta; es decir,

ellos creen que su trabajo es único y que

nadie puede hacerlo como ellos.

También tenemos a otros editores

que solo se mueven por el dinero, y

más que editores se convierten en

vendedores de servicios para escritores.

Ese no es un editor por mucho que

quiera hacer un buen trabajo. Es un

mercenario solamente.

Por otro lado tenemos a los autores;

muchos no valoran el trabajo que un editor

tiene que hacer para llevar un libro

desde el manuscrito hasta el papel. Creen

que porque hay herramientas en internet

que «pueden ayudarlos a editar un libro»

los editores ya no son necesarios. Además

de todo eso ha ayudado a que la cantidad

de autores autopublicados crezca de forma

descomunal. No me malentiendas,

creo que la autopublicación es una buena

herramienta cuando se hace a conciencia

(con amor, diría yo), pero un buen porcentaje

de libros autopublicados en Amazon,

Kobo, Lulu, Bubok y demás lugares que

se te puedan ocurrir están publicados tal

cual el autor terminó de escribir. ¿A qué

me refiero con esto? A que muchas veces

el texto no pasó siquiera por el autocorrector

de Word, mucho menos tiene una

estructura correcta: páginas y páginas

llenas de viudas, huérfanas, «sangrías»

hechas con el tabulador... En fin. Podré

sonar muy inquisitivo, pero ofrecer eso a

un lector puede causar dos cosas: que el

lector no tome en serio al autor, o que el

lector no le interese y la calidad y los estándares

comiencen a bajar. Considero

que, si el autor no cree que necesite a un

editor, está bien; pero tiene entonces que

hacer el trabajo del editor, y eso, definitivamente,

la mayoría no lo hace.

Quienes confían en los editores saben

que nos gusta hacer nuestro trabajo

lo mejor posible: y por eso van a

obtener la misma sangre, sudor y lágrimas

que pusieron en sus obras. Porque,

como editores, nosotros les tenemos el

mismo cariño a las obras que el autor.

O al menos así debería de ser.

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58

TIEMPOS

MEJORES

Por Miguel Fernando Payán Ramírez


4:28 a.m. ¿Cuánto había dormido

esta vez? Recordaba que fue cerca

de las 3:15 a.m. cuando bajó por

tercera ocasión a pedir que pusieran la

música a un volumen menos agresivo,

recordaba también que la respuesta

no fue distinta a las demás, un par de

risas, una amenaza y el volumen aún

más alto seguido de la puerta que se

cerraba en su cara. Había sido así cada

semana desde que se mudó a aquel

edificio, fiesta en alguno de los pisos

inferiores, mucho ruido y música a

todo volumen. Usualmente no había

problema, la música no era tan mala y

la idea de compañía mitigaba un poco

la soledad que sentía en esa ciudad extraña,

sin embargo ese día era distinto.

Después de varios meses sin empleo

por fin había conseguido una oferta

seria y no quería dejarla pasar ni asistir

a ella sin haber dormido. Pero, ¿qué

podía hacer? No podía ir a pedirles de

nuevo que bajaran el volumen, sabía

que eso le ocasionaría problemas. De

cualquier manera no podré dormir, me

quede o no —pensó—. Por lo que decidió

salir a dar una vuelta, despejar la

mente, alejarse del bullicio… Tiempo

después aseguraría que todo fue accidental,

sin intención, ¿pero por qué entonces

salió a su paseo con un bidón de

diez litros vacío? Si pensaba tirarlo a la

basura lo hubiera hecho desde que llegó

a los contenedores del edificio, ¿no?

Empero, salió a su caminata llevando

el bote consigo, pensando, maldiciendo

al dueño del departamento 102 por

sus fiestas tan ruidosas, al administrador

por no hacer algo al respecto, al

país por la falta de empleo y a su suerte

por tenerle donde se encontraba, sin

trabajo, sin futuro, sin una sola certeza

en la vida… Estaba pensando en eso y

en todo cuando cayó en cuenta de hacia

dónde se dirigía, había tomado una

izquierda, dos derechas y otra izquierda

y, sin quererlo, había llegado. No tenía

automóvil alguno y nunca lo había

tenido, pero reconocía los lugares en

los que vendían gasolina. Ahora todo

tenía sentido, el bote de diez litros, el

odio por la vida… todo. Llenó el recipiente,

se excusó diciendo que su auto

se había quedado sin combustible,

pagó y se marchó, a paso lento, sonriendo.

¿Cuánto tardó en ir y volver?

No lo sabía, pero eran las 5:47 a.m. y

escuchaba la música a tres cuadras de

distancia. Llegó al edificio aquel, abrió

la puerta, caminó hacia los contenedores

de basura, donde había visto unos

trozos de madera la tarde anterior, eligió

uno con forma de cuña y se dirigió a

la escalera. Y allí estaba, la música que

le taladraba los oídos, el olor a alcohol

mezclado con los recuerdos de otras

casas, otras vidas, otras músicas y otras

puertas que se cerraban en su cara. Se

preguntó sobre el volumen tan alto,

¿de verdad era necesario? Pensó que

probablemente era para llenar el vacío

en las almas de los presentes, en las

almas y en las mentes, ya que si no tienes

nada bueno que decir, qué pensar,

qué sentir, necesitas algo que llene tu

existencia. Pero será la última vez que

se sientan solos estando en compañía,

la última vez que la música callará las

voces en sus cabezas, esas que dicen

que sólo importa el físico, el auto que

tengas, la plata, el alcohol, las fiestas,

las sonrisas falsas, el sexo sin ganas, el

amor fingido… 102, un número dorado

en una puerta blanca, la puerta que le

separaba de la reunión, de las ganas

que tenía de apagar la música, de dormir,

de soñar y volar, y cambiar su vida

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para bien… Se tomó su tiempo, diez

litros serían suficientes. Puso la cuña

bajo la puerta, vertió el líquido sobre

la cerradura, a los lados y, finalmente,

derramó el resto por debajo. Por suerte

sus malos hábitos le acompañaban

esa noche, el encendedor en su bolsillo

era prueba de ello. Y, como quien no

quiere, encendió la gasolina y subió a

su habitación, despacio, sin mirar atrás.

Al entrar a su cuarto de azotea, mal iluminado

y de paredes sucias, notó que

las bocinas se habían callado del todo

y la canción en turno había sido sustituida

por gritos de auxilio que, a diferencia

de la música, iban bajando poco

a poco el volumen hasta desaparecer

completamente. Fue entonces cuando

pudo cerrar los ojos, dormir y soñar

con tiempos mejores.

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SANGRE EN

LOS ZAPATOS,

MI AMOR

Por Lorenzo Ko


Se ha sentado en un taburete junto

a la barra, al otro lado del bar;

ni siquiera sé cuándo ha podido

entrar. El cabrón entabla conversación

con una mujer de falda lisa y moño

para la que beber en compañía de un

desconocido es una buena forma de

postergar la vuelta a casa.

Casi parece no haberme visto.

Es bueno, muy bueno, pero he captado

esa mirada suspicaz. Esa mirada disimulada

en gestos vacuos que se pierden

en los distintos tonos de la conversación.

Pasea sus ojos hacia un punto desdibujado

tras de mí, en slow motion. Así, se

permite verme sin llegar a verme.

Sé bien de qué va.

Algo en esa corbata, haz de farola

sobre una chaqueta negro noche, una

camisa gris ciudad, le hace parecer

amable y desquiciado; algo en sus ojos

grandes y nerviosos le hace parecerlo.

No es ese hombre encogido en una gabardina,

escondido tras un periódico;

más bien parece un insecto en tierna

edad, aún pálido y delgado.

Apuro el vaso y pido otra. Aún tengo

sangre bajo las uñas y polvo bajo la

alfombra de mi conciencia. ¿Cómo ha

conseguido aparecer tan pronto? Me

retoco el maquillaje como quien espera

una cita, aprovechando el reflejo de mi

espejito de mano para vigilar la salida.

El camarero se acerca y susurra en mi

oído. Yo asiento y deslizo, acompañada

de una sutil caricia, una también sutil

propina en su bolsillo. Sonríe como un

estúpido: no es mi mejor espía, desde

luego. Miro por la ventana, esta vez sin

disimulo: no hay nada sospechoso en

distraerse en el fluir de peatones cuando

uno está en una cafetería.

El coche de Prado no aparece. Lleva

ya media hora de retraso.

Ese cabrón, el del fondo de la barra,

recibe un beso en la mejilla, demasiado

cerca de la comisura, y se sobresalta.

No puedo evitar reírme por dentro,

apenas por fuera. Parece que su tapadera

se ha confundido un tanto.

Es bonita. Ojalá estar en la piel de

ese apocado hombrecillo, hacer lo que

él nunca se atrevería a hacer. Es la clase

de chica que yo /

El camarero les sirve un par de copas

nuevas y me mira, casi sin darse cuenta,

antes de comentarles algo. Jodido imbécil.

El móvil vibra sobre la mesa: es Prado.

—Ya, ya sé lo que me vas a decir —su

voz se escucha con interferencias—. Ni

te imaginas lo que me ha pasado. Estoy

de camino. Tardo… yo qué sé, ¿diez minutos?

No, voy por San Marcos hasta la

estación y desde ahí ya giro. No, hazme

caso: por aquí es más largo pero más

discreto. Mira, yo qué sé, estate preparada

y no me jodas. Yo también te quiero.

Besos. Hasta ahora.

Uf. Necesito ir al baño.

Con las bragas por los tobillos y el vestido

por el ombligo, con el bolso sobre

las rodillas, meo. El traqueteo de unos

tacones suena a lo largo de los cuatro

metros de baño y alguien toca la puerta.

—¡Ocupado!

—Oh, disculpa —responden desde el

más allá.

Quien quiera que sea espera al otro

lado mientras canta:

Tienes sangre en los zapatos, mi amor.

Tienes sangre en los zapatos, mi amor.

Va manando a borbotones de la punta a

los talones:

Tienes sangre en los zapatos, mi amor.

Tardo en terminar porque no puedo

mear si alguien que está cerca puede

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oírme. Me limpio, me recoloco cada

cosa en su lugar y me doy cuenta de

que hay pequeñas gotitas de sangre

sobre el charol de mis zapatos. Trato de

limpiarlos con papel higiénico y saliva

pero las manchitas rojas ya están secas.

Salgo. Quien espera su turno es la

mujer con la que ese tipo hablaba.

—Todo tuyo —digo. Y, al mirarle directamente

a la cara, me quedo congelada—.

Oye… ¿Nos conocemos? —es la

misma mujer que guardo en mi refrigerador

industrial.

—No, no creo. Oh, bueno, conoces a

Monte. Eso creo. Te ha visto al fondo

del bar, ¿sabes? Me ha dicho que os

conocéis. ¿Temas de trabajo? Algo así.

Bueno, eso lo sabrás tú mejor que yo

—y se ríe con la naturalidad con que lloran

los sauces, con el mismo desparpajo

de horas antes, cuando la llevaba a

mi casa para /—. Igual me has visto con

él antes y…

—Ya. Sí, sí, puede que sea eso.

—Ahora… bueno, ¡no aguanto más!

Y se mete en el pequeño cubículo del

wáter. Me deja sola en el embaldosado,

tararea la misma canción de antes;

puedo oír su cascada incluso. Tengo

que salir de aquí.

Salgo del baño y poso mi mirada en la

mirada del supuesto Monte. Me sonríe

como solo los viejos actores sonríen. No

disimula. Un solo vistazo me basta para

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ver el Volkswagen del cabrón de Prado

aparcado ahí fuera. Joder, ya era hora.

Recojo mis cosas, ansiosa por salir de

aquí cuanto antes. Dejo el vaso prácticamente

entero —con lo que me jode— y

salgo por la puerta; la campanilla sobre

el marco suena. Cruzo la calle evitando

el tráfico, los charcos y los faros de los

coches. Incluso ahora trato de disimular,

incluso ahora que siento en la nuca la

certeza del ciervo en el punto de mira.

Trato de abrir la puerta del copiloto a

toda prisa, pero esta está cerrada. Aporreo

la puerta y grito:

—¡Eh, Prado, soplapollas! No me hagas

reventarte el puto coche. ¡Abre de

una puta vez, joder!

Pero Prado no suelta el cierre automático.

Hago visera con las manos en la ventanilla

mientras sigo gritando. Prado no puede abrir:

tiene un tercer ojo abierto a golpe de bala, lágrimas

de sangre le resbalan por el rostro.

Un fuerte topetazo en la nuca me revienta

la frente contra el cristal.

—Tienes sangre en los zapatos, mi

amor —canta ella, inocente, sujetando

con las manos la tapa ensangrentada

de una cisterna.

Al otro lado de la barra, en el bar de

enfrente, Monte besa, esta vez en la

boca, a la chica del baño; en slow motion,

como el cambio de peso de un

ninja, abre los ojos para mirar un punto

inconcreto en la calle sin llegar a verme.

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66

EL DESPRENDE

ALMAS

Por Miguel Ángel Barragán Reyes


La oscuridad es abrumadora; el silencio,

sofocante. La languidez de

mi espíritu es tan perturbadora que

hace de la valentía una farsante. El corazón

retumba; mi respiración se entrecorta,

mis piernas obedecen mutiladas

esperanzas de salir con vida de esto,

pero mi pensamiento atisba la verdad:

aquella criatura no tarda en alcanzarme.

Corro; corro lo más rápido que puedo a

través de estas angostas calles, y sucede

que no puedo evitar voltear intermitentemente

atrás, vigilando la cercanía de ese

cadavérico y deforme rostro, cuyos sucios

colmillos intentan sacarme el alma

por el cuello, desprenderla, arrojarla a la

atemporalidad de un infierno cíclico. A

cada paso que doy, puedo sentir cómo

el sonido de sus pasos se funde con los

míos. El viento provocado por sus aún

fallidos zarpazos toma cada vez mayor

presencia. Su gutural argot inunda mis

oídos sumergiendo mis pensamientos

en silenciosas plegarias metafísicas. No

puedo más, mis piernas están a punto

de colapsar; no puedo más con esta angustia,

con esta subversión de realidades

oscuras y tortuosas. Aquella cosa está a

milímetros de hacerme su presa.

Volteo una última vez temeroso de

lamentar su respiración en mi nuca,

pero sorpresivamente aquella cosa se

detuvo de forma abrupta; permanece

estática en la esquina de St. Crier, la

avenida más grande de esta sección de

la ciudad. Me detengo también, con la

respiración casi tan agitada como mi

espíritu, a tan solo dos cuadras de distancia.

Miro aquella cosa con cautela,

pretendiendo agrandar la seguridad

que siento al observar que no viene tras

de mí. No sé qué hacer, no quiero moverme,

pues temo que darle la espalda

reinicie tan insoportable persecución.

Pero aquel espectro lo sabe; adereza

nuestro cuerpo con miedo y desesperación.

Se alimenta de las intuitivas

siniestralidades que nuestro instinto

evoca cuando el terror es más sutil

que explícito. Prepara nuestra alma

para el concierto que esta esta misma

criatura orquesta. El desprende almas,

como lo llaman los habitantes de esta

surrealista ciudad, da dos pasos hacia

atrás, lentamente, fundiéndose con las

sombras de la calle. Desdibuja su cuerpo

dándole protagonismo a su mirada

y con un ademán inhumano me incita

a correr; a huir; a reiniciarlo todo. Huyo.

Después de correr a velocidad atormentada

a través de veredas infinitas, encuentro

un callejón colmado de escombros

nostálgicos. Permanezco allí, escondido;

aterido en un rincón de este negro paisaje;

callado, trémulo, temeroso de alertar

los rojos ojos de aquella criatura que me

acecha. Nunca antes el frío desliz de la

existencia había perfumado con terror

mis convicciones; nunca antes se había

ensombrecido así mi realidad.

En la segura lejanía, se hace sentir un

despótico chillido que estremece mis

cuerdas vocales provocando un irracional

quejido, pero me obligo a callar, a no

hacer más que el ruido de mi burbujeante

corazón. La criatura sigue allí afuera,

sigue buscándome, jugando conmigo

de la manera más vil. Vuelve a sonar lejanamente

aquella bestia, lo cual me hace

pensar que este callejón puede ser mi boleto

de salida. Decido permanecer aquí;

intentando pasar desapercibido hasta

que la noche deje de ser. Pero mi intento

de emular la inexistencia más febril fue

opacado por una apacible voz que perturbó

este intento de insignificancia.

«¿Por qué dejaste de correr? Así no es

divertido», oigo a unos pasos de distan-

67


cia. Me ha encontrado en este callejón

sin salida. Es inútil esconderse, pues es

imposible ocultar el miedo. La criatura

se acerca a mí a paso lento, con babeantes

crujidos y dislocadas gesticulaciones.

Me mira fijamente, con esos

ojos perdidos y fríos literalmente desalmados.

Me toma del brazo, y nada;

abro los ojos en mi oscura habitación.

Esta insoportable pesadilla me ha

mantenido los últimos tres días paralizado

en mi cama. Estoy harto; harto de

abrir los ojos inaugurando el accionar

de mi estúpida y eterna consciencia.

Quisiera nunca despegarme de este

asqueroso colchón. Quisiera pasar el

resto de mis días imitando a las cosas,

emulando su naturaleza inanimada y

dibujando un vórtice de pensamientos

que empañe mis retratos emocionales,

para dejar de lamentarme por no haber

corrido más rápido aquella noche. Si

me quedo aquí, me invadirá la sensación

de aquella persecución y no creo

poder soportarlo, pues más que mi pesadilla,

se trata de mi último recuerdo;

un recuerdo del cual mi alma desprendida

ya no puede desprenderse.

Después de unos segundos me pongo

de pie, desnudo; tan desnudo y vulnerable

que mi alma es la que siente

la fría y fantasmagórica realidad de

mi nueva existencia. Me dirijo hacia la

puerta intentando evadir el reclamo

68


del espejo, pero de soslayo me doy

cuenta que esta vez no ha dicho nada,

nada. Es la primera vez que ha enmudecido

su terco grito. Es la primera vez

que no vocifera siluetas flacas llenas de

esplín. La corporalidad que alguna vez

tuve es ahora una otredad que canta

en idiomas nuevos, extraños. Me soy

inentendible. Me soy inaprehensible.

Me dirijo a la ducha. Me dirijo a esa

cascada de sedaciones que en antaño

des-acentuaban mi solitud, alimentando

a mi corazón con denuedos galantes

y rojos. Pero hoy, como ha sucedido en

los últimos días, sólo un vil desconsuelo

es lo que alcanzo a padecer y lamentar,

pues la ducha ya no es tal, modificó su

ser a propósito para restregarme en la

cara que ya no soy el que alguna vez fui,

y que nunca se puede recuperar el tiempo

perdido. Ahora sólo soy el triste recuerdo

de la escasa valentía que aquella

noche decidió retar lo infrahumano.

La tragedia de la ducha debe terminar,

o acabaré lanzándome a aquel

barranco de cobardes pensamientos

sin fin. Regreso a mi cama e, inmediatamente,

me arrepiento de tan infortunada

decisión pues mi cuerpo sigue

ahí, en mi cama, desmembrado, abandonado,

y con un demonio encima terminando

de tragar las últimas vísceras

que quedan.

Nunca debí dejar de correr.

69


esto y advertido está, acompáñenme a

esta reunión de personas interesadas en

la lectura y escritura.

El tema que hoy les comparto es un

tema con el que luchamos día a día

quienes pretendemos dar a conocer

nuestros universos literarios, pues si

bien existen este tipo de lugares donde

podemos expresarnos y editoriales

que nos impulsan con publicaciones

digitales gratuitas, nada de esto signifiel

escritor

que escribe

Una opinión de

Aly Cañizales

Bienvenidos a esta sección dentro de

La Sirena Varada, que está pensada

de escritor a escritores. Quiero agradecer

principalmente a Editorial Dreamers

que me da la oportunidad de acercarme a

ustedes por medio de este espacio dentro

las páginas de su revista y obviamente me

gustaría hacer de su conocimiento que lo

aquí expresado no representa de ninguna

manera lo que la editorial y sus dirigentes

piensan sobre los asuntos a tratar. Dicho

70


ca absolutamente nada si el público no

nos brinda la oportunidad de acompañarlos

en sus dispositivos electrónicos

en esos momentos que regresan del

trabajo o la escuela a descansar a sus

hogares. Es decir, no es difícil ver a personas

leyendo en parques, autobuses

o plazas, sin embargo lo que vemos en

sus manos son libros de alto reconocimiento

mundial, incluso libros de películas

o series de autores destacados.

Si tú, como yo, eres un escritor dando

sus primeros pasos posiblemente

estés de acuerdo en que esto prácticamente

es como darse un tiro en el pie,

justo cuando estás por correr los cien

metros planos en busca de una medalla

olímpica.

¿Dónde están nuestros libros de literatura

Iberoamericana? Incluso en mi trabajo,

el cual se relaciona directamente

con los libros, de manera inconsciente

71


me dirijo hacia secciones de literatura

universal sin poner ninguna atención

especial en la sección que, si todo sale

bien algún día, podría llevarme al reconocimiento

que tanto anhelo, pues en

mi país acuñamos un término del cual

creo que soy parte: «Malinchista»; que

se refiere a quien piensa que lo hecho

en casa no es tan bueno como lo que

importamos de otros países. Es por eso

que donde vivo ningún autor de habla

hispana, lograría ni una décima parte de

lo que lograría George Martin o Stephen

King en caso de tan solo compartir un

estado de diez palabras en su Facebook.

¿Quiénes son los culpables? Mucha de

esta culpa la tienen las personas que

han abusado de la literatura en español

y de las editoriales que han prostituido

por completo el arte de las palabras,

pues a cualquier país de habla hispana

que vayas, podrás notar con enojo

como es que cada vez se utilizan más

el nombre de personajes que nada tienen

que ver con esta noble labor para

generar una ganancia económica. Y me

refiero específicamente a esos libros

de los cuales solo son prestanombres,

tal es el caso de los youtubers. Y no, no

me refiero a aquellos que han logrado

mezclar bien su trabajo en esta plataforma

con su trabajo en lo literario,

como es el caso de Dross, pues a pesar

de si sus libros son buenos o no, lo que

él hace es simplemente extenderse

más allá de sus videos para seguir en

pie de su labor como investigador. No

es el caso de quienes ya sabemos Rubius,

Werevertumorro, etc.

No ahondare más en el tema de los

youtubers pues este escrito no tiene

como objetivo desprestigiar o señalar

a los antes mencionados, sin embargo

era necesario que por lo menos escribiera

una de las razones por las que

pienso que no compramos lo que está

hecho en nuestro idioma, pero aún hay

algo que considero peor.

Las pocas editoriales que son referente

en nuestro idioma están poco o

incluso tienen nulo compromiso con

los programas en los cuales se impulse

a generar nuevo talento, pues creo que

los dirigentes se han olvidado de que en

la calle hay tanta poesía como en la vida;

pero claro, es más fácil apostar seguro y

apostar seguro siempre es apostar con

la gente que traducirá sus proyectos en

ganancia, ojala algún día podamos ver

algo más de todas estas empresas que

se han apartado de la raíz del talento urbano,

ojala que la vida me cierre la boca

mostrándome que en la actualidad se

puede triunfar aun y las vicisitudes que

la barrera del dinero nos interpone.

Todos necesitamos el dinero, todos

queremos que nuestro negocio funcione,

pero es momento de hacer labor social,

es momento de hacer que la gente de la

cual se obtienen estas ganancias tenga la

72


oportunidad de ser gente que gane también

con el apoyo de nuestras empresas.

No conforme con ser pocos los que

siguen este sueño y aún más pocos los

que son seleccionados para llevarlo a

cabo, en nuestra cultura se considera

al leer como si fuera un privilegio de los

intelectuales, es decir, sinceramente no

se considera que la persona que no tenga

recursos merezca leer. No creo haber

sido el único es escuchar frases como

«Solo los pendejos no leen» o el ir a una

librería y ver que los «cultos» prefieren

la lectura en otro idioma, es triste darse

cuenta de que no solo somos comerciales

a la hora de leer, sino que también

somos exageradamente mamones al

momento de comprar un libro, ya que

bajo la capa de que la barrera del idioma

se rompe si lo lees en la lengua original

es mejor empezamos a desechar a

todo el talento ibero que tenemos.

¿Cómo erradicar este comportamiento?

El día de hoy a todos ustedes quiero

invitarlos a dos cosas, una de ellas es

a darle oportunidad a los autores que

se esfuerzan da cada momento en ser

tomados en cuenta, que luchan en redes

sociales y que se encuentran permanentemente

en búsqueda de que su

trabajo sea reconocido.

Ya que estamos aquí, les recomiendo

leer «Tonalli: en el mundo del nahual» de

Xeko Estrada, un libro enriquecedor lleno

de cultura mexicana y una historia que

los hará pensar en por que no nos dimos

cuenta que todo lo que se necesitaba

para crear una excelente obra de ficción

estuvo en nuestras raíces todo el tiempo

y no nos dimos cuenta. No solo eso, hay

libros de crimen como «La Sociedad de

la Dalia Blanca», o inclusive autores de

España como Juss Kadar, que nos deleitan

con «Mal de ojo» o «Promesas».

Obviamente no solo son ellos, hay muchos

más y de cada uno les tendré una

reseña, para que quienes sean adeptos

a esta columna tengan una idea del porque

debemos de darle la oportunidad a

este tipo de historias. Y como la lógica

lo marca y no debo ser solo nacionalista,

habrá reseñas de otros autores, de otras

editoriales, además de algunos sorpresas,

pues la columna no solo es de crítica,

sino que recorreremos desde el humor

hasta la tragedia, desde los libros hasta

los videojuegos, por eso y más les digo,

contáctense conmigo y díganme cuales

son los temas que les gustaría que habláramos

en este que finalmente no solo

es mi espacio, sino el suyo propio, como

mujer casos de la vida real, pero sin malas

actuaciones y no solo eso, tendremos

música, películas y mucho mas

La letra se escribe con sangre y mi

sangre esta manchada con la tinta del

arte, hasta la próxima.

Contacto:

elescritorqueescribe10@gmail.com

contactoeditorial@editorialdreamers.com.mx

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74

LAS LÁGRIMAS

DE LA NINFA

Por Juan Pascal


Henchido de orgullo y con las alforjas

llenas era como el valiente guerrero

regresaba al hogar. A lomos

de su caballo negro avanzando en un

lento trotar, disfrutaba del cálido día y

de la suave brisa fresca que acariciaba su

rostro y hacía balancear las copas de los

árboles que flanqueaban la senda. Ya no

distaba mucho la aldea que abandonó

hacía años en pos de grandes hazañas y

suculentos botines de guerra, cuando un

leve gimoteo captó su atención. Detuvo

su avance y aguzó el oído. Sin duda parecía

el llanto de alguien. Ató el caballo al

tronco de un árbol y se adentró entre la

vegetación que florecía a la vera del camino.

Pocos pasos después, se encontró

con un claro junto a una laguna. Subida

a las ramas de un roble estaba una mujer

de larga melena dorada. Aunque no podía

verle el rostro, dedujo que debía ser

una joven de extrema belleza.

—¿Qué mal te aflige, mi dama?

La joven dio un respingo por lo inesperado

del encuentro. Su espalda se irguió

y cesó su llanto. Pero no se volvió.

—¿Hay algo que pueda hacer para curar

tus males? —insistió el hombre.

—¡No me mires! —dijo ella al percatarse

de que el visitante intentaba ver

su cara—. No quiero que veas a mis lágrimas

ensuciar mi rostro.

—Pues dime qué hacer para detener

ese lamento que me impide contemplar

tu belleza. Tan espléndido día, el mismo

en el que vuelvo a mi añorado hogar, no

será completo si no dejas de llorar.

A la joven se le escapó una risilla ante

la galantería del soldado, quien esbozó

una sonrisa de medio lado al ver que

sus palabras surtían el efecto deseado.

—Y dime, ¿has conquistado a muchas

mujeres con tus palabras? —dijo ella uniéndose

al coqueteo tras un breve silencio.

—Podrías honrar a este humilde soldado

con ser la primera de ellas.

—¡Jiji! No te creo. Seguro que ha habido

muchas. Y dime, ¿has matado a muchos

hombres en la guerra, soldado?

—No negaré que mi espada se ha visto

manchada de sangre en más de una ocasión.

—¿Siempre eres tan humilde?

—Si así hago olvidar la tristeza que no

hace tanto te afligía. Seré humilde.

—Y ¿qué quiere el valiente y humilde

guerrero como recompensa a tan altruista

acción de frenar las lágrimas de

una mujer?

—En el acto he obtenido mi recompensa.

—Una lástima. Estaba dispuesta a

mostrar el rostro que habéis alegrado.

En ese momento, la muchacha, con

gracilidad, descendió del árbol evitando

mostrar su cara. Sólo su esbelta figura

era insinuada tras el fino vestido

blanco que lucía. Sus rubios cabellos

se balanceaban con cada paso que

daba dirigiéndose al agua. Se metió en

la laguna dando la espalda al visitante.

Cuando el agua le llegaba por la cintura,

se detuvo. Se sumergió para volver

aparecer al poco sin el vestido que hasta

entonces llevaba. Su cabello mojado

se pegaba a los desnudos hombros y a

su espalda de piel nívea. Después, con

un gesto de la mano, invitó al hombre a

que la acompañase.

Éste no se lo pensó dos veces. Dejó

caer la espada al suelo para después

quitarse las botas tan rápido como le

fue posible y meterse en el agua con la

ropa puesta.

Cuando iba a poner las manos en la

húmeda piel de alabastro de la joven,

ésta se giró.

El hombre no pudo sino pegar un grito

de terror al contemplar la cara que tenía

frente a él. Un rostro cadavérico de enor-

75


mes ojos completamente blancos que lo

miraban con ansia. Nunca antes había

visto una monstruosidad como aquella,

ni siquiera en los mutilados cuerpos que

contempló en el campo de batalla. Quiso

reaccionar y salir del agua, pero era incapaz

de moverse. El pavor atenazaba su cuerpo.

Su semblante se contrajo en una mueca de

horror. Sus ojos no podían dejar de mirar el

espanto que tenían frente a ellos.

De repente, el cielo se oscureció con

amenazantes nubarrones surgidos de

la nada que presagiaban tormenta. Un

fuerte viento arrastraba el agua de la laguna

y del cielo. El vello de la nuca y de

los brazos se le erizó al valiente soldado.

El firmamento retumbaba sobre sus

cabezas. Los fulgurantes rayos iluminaban

el oscurecido día dando aún un

aspecto más siniestro a la espeluznante

mujer, cuyos cabellos bailaban una

macabra danza al son del viento.

Ante la parálisis del hombre, la joven

lo agarró por la cabeza con una fuerza

de otro mundo y lo sumergió en el agua.

Cuando el guerrero quiso reaccionar fue

demasiado tarde. Pataleó e intentó resistirse

con todas sus fuerzas, pero no pudo

zafarse del agarre de la terrorífica mujer,

quien poco a poco se fue adentrando más

en la laguna arrastrando consigo el cuerpo

del hombre. Lo llevó hasta lo más oscuro y

profundo para desaparecer con él.

Cuando todo terminó, las negras nubes

desaparecieron y el sol volvió a brillar en lo

alto de un espléndido cielo azul. Los cánticos

de las aves inundaron el lugar. Pero

del rastro del hombre sólo quedaron unas

botas, su espada y el caballo que esperaba

un regreso que nunca se produciría.

76


77


78

SIEMPRE

CONMIGO

Por Cosme Allen


Llevaba casi cuatro horas caminando

y había pasado por el mismo

lugar dos o tres veces. A pesar que

casi era mediodía, el día se veía como

apagado y sin vida. Las hojas que cubrían

el suelo con una gruesa alfombra,

se veían color café marchito. Primero

pensé que había neblina a pesar de lo

tarde que era, pero hasta la luz del sol

se veía amarillenta, por una razón que

pronto iba a descubrir.

Había salido una hora después del

amanecer del pueblo donde pasaba

el fin de semana, para realizar una caminata

a las huertas de aguacate que

se extendían en una vasta longitud de

terreno, había calculado unos tres kilómetros,

antes de llegar a un camino

rural del otro lado de las huertas, distancia

que debía cubrir en una hora

llevando un paso tranquilo. En cierto

momento tuve la sensación de encontrarme

en un lugar indómito, como si

fuera el primer ser humano que contemplaba

aquellos parajes. Cosa absurda,

porque los alcorques tenían aspecto

pulcro y bien conservado. Dejé

de escuchar aves, viento o cualquier

otra cosa excepto mi respiración que

pesar de encontrarme al aire libre, sonaba

como si hubiera metido la cabeza

en una caja de cartón.

Por alguna razón que desconozco

recordé que una vez de niño estaba

solo en el huerto de mi escuela primaria,

mi madre no iría pronto por mí

y había pedido un permiso especial

para que yo me quedara más tiempo

hasta que fuera a recogerme. Estaba

buscando caracoles cuando sentí un

silencio incómodo y una sensación de

ser observado, aunque al mirar aterrado

a mi alrededor sólo vi árboles viejos.

Quedé petrificado unos minutos que

me parecieron eternos, hasta que pude

moverme y dirigir mis pasos a la salida

del amplio huerto con que contaba mi

primaria, moviendo los pies despacio

porque me aterraba imaginarme corriendo,

fui saliendo y me dirigí hacia

las aulas demasiado aterrado para mirar

atrás, para correr, casi hasta para

respirar. Al pisar el pavimento del pasillo

de salones escuché el claxon del

coche familiar, habían llegado por mí.

No vi nada raro, pero tampoco volví a

ir sólo al huerto.

Ese episodio me daba vueltas en la

cabeza y ahora a cientos de kilómetros

tenía la misma sensación que había experimentado

de niño.

Después de recuperar el aliento que

había perdido por dejar de respirar, proseguí

mi marcha sintiéndome extraño,

como que mi cuerpo era una armazón

en la cual estaba dentro, una especie de

ataúd con una ranura para mirar al exterior

sin que se notaran mis verdaderos

gestos de terror. Pensé en correr para

encontrar rápido el camino que había

perdido, pero razoné que no tenía sentido,

puesto que estaba caminando en

círculos. Traté de animarme pensando

que aquel sentimiento de abandono

se debía a hambre o falta de líquidos,

pero, había desayunado bien y llevaba

en mi morral artesanal una botella de

agua la cual casi terminaba a pesar de

no tener sed. Entonces, sentí que no

estaba solo, no era un sentimiento de

confianza, más bien de repulsión. «Igual

que en la primaria, hace veinte años»,

pensé. Al mirar alrededor sólo vi árboles

de aguacate con sus cajetes que ahora

me parecía agujeros sucios y sentí que

las ramas estaban demasiado bajas casi

hasta tocar el suelo. Seguí caminando

aunque no veía el sol o alguna cosa para

79


orientarme. Llegué cerca de una abrupta

colina, nuevamente, la cual decidí

trepar para intentar orientarme, al estar

escalando la ladera erosional, al aferrarme

de unas raíces antiguas al borde de

la colina la vi.

Era una especie de mujer horrible de

piel gris verdosa, cabello enmarañado

que de inmediato me recordó a una

planta aérea, pero lo más repugnante

eran sus ojos que me miraban con una

mezcla de odio y desesperación, esos

ojos repulsivos eran como los hoyos de

un tronco hueco en un árbol viejísimo,

pero no pude dejar de mirarlos. Estaba

de cuclillas o eso me pareció, porque

daba aspecto de que estaba muy encogida

en el suelo, aunque estaba por en-

cima de mí al encontrarse en el borde de

la colina. Levantó una mano hacia mí o

lo que pensé que era una mano pero por

su longitud supongo que era una pierna

aunque se dobló de un modo que ninguna

articulación humana puede hacerlo

sin quebrarse. No recuerdo su cuerpo o

dedos porque todo lo dominaban esos

ojos profundos y asquerosos. Al extender

su mano, me pareció ver que abría

la boca emitiendo una especie de grito

aspirado, que sonaba como una amenaza

llena de desesperación. Tuve que

juntar la cabeza a las raíces para intentar

cubrirme los oídos no por lo fuerte del

sonido, sino porque no soportaba ese

zumbido como de aire aspirado por un

fuelle pero mucho más agudo. Al juntar

80


la cabeza, recordé nuevamente aquél

incidente cuando niño. Que al ver a mi

mamá al pie del coche, corrí a abrazarla

y refugiarme en sus piernas, después

solté un llanto sosegado pero incontrolable,

algunas noches después de eso

tuve pesadillas y despertaba llorando

desesperado, pero nunca podía recordar

lo que soñaba.

Los recuerdos se fueron diluyendo

y fui abriendo los ojos al tiempo que

noté que las lágrimas inundaban mi

rostro. Los primeros instantes sentí

que había demasiada luz y estaba despertando

de un sueño profundo. Suspiré

de alivio como un bebé que se duerme

llorando al sentirme solo. Continué

mi ascenso a la pequeña colina cuando

oí ladridos. El ruido venía justo frente

a mí. Bajé corriendo aunque con piernas

temblorosas, para encontrarme

a unos cien metros a un señor con su

hijo adolescente que venían a caballo

acompañados por dos perros. Traté de

serenarme repitiéndome que no había

pasado nada y que jamás hablaría con

nadie sobre lo que viví esa mañana.

«Buenos días» me apresuré a decir al

encontrarme con los hombres, con una

voz ronca ajena y distante que no reconocí

como mía.

«Buenos días» respondieron ambos.

El hombre detuvo su caballo y me miró

curioso y sin voltear la cabeza le dijo a su

hijo, sin importar que yo estuviera ahí:

«Mira, otro que se topa con la sikuami».

81


82

EL HOMBRE

DETRÁS DE LA

VIOLENCIA

Por Kalton Harold Bruhl


George Dalton extendió la mano,

buscando sin abrir los ojos, el botón

de apagado del despertador

digital. Permaneció todavía unos instantes

con el rostro hundido en la almohada

y, a medida que iba despertándose,

comenzó a sentir un ligero malestar

en los hombros y en los brazos.

Se sentó en la orilla de la cama y estiró

el cuello hacia un lado, masajeándose

los músculos con fuerza.

Colocó las manos sobre sus rodillas

y dio un último bostezo antes de levantarse.

Se dirigió al baño y continuó girando

el cuello mientras orinaba. Tiró

de la cadena y luego se lavó las manos

y la cara.

Se apoyó en el lavabo y empezó a examinarse

en el espejo. Su cabello ya necesitaba

un corte y tal vez un tinte. Las

canas no le daban un aspecto distinguido.

Su reflejo le mostró los dientes, estaban

amarillentos por la nicotina, pero

al menos casi todos eran suyos. Se pasó

la mano por el mentón, la aspereza de

su barba de tres días le hizo sonreír. Se

fijó en sus ojos, seguían siendo inescrutables,

incluso para él mismo.

Caminó hasta la cocina. Abrió el refrigerador

y tomó un frasco de jugo de

naranja. Olió el contenido y luego vio

la fecha de expiración. Se sirvió en un

vaso y le agregó tres huevos crudos.

Lo agitó con una cucharilla hasta que

todo quedó bien mezclado.

Llegó hasta la sala, apurando de un

trago el contenido del vaso. Miró la hora

en su reloj de pulsera. Faltaban quince

minutos para las seis. Se paró frente al

viejo mueble que le servía de centro

de entretenimiento. En los anaqueles

casi no había espacio para una cinta

de vídeo más. Encendió la televisión y

sintonizó el canal local. En ese momento

transmitían las repeticiones de una

comedia cancelada años atrás. Apretó

el botón de expulsión de la grabadora

de vídeo y examinó la cinta. Quedaba

apenas lo suficiente para grabar unos

diez minutos en el formato extra largo.

Abrió una de las portezuelas de la parte

inferior y sacó una cinta nueva. Buscó

un bolígrafo y escribió la fecha en el

costado del videocasete: 20 de noviembre

de 1998. Sintonizó el canal tres y

ajustó el formato de grabación.

Abrió un nuevo paquete de cigarrillos

y se sentó en su sillón favorito, un

sillón reclinable de tela cuadriculada.

Sonrió con satisfacción, mientras encendía

un cigarrillo, los créditos de

la serie ya aparecían en la mitad de la

pantalla; la otra mitad era ocupada por

los avances del noticiero de las seis.

Acarició casi con sensualidad el botón

de grabación en el mando a distancia.

Comenzó a agitarse en el sillón y una

vez más se dio cuenta de que la paciencia

no era una de sus virtudes. Los

comerciales le parecieron insufribles.

Los directores se habían olvidado del

producto, cambiándolo por efectos especiales

e historias incomprensibles. Si

uno quería vender una cerveza, lo más

sencillo era mostrar a un sujeto sediento

sosteniendo una botella bien fría,

mientras una tipa en traje de baño se le

colgaba del brazo; pero esos estúpidos

le encargaban el trabajo a un trío de

ranas digitales. Maldijo a los premios

Clío y al causante de todo, el comercial

1984 de la Apple.

Suspiró con alivio al escuchar la tonada

musical con que iniciaba el noticiero.

Ahora venían los titulares: la

iniciativa para aprobar una nueva ley

contra los inmigrantes. Dalton rió con

la nariz. Las plagas no se combatían

83


con papeles, a menos que se enrollaran

para aplastarlas. No, lo que se necesitaba

era mano dura. El sabría cómo

convencer a esos espaldas mojadas de

no volver a poner un pie en su país.

Luego anunciaron las comprometedoras

fotografías de un senador entrando

a una habitación de motel con

una colegiala. Dalton se molestó. Ese

hombre era un veterano como él y

también había luchado en aquellas inmundas

selvas contra los malditos rojos.

Si deseaba ponerle a su miembro

un abrigo de castor joven, tenía todo

el derecho del mundo a hacerlo; había

arriesgado su vida por ello.

Ahora venía el avance informativo

internacional.

Siempre el Oriente Medio y siempre un

ataque con explosivos. La voz anunciaba

cerca de cien víctimas mortales y otro

centenar de heridos. Dalton se preguntó

de dónde diablos salía tanta gente.

—Si cada día hay decenas de muertos

—se dijo—, entonces... —probó hacer

un cálculo mental, pero abandonó el

intento al escuchar el titular sobre el

crimen del día. El anunciante dijo que

era el último eslabón en una cadena de

crímenes sin sentido que mantenía a

la ciudadanía en un estado de pánico.

Dalton sonrió y se arrellanó en el sillón,

ésa era la noticia que esperaba.

Soportó al par de imbéciles que servían

de presentadores: Martin Smith, un tipo

en los cuarenta, con su cabello engomado

y una estúpida media sonrisa en los labios,

que se acentuaba en los cambios de cámara

y Janeth Berger, la infaltable rubia

que se limita a leer el apuntador electrónico

y a asentir a todo comentario insulso

que haga su compañero.

Apartó por un momento la mirada de la

pantalla. Se fijó en su creciente videoteca.

Tal vez ya eran más de mil cintas. Las grabaciones

de los noticieros se encontraban

clasificadas por fecha. También había documentales

de guerra. La Segunda Guerra

Mundial y Vietnam eran sus temas favoritos.

El Canal de Historia se encargaba de

que siempre tuviera algo nuevo para grabar.

Después venían los programas sobre

crímenes. Sonrió y bendijo en silencio a la

televisión por cable. Había también unas

pocas cintas especiales. Eran grabaciones

clandestinas sobre ejecuciones. Recordó

al tipo que poco a poco se freía en la silla

eléctrica y al otro cuya cabeza se sacudía

con fuerza al recibir un tiro en la nuca.

Volvió la mirada hacia la pantalla.

Era una noticia que valía la pena grabar.

Un incendio había arrasado una

casa en una calle con mayoría latina.

Al parecer la madre había dejado a sus

tres hijos pequeños encerrados bajo

llave, mientras salía a trabajar en una

84


fábrica. Los bomberos especulaban sobre

un posible cortocircuito. La cámara

enfocó el momento cuando el forense

cerraba la última bolsa. Los restos carbonizados

y todavía humeantes le hicieron

abrir bien los ojos .

Luego vino la sección financiera. Las

variaciones en la bolsa de valores le tenían

sin cuidado. Qué podía interesarle

a un tipo que vivía de una pensión el

índice Dow Jones.

Miró a su alrededor y reconoció que

la vida había sido dura con él. Tenía un

apartamento minúsculo en un vetusto

edificio. La mayoría de sus vecinos

eran también pensionados, que apenas

salían una vez por semana para

hacer las compras.

No había demasiada justicia en el

mundo. Él debería estar ahora en un

condominio en la Florida , viendo el ocaso

con una cerveza bien fría en la mano,

mientras su esposa le preparaba una

suculenta cena con postre incluido. No

tendría por qué estar preocupado por

las cuentas del gas o de la electricidad;

sus preocupaciones deberían limitarse a

buscar, las tallas adecuadas, para la ropa

que les regalaría a sus nietos en Navidad.

Nada había resultado bien. Regresó

de la guerra con una pierna reconstruida

y una medalla al valor. ¿Y qué

recibió de los hombres y mujeres por

los que había derramado la sangre de

docenas de orientales y la suya propia?

Nada, sólo desprecio. Los mismos malditos

comunistas, contra los que había

luchado, organizaban manifestaciones

en su propio país. También estaban los

asquerosos hippies, que creían que con

dejar de bañarse y tomar ácido hacían

más por su patria que los miles de soldados

que mantenían la amenaza roja

fuera de sus fronteras.

Quiso encontrar oportunidades y solamente

halló puertas cerradas, secretarias

pedantes y gerentes que, sin mirar su

hoja de vida, le brindaban una sonrisa hipócrita

y le decían que ellos le llamarían.

Años atrás, despachando órdenes

en un restaurante de comida rápida y

mientras contemplaba a las familias

que reían en las mesas, había comprendido

cuál era el problema con toda

esa gente: la guerra nunca había llegado

cerca de sus casas.

El resto de la población nunca había

vacilado en dar un paso, pensando que

podrían volar en pedazos por una mina

escondida. Nunca habían aguardado

noches enteras bajo la lluvia, con los

músculos doloridos, escuchando voces

extranjeras, donde no había más

que graznidos de aves. Nunca habían

agradecido en silencio por ver un nuevo

amanecer y no ser el tipo que dejan

85


atrás con la cabeza destrozada y los

brazos extendidos, como suplicándote

que lo lleves contigo, que él también

dejó en casa una razón para vivir. No,

esa gente no comprendía lo valiosos

que eran los hombres como él.

Sonrió con amargura, moviendo la

cabeza. Eran suficientes lamentaciones

y la noticia que esperaba estaba

a punto de comenzar. La voz del presentador

adquirió un tono más grave,

mientras disertaba sobre la decadencia

de la sociedad actual. Algo debía

estar mal, dijo, si podemos producir

monstruos de este tipo.

George Dalton frunció el ceño y se

cruzó de brazos a la vez que asentía

con la cabeza. Las cámaras se dirigieron

a una calle en una zona de clase

media. Enfocaron una casa de madera

de dos plantas. Los coches patrullas y

las ambulancias rodeaban el lugar. Varios

policías mantenían a los curiosos

atrás de la cinta amarilla.

La reportera del canal, una joven

asiática vestida con un elegante traje,

unió su micrófono a los otros que se

agolpaban frente al jefe de la policía.

Este parecía sinceramente consternado;

se frotó varias veces la boca con

la mano antes de hablar. Dijo que se

había finalizado de inspeccionar todas

las habitaciones, incluyendo el sótano

y que el número de víctimas ascendía

a cuatro: el matrimonio y sus dos hijos,

de once y siete años. No podía adelantar

detalles, porque entorpecerían la

investigación. En cuanto a la causa de

las muertes, esperaría el resultado de

las autopsias. Lo que sería un mero formalismo,

porque, dentro de esa casa,

se había producido la peor carnicería

que había visto en todos sus años dentro

de la fuerza policial. Luego su mirada

se endureció y la centró en el lente

de una de las cámaras.

—Juro que atraparemos al bastardo

que hizo esto —dijo, segundos antes de

darse la vuelta y comenzar a girar nuevas

órdenes.

Dalton se frotó las manos con excitación

y encendió un nuevo cigarrillo, con

la colilla del anterior. Se fijó en el cenicero,

había restos de por lo menos otros siete.

Se levantó del sillón, estirando los

brazos para desperezarse. Regresó a

su habitación, donde abrió el armario

para buscar ropa. Se vistió con rapidez

y se cepilló el cabello.

Mientras caminaba hacia la puerta

principal se llevó las manos al estómago,

al escuchar cómo éste comenzaba

a gruñir. Cenaría un buen bistec con patatas

fritas en alguna cafetería.

Tomó las llaves que colgaban de una

argolla en la puerta y salió del apartamento.

Entró al anticuado elevador y al

apretar el botón de descenso le asaltó

una duda. Se preguntó cuál sería el crimen

que se llevaría los titulares el día

siguiente. Sonrió curvando los labios

hacia abajo y se rascó la cabeza. No

debía preocuparse, seguramente, durante

la cena, le llegaría la inspiración.

86


a

#ACERTIJO

Un prisionero esta encerrado en

una celda que tiene dos puertas,

una conduce a la muerte y

la otra a la libertad. Cada puerta

esta custodiada por un vigilante,

el prisionero sabe que uno de

ellos siempre dice la verdad, y el

otro siempre miente. Para elegir

la puerta por la que pasara solo

puede hacer una pregunta a uno

solo de los vigilantes.

¿Cómo puede salvarse?

La respuesta en el siguiente número

87


TE PERDONO,

OCTAVIO PAZ

Por Andrés Briseño Hernández

En la universidad decidí que Octavio

Paz me caía gordo. Se hablaba tanto

de él en los corrillos, se traía a tema a

la menor provocación, que terminó por resultarme

indigesto.Paz el ensayista, el embajador,

el poeta, el nobel, el oficialista, el

descomprometido. Opté por malquererlo

sin haberlo leído siquiera. Agréguese a mi

antipatía el encono que experimenté cuando

vi un reportaje sobre Elena Garro —escritora

de todas mis complacencias— don-

88

de se la mostraba anciana, enferma, sola y

en la miseria. Asumí que era culpa de Octavio.

Me habría gustado imaginar la relación

Garro-Paz a la manera de un talk show.

Laura Bozzo sostiene las manos de Elenita,

mientras ésta llora desmesuradamente. Se

reproduce un video. Música triste de piano,

escenas a blanco y negro, una vecindad, un

cuarto miserable, donde Garro se quita el

nebulizador para dar una fumada. Llora y

relata su ruptura amorosa y el olvido a la


que fue proscrita. Laura Bozzo chilla: «¡Que

pase el desgraciado!». Paz recorre el pasillo

entre vituperios, llega al panel, saluda a la

presentadora sin reparar en su exmujer. Yo,

que me encuentro en la sala, le grito: «¡Mal

hombre, mal hombre!».

No obstante mi aversión hacia el

poeta, su albor atravesó oscuridades

y en cierto punto de mi vida tuve que

vérmelas con su obra. Buscaba textos

y autores diversos para mi sala de lectura

cuando me topé con Piedra de sol.

Tomé el poema con desconfianza, haciendo

bolas duras de rencor, a la manera

de Pedro Páramo, y leí:

Un sauce de cristal, un chopo de agua,

un alto surtidor que el viento arquea,

un árbol bien plantado mas danzante,

un caminar de río que se curva,

avanza, retrocede, da un rodeo

y llega siempre:

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«Vaya, vaya», me dije en secreto,

como para no traicionar mis resentimientos.

Luego continué la lectura en

un murmullo:

voy por tu cuerpo como por el mundo,

tu vientre es una plaza soleada,

tus pechos dos iglesias donde oficia

la sangre sus misterios paralelos,

mis miradas te cubren como yedra,

eres una ciudad que el mar asedia…

Perdí el control —así es uno, veleidoso,

qué se le va a hacer—, leí todo el

poema y me seguí con otros; busqué El

laberinto de la soledad, Corriente alterna,

El camino de la pasión, El arco y

la lira. «Este cabrón es bueno», pensé,

convencido ya de que a los escritores

hay que tasarlos por sus textos, más

allá de qué tan afines nos resultan

como personas.

Imaginé a Paz en Historias engarzadas:

cortinilla de apertura con tipografía

gariguleada. El poeta, sentado frente a

Mónica Garza, se sincera ante los televidentes.

Habla de su infancia en Mixcoac,

de aquella fotografía de juventud donde

aparece con los mechones rebeldes, de

la India y del roce con Vargas Llosa por

eso de la «dictadura perfecta». Comparte

el gozo de ser premio Nobel y lo incómodo

—y chistoso— que se sintió con el

smoking. Al final, un acercamiento nos

deja ver sus lágrimas.

Yo, desde mi sillón, digo entre sollozos:

«Está bien, Octavio, te perdono, pero todavía

me debes lo de Elena Garro».

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91


92

UN TRAGO

Y UN SUEÑO

Por ΔLen


Adosado a un callejón entenebrecido

por sus historias y reputación

se mecía un letrero neón siempre

alumbrado, con una mortecina luz de

anatema; el bar «Element» recibía cualquier

interesado que estuviese versado

en materias asaz delicadas, tales como

la lascivia y el pecado, así como toda

alma que, en sus ápices, haya amado la

idea de la mente humana y sus horrores

peor concebidos.

La experiencia rezada como «Un

trago y un sueño» carecía de una cabalidad

real, estribando su espectacularidad

en un ensueño tangible, el cual

prometía ser capaz de cumplir el más

retorcido placer; desde aquellos hombres

de túnica con deseos sin nombre,

y más deseos execrables, distopías sexuales

que llamaban a sus letras desde

infiernos que no merece mencionar,

hasta prácticas naturales de sexo platónico

eran los atractivos de «un trago

y un sueño» en Element.

—¿Estás segura de querer hacer esto,

Sun? —inquirió un joven, con una tempestividad

casi mortecina.

—¿Qué es lo peor que podría pasar?

Son solo un par de tragos de alcohol,

he de suponer que el estupor de profilaxis

debe ser por el consumo etílico,

un poco de diversión y estaremos

perfectamente.

—No diría eso —si bien las palabras de

León siempre fueron álgidas, aquella

vez se entenebrecieron sobremanera—.

He estado investigando, Sun, acerca de

qué es lo que se experimenta cuando

uno pide «La Experiencia». Hablé con

Gus Guevara, él narra lo siguiente, que

te transcribo para tu comodidad, y cito:

»¡Es una locura! En sueños he visto,

querido León, una tierra fértil, mares

infinitos y sombras protectoras que

hacían un Edén vivo, bellas damas se

aproximaban riendo a mis costados,

mientras sonreía a un horizonte donde

se conjugaba la hiel de un sol que urdía

en el fin del tiempo nuestra destrucción

con la algazara a la que me sometían

aquellas. Recuerdo haber besado una

de ellas, lo que me privó de la vista también

en aquel mundo, otra de ellas jugó

con mi sexo hasta sentarse sobre él, era

un paraíso de lascivia, amigo León…

—¿Y? —anotó Sunny, ante el sepulcral

silencio del otro lado de la línea—, ¿León?

¿Qué más te refirió Gus?

—Él se echó a llorar, su visaje medró

en el apoco, algo ominoso se instaló en

sus memorias…

—¿Qué dijo?

—Mierda, León, ninguna de ellas tenía

rostro.

Arribaron prestos tiempo después

a la esquina que sirve de antesala al

corredor tenuemente iluminado por

el neón gastado de la pobreza que los

desembocaría en Element.

Para León, avezado en mantener un

bajo perfil, fue natural escurrirse al recibidor

del bar; la hermosa tabernera llamó

su atención, indicando mediante palabras

suaves e ininteligibles, más como

un mensaje onírico que estaba enterada

que su pedido era «un trago y un sueño»,

sirviendo un líquido cobrizo y embriagantemente

seductor que pronto se perfiló

amargo y bello hasta su estómago,

ascendiendo a su cerebro para desfogar

una beoda sensación en su cuerpo.

Conducido por aquel ser incorpóreo,

se deslizó hasta una sala totalmente

oscura, donde otras manos de imposible

paz vendaron sus ojos, y, entre susurros,

parecían buscar llevarlo a un estado

completo de estupor, adormilarlo

lo suficiente mientras lo conducían a

93


otra habitación, donde fue depositado

en una silla ergonómica, situada

en medio de lo que pudo identificar

sensorialmente como una atmósfera

enrarecida; similar a la sensación de

caminar en el agua.

Primero pareció sumirse en un sueño

solaz, donde Sunny aparecía desnuda,

revelando con un rosado especial

en sus mejillas el amor infinito siempre

profesado hacia él, y, aunque este experimentó

un movimiento sentimental

en sí, fue incapaz de proceder en aquella

fantasía, retrotrayéndose a aquella

habitación, donde los jadeos de Sunny

se acompasaron a una melodía aciaga,

el chillido de una criatura que, esperando

no herir la sensibilidad de concreción

del lector, parecía desdoblarse

por el tiempo, perturbando no solo la

materia para poder ser recibido por

León, sino parecía extenderse en el pasado,

alterando sus memorias con ese

canto que incitaba a la lascivia, misma

que era exigua, casi nula en León.

Apocado y con lasitud, León se deshizo

de la tela que vedaba su visión, solo para

recibirse con una imagen que también fue

capaz de desdoblarse temporalmente.

Frente a él, una masa solo descriptible

como anacrónica, prehistórica,

imposible jugaba en esa inmensa sala,

siendo León incapaz de discernir con

puntualidad la anatomía absoluta de

aquella criatura, tratándose más de

un hacinamiento de carne que parecía

atezada no por una llama, sino por la

pátina de los siglos, consumida por la

94


lenta erosión de oxígeno. Sobre esas

costras seculares se tejían órganos externos

que supuraban icor, así como

aquel gas que dificultaba la respiración

y enrarecía la atmósfera. De forma piramidal

y ascendente, en la copa de

aquel ser reposaba una figura que parecía

un sombrero, un adorno artificial,

que pronto, para horror de León, se

alzó, mostrando un cartílago oleaginoso

del que descendió una resina ópalo,

que provocó el espasmo en lo que

más horrorizaba de aquella visión: en

la base, numerosos tentáculos se extendían

hasta las bocas y los sexos de

quienes habitaban aquel recinto, un

templo erigido a la lascivia y los deseos

prohibidos. Aquel vaho era el responsable

de la alucinación que desencadenaba

«la experiencia», pudiendo gozar

de un evento que pluguiera el alma

de cualquiera, y, alimentándose de líquido

preseminal y lubricante vaginal,

así como de la saliva cargada de deseo,

aquella criatura succionaba esto de los

usuarios, haciendo de su experiencia

algo interactivo y más tangible.

León solo pudo ahogar un grito en sus

lágrimas, mientras aquella criatura bañada

en éxtasis y placer parecía tampoco

percatarse de la presencia y la ignominia

del chico ante tal escena. Junto a él, Sunny

jadeaba, exudando deseo, y el combustible

que mantenía vivo a aquel ser. Eso

fue suficiente para doblegar el espíritu de

León y desbordar el llanto por sus mejillas,

evento suficiente también para conducirlo

a la muerte por su propia mano.

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96

EN LAS BUENAS

Y EN LAS MALAS

Por Tania Rivera


Solano abrió la puerta sin esfuerzo.

Su sorpresa fue mayúscula cuando

se encontró con una estancia

perfectamente bien arreglada y decorada

con buen gusto en lugar de un desastre

de muebles rotos, ventanas quebradas

y libros deshojados, una escena

más propia de la mujer desesperada

que llamó a la comandancia.

El policía escuchó una voz que le

llamaba desde la cocina; revisó que su

arma estuviera cargada y avanzó con

precaución hasta una luz que se observaba

en el fondo.

Sentada frente a la mesa estaba una

mujer joven que sostenía una pistola

entre las manos, de nuevo Solano

se desconcertó, bajó el arma, abrió la

boca para interrogar.

—¿Gusta un café?

Solano apenas y parpadeaba, ella se

levantó elegantemente, dejó la pistola

sobre la mesa y encendió la cafetera

que de inmediato se adueñó del silencio

de la cocina.

—Señora, alguien llamó…

—Sí, he llamado yo… maté a mi marido,

Señor oficial. Tendrá que arrestarme,

pero eso será después de que

cuente mi crimen y para eso, tendremos

que esperar el café.

Aquel hombre que había estado expuesto

al peligro por tantos años no

sabía qué hacer, no enseñan eso en la

Academia, finalmente suspiró y se sentó

mirando fijamente a la mujer hasta

que el café estuvo servido.

—¿Alguna vez ha engañado a una mujer,

Oficial…? Todos lo hacen, no mienta…

si lo hace, sea precavido, una vez

escuché que las mujeres matan con veneno

porque es de cobardes, pero existimos

mujeres, Señor que no tememos

incrustar plomo en el pecho de un caballero…

Escúcheme muy atentamente.

Sólo contaré esto una vez y después

deberá encargarse usted mismo con

las autoridades.

»Samuel y yo nunca hemos tenido

problemas. Es un buen marido, debo

admitirlo. Responsable, trabajador,

consiente mis caprichos y alaba mis

virtudes. Llevamos casados casi tres

años ¿Muy poco para odiarlo tanto, no

lo parece…? ¡Oh! No ha tomado nada

de su café, adelante, sin miedo, no

pienso envenenarlo. Usted es mi testigo…

como sea, Samuel y yo nos amamos

durante los primeros meses y nos

tolerábamos desde entonces, actitud

usual en los matrimonios, lo confieso.

¿Usted es casado, Solano? Dice Solano

en su placa ¿Verdad?... Perdone si divago,

ensayé esto pero resulta más difícil

de lo que pensé…

»Hace un par de meses, Samuel actuaba

muy raro, ya no venía a cenar y

pretextando todo tipo de reuniones

regresaba tan tarde que mis ojos eran

incapaces de esperarlo despierto. Tiene

otra mujer, supe de inmediato, ni

siquiera me molesté en revisar si habían

manchas de labial en sus camisas

o perfumes extraños en su corbata, yo

simplemente lo sabía ¿Entiende, Solano?

De forma igual de repentina,

Samuel comenzó a adelgazar, su cabello

caía por manojos y las ojeras enmarcaban

sus ojos.

»Una noche decidí seguirlo. Lo vi

salir de su oficina y desde la distancia

acompañé sus pasos como lo juré ante

el altar. Se detuvo frente a una casa

rojiza con aspecto de prostíbulo de la

revolución. Samuel entró cabizbajo,

yo detrás de él. Hizo una seña y de la

parte de atrás emergió una Medusa de

cabellos oscuros y sonrisa de sirena.

97


Pregunté a una mesera quién era: Magdalena,

respondió ¡Hágame el favor!

Vaya bromitas que hace el destino, mi

marido me engañaba con una mujer

que compartía nombre con la primera

puta redimida por Jesús.

»Samuel hablaba en voz baja y no

pude escuchar mucho, la mujer lo observaba

con lástima y le besaba las mejillas,

no pasó mucho tiempo para que

un par de hombres se acercaran e hicieran

señas de que los siguiera. Mi marido

avanzó lentamente, yo me acerqué lo

más que puede hasta que entró en un

cuartucho escondido entre las sombras.

»La oficina de Eusebio Marín apestaba

a tabaco y ron, no reproduciré

toda la conversación para su buena

suerte, Solano, sólo diré que Samuel

había apostado hasta el alma y aquél

bastardo pensaba cobrársela. Salí sin

hacer ruido y fui a casa, donde esperé

despierta los pasos usuales en la sala.

»Los días hicieron que Samuel continuara

consumiéndose, constantemente

lo escuchaba hacer cuentas en voz baja,

siempre negando con la cabeza, estaba

tan mal que ni siquiera pasó por mi

mente reclamarle por Magdalena. Una

noche en que Samuel había llegado

temprano, tomé una determinación: en

las buenas y en las malas… Me presenté

en el burdel y pedí hablar con Eusebio.

—He vendido todo lo que tengo —

dije—. Tengo la mitad del dinero que

le debe mi marido. Perdónele la vida y

acepte por favor.

Eusebio me miró con malicia, tomó

el dinero y después me empujó contra

el escritorio.

—Entenderá, Señora, que negocios

son negocios. No puedo perdonar una

98


deuda así como así… levantó mi falda

y comenzó a acariciar mis muslos. Cerré

los ojos y pensé en Samuel y en el día de

la boda. En las buenas y en las malas…

»Cuando la deuda fue saldada, Samuel

se recuperó de inmediato. Comenzó a ser

más amoroso, más atento. Me llevaba a

cenar cada noche a un lugar diferente,

me compró vestidos nuevos y me decía

lo hermosa que era todas las mañanas.

Supuse que el precio que había pagado

valía toda esa felicidad. No sabe cuánto

me arrepiento de haber sido tan estúpida.

»Pasados un par de meses, Samuel

regresó a su antigua vida. Yo lo veía todas

las mañanas marcharse y regresar

con los besos de Magdalena tatuados

en la piel. Lloré durante noches y noches,

primero por Samuel y luego por

recordar las manos asquerosas que me

habían tocado en aquel burdel.

»Ayer me dijo que iba a largarse con

ella, no pude más. ¿No habíamos prometido

que estaríamos juntos en las

buenas y en las malas? Tomé la pistola

y le asesté tres balazos en el pecho. He

estado encerrada aquí desde entonces.

Horneé sus galletas favoritas y después

llamé a la policía

»¿Quiere más café, Solano? Es un

poco amargo como mi alma, no está

tan mal… en fin, ya lo he contado todo.

—¿Y el cuerpo?

Unos pasos se escucharon en la entrada,

un hombre se asomó en el umbral

de la cocina.

—¿Qué significa esto, Claudia...?

Tres balazos sordos y el cuerpo muerto

cayó al suelo.

—Ahí lo tiene —señaló Claudia—. Ahora…

¿Quiere una galleta? No creo que

Samuel pueda comerlas.

99


100

JAZMIN DE

PERRO

Por Cristina Valero


Hacía más de tres días que Jazmín

de perro conducía a través

de una serpenteante y retorcida

carretera desde la cárcel donde había

cumplido condena por asesinato.

El coche se deslizaba como una sombra,

se movía con tanto silencio que

nadie lo había visto pasar. Pero el corazón

de Jazmín de perro saltaba abiertamente

en su pecho y sus nervios en

forma de pala cavaban un agujero en

su estómago.

Cuando el coche se sumergió en un

laberinto de túneles y caminos las uñas

de Jazmín de perro se incrustaron en el

volante. La espuma del volante cedía

dócilmente a sus nervios como alambres.

No entendía por qué no giraba o hacía

algo para impedir avanzar. Podía alejarse.

Miró hacia atrás y recordó haber

atravesado la misma ciudad veinticinco

años atrás, esposado en el asiento

trasero de un Renault 25. Podía alejarse.

Tenía la posibilidad y el combustible

suficiente para huir. Al cabo

de pocas horas estaría lejos; se habría

extinguido en dirección a las tinieblas.

Pero también tenía la oportunidad mágica

de dejar de luchar contra sí mismo.

Tenía la oportunidad de descansar.

Las manos nervudas de Jazmín de

perro agarraron el volante como atornilladas

a él. Entró en una calle y paró

frente a una vieja casa. Permaneció mirándola

unos minutos, con una mano

asida al bolsillo de su chaqueta. La

casa parecía envuelta en una espesa

bruma bajo un cielo completamente

gris. Jazmín de perro desfrunció el

ceño al recordar el objeto de su viaje.

Suspiró y salió del coche. Cuando emprendió

la marcha por el camino que

conducía a la casa, empezó a llover. La

lluvia le obligó a cerrar ligeramente los

ojos. Unos minutos después, ascendió

por los peldaños desgastados del porche

y se situó ante una puerta pintada

de verde. Tiró de un mango de metal

situado a uno de los lados de la puerta

y sonó una campanilla.

El señor Nicasio era bajo, de cabellos

blancos, con unas manos y unas piernas

que temblaban ligeramente.

—¿Qué desea, caballero? —preguntó,

amable, el señor Nicasio.

Los ojos del señor Nicasio eran de un

inquietante color gris y le daban a su

rostro un aspecto de viejo actor de cine.

—Me gustaría hablar con usted, señor.

El señor Nicasio le hizo señas para

que lo siguiera. Atravesaron el vestíbulo

y se sumergieron en el salón. La débil

luz de una lámpara iluminaba la estancia

y Jazmín de perro pudo contemplar

los cuadros pintados al óleo que colgaban

de las paredes.

El señor Nicasio le invitó a sentarse.

—Usted dirá —dijo el señor Nicasio.

Los labios de Jazmín de perro se

apretaron y pensó en musitar cualquier

mentira al darse cuenta de que el señor

Nicasio estaba esperando que hablara.

Pero era totalmente innecesario porque

en sus adentros sabía que no estaba

para mentir.

—Señor, estoy aquí para pedirle

perdón.

El señor Nicasio buscó algún recuerdo

en su memoria; intentó revivir el

pasado para dar con aquel tipo que le

estaba pidiendo perdón.

—Creo que se equivoca, joven.

El señor Nicasio nunca había visto a

Jazmín de perro. Sin embargo, Jazmín

de perro sabía muy bien quién era el

señor Nicasio.

—Su hija… —explicó Jazmín de perro

con voz suave—. Yo maté a su hija.

101


El señor Nicasio miró a través de la

ventana y pudo ver que los pétalos de

las flores que ondulaban suavemente

en el jardín se inclinaban con la lluvia.

Jazmín de perro se aclaró la garganta:

—Le pido perdón, señor.

El señor Nicasio se acercó a Jazmín

de perro y con ternura le puso una

mano sobre el hombro.

—Jamás imaginé que vendría —dijo

el señor Nicasio—. Perdoné hace muchos

años.

—¿Para qué? —preguntó Jazmín de

perro.

—Para sacarme aquel terrible y condenado

peso con el que tropezaba y

me corroía. Cuando pude perdonar

dejé de hacerme daño.

Jazmín de perro suspiró y notó que

su respiración había dejado de estar

tan acelerada.

—Qué Dios le bendiga —dijo el señor

Nicasio.

—Gracias, señor —respondió Jazmín

de perro con agradecimiento.

Jazmín de perro cruzó la puerta y

bajó las escaleras del porche. Sus zapatos

repiqueteaban la madera de los

peldaños cuando de repente se detuvo

como alcanzado por un rayo.

—¡Yo no te perdono! —gritó la señora

Nicasio, situada en una ventana de la

segunda planta de la casa.

Jazmín de perro quedó suspendido en la

calle. La señora Nicasio le disparó con una

escopeta en el estómago y le hizo un agujero

en forma de vaso. Jazmín de perro se balanceó

como si estuviera borracho hasta caer al

pavimento con las manos en el vientre.

—¡Yo no te perdono! —gritó de nuevo

la señora Nicasio, enfurecida.

La señora Nicasio siguió disparando

mecánicamente sobre el cuerpo de

Jazmín de perro, que yacía muerto en

el asfalto mostrando una sonrisa fina y

pulcramente en paz.

102


a

#ACERTIJO

A un joyero le dan cuatro trozos

de cadena de tres eslabones cada

uno, y le encargan que los una

para hacer con ellos una pulsera.

Al hacer el presupuesto de la reparación

el joyero calcula que tiene

que soldar cuatro eslabones, a

un Euro cada uno el precio seria

de cuatro Euros, pero el cliente no

esta de acuerdo y le dice como hacerlo

soldando solo tres eslabones.

¿Cómo lo hizo?

La respuesta en el siguiente número

103


LAS FIGURAS

TEXTUALES DE

PENSAMIENTO:

LA DESCRIPCIÓN

Por Maximiano Revilla

Vamos a ver si consigo explicar, escritor

o poeta principiante, a ver si

llevo, a esas manos que se posan

sobre tu pecho repleto de bienvenidas,

de estilos de formas de dichos en las

fronteras del abandono o las despedidas,

algo más que los tres sentimientos

que se hilvanan con las antiguas argucias

de los recursos poéticos. Sí, vamos

a ver si soy capaz de crear figuras de

pensamiento, de paisajes, de personas,

104

de cosas ficticias o reales, de cinco o

seis intenciones que me desbordan y

te describo, de la ceniza de los cigarros

que se queman mientras nos transformamos,

entre un instante y otro, aquello

que se ve a los laterales de las carreteras

de humo ascendiendo al infinito.

¡Y sí! ¡Ya os lo digo! Claro que puedo

bailar entre un texto y otro texto, pero,

puesto que todos sus enunciados me

invitan a unificar la significación y los


argumentos de sus conspiraciones globales,

a taponar o expandir consciente

o inconscientemente sus fisuras, a proteger

de cualquier disparo sus avalanchas,

incoherentemente me contengo.

No quiero mentiros, ni por mi falta

de reajuste en la textura de los tiempos,

introducir con prisas las conclusiones

a las que, por sí solos, ya tendríamos

que haber llegado, sobre todo, para

no tener que ser pragmático luego, y

dinamitando las interpretaciones decir,

que ya os lo dije. Particularmente,

y más que nada, porque las pruebas

demostrarán como es que nacen, para

la elaboración del discurso, las figuras

de pensamiento en la inventio o la dispositio

y se proyectan hasta esperar su

veredicto en la elocutio, casi, casi descifrando

de sugestiones al mundo, por

supuesto, mucho más allá del mundo

festivo de mi rutina.

105


No me voy a detener a enumerar los

distintos pensamientos con los que comunica

el alma su existencia; ya que, a

poco que nos demos por aludidos, aunque

nos duela, sabemos cuáles son los

nuestros; lo que sí os puedo decir es

que al ser estos, el alimento precocinado

para crecer y desarrollar las figuras

que nos atañen, nadie ha conseguido

descifrar con exactitud hasta donde

pueden volver y anidar sus revoluciones;

su atraganto o su abstinencia, su

ingobernabilidad o esa capacidad que,

para ser y vivir donde las apetezca, no

conocen límites, ni aceptan inquisiciones,

ni negocian los capítulos de las

anarquías de su literalidad.

Y sí, ¡claro que sí! Estas figuras deben

caminar al ritmo que acercan las

coherencias que se negocian en cualquier

despilfarro, las cohesiones decorativas

del envoltorio de la cojera del

infortunio de mis alucinaciones; debieran,

por supuesto, conservar y cultivar

esa adecuación, triple o gemela, de la

que todo enunciado estilístico, de una

u otra forma, es portadora, esa que

para contextualizar y continuar siendo

capaz de conseguir abrir y conquistar

pensamientos desconocidos, junto a

las relaciones garabateadas en la cercanía

de un original postulado, se han

de reciclar y recitar efusivamente hasta

que sorprendan y calmen o duelan.

Puesto que el pensamiento alcanza

a ver más allá de donde normalmente

llega la mirada de las unidades léxicas;

estas figuras, ampliando o disminuyendo,

incluyendo o excluyendo su contorno

a la conveniencia de su intención

comunicativa, crean alrededor de esa

realidad habitual de los hombres, otra

que, desde la significación conceptual

de las palabras, puede hacer que se miren

y se vean, no como son, sino como

podrían llegar a ser. ¡No, no! ¡Sí, mejor

aún!, como deseásemos que llegasen

a ser: figuras que sin sometimiento,

desparramando todos sus encantos

mentales ponen, quitan, intercambian,

sustituyen y dan la vuelta, o un giro y

otro giro más a los contenidos semánticos,

o lo que es lo mismo, amplían su

significado concreto, ese que siempre

hemos tenido de las palabras, más que

nada y sobre todo, el de ese que aparece

en las enciclopedias, ese que, por

mucho que nos disguste, al rompernos

la rutina, lo que pretende es echar a

volar hasta encontrar nuevos sentidos

y nuevas interpretaciones con las que

alargar los enunciados, esos que han

de hacer cosquillas en la cara de los espíritus

traseros.

Sí, por supuesto que son estas figuras

las que fuerzan sus significaciones,

sobre todo en este momento de colores

y humanos inconformistas, hasta

esos extremos nunca antes imaginados,

cada una de las conclusiones a las

que nos llevan hoy, desde esa dimensión

pragmática del lenguaje que sirve

para elevarnos o dejarnos caer antes

de tumbarnos plácidamente a ver la

tele, hasta casi, casi rozar el líquido

rojo de todas las contiendas.

Las figuras de pensamiento, sin saber

muy bien por qué, viajan plácida-

106


mente, desde aquí hasta aquí, en los

transportes subvencionados por las

formas lingüísticas que condicionan

los textos. Disparan a los vecinos inquietantes

huevos de Pascua, rellenos

de intrigas y deseos que despiertan y

desnudan a todas esas muñecas rusas

que se han trasladado, no hace mucho

de ello, al barrio; esas que no dejan

descansar ni dormir un momento al

lector en sus primeras formas, en el

sofá de su casa, en la conspiración de

sus paseos.

Y así, al ser estas figuras, con todo lo

que ello pueda o no pueda suponer, un

fenómeno expresivo que tiene su génesis

en los niveles macroestructurales del

texto, se recopilan desde las formas del

contenido o la significación, o desde la

acumulación de sus significantes, en

una serie de procesos intelectuales, que

se manipulan sobre todo y según convenga,

de dos formas diferentes: una,

en la que principalmente interviene la

razón de los que hablan y la de los que

escuchan, y otra, que se mueve con plena

libertad por las formas imaginativas

del ser humano, ese que negocia con

acuerdos personales otros sinsentidos.

Pues claro que la semántica puede

ser un cuento que nunca termina, pero

vamos a ver si lo encerramos entre

vallas publicitarias que nos faciliten,

como poder tatuar sus composturas

en las inmediaciones del vientre, muy

cerca de tu sexo lamido, en el hombro

o en la mano o en la cintura o en el pecho,

o ¿por qué no?, en la oreja o en los

cuartos traseros del conformismo o del

inconformismo; allí donde las figuras

semánticas, ateniendo a la definición

extensa de los informes actuales, esos

que se refieren a los aspectos del significado

desde el sentido o la interpretación

de los signos lingüísticos como

símbolos, palabras, expresiones o representaciones

formales que llegan

modositos y se ajustan, hasta conseguir

ser solo uno en todas sus variaciones,

al contexto, al conocimiento del

mundo, a la intención comunicativa.

No, no puedo dejar, de no pensar en su

conjunto, en esa construcción artística

y arquitectónica de sus encuentros, en

el momento cumbre de su inesperada

aparición, en esa que me descubre

como con las figuras semánticas no se

busca nada que antes no se hubiese

perdido por mi cabeza.

Las figuras textuales son las que

competen y se desarrollan en la cuna

de la estructura textual, orquestando

variaciones capaces de modificar el

discurso lógico y, de paso, el sentido

común del habla colectivo; totalmente

innecesario, sí, es cierto, pero que

visual y mentalmente, gana puntos

extra cuando lingüísticamente se materializa

fuera de la amistad convencional,

lejos de la familia comprensible

y protectora, cerca de los criterios de

corrección, claridad, elegancia y adecuación

que siempre se buscaron. Los

cambios en la estructura de los textos,

las derivaciones, las incorporaciones o

eliminaciones de segmentos textuales,

consiguen forzar la mente lectora hasta

conseguir hacer que entremos en ese

107


juego que nos propone la búsqueda de

la solución perfecta.

Y hablar de soluciones y de figuras

textuales, es hablar de la descripción

¡Sí, sí, ya os lo digo! Sobre todo y más

que nada porque la descripción es

asociativa y vuela en low cost, en bandadas

de letras y pájaros que buscan

un mismo destino. Sé que se presenta

sin juzgar; sin absolver ni condenar,

abriendo huecos en las paredes que tapian

las vistas del horizonte, acaso, con

la intención de que así lleguen claridades

a las cabezas de las personas vacías

o llenas por tantas compensaciones

como ofrecen las horas sindicales.

Sobre los objetos comunes, despliega,

con o sin espíritus vagos, sus alas inventivas,

dibuja claridades, y obsequia

con presentes sin que por ello sean

días de onomásticas.

Y sí, también sé que, por muy raro

que parezca, permite descubrir, detrás

de cualquier máscara, todos esos lugares

vivos o muertos que se crean, con

una o dos afirmaciones o mentiras, y

en los mundos donde no tiene cabida

la inactividad del autor, se esfuerza,

en extremo, para presentar sus parabienes

y en aquellos otros en los que

nunca se estuvo, pero que sin embargo

siempre se deseó estar, busca revivir,

junto a las mentes lectoras, algo más

que los automatismos.

Allá y aquí, han de ser, en algún momento,

invitados importantes, besos que

se regalan cada mañana para hacerla

distinta. La descripción se presentan, sobre

todo, para que nazcan en las mentes

de quienes miran o leen, dos o tres evidencias,

por lo común, y en los menús

de los mercados, desde la luminosidad

del día, tres o dos realidades, muchísimo,

más ampliadas de lo que generalmente y

en primera instancia se presentan.

La descripción es un retorno que

busca ir, y volver a ir, de la luz al silencio,

de Dios a las cosas; del hombre al hombre

como mascota viva de otro hombre.

Es la figura de los reencuentros, de las

colectividades, de la solidaridad, de las

ideas y de los sentimientos de todos y

de todas las generaciones que han venir,

de pasar y criticar, para seguir así

evolucionando. Es la figura que convoca,

sin discriminar a nadie ni a nada,

a los entendimientos. Entre sus líneas

y parámetros fijos, acoge una variada

pluralidad de elementos dispares o tipos

distintos que, sin destacar ninguno,

108


epresentan o exponen detalladamente

una sucesión de imágenes ante los

ojos; seguro que con el único fin de programar

un poco más el pensamiento.

Y como con alguna de las modalidades

descriptivas he de dar comienzo,

quiero hacerlo con la écfrasis que

explica como patalear el abdomen de

las imágenes plásticas con un texto

verbal, con un escrito capaz de conseguir,

a partes iguales, hacer llorar y

reír de impotencia, con la ilación de

palabras y más palabras escogidas

solo para poner ante los ojos la literalidad

de una obra de arte, su realidad o

su ficción, sobre todo, teniendo como

única causa y único motivo de su existencia,

la existencia de ese texto. Texto

que siendo capaz de expresar el movimiento

y el tiempo pretende imitar la

materialidad del espacio y la quietud

de las obras plásticas, para que estas,

interactuando con las otras, alcancen

su propio movimiento y su propio

tiempo, desde ese principio individual

que trasforma las lecturas en imágenes

palpables, hasta todos esos finales que

acercan las miradas colectivas. La écfrasis

es como una de esas vecinas alcahuetas,

cuyo único motivo de su existir,

es descubrir a los demás todas las

interioridades de las obras de arte: pintura,

escultura, arquitectura, cuerpos y

formas en las que se desnuda el autor.

La hipotiposis sin que nada esté presente

pone, escena tras escena, de forma

detallada, todo ante nosotros, de manera

que, su realismo, su viveza, su eficacia, su

energía, su latido, su fuerza, nos abra los

ojos hasta alcanzar a emocionarnos. La

hipotiposis fue para el escritor y retórico

Quintiliano (…) «la imagen de las cosas,

tan bien representada por la palabra que

el oyente cree verla mejor que sentirla».

El retrato es la combinación de la

prosopografía que describe el exterior

de las personas, las primeras impresiones,

los disgustos o alegrías que

trajo, más que nada, por no esperar a

conocer de ellas, su etopeya o lo que es

lo mismo, sus rasgos interiores, su carácter,

su forma de pensar y de ser, su

moralidad y espiritualidad, sus gustos

y valores. La pragmatografía consiste

en la descripción de objetos y de acciones.

La cronografía describe instantes

determinados temporalmente. La topografía

es la descripción del terreno

o de lugares reales y la topotesia, es la

descripción de lugares imaginarios.

109


110

Cuando Anja

tuvo que

meterse al

mar

Por Juan Pablo Goñi Capurro


Anja temía introducirse en el mar.

Las noticias hablaban de decenas

de miles de muertos en el mundo,

durante los tres meses transcurridos

desde el gran deshielo, cuando los

océanos avanzaron sobre las costas y

se metieron tierra adentro.

Poco habituadas al mar, millones

de personas en los cinco continentes

habían recibido a su nuevo vecino

con cierta euforia y se habían metido

a nadar en costas aún no exploradas,

resultando fáciles presas de mareas extrañas

y accidentes no previstos. Bajo

las aguas había infinidad de objetos

y maquinarias propias de la actividad

anterior a la gigantesca crecida, que se

convertían en trampas fatales para los

negligentes nadadores.

Hasta esa mañana fresca de abril,

Anja no había hecho más que mojarse

los pies en la barrosa espuma de la

orilla, que comenzaba a veinte metros

de su casa, donde antes empezaba el

campo. Recordaba con claridad el paisaje

previo, sabía que allí –en teoría–

no había más que un suelo llano, más

no se atrevía a desafiar ese elemento

majestuoso y desconocido.

Para peor, carecían de lanchas, botes

o embarcaciones mayores. ¿A quién se

le ocurriría brindar un servicio de transportes

marítimos en una zona seca, llana

y a quinientos kilómetros de la playa

más cercana? Recién una semana atrás

habían inaugurado un muelle precario,

que no servía más que para adorno pero

que le valió a la ciudad el título de ser la

primera en la provincia con un embarcadero.

Banda militar incluida, el intendente

cortó las cintas y dio un paso sobre el

tendido de maderos, que parecía más la

reconstrucción histórica de un fortín de

frontera que un muelle con fines útiles.

La alternativa de pedirle a un vecino

que la llevara, quedaba descartada

por la referida falta de opciones. Anja

no encontró otra solución, tendría que

meterse en el mar y caminar por el

agua salada, cuidando de no meter el

pie en algún pozo o de enredarse con

un alambrado de púas –o de no ser

atrapada por algún arado, que de todo

había quedado sumergido–. No existía

otra manera de llegar a la colina del peregrino

que no fuera andar sobre el mar

esos cinco kilómetros, rogando que las

idas y venidas de las mareas no hubieran

socavado el suelo llano.

Las aguas eran muy oscuras, arrastraban

tierra y pastos, pasaría un buen tiempo

hasta que adquirieran el color que el

océano ofrecía en las postales veraniegas.

Años, décadas quizás. Anja no podía

esperar, tenía urgencias que sofocar.

Esa inmensidad amarronada y ondulante,

impedía ver la loma donde

esperaba Ruiz. ¿Por qué los habían llevado

a la loma en vez de regresarlos al

pueblo, qué les hubiera hecho recorrer

cinco kilómetros más? Ciudad, se corrigió,

no fuera cosa que se le ofendieran

las vecinas.

Enojarse o lamentarse no la llevaría

hasta la loma. Cuando más dilatara la partida,

más cerca estaría el invierno; a los

riesgos que evaluaba, se le sumaría el de

la hipotermia. Al menos contaba con una

mañana soleada, clara, que la ayudaría a

hallar la manera de sortear obstáculos.

Hizo una prueba; caminó, recibió el

embate ligero del resto de una ola, el

agua le cubrió los tobillos; siguió introduciéndose

mar adentro, le llegó a

las pantorrillas, otra ola le salpicó las

rodillas al golpear con sus huesos. No

estaba tan fría como en las vacaciones

que recordaba.

111


Cargó aire y avanzó quince, veinte

metros; como especularan conocidos y

vecinos, el agua seguía al mismo nivel,

el suelo se mantenía raso. Sin que la

confirmación de las informaciones recibidas

le procurara alivio, regresó por

la silla de ruedas; no sólo debía ir hasta

Ruiz, también tenía que traerlo consigo.

Encaró las aguas empujando el rodado.

La resistencia era suave, el piso

blando no tenía más de cinco centímetros,

luego tocaba el cemento. Anja había

decidido seguir la ruta, esa que pasaba

por la esquina de su casa y llegaba

al pie de la loma. Las curvas eran pocas

y corregiría el rumbo en su momento.

Cinco kilómetros no parecían tantos,

cuando los recorría en las procesiones

que cada año realizaban a la gruta ubicada

sobre la loma; en cambio, ahora

el mar le iba comiendo piernas a cada

paso. Que el mar se hallara calmo, era

otro motivo para alegrarse, pero Anja

sólo escogía motivos para quejarse.

A una hora de haber iniciado el camino,

se detuvo para recuperar el ritmo respiratorio.

Si por ella fuera, hubiera dejado a

Ruiz en la loma; pero el doctor Gutiérrez

estaba cansado de jugar a las escondidas.

Pese a que sólo tenían cuarenta días

juntos, pretendía casarse para recorrer el

pueblo a salvo de las habladurías.

El cura había sido intransigente; no

la casaría como viuda hasta que no le

trajera el cadáver de Ruiz. Y los idiotas

de prefectura lo habían dejado en la

loma del peregrino, en vez de regresarlo

al pueblo.

112


113


114

EMILY

Por Racconto Urahara


Cuando desperté todos estaban

muertos. Un montón de polvo y

cabello marcaba sus tumbas; un

montón para mi esposo, un montón

para nuestra hija. Miles de montones

para la ciudad. No había sangre u olor,

solamente mi dolor. Tuve que guardarle

un luto breve, condensado, a mi familia,

porque luego de la agonía de esas

pérdidas vino el descubrimiento de que

muchas, muchas otras pérdidas habían

tenido lugar esa madrugada. No había

quién me pusiera un tranquilizante para

mitigar mi pánico, ningún policía que

tomara mi declaración, no existía nadie

que viniera a recoger los restos.

Solamente quedaba yo —atravesando

por ese neblinoso duelo de perder a

mi familia y entrando en la embotada

consciencia de que ahora debía guardarle

luto a la ciudad completa.

Ese luto tampoco duró mucho.

Pronto me di cuenta de que mi ciudad

no era la única víctima de la desolación.

La madrugada del dos de diciembre

el mundo entero había muerto.

Montones de polvo carentes de olor

es lo que quedó. Y yo.

Yo quedé varada aquí.

Por años he andado sin mucho rumbo,

a ratos llorándole a la humanidad

que pereció y me dejó en el abandono, a

ratos consolándome con el pensamiento

de que ahora están en un lugar mejor,

a ratos horrorizándome por las maravillas

de este mundo o maravillándome

de sus horrores. En ciudades desiertas,

entre tolvaneras de cabello y otros restos,

en pequeñas cabañas o bajo el cielo

desnudo yo he continuado mi vida (o lo

que pasa por vida en mi situación).

Hay un silencio hipócrita en el aire, tan

marcado que al principio no me dejaba

dormir. Ahora puedo acostarme y levantarme

y cocinar y visitar lugares casi sin

notarlo. Aunque a veces resurge, en general

puedo barrerlo debajo de la alfombra.

Tengo bastantes obligaciones que ocupan

mi día; no pierdo tiempo distrayéndome

con la única cosa inútil —el silencio— que

terminaría volviéndome loca.

Debo hacer todo por mí misma, lo

cual no es tan malo como suena. Cuando

algo se rompe o una herramienta se

estropea, no la reparo, busco una nueva.

Si no sé hacer algo o dónde encontrarlo,

busco en internet.

El internet sigue funcionando, la

energía sigue funcionando, igual que

las estaciones del año continúan su

curso natural.

De hecho, hay demasiadas cosas

que siguen su rumbo normal, considerado

que ya no queda gente. El wifi no

es el único indicio de civilización, soldado

en pie.

He visto en primavera jardines recién

podados.

La primera vez que vi uno casi perdí

la cabeza de la emoción. Pensé que había

gente allí, ¡y tan desahogada para

dedicarle atención al jardín! Sin embargo,

no había nadie. No los encontré

y no los encontraré.

El internet sigue funcionando. Los jardines

se podan solos. El mundo ha muerto.

La radio transmite bloques de música

o programas viejos, pero no hay nadie

al aire, nadie habla de la catástrofe

que arrasó al mundo y olvidó llevarme

a mí. Todos hablan de eventos previos

a ese dos de diciembre.

En las redes es lo mismo. He buscado

por todas partes y no hay una sola publicación

de después de las 6 A.M. del 2

de diciembre —excepto las mías.

Al principio escribía y publicaba frenéticamente

desde mis cuentas, es-

115


perando contactar con alguien (mis

familiares, amigos, un desconocido…).

Visité y dejé mensajes en foros, portales

de gobierno, blogs… Todo lo que se

me ocurrió. Nunca hubo contestación.

Luego empecé a escribir lo que hacía,

lo que planeaba, a dónde iría. Luego:

cómo me sentía. Escribía en cualquier

cuenta que hallaba abierta. Si había

cámara disponible cambiaba la foto de

perfil y ponía una mía, por diversión.

Se convirtió en un diario, testimonio íntimo

desplegado ante un mundo vacío.

Ocasionalmente todavía escribo,

como ahora. Entro a un banco, enciendo

la computadora de un ejecutivo y

busco información sobre plantas con

propiedades antiinflamatorias. Luego

escribo un rato en las redes sociales. A

veces veo fotos de gatitos.

Ésas siempre me animan.

-E

xoxo

Ahora escribo en papel.

No creo que vuelva a encender una

computadora jamás.

Ayer respondieron a mi publicación.

Por primera vez en años alguien hizo

contacto conmigo, a través de una

cuenta que no era mía, en la que ni siquiera

había puesto mi foto.

Saben mi nombre.

La respuesta decía:

«¿Dónde estás, Emily? Estamos buscándote.

Sólo faltas tú.»

*

Hoy he encontrado una carta con mi

nombre.

No me atrevo a abrirla.

FIN

116


a

#ACERTIJO

Tenemos una garrafa con 10 litros

de agua y otra con 10 litros de vino,

se echan tres litros de agua en la

garrafa de vino y se mezcla, después

se vuelven a echar tres litros

de la mezcla en la garrafa del agua.

¿Qué habrá después del cambio,

mas agua en la garrafa de vino o

más vino en la garrafa del agua?

La respuesta en el siguiente número

117


118

TEMPLE

Por Daniel Felipe Aldana


El colegio es un lugar maravilloso,

ahora que lo veo desde esta perspectiva,

me arrepiento de no haberlo

terminado. Sin embargo, no hay

que llorar sobre la leche derramada,

pues lo hecho, hecho está. Los muchachos

ya se fueron a sus casas, mi turno

es hasta las diez de la noche, luego llega

el otro guardia a relevarme. ¿Qué

hacer? Bueno, la idea es matar el tiempo,

pero que quede bien muerto para

que se pase en un abrir y cerrar de ojos.

Doy rondas con la radio portátil que

siempre porto en el cinturón, allí escucho

programas de chistes, partidos

de fútbol, noticias y una que otra radio

novela. Paseo por los salones de clase,

de vez en cuando me siento en un pupitre

cualquiera y rememoro mis días de

colegial, pero eso era otro cuento bastante

diferente a esto, mis clases eran

el campo, con profesores muy estrictos

que a duras penas sabían hacer las

operaciones matemáticas básicas; en

cambio, lo que ahora ven estos jóvenes

con su álgebra, dizque sumando y restando

letras con números, ¡Ja! Quién

lo diría. Ahora salen al mundo con un

montón de cosas en la cabeza, increíble

que, aun así, varios desperdicien

todo ese conocimiento por andar en la

vagancia y en malos pasos.

Voy por uno de los pasillos, relajado,

cuando escucho que una mesa se

arrastra, como si alguien se hubiera tropezado.

La bulla proviene del salón de

informática. De inmediato le bajo todo

el volumen al radio y me pongo alerta,

caminando sin hacer mucho ruido.

Cuando llego al salón, saco el llavero

y ubico la llave apropiada, entonces la

introduzco suavemente para abrir con

el mayor sigilo que puedo dar. Adentro

veo a un hombre joven, trigueño, de

cabello negro, un poco bajo y delgado,

que lleva en sus brazos una de las

computadoras. Otro sujeto cuelga de

una de las rejas que dan al techo, por

la oscuridad me es difícil descifrar su silueta.

Éste último termina por avisarle

al primero de que estoy observándolos.

Voltea a mirarme con la máquina en

sus manos, se percata que estoy allí y

se queda mirándome con tranquilidad,

sin afanes. Como puede, él posa su

dedo índice sobre los labios indicándome

silencio, luego, con la misma serenidad,

escala hasta subir al techo, allí

arriba el otro individuo recibe el botín

y ambos escapan por aquella abertura.

Después me asomo por la reja y ya no

hay rastro de los ladronzuelos.

Hice lo correcto, llamé a la policía y

ahora ellos están haciéndome preguntas

y revisando el lugar del crimen, al

final, dicen que van a investigar, pero

conociendo mi tierra, eso es lo mismo

que nada. Lo adecuado, sin embargo,

era no omitir este suceso, debía dar

aviso para no dar pie a la impunidad.

Son las diez de la noche y mi compañero

llega a relevarme, enseguida parto

a mi casa, donde me espera despierta

mi esposa, Dora, con un envuelto

de maíz, un pedacito de queso y agua

de panela con limón recién hecha. Le

cuento lo sucedido, con todos los detalles

mientras comemos en la sala. Se

muestra entusiasmada por la historia

y preocupada al mismo tiempo por mi

seguridad. De hecho, y como siempre,

Dora me ha leído la mente, puesto que

no he podido sacarme del pensamiento

esa señal de silencio que me dio ese

joven. ¿Pero que más podría haber hecho?

¿Quedarme callado y luego haber

inventado otra historia? Eso pondría

en juego mi honestidad, un valor que

119


siempre me enseñaron a promulgar

en la casa, además del sentimiento de

justicia que me invade en estos casos;

era lo menos que podía hacer, puesto

que estoy un poco viejo y enfrentarme

a esos hombres jóvenes habría resultado

mal para mí, lo reconozco sin pena.

Terminamos de cenar, nos lavamos

los dientes y nos acostamos a dormir,

abrazados como no lo hacíamos en

mucho tiempo, su calor en mi cuerpo

es el somnífero que tanto necesito.

Me levanto a las cinco de la mañana

porque tengo que hacer varias diligencias.

Increíblemente dormí muy bien,

bastante a pesar de las escasas horas

descansadas. Dora se levantó también

de buen humor, hizo unos huevos con

salchicha deliciosos, con unas arepas

de queso y chocolate caliente. Paso el

día haciendo pagos de servicios públicos,

mandando a arreglar el radio de la

casa, haciendo unos recados para Dora,

entre otras cosas. Se me va el día hasta

que es tiempo de entrar a trabajar en

mi turno desde las dos de la tarde hasta

las diez de la noche, como ayer. Me

despido de Dora con un beso tierno y

un abrazo enorme; mi hermosa esposa,

veinticinco años de casados y todavía

me deslumbra.

El trabajo transcurre sin novedades

más que la de la gente preguntándome

por la historia del robo, en un instante

me convierto en el centro de atracción

hasta que los muchachos terminan su

120


jornada, entonces me dedico a lo usual,

a matar el tiempo.

Cae la noche, a escasa una hora de

terminar mi día laboral. Pienso en Dora,

sonrío sólo como un tonto enamorado

al recordar ese beso. En medio de la distracción

vuelvo a escuchar que varios pupitres

se mueven, siento que el corazón

se me va a salir del pecho, pero decido ir

a investigar, nunca he sido un cobarde y

mucho menos voy a empezar hoy. Con

linterna y bolillo en manos, voy hacia el

origen del sonido. En primera instancia

no encuentro nada, todo en orden, supongo

que era una rata o un gato. En ese

momento, cuando estoy a punto de devolverme,

alguien por detrás empieza a

ahogarme con un cable alrededor de mi

cuello, por acto reflejo suelto mis cosas y

trato de zafarme, pero tiene mucha fuerza…

en un abrir y cerrar de ojos un sujeto

joven de apariencia familiar, trigueño, de

cabello negro, un poco delgado y bajito,

se para enfrente de mí para posteriormente

golpearme con mi propio bolillo

en el rostro y el cuerpo al tiempo que me

lanza insultos llenos de rabia y sevicia.

Inevitablemente voy perdiendo las fuerzas,

veo todo borroso, la oscuridad se

vuelve más profunda como las sombras

del odio que me apabullan, pero solo

puedo pensar en mi Dora y las incontables

veces que tuve la dicha de ver su bello

rostro, tan dulce y amable, sonreírme

con ojos acaramelados… mi Dora… mi…

Dora… mi… Do… ra… mi…

121


LAS RAÍCES

DE LA LECTURA

Por Donís Albert Egea

El desmerecimiento de todos los

niveles de lectura, es prueba irrevocable

de mala educación. La

buena intención con que maestros de

escuela intentan mejorar el deterioro

de los padres, los convierte en tutores

de unos ideales de perfeccionamiento.

El Sr. Miyagi decía en la película, Karate

kid, que no existe mal alumno, sino

mal maestro, y esto, al menos desde

Nietzsche, puede resultar doloroso.

122

¿A quién no le ha sentado mal el pensamiento

de Nietzsche? ¿Quién es el

que propiamente puede decirme en

qué momento Nietzsche ha demostrado

que los valores cristianos están mal,

en qué página? ¿No es acaso esa pretensión

de reeducar a los niños buenos, un

arrancarse las raíces a sí mismos para

que corran y sean libres? ¿Y no es eso un

tropezarse con las necesidades y morir

lentamente por falta de alimento?


Claro está que más de una vez hubiéramos

enviado a alguien a la mierda,

pero después nos ha venido bien cuando

lo hemos necesitado. Una madre es

una persona capaz de entender que su

hijo puede querer ser futbolista, querer

tener menos granitos, o conquistar

a una chica mayor, y allí está nuestra

madre, a nuestro lado. Entiende que

cada etapa de la vida tiene sus valores

y sabe elegir bien las palabras del libro

que nos va a regalar. Porque hay libros

buenos y libros malos, y conflictos que

a veces se resuelven con un razonamiento,

pero otras —como diría Nietzsche—,

rompiendo platos.

Estoy seguro de que si Nietzsche hubiera

nacido en esta época, hubiera tenido

un pensamiento contrario al que tuvo

en aquella, pero no es esa la cuestión.

¿Cómo debemos educar a nuestros hijos?

¿Qué es ser maduro: gritar o tragárselo?...

123


La respuesta permanece en el aire,

porque cada persona es un mundo, y lo

que yo tengo que hacer para ser maduro,

no es lo que tú debes de hacer para

serlo. Kieran Egan dice que la imaginación

de los niños, cuando les dices «érase

una vez», está abierta a cualquier

expectativa: el niño está abierto al verbo

aprender, o dicho de un modo más

contundente, es un libro abierto (33).

En cambio, el adulto –entiéndase bien,

el que le lee el cuento–, es un hipócrita

que no sabe escuchar, que no observa,

y que se sitúa por encima del niño. Tiene

(tenemos) una mala conducta, porque

aprender se aprende hasta de las

hormigas, tanto de lo que se ha dicho,

como de lo que se ha callado u obviado,

que es igual de importante.

Como dice Eric Berne, a algunos les

cuesta dejar de ser niños y pasar a ser

adultos (27-35), pero yo digo que también

hay adultos sobrevalorados por

sus arrugas, que tendrían que darse

cuenta de que solo tienen el título de

adulto, de que no saben nada de la

vida, porque nunca han sido niños. No

han sabido ser lo que eran, por las circunstancias

que sean (guerras, pobreza,

orfandad, traumas, etc.), y por tanto,

no han leído suficiente o no han leído

lo que tocaba.

El que quiere crecer muy rápido, se

olvida de que no tiene que arrancarse

las raíces, sino trasplantarlas. Y el que

no las ha trasplantado, nunca va a ser

autosuficiente.

124

– Egan, Kieran. Fantasía e imaginación:

su poder en la enseñanza. San

Sebastián de los reyes: Morata, 2008.

– Berne, Eric. Análisis transaccional

en psicoterapia. Buenos aires:

Psique, 1976.


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125


126

ABSOLUCIÓN

Por José Francisco Hernández


Rodeado de casuchas que tejen

redes de vecindades laberínticas,

con familias que lo único que tienen

en abundancia es su miseria, se

encuentra el templo de San Joaquín.

Santuario que alberga un seminario y

es cabecera de un panteón. Su interior

es frío porque tiene mucha piedra en su

construcción. Aun así, su silencio, sus

altares, sus santos y sus vírgenes crean

un ambiente sacro.

En una de sus bancas de madera

bien barnizada está sentado, con recogimiento,

el padre Salvador. El padre

Chava, como lo conocen sus feligreses.

Joven, de corazón sencillo.

Tiene la cabeza cubierta con el capuchón

del hábito café de los Carmelitas

Descalzos. No se sabe si está despierto

o dormido, no se le ve el rostro. Permanece

tan quieto que parece otro más

de los iconos del templo. Ni la misma

presencia que tiene a su lado lo saca de

su misticismo.

El hombre que está a su lado, permanece

de pie. Ninguno de los dos se

atreve a decir algo. El hombre de pie

es un señor de entre cincuenta y sesenta

años. Su rostro tiene rasgos inconfundibles

del sufrimiento del alma.

La inclinación de su espalda no es por

la edad, es por su derrota. Sufre de alcoholismo,

enfermedad que llevó a la

tumba a su primera esposa y lo ha alejado

de la segunda, una mujer joven de

treinta y dos años.

Sólo ellos dos están en el santo

recinto.

—Necesito de confesión —por fin se

atreve a romper el silencio el hombre

de pie.

El sacerdote no se mueve, pareciera

que no escucha.

—Quiero confesarme —repite el hombre.

El clérigo sigue sin moverse. El hombre

ya no habla, agacha la cabeza haciendo

más trágica su derrota.

—No hay sacerdotes para confesarte —finalmente

pronuncia el fraile con voz profunda.

—¡No quiero otro sacerdote! ¡Quiero

que tú me confieses! —contesta el feligrés,

ahogando la exclamación.

Otra vez el silencio. El hombre que

desea la confesión se cubre el rostro

con las manos en señal de desesperación

y se deja caer de hinojos. El tiempo

pasa y el silencio es flagelante.

—Yo no te puedo confesar.

—¿Por qué? ¿Acaso tú no eres

sacerdote?

—No te puedo confesar porque eres

mi padre.

—¡Por eso mismo, es necesario que

seas tú quien escuche mi confesión!

—Yo no puedo confesarte, no puedo

oír tus pecados porque eres mi familia.

—¡¿Qué no los preparan para confesar

a cualquiera que necesite del perdón

de Dios?!

El clérigo no contesta la pregunta.

Vuelve a su mutismo. El tiempo pasa y

el hombre no se levanta.

—¡Por piedad, confiésame!

—No hay sacerdotes, vuelve mañana.

—¡Mañana puede ser demasiado tarde,

me siento morir de la pena, confiésame,

no seas ingrato!

Como el hombre desesperado está

de rodillas, el sacerdote le dice: «reza el

Señor mío Jesucristo».

Con ansias, lo reza de corrido. El clérigo

agrega: «Dime tus pecados.» El

hombre tiene un brillo mortecino en

sus ojos.

—Acúsome de quitarle la vida a un hombre.

Y como el sacerdote no expresa ninguna

emoción ni emite preguntas, el

confeso repite.

127


—¡Ayer maté a un hombre!

—¿Por qué lo mataste? —dice el clérigo

con voz muy quedita, como si no

quisiera que alguien oyera.

—¡Lo encontré con mi esposa en mi

cama, haciendo actos que sólo corresponden

al marido!

—¿Ella lo consintió?

—¡Ni Dios lo quiera! ¡¿Cómo crees que

mi esposa lo iba a consentir, si ella es

una santa?!

—¿Le preguntaste a ella si lo hacía por

voluntad propia?

—¡No, no hacía falta!

—¿Conocías al hombre que mataste?

—¡No supe quién era! ¡Estaba a media

luz la recámara, disparé y salí corriendo!

¡No he vuelto desde ayer a mi hogar!

—¿Por qué no enfrentas las consecuencias

de tus actos?

—¡Tengo miedo de perder a mi esposa,

de pasar mis últimos años en la cárcel!

—¿No crees que fue en defensa

propia?

—¡Así lo creí en su momento, pero

ahora siento que voy a morir de la

pena! ¡Le quité la vida a un hombre!

—¿Y qué esperas de mí?

—¡Dame la absolución! ¡Pídele a Dios

que me perdone!

El cura no hace por levantar la mano

para absolverlo de su pecado, antes

bien, entra nuevamente en el misticismo

con el que lo había encontrado su

padre. El pecador se angustia y gruesas

gotas de sudor confundidas con lágri-

128


mas caen al piso. El sacerdote lo saca

de su angustia.

—Te voy a dar el perdón, pero tendrás

que hacer algo antes.

—¡Cualquier cosa, dime la penitencia

que tengo que hacer para alcanzar el

perdón de Dios!

El clérigo, con voz sepulcral dice:

«Tienes que perdonarme tú primero

para poder darte la absolución». El

hombre no entiende.

—¡¿Cuál es la penitencia qué debo

hacer?!

—Quiero tu perdón.

—¡Tú eres un sacerdote, no tienes pecados,

eres mi hijo y te conozco desde

siempre y sé lo bueno que eres, no tengo

nada que perdonarte!

El sacerdote vuelve a solicitar: «Quiero

tu perdón».

Ya en su mayor crisis de conciencia,

el pecador casi grita: «¡Te perdono de

todo lo que hayas hecho, te perdono

de corazón porque eres mi hijo!»

—Inclina la cabeza para darte la absolución

—dice el sacerdote— y gracias

por tu perdón… porque yo soy el hombre

al que tú le quitaste la vida, yo soy

el que te ofendí al caer en el pecado de

sucumbir a la tentación carnal y meterme

con tu mujer.

El angustiado hombre siente un escalofrío

que recorre toda su espalda

y antes de caer desmayado alcanza a

escuchar:

…te absuelvo de todos tus pecados.

129


130

LA TORRE

Por Roberto Omar Román


Marlene, te envío una tarjeta postal

de la torre, ¿recuerdas?, la

que contemplamos cierta tarde

en una página de Magazine Magic, en la

sala de espera del Dr. Fourman: la que

tanto te gustó que me pediste arrancar

la hoja para después pegarla en

tu recámara. Tal como suponías, tiene

más de setenta pisos; para ser exactos,

ochenta y cinco; lo sé porque aquí

vivo. No, no te sorprendas, te voy a explicar:

un día hallé al pie de la puerta

de mi casa un sobre estampado con un

burdo escudo medieval: una armadura

flanqueada por una espada y un cáliz.

Dentro del sobre venía una invitación–

pasaporte, por decirlo de algún modo,

a un viaje. El nombre del remitente y la

firma eran ilegibles; sin embargo, estaba

claramente marcada la dirección, la

fecha y la hora de salida del autobús en

un boleto.

El itinerario fue espléndido, reconocí

los lagos, las plazuelas, los kioscos

y las pirámides por donde tú y yo paseamos

alguna ocasión. Así las cosas,

cuando repentinamente divisé la torre,

me levanté de mi asiento y bajé apresurado

del autobús, con el consiguiente

espanto del chofer, que me soltó una

retahíla de augurios.

A un costado del herrumbroso portón

de la torre había una estrecha entrada

que daba a una escalera de piedra en

espiral. Subí. Cuando llegué al primer

piso, el vigilante, así se nombró, un

hombre encorvado, de ojos prudentes,

gelatinados por la vejez, me advirtió,

por bien mío, no subir al siguiente piso;

es más, me exigió, con su voz quebrada,

bajar de inmediato. Tú conoces mi

carácter rebelde; envalentonado por la

prohibición puse en su mano tres billetes

y lo ignoré. Me desplacé al siguiente

piso; no te imaginas mi sorpresa de encontrar

allí a otro octogenario vigilante,

quizás sólo un par de años menor al

primero, quien me palmeó el hombro

e invitó paternalmente a descender antes

de arrepentirme, pero volví a echar

mano del dinero, y acicateado por la

curiosidad alcancé el tercer piso. Mi

azoro se convirtió en incredulidad: el

tercer custodio era también muy viejo

y también me instó, menos enfático, a

desistir; le guiñé un ojo y repetí el cohecho.

Continué ascendiendo.

Supondrás mi desagrado de sobornar

viejos corrompidos, pero bien sabes

mi intrepidez es imbatible. Lo trascendente

de esta maniobra destaca en

el descubrimiento de que, conforme

ascendía al piso inmediato y repartía

menos dinero, descendía, por así decirlo,

la edad de los vigilantes. Y, en

esa misma proporción, menguaba su

interés en persuadirme a bajar. Para no

ser repetitivo con los hechos, te cuento

que, colgado en un muro del piso

ochenta y cinco, el último de la torre,

como ya te comenté, reconocí el escudo

medieval estampado en el sobre. Y,

en concordancia, el vigilante de este

piso, un hombre más o menos de mis

años, llevaba puesta una armadura, en

la mano derecha empuñaba una espada,

y en la izquierda sostenía un cáliz.

Él ya no me persuadió a bajar; por el

contrario, sonrió y me invitó a sentarme

en un diván turco idéntico al del

consultorio del Dr. Fourman. Después

de darle mi última moneda, me contó

la historia de la .torre. Palabras más,

palabras menos, te la refiero:

A la cumbre se acude por un llamado

o destino inaudito; nadie sabe cuál

es la importancia o razón de cuidarla,

pero quien arriba asume de inmediato

131


132

la responsabilidad de sustituir al vigilante

y permanecer aquí hasta la llegada

de un visitante. En este punto la trayectoria

se invierte, es decir el vigilante

sustituido da dinero al vigilante del

piso ochenta y cuatro para ocupar su

lugar y él hará lo mismo con el del piso

ochenta y tres, y así sucesivamente. De

esta manera, cuando un incauto, lo

digo por mí, llega al piso ochenta y cinco,

el vigilante del piso uno queda libre.

Ya para entonces, éste es un carcamán.

El dinero acumulado, producto de los

sobornos, tiene el noble propósito de

financiar la estancia de los vigilantes

liberados de esta abominable cadena,

en una digna casa de retiro.

Marlene querida, no te pido venir a

visitarme, pero si aún tienes interés en

casarte conmigo, recomienda a ochenta

y cinco hombres, a los que menos aprecies

en la vida, a escalar la torre. No te

imaginas lo incómodo de llevar puesta

la armadura y sujetar la espada y el cáliz.

Sigo confiando en tu amor, porque, aunque

a veces me atormenta el mal pensamiento,

me niego a creer que tú enviaste

el sobre medieval a la casa para deshacerte

de mí y casarte con Fourman, tu

psicoanalista, ¿o estoy equivocado?


133


134

QUIMERAS

Por Gabriela Santamaria Santiago


Keivón aprendió el arte de controlar

su mente, sus pensamientos y

sus sueños. Si una noche soñaba

con perros galácticos, podía, a su antojo,

volver a soñarlo la noche siguiente,

o cuantas quisiera. Lo que más repetía

como una película era el sueño de que

un tigre lo acompañaba en el camino

por el desierto y al sentarse a descansar

el tigre se volvía fuego y a través del

umbral se veía venir a una mujer que

lo besaba hasta sacarle el corazón. A

veces le gustaba soñar que casa noche

era una mujer distinta, hasta una noche

tuvo la curiosidad de verse besando

a un hombre. La idea no le era tan

cómoda, pero había algo en su ser que

quería probar con uno y otro hombre.

El joven Keivón también podía inducir

sus sueños. Así fue una pantera

negra, una serpiente, que paseaba por

el mismo desierto una y otra vez con

un amante distinto que salía del fuego.

Una noche soñó que volaba. Estaba en

la muralla de un alto castillo. Una horda

de soldados lo acosaba. Él se lanzó

al vacío. Abrió los brazos, y voló hasta

unas lejanas montañas. El placer fue

enorme. Nunca había experimentado

algo así. Indujo ese sueño durante

varias noches. Voló sobre los paisajes

más hermosos del mundo. Era una

sensación fascinante. Pero había algo

que ya no podía controlar la misma escena

del a persecución. El joven quería

volver a soñar que caminaba al lado de

algún animal exótico y que finalmente

acababa besando a uno de sus tantos

amantes. Le preocupaba ya no poder

soñar con sus placeres carnales. Hasta

que en un sueño en que los soldados

lo perseguían el joven se escondió entre

la lluviosa alborada bajo unos árboles

de fresno y alcanzo a escuchar

que aquel hombre que perseguían

era Jesús de Nazaret. En ese momento

Keivón vio su rostro reflejado en un

charco de agua y vio sus barbas y rostro

trigueño y sus ojos color avellana

con las pupilas dilatas por tal asombro.

Vio y tocó sus ropas desparpajadas y

no podía creer que ese hombre al que

perseguían era él. El hijo de Dios. Ahora

comprendía todo. La persecución a

diario, los vuelos, las transformaciones

en animales, aunque no le quedaba

claro la copulación con otros seres. En

el fondo le gustaba saber que él podía

controlar todo, no solo sus sueños.

Empezó a dormir más para prolongar

estas imágenes. Nunca se dejaba

atrapar escapaba, volaba y burlaba a

los soldados. La sensación placentera

de dominio era casi embriagante. Así

que cada vez Keivón comenzó a dormir

más. En lugar de acostarse a las diez, lo

hizo a las nueve, luego a las siete, por

último, decidió dormir de once de la

mañana hasta que poco a poco dormía

todo el día y la noche.

Despacio descendía al suelo, y despertaba.

Pero una vez pasó algo funesto.

Una tarde en la que volaba sobre el desierto,

vio a Jesús de Nazaret crucificado

junto con otros dos hombres. Entonces

cayó en cuenta de que era él. Vio su imagen

como esa vez en el charco. De pronto

se dio cuenta de que al volar no se veía

como un hombre. Era un ave. Un pájaro

feo. Una especie de buitre o cuervo. En

ese momento se fue acercando hasta la

cruz y vio aquel cuerpo ya sin vida. Lo

picoteó un par de veces para cerciorarse

de que ya no circulaba sangre por aquel

cuerpo. En la desesperación de ver que

el hombre en la cruz no daba señales de

vida. Comenzó a picarle los ojos con su

gran pico. Una gran mancha roja salía

135


por las pupilas. Escurría ríos de sangre

por el desierto. Todo estaba en calma,

en soledad. No había hombres, no había

vida. Keivón tocó tierra en un gran

desierto. A pesar del sol no tenía sed ni

calor pues estaba totalmente muerto. De

pronto vio su propio rostro cadavérico y

carcomido. Intentó alzar el vuelo. Pero

ya no pudo hacerlo nunca más. El joven

Keivón se quedó atrapado en sus propios

sueños. Ya no dormía, no soñaba ni que

era hombre, pájaro o Dios.

136


137


138

DE PROMESAS

Y DECISIONES

MORALES

Un análisis

de Carolina Piña


Me había puesto un vestido horrible,

elegido por mi madre, para

estar presentable para la familia

del futuro marido de mi hermana… Así

comienza «Promesa», una novela corta

de la autora española Juss Kadar, publicada

en el año 2015, que si bien podría

entrar en el género chick-lit me atrevo a

clasificarla como una novela que hereda

la narrativa realista española.

En esta novela, Sigrid, el personaje

principal, nos narra la historia de todos

los preparativos de la boda de Jena, su

hermana, con Asier; aunque el punto

medular comienza cuando Sigrid le

propone a su futuro cuñado brindarle

una despedida de soltero de por lo menos

un año (el tiempo que transcurre

entre la primera vez que Sigrid y Asier

se conocen hasta el día de la boda), sin

que Jena se entere, por supuesto.

La novela se desarrolla enteramente

en España, sin especificar en qué

ciudad, aunque si el lector es lo suficientemente

despierto podrá identificar

las pistas dejadas durante toda la

novela que le ayudarán a identificar a

que ciudad hace referencia. La noche

es uno de los primeros elementos que

más destacan en esta novela, principalmente

como una representación de

la melancolía y tristeza que todos los

personajes reflejan y que crece exponencialmente

durante el desarrollo de

la trama.

Los personajes no son los típicos que

cualquier novela chick-lit muestra, todos

están perfectamente ubicados en

un umbral más allá del bien y el mal

pues las principales decisiones que deben

de tomar, en la mayoría de los casos,

representan un dilema moral que

puede abordarse de distintas maneras

y que no necesariamente puede considerarse

como «correcto» por la mayoría

de los lectores.

Retomando lo mencionado anteriormente,

me atrevo a clasificar a «Promesa»

como una novela de corte realista

con tintes de chick-lit por la manera en

como describe las relaciones interpersonales

entre todos los personajes: en

esta novela los valores tradicionalistas

se enfrentan a situaciones inesperadas

y, como podrían incluso denominarlas

las personas más conservadoras, inmorales

y sucias. Pero su argumento

va más allá de una simple infidelidad y

carencia de moral.

Tomemos, como primer ejemplo, a

Sigrid. Ella es el arquetipo de la mujer

española actual: independiente, firme

y capaz, aunque llena de una innumerable

cantidad de dudas e inseguridades

que no le permiten enfrentarse

como ella quisiera a los problemas que

cree tener, por muy sencillos que puedan

ser. Se debe de tomar en cuenta

que, pese a lo inmoral de la propuesta

que realiza a Asier, ella no lo hace porque

carezca de valores o respeto hacia

su hermana, en realidad es todo lo

contrario: en los capítulos finales de la

novela descubrimos que Jena, con tal

de comprobar que el amor que Asier

dice sentir por ella es verdadero, le

pide a Sigrid que le prometa que intentará

seducirlo para conocer la reacción

que él pueda tener. Entonces, lo que

Sigrid hace es un acto de amor hacia

su hermana; es el máximo sacrificio

que cualquier persona puede hacer por

cualquier otra persona, ya que pone en

juego su honra y su moral para poder

«ayudar» a su hermana.

Jena, por supuesto, es la antítesis de

Sigrid. Ella representa los valores más

conservadores de la sociedad españo-

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la: es una mujer recta y sumisa, a pesar

de tener un empleo está dedicada por

completo a su futura pareja y a su hogar.

También representa el compromiso que

otrora existía en las relaciones de pareja,

no obstante refleja también el temor,

la inseguridad y los celos que cualquier

persona puede desarrollar hacia su pareja

cuando hay falta de confianza.

¿Qué hay de Asier? Con él, o mejor

dicho, con su presencia se desarrollan

los elementos Chick-lit. En esta novela,

Asier, a primera vista, representa el

hombre soñado para cualquier mujer:

un hombre de mundo, atento, caballeroso,

de buen ver, inteligente, y con la

capacidad de hacer sentir como una

dama a cualquier mujer… ¿Pero esos

son todos los elementos que este personaje

principal tiene que brindarnos?

No, en realidad se desentrañan muchas

más sorpresas conforme la novela

avanza y revela lo astutos y un tanto

maquiavélicos que los hombres pueden

ser. Todo indica que Asier cae en

el juego que Sigrid y Jena le tienen preparado

y, aunque renuente al principio,

acepta la propuesta que Sigrid le ofrece,

enamorando a Sigrid en el proceso

y él también enamorándose de ella.

Todo el engaño, si se le puede llamar

de alguna forma, se viene abajo cuando

la culpa invade a Sigrid y le confiesa

a su hermana que tuvo relaciones con

Asier, y no sólo una vez, y todo empeora

cuando Asier confiesa a Sigrid que

él tenía pleno conocimiento de la promesa

que las hermanas habían hecho.

Nunca se aclara a detalle cómo es que

Asier sabía de esto, pero lo que sí se

dice es que él lo sabía desde el principio

de la novela, y sólo había aceptado

seguir el juego para descubrir hasta

qué punto eran capaces de llegar am-

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as hermanas y, de cierto modo, poder

tomar venganza por la desconfianza

que Jena había tenido hacia él.

La familia, principalmente la familia

de Sigrid, es uno de los eslabones que

plantan la novela y que dan firmeza al

argumento: la madre es una mujer devota

de su familia, la cual trata siempre

de mediar los problemas y sinsabores

que se dan principalmente entre sus

hijas; ella las ama por igual y sin condición,

aunque tiene a demostrar una

ligera preferencia por Jena, ya que es el

vivo reflejo de los valores que ella representa.

Por otro lado, tenemos a su padre,

un hombre que bien podría describirse

como un «Homero Simpson» español.

No precisamente porque sea un «cateto»,

sino por la gran que parece demostrar

ante los problemas que lo rodean;

no por nada la mayoría de las escenas

en las cuales aparece se le ve sentado

en el sillón, a medio vestir, mirando la

televisión sin prestar atención a lo que

se desarrolla alrededor de él.

Todo esto nos remite a una sola

pregunta: ¿Era necesario realizar esta

«prueba de amor» para comprobar que

Asier no le era infiel?

Desde el punto de vista argumental, sí,

sí era necesario. Pues como ya lo había

mencionado, es el punto medular del

argumento de toda la novela. No obstante,

aquí es donde entra en juego la

moral del lector y es uno de los elementos

más destacables en esta obra. ¿Qué

hubiera hecho yo, como lector, si me hubiese

encontrado en la situación con la

que los personajes se encontraron?

Sigrid, por mucho amor que sintiese

hacia su hermana, tuvo la oportunidad de

negarse por completo a participar en esta

serie de eventos que sólo la llevaron a replantearse

su visión de la vida y del amor;

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no sólo lastimó a su hermana al haber ido

más allá de lo acordado en la promesa,

entregó su corazón por completo en una

empresa que desde un principio tenía

perdida. Jugó también con Asier, a quien,

desde el punto de vista más conservador,

hubiésemos podido considerar como una

víctima en el juego de celos e inseguridad

que Jena había planeado. Pero lo más importante,

jugó con su propio corazón y con

su propia estabilidad al haber aceptado

algo que, desde el principio, sabía que no

iba a poder controlar y que terminaría estallándole

en el rostro en algún momento.

Jena, por otra parte, tuvo la oportunidad

de hablar con Asier acerca de sus

inseguridades y sus temores, los cuales

podemos considerar normales frente a

la estresante situación que representa

una boda. Dependiendo del punto de

vista del lector estas acciones pueden

ser reprobables o pueden considerarse

valientes; es bien sabido que el ser

humano siempre busca corroborar, a

veces sin importar las consecuencias,

todo aquello que le es incierto.

Asier no queda exento de estas decisiones

morales. Él también tuvo la oportunidad

de hablar con Jena una vez enterado

de la dichosa promesa que Sigrid

y Jena habían hecho, y aliviar su temor

e inseguridad para fortalecer la confianza

y el amor que, se supone, tendría

que existir en ellos. También pudo no

haber aceptado la propuesta de Sigrid,

por muy difícil que hubiese sido para el

hombre promedio evitar ser presa del

deseo carnal y la fuerte necesidad de

una aventura antes de «sentar cabeza»,

y resolver los problemas como el caballero

que aparentaba ser.

Pero, ¿qué hubiese sido de la novela si

se hubiesen seguido los estándares morales

que nos rigen en este momento?

Lo mencionado anteriormente son

sólo un ejemplo de como la interpretación

individual de la moral puede

afectar la perspectiva de esta novela.

Muchos podrán estar de acuerdo con

las acciones plasmadas en ella, otros

podrían aceptar como «correctos» los

ejemplos anteriores, y también habrá

quien piense en maneras más elaboradas

de abordar estos problemas.

Aquí es donde entra la habilidad que

la autora posee para plasmar su historia;

ninguna de las situaciones que los

personajes atraviesan queda abierta a

interpretaciones y aun así se le concede

al lector la atribución de juzgar, con la

balanza moral que cada persona pose,

lo que hubiese creído más conveniente.

«Promesa», en resumen, es una novela

que no debe ser ignorada y que

gracias a su corta longitud, se puede

disfrutar acompañada de una taza de

café en una tarde lluviosa de verano. Y,

aunque es sólo la primera de tres novelas

que componen la serie «Promesas»

(siendo «Insidia» y «Lealtad» las

siguientes novelas), Si quieres leer el

libro, puedes descargarlo gratis en formato

digital. También puedes pasarte

por el blog de Juss Kadar a saludarla.

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FUGITIVO

Por David Saade


Miró a su alrededor, el bar estaba

silencioso, como todos en los

que había estado los últimos

años mientras escapaba de la ley. No

estaba muy seguro si escapaba de una

locura imaginaria, o más bien de una

demencia perversa y real.

Escrudiñando con su mirada nuevamente

aquel antro, notó algo interesante.

En todos los bares de mala

muerte que rondaba, parecía haber

un patrón que se repetía: una camarera

que seguramente ofrecía éxtasis

corporal y químico ambos uno por un

módico precio. Luego algún borracho

tirado, y finalmente una tele que no

tenía señal.

Lo llamativo en este lugar, era el tipo

de saco marrón y sombrero, que estaba

sobra la barra no solo bebiendo, sino

también dibujando. El fugitivo pudo ir

a curiosear, pero entonces el bar pasó

del silencio al vacío. Esa era una de las

cosas que habían logrado el hombre

se considere fugitivo. El vacío consistía,

en un retorcido momento del tiempo y

el espacio, donde el ambiente parecía

congelarse, la sensación era como estar

cayendo por un agujero infinito con

el sonido de un extraño eco proveniente

de la oscuridad.

La última vez que el tiempo volvió a

la normalidad luego del vació tenía varios

cadáveres a su alrededor. Esta vez

no intentó huir. Cerró los ojos y decidió

esperar su destino, pero nada sucedió,

luego del vacío todo estaba normal. La

camarera seguía en su lugar, el hombre

de saco seguía dibujando, lo único

similar a un cadáver era un borracho

tumbado junto a la mesa de pool.

Una vez más estaba por curiosear

al hombre que dibujaba, pero nuevamente

su intención fue interrumpida.

Su instinto hizo que mirase hacia la

ventana y ahí estaba eso tan terrible.

Algo sin rostro pero que lo miraba fijamente,

ojos invisibles que penetraban

como dagas. Definitivamente el terror

radicaba en la capacidad de pregnancia

de esa masa blanca, para cualquier

otro seria como ver un maniquí, pero él

podía sentir la maldad, viniendo de ese

rostro vacío, y no era el único, venían

más en camino.

Quiso advertir a los ocupantes del bar

que huyan, pero su mandíbula desencajada

no emitió sonido alguno. Atravesó

rápidamente la puerta, sabiendo que

podrían detenerlo en un instante, pero

no tenía otra posibilidad. Al salir del bar

pasó junto al extraño ser, pero este no

hizo nada más que quedarse mirándolo.

Les gustaba torturarlo, esto era obvio, lo

supo cuando luego de voltear un instante

durante su escape, vio a los demás,

también mirándolo fijamente. Uniformados

azules que parecían garabatos

demoniacos cobrando vida, blandían

sus garrotes, les encantaba golpear,

aunque también propinaban patadas,

el fugitivo recordaba esto cada vez que

tosía sangre. La tortura había durado ya

10 años, y siempre acababan encontrándolo.

Aunque no había salido del país

sabía que no tenía donde esconderse,

y su orgullo no le permitía suicidarse.

Esta noche parecía especial, sentía un

cambio en el juego, no podía dejar de

pensar en el hombre dibujando, algo en

el universo estaba alterado, algo quizá

le daba indicios de una posibilidad de

escapar, esta idea se acentuó más cuando

pudo despistarlos entrando por un

callejón y escondiéndose en un contenedor

de basura.

Allí entre la inmundicia pudo tener

algo de paz y reflexionar. ¿Cómo empe-

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zó todo? Lo más malo que recordaba

haber hecho era molestar a otros en

la secundaria, pero esto lo hacían muchos,

millones de personas en todo el

mundo. ¿Y si no era el único? Mientras

pensaba en su pasado estuvo a punto

de hacer una asombrosa conexión…

Pero una risa enfermiza puso su mente

en blanco. Nadie puede escapar de la

policía del karma decía la voz y volvía

a reír. En ese momento espero que la

tapa se abra y lo fuercen a Salir para

darle una paliza mortal, pero nada

pasó. Lentamente salió del contenedor,

y descubrió que la voz provenía de un

mendigo recostado en su cama de cartones.

No llego a decirle nada, no tuvo

tiempo ya que segundos después de

ver ese rostro huyó despavorido. El vagabundo

Lucía como aplastado por los

golpes, con la nariz torcida hacia un

lado, y una cavidad vacía donde antes

había un ojo. Entonces no era el único,

ahora estaba seguro, pero ¿Quién era

ese desgraciado? No podía ser de su

edad, aparentaba ser más viejo.

Nadie en el lugar del fugitivo, hubiera

querido volver al bar, pero por extraño

que parezca, sintió piedad por los que

allí estaban, quería ver si la llamada

policía del karma los había asesinado

para culparlo nuevamente. Corrió como

si lo persiguieran, pero nadie estaba detrás

de él. Cuando finalmente llegó, su

corazón dio un vuelco. No había nadie.

Jarras vacías, cigarrillos apagados. Incluso

el dibujante había desaparecido

dejando en su lugar un viejo cuaderno.

¿Sería una trampa? ¿Ya se llevaron los

cadáveres? Entonces como contestando

sus dudas, del baño del lugar emergió

aquel extraño dibujante, haciendo caso

omiso del fugitivo con expresión horrida

en la entrada, se inculco nuevamente a

la tarea de seguir dibujando.

De nuevo, y por última vez, no pudo

ir a mirar que estaba dibujando, pues

el vació nuevamente comenzó. Esta

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vez fijó su mirada en el dibujante de tal

manera que pareció no sentir cuando

la policía del karma entro por la puerta,

y tirándolo al piso comenzaron a

golpearlo. Cayó de costado, de manera

que pudo seguir observando al dibujante.

Cada golpe parecía evocar un

lejano recuerdo.

Patada a las costillas – Ahí estaba ese

niño raro en el colegio.

¿Pero por qué se acordaba de el?

Pisotón que destrozó su mano – Vamos

a empujarlo.

Golpes de garrote que dañaban su pulmones

– Tosió sangre y se acordó, vamos

a golpearlo por tener buenas notas.

Nuevamente una patada, logró que

una costilla le perfore un pulmón – ¡Pongan

la rata en su mochila!

Más brutales mazazos que le rompieron

ambos brazos – Vamos a dejarlo

perdido en el bosque

Una fuerte bota se estampó contra

su rostro dejando su mejilla como una

masa blanda – Dicen que ya no es el

mismo, creo que perdió la razón, ahora

se la pasa todo el día… se la pasa…

La frase fue completada por el extraño

de la barra.

¿Dibujando? Dijo riendo luego de ponerse

de pie, arrancar la hoja de su cuaderno

y arrojarla hacia el moribundo.

Ahora sí, lo que con ansias había

querido saber hace mucho, ahora estaba

ante su deformado rostro.

Cualquiera diría que durante sus últimos

segundos de vida el fugitivo vio

cumplido un caprichoso y absurdo anhelo

olvidado, ver que dibujaba el ahora

ya no extraño de saco Marrón. Pero

aquel garabato que le dio la última

expresión de su vida, no fue sorpresa,

sino algo peor, un rictus deformado de

una expresión de terror absoluto.

En la hoja había algo simple, un garabato

infantil, un ser desproporcionado

pintado de azul, sin rostro que portaba

un garrote en sus manos.

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El

miniaturista

de Ispahán

Por Esther Domínguez Soto


Desde niño, Yusuf había admirado

los grandes murales de los pintores

persas antiguos pero él era

meticuloso y concienzudo, por eso decidió

dedicarse a las miniaturas. Ahí era

donde podía concentrar todas sus cualidades

pictóricas. Y había elegido bien

porque sus pinturas eran deliciosas,

llenas de pequeños detallitos que las

hacían únicas. Se ganaba bien la vida

ilustrando álbumes y libros con escenas

de batallas para sus clientes ricos

y dedicaba la noche a su pasión: pintar

retratos. Era una actividad peligrosa ya

que, como musulmán, tenía prohibida

la representación de la figura humana

pero no podía evitar recrear en su trabajo

las escenas que había visto en los

zocos, cerca de la mezquita de su barrio

o en los caravansares a las afueras

de la ciudad. Ispahán era un lugar bullicioso,

cosmopolita, perfecto para un

pintor y Yusuf disfrutaba recreando las

vidas de sus vecinos.

Una noche estaba muy cansado tras

un largo paseo. Pero no quiso renunciar

a su plasmar unas imágenes que

todavía tenía frescas en la memoria

de una mujer, gruesa y ya mayor, regateando

con un carnicero el precio de

una cabeza de cordero. Así que, encendió

una vela, se sentó ante su mesa y

tomó un pincelito. Empezó a trabajar

con su habilidad habitual. La llamita

de la vela comenzó a moverse como

una bailarina, dirigiendo su luz de un

extremo a otro del cuarto. Yusuf miró

alrededor, buscando una corriente de

aire. Pero la única ventana estaba tapada

con una cortinilla y ésta no se movía.

Hizo un gesto de sorpresa pero, como

la llama volvió a su posición habitual,

prosiguió su tarea. Cuando terminó,

miró la pintura con gesto extrañado.

El ama de casa se había transformado

en una bella mujer joven, de piel morena,

de grandes ojos, cuello esbelto

y una invitadora sonrisa. A su lado, en

vez del carnicero mal encarado, que

sostenía un enorme cuchillo, había un

hombre joven, delgado, con un pincel

en la mano. Yusuf se reconoció en

aquel hombre. Era él, no le cabía la menor

duda. Pero, ¿quién era la mujer? La

miró con detenimiento pues no recordaba

haberla visto en su vida. Y menos

haberla pintado. ¿Qué estaba pasando

allí? Contempló el dibujo durante más

de una hora pero no paso nada. Se

acostó, intrigado y, a pesar del cansancio,

tardó en dormirse.

A la mañana siguiente, corrió a examinar

la miniatura y se quedó helado.

El rostro de la mujer había cambiado

de una forma sutil pero evidente. La

sonrisa tenía un toque de ¿picardía,

maldad? Los ojos ya no eran inocentes.

Tenían un brillo invitador y atemorizador

al mismo tiempo. Yusuf no sabía

cómo definir el cambio. Ahora la mujer

era mucho más atractiva que la noche

anterior si bien una cierta sensación

de peligro se había incorporado al retrato.

Yusuf sintió que su corazón latía

con más fuerza cada vez que sus ojos

se fijaban en el rostro de la desconocida

y tuvo que reconocer que se sentía

atraído por aquel rostro desconocido.

Intentó continuar su trabajo pero fue

incapaz de tomar el pincel. Estaba demasiado

preocupado con sus propios

sentimientos para pintar con su habitual

habilidad.

A la mañana siguiente, los cambios

operados en la miniatura lo dejaron

sin aliento. La mujer seguía sonriendo,

ahora con gesto abiertamente incitador

y malévolo, al tiempo que una

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sombra –como una sábana carmesí –se

cernía sobre el hombre que la contemplaba.

Yusuf cogió la pintura y sintió

que el papel estaba tan caliente que le

quemó la mano. La soltó y se alejó de

ella aún sabiendo que de nada serviría

huir de los ojos hipnóticos de aquella

desconocida. Para sus adentros, sabía

que aquella miniatura traería su desgracia

sin que él pudiera evitarlo.

Y los cambios no se detenían. En menos

de tres días, la miniatura llegó a convertirse

en una pesadilla con vida propia

que amenazaba su cordura. Yusuf intentó

quemarla pero, para su sorpresa, el

papel se resistió a convertirse en cenizas.

Tampoco sirvió de nada rasgarlo o mancharlo.

Los trozos se unían y las manchas

desaparecían para volver a formar la imagen

de la maligna mujer y el hombre –él

mismo –casi oculto bajo aquella sombra

rojiza –su atracción por la mujer –que no

paraba de crecer. Yusuf había abandonado

el trabajo. No podía concentrarse.

Como en la miniatura, su amor por aquella

mujer lo cubría hasta envolverlo totalmente.

Vivir se había convertido en una

tarea irrealizable ya que sabía que nunca

podría poseerla. Después de pensarlo

mucho, Yusuf se rindió ante la evidencia

y decidió terminar con aquella pesadilla.

Se dirigió a la cabaña de un anciano san-

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tón muy respetado en toda la región. Allí,

contó sus pesares mientras el anciano

escuchaba en silencio, la mirada perdida

y la respiración pesada. Cuando Yusuf calló,

el santón tomó la palabra.

—Siento decirte, hijo mío, que has

caído en las garras de Alouqua, una

diablesa que tiene como objetivo conducir

a los hombres al suicidio tras someterlos

a una tensión insoportable.

Yusuf se postró ante el santón—.

¿Cómo puedo librarme de ese ser inmundo

del que, siento reconocer, me

he enamorado locamente?

—Me temo que has de aceptar lo que

el Destino te ha deparado. Como todos

los seres infernales, Alouqua es atractiva;

su belleza es un imán que nos arrastra

hasta las zonas oscuras de las que,

me temo, es muy difícil regresar.

—¿No hay esperanza para mí? —preguntó

el miniaturista con un hilo de voz.

El santón negó con la cabeza. Yusuf

se levantó y regresó a la ciudad. No

llegó a su casa. Buscó en las aguas del

río Zayandeh la tranquilidad que el

destino le estaba negando. Cuando sus

vecinos entraron en su casa, encontraron

su último trabajo sobre su humilde

mesa de trabajo, una miniatura de una

mujer gruesa discutiendo con un carnicero

por una cabeza de cordero.

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NOCHE DE

CHICAS

Por Gabriel Bevilaqua


Son las nueve. Ana tendría que estar

ahora cenando con sus amigas

y no en el living de su casa. Pero

Claudia, Mónica y Cintia se la pasan hablando

de sus novios. «¡Por favor!», bufa,

y se arrellana en el sofá. Luego toma un

sorbo de té helado, enciende la televisión

y recorre parsimoniosamente los

canales de cine. «Romántica…, romántica…,

romántica…», bosteza, pero no

se da por vencida. Al cabo encuentra

algo como la gente. Una de terror.

La actriz que aparece en primer plano

tiene la típica carita inocente de la chica

a la cual le van a suceder mil cosas. Por

lo pronto corre como una desquiciada.

«Debe estar huyendo de las pláticas de

sus amigas», piensa Ana, y mordisquea

una galletita. La presunta protagonista

llega ante una puerta y golpea. Casi al

mismo tiempo golpean a la puerta de

Ana. Ana se levanta y abre.

—¿Qué desea…? —alcanza a decir antes

de que una mujer le dé un empujón,

entre y cierre la puerta con llave.

La cara de la intrusa le resulta familiar.

Mira la tele y se sorprende al descubrir

que es la actriz de la película, pero

se sorprende aún mucho más al verse a

sí misma como quien acaba de abrir la

puerta en la pantalla.

—No estamos a salvo… me persigue un

loco asesino… —dice la mujer, y tomándola a

Ana por los brazos, añade—: ¿Tenés teléfono?

—Sí —responde Ana, y le señala la

mesita esquinera.

La actriz marca el 011, y a la vez que

exclama «¡No atiende nadie!», embisten

salvajemente contra la puerta. Ana

tiembla y comprueba que su yo cinematográfico

también tiembla.

—Si vamos a morir juntas, mejor nos

presentamos: soy Karen —dice la perseguida

y le tiende la mano.

Los golpes a la puerta se congregan

en la cabeza de Ana como un nudo de

truenos. Para colmo advierte que en la

tele las bisagras comienzan a ceder. Entonces

le estrecha la mano a Karen y la

arrastra hacia la cocina.

—Ana, me llamo Ana —dice, y abre el

primer cajón de la mesada.

Saca una cuchilla y un hacha de cocina.

Ella se queda con el hacha y le facilita la

cuchilla a Karen. Luego se colocan a ambos

lados de la puerta. Por unos instantes

se estudian, hasta que Ana le espeta:

—¿Cuál es tu verdadero nombre?

—Karen, ya te dije.

—Me refiero a tu nombre en la vida

real, no al de tu personaje.

—No entiendo…

Ana desiste. «Ya habrá tiempo para

que aclare las cosas», piensa, y, acto

seguido, se pregunta qué hubiera pasado

si hubiese puesto la pausa antes de

abrir la puerta. La idea de haber podido

contemplar a la otra pausada, con

los nudillos golpeando el aire, la divierte.

Pero la idea subsiguiente que le

nace no le parece tan simpática. Quizás

ella misma se hubiese quedado pausada,

con el control remoto en la mano,

como una suerte de estatua en homenaje

al susodicho aparatito.

—¡Mirá en la que te he metido! —

Karen la saca de sus pensamientos—.

¡Perdoname!

La película que estaba mirando era

tan mala, que aun esto me resulta mejor

—le responde Ana.

Y de repente ambas se estremecen al

escuchar los infames golpes a la puerta

de la cocina.

—¡Ésta no va a resistir tanto como la

de la calle! —exclama Ana.

Karen asiente y se pasa la cuchilla

de una mano a la otra. Entretanto Ana

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observa su propio reflejo en el hacha y

piensa que lucía francamente bien en

la pantalla. Incluso mejor que Karen.

Entonces un nuevo golpe hace saltar

con violencia la cerradura y el lunático

entra. «¡Qué desilusión! —piensa Ana—.

Me lo imaginaba mucho más corpulento,

de facciones angulosas y dueño de

una mirada animal.»

El tipo arroja al piso a Ana de un

empujón y confronta a Karen. Karen

se mueve como un felino, esquivando

el cuchillo de su atacante, a la vez que

contraataca con una fiereza inusitada.

Así salen de la cocina. Ana se pone de

pie y los sigue. Cada uno sujeta ahora

los brazos del otro y trata de desarmarlo.

En la tele la escena se duplica. Y es

en la tele donde Ana observa como

Karen desembaraza su brazo armado y

apuñala al agresor. Una y otra vez. Entonces

Ana corre hacia ella y le atenaza

la muñeca.

—¡Basta! —le dice.

Y procura detener la sangre del moribundo

con un retazo de su vestido. El

tipo balbucea y Ana acerca el oído.

—¡Cuidado! —le oye decir—. Es una

psicópata.

Ana levanta la vista y ve cómo Karen

lame la sangre de la cuchilla. En la tele

se suceden los primeros planos, tensos,

tanto de ella como de Karen. Cuando

el hombre expira, la cámara, a ras del

piso, se centra unos instantes en él. Y

se ven las piernas de ambas mujeres a

un lado y al otro del difunto. Las piernas

se mueven, se acercan, se entrelazan.

Hasta que unas gotas de sangre

comienzan a manchar el rostro del

hombre. Ana sólo siente la cuchillada

cuando mira de refilón la tele. Anda

unos pasos y se sienta en el sofá. Karen

vuelve a lamer la sangre de la cuchilla.

—Deliciosa —dice, y se abalanza sobre

Ana.

Pero Ana empuña el control remoto y

apaga la televisión. La cuchilla cae justo

a su lado. Se está desangrando y no tiene

fuerzas ni para ir hasta el teléfono. No

obstante logra alcanzar el vaso y sorber

un poco del té helado. Y piensa, sólo por

un momento, que mejor hubiera sido

pasar otra noche de chicas oyendo a

sus amigas parlotear sobre sus novios.

Luego sonríe. De lo único que verdaderamente

se lamenta es de no haber visto

si su nombre aparecía en los créditos.

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LA IGLESIA

DEL DIOS

MUERTO

(CAPÍTULO 1)

Por José Luis Vázquez


La lluvia resonaba al chocar con los

amplios ventanales del departamento.

A pesar de estar en el tercer

piso, las luces de las patrullas y las ambulancias

se reflejaban en cada uno de

los muros de la amplia habitación. La

alfombra gris, que cubría todo el piso,

estaba bañada casi en su totalidad por

la sangre que escurría de la robusta

mesa de caoba. Los policías entraban

y salían de la habitación, algunos de

ellos tomando fotografías del lugar y

otros revisando a detalle cada uno de

los rincones del lugar. Claudia Guzmán

no pudo contener las náuseas que

aquella escena le causaban, y no tuvo

más remedio que vomitar encima de

uno de los blancos sillones de piel que

estaban al final del salón. Julio Bernal

y Jaime Ugalde observaban con atención

el cuerpo de la joven que yacía sobre

la mesa: morena y completamente

desnuda; una profunda herida recorría

su vientre desde su esternón hasta su

entrepierna, mostrando un hueco en

donde se supone que sus órganos internos

deberían estar. La cabeza de la

joven reposaba boca abajo sobre sus

senos, y sus brazos, desprendidos desde

los hombros, reposaban acomodados

en donde se supone tendría que estar

la cabeza de la joven, formando una

equis; no obstante, todos los dedos de

las manos habían sido cercenados.

Julio observó con atención el cuerpo,

ante la mirada atenta de los demás

policías, quienes los observaban con

cierto recelo pero sin impedirle ninguna

acción. Después hizo una seña con

su mano izquierda sin intentar voltear,

pasaron unos segundos y, de nueva

cuenta, volvió a realizar la seña.

—Claudia, la cámara —exclamó Julio

con voz suave, tanto él como Jaime se

giraron para buscar a Claudia, quien

estaba sentada junto a su vómito en el

sillón, limpiando su boca con un pañuelo

negro—. Por favor... —Claudia levantó

la mirada y después de unos segundos

reaccionó, se retiró la Polaroid que colgaba

de su cuello, pero antes de que

ella se levantara, Julio se acercó y tomó

la cámara de sus manos. Después se inclinó

y le susurró al odio—: Si te sientes

muy mal sería mejor que salieras. Espérame

en el coche.

—¡Deja de chingar, cabrón! Estoy bien —respondió

Claudia, tras un fuerte resoplido—. Tú

a lo que estás, y déjame a mí en paz.

Julio caminó de nueva cuenta hacia

la mesa, acomodó la cámara y tomó

una fotografía del cuerpo completo. De

inmediato, la cámara escupió la instantánea

tras un sonido mecanizado. Julio

extendió la mano a Jaime para que

este la sostuviera, pero, antes de que

Jaime pudiera tomarla, Claudia la sostuvo

con rapidez. Jaime le dio una ligera

palmada en la espalda a Claudia, a lo

que ella no reaccionó de forma alguna.

Después, Julio continuó tomando fotografías

desde diferentes ángulos, mientras

Claudia caminaba tras de él.

—Esta es la última —dijo Julio, mientras

abanicaba la instantánea con la

mano derecha.

—Más te vale, idiota. Me hubieras avisado

que veríamos esto, así hubiera

estado preparada… —refunfuñó Claudia,

mientras daba la espalda al cuerpo

sobre la mesa.

—Ese error fue mío, no de Julio. Lo

lamento —exclamó Jaime mientras se

acercaba a ambos, ella le soltó un fuerte

manotazo en el pecho, el cual soportó

sin moverse.

—¡Pues para la próxima avisa, chingada

madre!

157


—Tranquila —intervino Julio—. Mejor

salgamos de aquí, así dejamos trabajar

a tu gente tranquilamente y nos explicas

a detalle la situación —Jaime asintió sin

decir una palabra y permitió el paso a

Julio y a Claudia. Ellos caminaron hacia

la puerta principal del departamento,

mientras Jaime se detuvo a dar diversas

indicaciones. Él ya no usaba ningún uniforme,

ahora vestía de una manera más

formal; zapatos de piel negra perfectamente

boleados y limpios que hacían

juego con la hebilla plateada de su cinturón

y su abrigo negro, mientras que

una holgada camisa de color vino y un

pantalón elegante gris terminaban su

conjunto. Claudia y Julio salieron por

la puerta principal teniendo cuidado de

no empujar a ninguno de los policías ni

peritos que llevaban a cabo sus labores.

El pasillo, iluminado de forma tenue por

algunas lámparas de halógeno a punto

de fundirse, también estaba lleno de

policías. EL sonido de los periodistas

intentando entrar al lugar se hacía más

fuerte con cada paso que daban para salir

del pasillo. Claudia seguía limpiando

su boca mientras caminaban, mientras

que Julio la miraba de reojo, y después,

con un movimiento seco, la detuvo antes

de llegar a las escaleras.

—Vamos a esperar a Jaime aquí —pidió

Julio. Claudia asintió y, en una reacción

involuntaria, se agachó y vomitó

nuevamente. Julio se acercó y le sostuvo

el cabello, mientras que los policías

observaban entre risas el momento.

Claudia, después de unos momentos,

se incorporó y nuevamente se limpió

los labios con el pañuelo.

—Puta madre, yo no tenía ninguna

necesidad de ver esto.

—Tú fuiste la que quiso venir. Si hubieras

dejado que viniera Aurora...

158


—Ya cállate, animal. Y mejor vámonos

antes de que se nos haga tarde —exclamó

Claudia, mientras observaba a los policías

riendo entre dientes—. ¡Y ustedes de que

se ríen, bola de pendejos? ¡Órale, pinches

muertos de hambre, a trabajar, que para

eso les pagan! —Claudia trató de caminar

hacia los policías, que habían dejado de

reír, pero Julio la detuvo tomándola del

brazo. En ese momento Jaime salió por

la puerta del departamento y el grupo de

policías continuó con sus labores al verlo.

Jaime caminó de forma apresurada hasta

Julio y Claudia—. ¿Y bien? ¿Ya puedes decirnos

que chingados pasó ahí?

—Yo no lo sé, por eso están ustedes

aquí —respondió Jaime, mientras Julio

encendía un cigarrillo, Claudia mostró

una mueca de hastío.

—¿Y qué pistas tienen al respecto? —preguntó

Julio, exhalando por la nariz el humo.

—No tenemos nada en realidad, lo

único que sabemos es que es la quinta

víctima con el mismo móvil. Todas son

mujeres entre los veinte y veinticinco

años, los brazos y la cabeza siempre

son colocados en la misma forma y los

órganos también son removidos de la

misma forma. Aunque nunca están en

la escena. Por alguna razón el asesino

siempre limpia los cuerpos con gran

detalle, pues nunca hay una sola mancha

de sangre en el cuerpo a pesar de

tener el vientre abierto de esa forma.

—¿Y cómo chingados es posible que

no tengan ninguna pista? ¡Carajo! ¡Tendrían

que haber alertado a la población

ya! Muchas mujeres están en peligro y

ustedes como si no pasara...

—¿Desde hace cuánto tiempo está

sucediendo? —interrumpió Julio a

Claudia, ella le sacó la cajetilla de la

cazadora y tomó un cigarrillo mientras

refunfuñaba entre dientes.

159


160

—Los asesinatos han ocurrido desde

la semana pasada. Cada tercer día

encontramos un cuerpo nuevo, y todos

los hemos encontrado debido a

una llamada anónima que se realiza el

mismo día de los asesinatos desde un

teléfono público. Estamos tratando de

encontrar una relación entre todas las

víctimas pero hasta el momento no tenemos

nada.

—Siendo honestos —intervino Julio—, no

considero que nos necesites para esto. Ustedes

pueden hacer la investigación sin nosotros,

así que...

—No es tan sencillo —interrumpió

Jaime, mientras Claudia se limpiaba

de nuevo los labios—. La joven que

está ahí adentro es la hija menor del

comandante. Él, desde un principio, ha

tratado de evitar que todo esto salga a

la luz. Es año de elecciones y un loco

suelto en la ciudad no le beneficiaría

a nadie en lo más mínimo. Pero ahora

que su hija se ha convertido en una

víctima más ya no solo desea justicia,

sino que desea venganza. Y si bien sus

hombres no pueden hacer justicia por

su propia mano, necesitaba a alguien

que sí lo pudiera hacer —cuando Jaime

terminó de hablar, el rostro de Claudia

se descompuso por un momento, y los

únicos sonidos que podían escucharse

eran los gritos y quejas de los periodistas

que podían escucharse en el cubo

de las escaleras. Julio dio la última bocanada

a su cigarrillo y lo lanzó al suelo,

para después pisarlo.

—Entiendo —musitó Julio, mientras

asentía ligeramente—. Dile al comandante

que nosotros nos encargaremos,

pero que ya sabe cuál es nuestro precio.

Mañana pasaré a tu oficina a buscar

toda la documentación que pueda

servirnos para el caso.


—No es necesario, tengo todo aquí —al

decir eso, Jaime giró soltó un peculiar

silbido, ninguno de los policías se inmutó

al escucharlo, excepto uno, que

miraba todo desde uno de los rincones

del pasillo. El joven policía moreno corrió

hasta donde Jaime se encontraba,

cargando un par de registradores verdes.

Con un ademán saludó a Julio y a

Claudia—. Pepe, dale a ellos las carpetas,

por favor —el joven policía, que apenas

llegaba a la estatura de Claudia, asintió y

extendió las carpetas a Julio sin dejar de

observar el entallado vestido negro que

Claudia portaba, el cual combinaba a la

perfección con sus zapatillas de tacón

de aguja negras, su bolsa plateada y sus

arracadas también de color plata. Su discreto

maquillaje hacía lucir su piel canela

y mostraba más sus facciones a pesar de

llevar su cabello de color negro azabache

suelto. Julio tomó los registradores,

después se quitó su cazadora gris y los

envolvió con ellos. Su playera de color

negro y su pantalón de mezclilla de color

gris oscuro mostraban su ligero sobrepeso,

la barba de dos días sin rasurar y su

cabello quebrado hacían parecer que no

se había bañado en días.

—¿Tienes algo que hacer o vas a quedarte

todo el tiempo ahí, mirándome

de esa forma? —preguntó Claudia a

Pepe, mientras tiraba las cenizas del cigarro

en el suelo. Pepe, sonrojado, dio

un paso atrás y bajó la mirada.

—Pepe les llevará toda la información

que se recopile hoy mañana a primera hora.

—Muy bien, en ese caso que la lleve al

departamento de Aurora, ya conoces la

dirección —respondió Julio, mientras

abrazaba los registradores debajo de

su brazo derecho.

—Y que no se le olvide el pago al comandante.

Tiene que pagarnos...

—Ya lo sé, la mitad por adelantado y

al final lo demás —interrumpió Jaime

a Claudia—. Tendrán su dinero. No olviden

compartirme todo lo que puedan

encontrar del asesino, aunque debo

decirles que el comandante les pagará

un bono extra si le llevan su cabeza antes

de que nosotros demos con él.

—¡Caramba! —sonrió Claudia—. Haberlo

dicho antes, dile que se lo entregaremos

en bandeja de plata y vivo, por

si quiere ser él quien le cobre lo que hizo.

—En ese caso esperamos la información

mañana. Por favor —dijo Julio, dirigiéndose

a Pepe—, lo más temprano que

puedas llevarla, aunque tampoco te desmañanes

por querer quedar bien con tu

jefe —sentenció, señalando a Jaime con

la mirada, Pepe simplemente dibujó una

sonrisa sin decir palabra alguna.

—No me lo saques del redil, Julio, ya

bastante tengo con cuidarlos a ustedes

como para tener que andar cuidando

a otro escuincle más —exclamó Jaime,

mientras hacía una seña a Pepe para

que se retirara del lugar—. Ahora, yo les

sugiero que no bajen por ahí, hay una

escalera de emergencia del otro lado

del pasillo, será mejor que salgan por

ahí si no quieren que todos los buitres

que están allá abajo se lleven una tajada

de ustedes.

—Por primera vez estoy de acuerdo

contigo, tamarindo —exclamó Claudia,

tirando la colilla del cigarro en el suelo.

Jaime les dio la mano a ambos y los

tres caminaron en dirección opuesta

sobre el pasillo, después, él se detuvo

en la puerta del departamento y Julio y

Claudia siguieron adelante.

—¡Oye, tamarindo! —gritó Claudia, dando

media vuelta antes de que Jaime entrara

de nuevo al departamento—. Dale

mis condolencias al comandante. Dile que

161


estamos con él en su dolor —Jaime, con

una mirada de sorpresa, simplemente

asintió y entró al departamento. Julio, que

se había detenido para observar la escena,

siguió caminando y después Claudia lo

alcanzó rápidamente. Al llegar a la puerta

de emergencias, un policía les abrió y Julio

cedió el paso a Claudia, para después salir

él mientras el policía cerraba tranquilamente

la puerta. Claudia bajó las escaleras

delante de Julio, tratando de evitar que sus

tacones se atoraran en las pequeñas barras

de metal que formaban los escalones. La

lluvia golpeaba sus cabezas con suavidad

mientras bañaba la calle, y las luces del

alumbrado público, así como la de los pocos

automóviles que pasaban por la calle

se reflejaban en los charcos.

—¿Quién lo diría? Claudia Guzmán tiene

corazón —ironizó Julio, mientras llegaban

al último descanso de las escaleras.

—No seas pendejo, el comandante va

a pagar nuestro cheque, así que lo menos

que podemos hacer es demostrar

empatía por su situación... No es que

me importe, pero él si tiene que creer

que nos interesa lo que le está pasando.

—Yo creía que tú y Rosa eran amigas,

pensé que la habías reconocido.

—Fuimos amigas, es muy diferente —puntualizó

Claudia, mientras bajaba el último

escalón—. Pero la muy puta me dejó de lado

para irse con sus amigos fresitas de la universidad.

Además, ¿cómo chingados querías

que la reconociera si ni siquiera podía ver su

cuerpo sin vomitar. ¡Vaya que hay que ser un

maldito enfermo para hacerle a alguien algo

así! ¡En qué demonios se está convirtiendo

nuestra sociedad?

—¿Convirtiendo? —preguntó Julio con

un dejo de ironía—. Así ha sido toda la

vida, No sé de qué te admiras.

—Carajo, sí, entiendo que hay veces

que es necesario matar. ¿Pero hacerlo

162

con esa saña? Por favor, eso ya es estar

enfermo —dijo, casi a gritos, mientras

caminaban por la acera hacia la esquina,

donde el Datsun 76 rojo de Claudia

estaba estacionado. Julio no respondió,

solo se limitó a seguir caminando.

Llegaron al automóvil, Claudia subió

del lado del conductor y se estiró para

abrir la puerta del copiloto. Julio terminó

de abrir la puerta, se sacudió los

zapatos y entró, cerrando la puerta con

suavidad. Después arrojó los registradores,

aún envueltos en su cazadora, al

asiento trasero y bajó un poco la ventanilla

mientras Claudia arrancaba.

—A esta sociedad se la está cargando

la chingada —musitó Julio, mientras

recargaba la cabeza en el respaldo.

—Sí, pero de alguna forma tenemos

que responsabilizarnos de ello —le respondió

Claudia, mientras comenzaba a

acelerar—. ¿Crees que podamos detener

al imbécil este antes de que cometa

un nuevo asesinato?

—Sinceramente lo dudo, pero tenemos

que intentarlo —respondió, lanzando

un suspiro de cansancio—. Vamos

por Aurora y por Laura, ya no vamos a

poder ir a la fiesta.

—Puta madre, ni para lo que me tarde

arreglando.

Continúa en

La sirena varada, Año II, número 6


163


164

EL DIABLO DE LA

MEDJERDA

Por Alberto Arecchi


Estoy dispuesto a apostar que nunca

habéis encontrado el diablo de la

Medjerda. Era una noche de lluvia

y la carretera, estrecha y llena de curvas

cerradas, no tenía protecciones adecuadas.

Yo llevaba conmigo todos los efectos

de mi casa. Me había embarcado en

Génova, bajo la lluvia. En la Goulette,

cuando llegué, estaba lloviendo. Después

de veinticuatro horas de agua, el

agua de las lagunas de Túnez desde un

lado al otro, el agua del cielo.

¡Traten ustedes de decirle a quien está

convencido que en África nunca llueve!

Abandoné la intención de pasar un

día en Túnez y decidí proseguir. Siguiendo

por la carretera costera, llegaría

por la noche a Annaba, pero la

ciudad era famosa por sus ladrones,

capaces de cortar los neumáticos para

forzarte a bajar y robarte. Teniendo el

coche cargado con todas mis posesiones,

incluyendo libros, café y ropa de

cama, quería ser capaz de transferir

todo en mi nuevo hogar.

Así me aventuré en un camino que sobre

el papel no parecía demasiado incómodo,

con la convicción de llegar antes

del anochecer a Souk Ahras, la antigua

Tagaste, la ciudad natal de San Agustín,

pasada la frontera. Sin embargo, la lluvia

y las curvas terribles de aquella carretera

de montaña estaban en lugar de

ofrecerme una noche de pesadillas.

En esas montañas, veinte años antes

de mi viaje, las tropas coloniales francesas

lucharan contra los rebeldes argelinos.

Además de la lluvia, las curvas, la

oscuridad, los destellos repentinos de

relámpagos iluminando la noche y las

canciones entre los dientes (o tal vez

vociferadas con voz alta, ahora no recuerdo),

tenía miedo de que un animal

salvaje, de repente, llegase a cruzar mi

camino: un jabalí, un mono, un perro

callejero, un zorro o cualquier otro ser

viviente. En la noche oscura, el coche

podría romperse y no marcharse más...

Mejor no pensar demasiado.

Tal vez esto pueda explicar por qué

no me detuve, cuando en medio de una

curva estrecha, en la oscuridad que se

abría frente a mí, una silueta blanca

se me apareció de repente. Una gran

sombra pálida, con las alas extendidas:

tenía que ser un ave de presa nocturna,

tal vez un mochuelo. Se detuvo un momento

en el aire, en la luz de los faros,

y desapareció, mientras mis ojos intentaban

reconocer el camino.

Un instante —o un siglo— más tarde,

volví a mí cómo de un breve desmayo,

la frente perlada de sudor frío, en

el silbido de proyectiles de mortero.

Siempre en la carretera, en la noche de

tormenta, pero ahora estaba manejando

un vehículo blindado. De dos observatorios,

los rayos de la luz sableaban

la montaña en busca de los rebeldes.

Largas ráfagas de ametralladora cortaban

la noche. Mi coche pasó en el fuego

cruzado de las balas trazadoras y vi

claramente una máscara de mueca que

me sonría: una especie de arpía, encaramada

por un momento en el capó de

mi camión. Como una brizna, o si fuera

hecha de fósforo, la larva brillaba de su

propia luz, desplazándose aquí y allá.

Me sentía en peligro inmediato, la

aparición bailarina asustándome más

que las ráfagas y la tormenta. Tenía que

esforzarme para mantenerme firme,

los ojos bien abiertos en la noche, tenía

de no distraerme. Sabía que, siguiendo

con los ojos los movimientos de la

aparición, podría salir de la carretera,

por el barranco empinado. El viento

del norte traía estrépitos violentos de

165


lluvia. La escaramuza pareció terminar,

pero unos disparos aislados aún sacudían

la oscuridad. Mis ojos titubeaban

entre las sombras de tuya y robles, buscando

el destello de un arma. Veía sólo

remolinos de tormenta y ramas, sacudiendo

en las ráfagas de viento; pero al

juego de luces y sombras se sucedía la

mueca atroz de mi visión. La máscara

de luz emitía latidos como una luciérnaga

y parecía invitarme a seguirla. Se

puso descansando en un claro, a unos

cincuenta metros de la carretera.

La cara de sonrisa satánica estalló en

mil pedazos: astillas de luz, trozos de

madera, metal y tierra húmeda. Un proyectil

de mortero había golpeado a un

pequeño depósito de municiones. Me

detuve, me bajé del vehículo y me acerqué

con cautela al claro en el bosque.

Acostado en su propia sangre, un joven

soldado en camuflaje, con el rostro desfigurado

por la explosión, aún quedaba

sin aliento y se murió entre mis brazos.

Nunca sabré si fuera francés, un mercenario

de la Legión o un rebelde argelino.

No había señales que lo identificasen y

frente a la muerte los jóvenes se muestran

todos iguales. Durante los últimos

suspiros, sacó de su bolsillo la foto de

una niña y ahora la apretaba en su mano,

como si tratara de aferrarse a esa última

166


esperanza, su última memoria. Lo dejé

ahí, bajo la lluvia, en la oscuridad y el

silencio que se había hecho total. En la

carretera, había mi propio coche esperando,

con las luces encendidas.

Llegué a Souk Ahras tarde en la noche

y conseguí encontrar un hotel. Dormí

poco, todavía sacudido por el viaje

en la tormenta, por la visión, por los tiros

de las armas de fuego y por la imagen

de aquel joven atormentado. Al día

siguiente, salté en mi coche y proseguí

mi viaje hacia Argel.

En seguida he podido descubrir las leyendas

que se cuentan, tratando de apariencias

similares a la que había visto esa noche.

El «diablo de la Medjerda» se materializa

como una larva o un fantasma, en ocasiones

especiales, para predecir —o evocar— eventos

desfavorables, en las montañas entre

Túnez y Argelia. Dicen que el diablo aparece

cuando alguien tiene que morir de una muerte

violenta, o también para abrir brechas temporales,

aperturas que le permitirán aprender

algo sobre el pasado o el futuro.

En esa noche de tormenta, la larva

no viniera para llevarme... o tal vez...

¿Quién sabe?

La muerte ha llevado una vida en ese

lugar, en una noche de tempestad.

¿Pero en que año, y en cual mundo,

de los muchos posibles y paralelos?

167


168

BAJO EL

RESGUARDO DE

LA OSCURIDAD

Por J.Daniel Pineda


Él o eso ha estado conmigo desde

que tengo memoria, aún no puedo

explicar por qué o cómo es esto

posible. Si tuviera que responder a una

de esas preguntas ahora mismo, diría

que estamos unidos por alguna especie

de mal chiste.

Cuando se posee la mente de un niño

nada necesita una respuesta compleja,

basta con decirles «los trae la cigüeña»

o «el mar es azul por el reflejo del cielo»,

de igual manera yo no requería de entender

su presencia.

Es completamente negro, plano

como el papel, de figura humanoide

aunque en ocasiones ésta se distorsiona,

carece de rostro y se hace llamar «El

Señor S».

A pesar de todo esto, de cierta manera

se parece a mí.

Era agradable al principio, me hacía

sentir que no estaba solo, que no era

tan extraño como los otros decían. Jugábamos

con pelotas, figuras de acción,

plastilina, a los exploradores, a los bomberos,

y toda clase de diversiones que

nuestra imaginación era capaz de crear.

Él me escuchaba, cosa que mamá y

papá nunca hicieron, estaban demasiado

ocupados por ahí firmando contratos

y quitándole dinero a algunos ingenuos.

Traté varias ocasiones de que los demás

lo conocieran, algunos respondían

no ver a nadie junto a mí, y después de

mirarme con escepticismo, me daban

la espalda murmullando algo similar

a «que chico tan raro», los otros fingían

verlo y hablarle, incluso tendían

su mano al aire como si lo saludasen.

Creo que esto me molestaba más que

pensaran que era mi amigo imaginario.

Tenía ocho años cuando todo empezó

a transmutar. Estábamos en la

escuela, tenía mucha hambre y había

olvidado mi dinero, caminábamos cerca

de la cafetería cuando me dijo «entremos

y robemos algo». Yo no quería

hacerlo, sabía que eso estaba mal a

pesar de tener una corta edad y que en

casa no se me había enseñado a diferenciar

entre el bien y el mal, se lo dije

muchas veces hasta que se aburrió de

escucharme y me arrastró por la fuerza,

luego tomó un paquete de galletas y

me llevó fuera de ahí. Corrimos a nuestro

escondite, un pequeño baño fuera

de servicio, donde traté de interrogarlo

y reprocharlo. Se limitó a comerse las

galletas mientras soltaba las carcajadas

de una travesura.

Esto fue solo el principio, con el pasar

de los días sus actos empeoraron,

burlarse de los otros niños, insultarlos,

tomar sus pertenencias a base de amenazas.

Recuerdo con especial temor el

día en el que se acercó a una chica y le

susurró algo al oído, momentos después

comenzó a llorar y a gritar aterrada,

no pude escuchar aquellas siniestras

palabras que debió decirle, quizás

sea mejor así.

Observarlo sin poder hacer nada no

fue lo peor, sino el tener que ser culpado

por todo lo que hizo. Nadie creyó mi

historia, tan sólo veían a un niño problemático

que necesitaba con urgencia

visitar un psiquiatra. Esto terminó por

aislarme aún más de las personas, las

llevó a despreciarme, a temerme.

Y con el pasar de los años, sus «actos»

se convirtieron en crímenes.

Distintas escuelas tuvieron que verme

crecer, pues poco tardaban en quererme

fuera de cualquier lugar al que

llegase. Después de que el señor S empujara

a uno de mis compañeros por

las escaleras nos vimos en la necesidad

de mudarnos a otra ciudad.

169


Estaba por conocer el auténtico horror.

Caminar por un vecindario el cual

me desconocía y me miraba como a

cualquier otro era reconfortante, aun

sabiendo que se trataba de la calma

antes de la tormenta. Me perseguirá por

siempre el día en el que me topé con un

chico de unos siete u ocho años en un

terreno baldío, tenía puesto un guante

de baseball y lanzaba la pelota contra

una pared a algunos metros de distancia,

iba por ella y repetía el proceso. A

pesar de ser notorio que yo era unos

diez años mayor, se acercó a mí para

preguntar si quería jugar con él. Me contó

que llevaba poco de haber llegado a

la ciudad y que no tenía amigos. Nunca

me habían invitado a jugar baseball, o

cualquier otro juego. Sin pensarlo tomé

el bate que estaba en el piso y me coloqué

en posición. Aquellas horas fueron

y serán las mejores de mi vida, pude reír,

correr, saltar y batear sin ser juzgado o

menospreciado por aquel pequeño que

parecía no conocer la maldad.

Justo cuando creí que esos momentos

durarían para siempre, golpeé la

bola con tal fuerza que impactó directo

en su cabeza, haciéndolo caer al piso.

Entré en pánico cuando vi la sangre que

brotaba de su frente, traté de ayudarlo

cuando el señor S se hizo presente, me

arrebató el bate y asestó contra su cabeza

una y otra vez, hasta que murió.

Desde ese momento renuncié a mi vida

para evitar que él volviera a hacerle daño

a algo o a alguien. Ya que por alguna razón

que no entiendo sólo puede aparecer

cuando cualquier tipo de luz cae sobre mí,

dibujándolo en el piso o algún muro, huí a

un lugar el cual cubrí en su totalidad para

evitar que se pinte de colores diferentes del

negro, así nunca volvería a aparecer, nunca

volvería a existir, así siempre sería de noche.

Ahora estoy aquí, encerrado, condenado,

bajo el resguardo de la obscuridad.

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171


172


MICRO

CUENTOS

173


Margarita, bella mujer, fue raptada por

un gigante enamorado. En el camino, al

monstruo se le escucho decir:

—Me quiere… No me quiere…

Eduardo Briones

No sé qué pensaba cuando prendía la

cola de mi gato en fuego ni tampoco escuché

sus gritos cuando lo hice, pero fue

tal mi sorpresa cuando descubrí que su

cola encendida cual incienso, soltaba un

aroma glorioso y dejaba un rastro de ceniza

mientras poco a poco se consumía.

Seguí el rastro de ceniza por la casa hasta

el sótano, bajando las escaleras el aroma

se concentraba poco a poco, y ahí en

el rincón más oscuro y alejado de este, yacía

un montón de ceniza apilada.

Sergio A. Rot

—Dele la prueba al niño. Son las nuevas

sopas Ternura. Cada color cruje distinto;

unos son coditos, otros son ojitos…

—Mami, uno extiende su manita.

174

Beatriz Rodriguez


La nieve cae inundando la ciudad de

una paz en blanco, no hay nadie en las

calles, son las tres de la mañana y él camina

dejando pequeñas huellas tras de

sí, sus manos cuelgan a los costados y

una línea de sangre marca lo que será el

comienzo del fin.

La ciudad se despierta, ya han encontrado

el cuerpo del muchacho y escrito

en la nieve un mensaje que provocó la

huida de los implicados.

Este decía: «Ustedes tienen la culpa, espero

que puedan vivir con ella».

Ese fue un año marcado por la culpa, la

tragedia y la muerte.

Romina Correa

Mi compañero de celda me relató con

detalles cómo descuartizó a su mujer en

trece pedazos: cabeza, tronco, antebrazos,

brazos, muslos, piernas y pies. Luego

los tiró en lugares escondidos. Mi

lamentable fallo, me dijo, fue haber

echado la cabeza en un maletín y arrojarlo

en una represa donde la encontró

un pescador.

¿Por qué trece pedazos si a mí la cuenta

me da doce?, le pregunté cuando lo

llevaban para la capilla. Porque tuve

que cortarle el anular de la mano izquierda,

que ya estaba inflamada, para

quitarle el anillo de compromiso.

Carlos Téllez Rodríguez

175


Apareció el conejo en mi habitación, está

frente a mí, me está mirando; sus ojos rojos

y dilatados me causan pavor. No hace

nada más que mirar. Siento helar mi cuerpo

lentamente, el sudor frío brota por mis

poros y la impotencia me come el cerebro

evitando pensar qué es lo que sucede…

dio dos pasos hacia mí, mira a su derecha

y seguido vuelve conmigo. Es sangre, el

gato está muerto.

Después de todo lo que dijo que haría,

lo mató, siempre fue su plan. Él sólo quiere

mi cuerpo, quiere joderme la vida, quiere

hacerme sufrir.

AlexisHCeja

Cumplidos los dieciséis años, todos

los jóvenes debían acudir al Centro del

conocimiento universal, donde, según

sus capacidades y aptitudes se les implantaba

un chip.

Las enciclopedias mundiales fueron

comprimidas en estos diminutos implantes

y proporcionaban la ciencia

necesaria para ejercer una profesión

con un margen de error de cero.

Lejos…había un científico loco, al que

acudían los robots, aquellos con inteligencia

artificial y perfecta que se había

independizado de sus creadores humanos,

por alguna partícula “divina” del

ambiente. Le pedían que transmute su

estructura metálica y fría en simple carne

humana, sentimiento y conciencia.

176

Karola Álvarez Pesántez


El traquido del metal es sordo, pero

incansable, la mujer logra percibir la

vibración del material sobre la mesa,

siente una convulsión recorriéndole la

espalda y sabe que mientras continúe

percibiendo el temblor de los hierros

fríos, seguramente significa que sigue

con vida. Si pudiera enfocar las fuerzas

que le quedan en la punta de su lengua,

tal vez sería capaz de empujar sus labios

lo suficiente para dejar brotar un

último gemido.

—¿Escuchaste eso?

—No prestes atención. En este trabajo

debes acostumbrarte a los susurros

de los muertos. Pásame la cierra

circular, yo haré el primer corte.

Celia M. Castro

Abrazada a sus rodillas, sentada en el

piso del patio de su casa, la nena lloraba.

Había comenzado a los gritos,

pero de a poco la angustia se había ido

apaciguando. No pudo contar las horas

de amargura, pero el hambre que

sonaba en su pancita, le hacía pensar

que ya debería ser la hora de la leche y

sabiendo que nadie la buscaba, limpió

su cara con las mangas empapadas de

moco y creció.

Cristina Kolodynski

177


Sentado en un sillón de la gran sala

aguardaba que me atendieran. Observaba

indolente los numerosos cuadros

con retratos en las paredes pero me

llamó la atención el de una mujer que

me miraba fijamente y sonreía. Sacudí

mi cabeza, incrédulo, pero al fijarme

nuevamente en la pintura, ella seguía

sonriéndome levemente. Miré al resto

y descubrí atemorizado, que todos los

rostros me sonreían. Súbitamente se

abrió la puerta y un hombre adusto me

invitó a pasar. Mientras caminaba, iba

mirando los cuadros con receloso disimulo:

uno de ellos estaba con el lienzo

en blanco.

Rodolfo Lobo Molas

Desearía poder rezar, pero no sabe

ninguna oración. Va herido y se ha refugiado

en el lugar más recóndito de ese

bosque que recorre a diario y conoce

tan bien. Aunque puede olerles mejor

y verles mejor, tal es su agonía que es

incapaz de escapar cuando las bestias

aparecen apuntando con sus armas.

Medio ahogado por la sangre, el grito

brota de aquella boca tan grande de

lobo, con la esperanza de que la niña

pueda oírle mejor antes de que lleguen

a la casa.

178

Lluís Talavera


Solo el humo de un cigarrillo a medio

apagar, incrustado en los pliegues de

la mesa llenaba la habitación. Afuera,

los pasos insistentes de quien dejo cerrar

la puerta dejan entrever su angustia.

Sus asustadizos ojos se inyectan

del terror de quien ha visto lo que no

debe. Sus manos temblorosas iteran el

deseo de entrar al habitáculo desde el

cual huye de la realidad. Su seca boca

muestra como lo ha intentado una y

mil veces.

De nuevo se abre la puerta. Pesadamente

se acerca a la cama en donde ve

como un cuerpo, su cuerpo, se pudre

lentamente.

José Miguel Rojas Rua

Se trataba de una mujer que durante

el acto sexual con su consorte, tuvo un

ataque de canibalismo y se lo devoró

dejando intactos solamente sus órganos

genitales con los que jugó hasta ser

capturada por las autoridades. Ya en la

cárcel, un día como hoy, su celda fue

hallada vacía con tan solo una mantis

religiosa saltando de un lugar a otro

y la sombra sin rastro de un guardia

desaparecido.

Andrés Mauricio Urrea Díaz

179


Caminaba sigilosamente por la calle,

mientras un movimiento casi imperceptible

de su cuerpo es percatado por

la multitud silenciosa, como una leve

vibración sentimental. Nunca antes había

sentido algo semejante. A medida

que continuaba su marcha, la agitación

fue tomando fuerza, a tal punto que su

cuerpo se movía por sí solo, como queriéndose

escapar de algo. Se sintió intimidado

por las atentas miradas, que

como pequeños reflectores, seguían su

desplazamiento por la calzada, estupefactas

ante semejante espectáculo.

Cuando éste fenómeno concluyó,

pudo observarse a sí mismo, y sentir

por fin que su cuerpo volvía a la normalidad;

el alivio fue tremendo, hasta que

se dio cuenta que lo observaba desde

tres metros de distancia.

Gabriel Falconi

El bus se desplazaba rápido, me parecía

que nadie más se subiría en él, sin embargo,

unas cuadras antes de llegar a mi destino,

se detuvo. Un hombre saltó al interior

y empezó a preguntar qué año era. ¿Qué

año es? ¿En qué año estamos? Preguntaba

una y otra vez y nadie le respondía. Al

fin, se acercó a mí y me imploró que le

dijera en qué año estábamos. Le respondí

que en el 2017. El hombre se quedó quieto

unos segundos, con ojos desquiciados.

Luego se rio y como loco saltó del bus. Lo

vi correr gritando: «¡Funcionó! ¡Funcionó!»

180

Andrés Pascuas Cano


—Usted —decía el juez—, fue encontrado

en las instalaciones de la tienda horas

después de que la horda destruyera

las barreras de seguridad y tomara una

gran cantidad de productos y dinero.

Si bien usted no posee conexión alguna

con los saqueadores mencionados,

aprovechó que el sitio se encontraba

abierto y sin vigilancia para robar dos

televisores. Por ello, el Estado lo sentencia

a pasar dos años en la cárcel.

¿Tiene algo que decir?

El acusado se levantó de su silla, irguió

el pecho y, mirando a los presentes

en la corte, dijo:

—¿Quién hubiera dejado una oportunidad

así?

Brayant Sandoval Escalante

Regresó a la mesa con dos vasos de café.

—Hijo, que alegría que vinieses. Siempre

puntual y con un café para tu padre.

Expresó el anciano sonriendo sin recordar

que le había visto hacía dos minutos.

—Le fue imposible no traer a la memoria,

y con lágrimas en sus ojos, el

momento en que su progenitor no quiso

transferir sus recuerdos.

Soy un humano tradicional, de los

que mueren indagando en su memoria

capítulos vividos para repetirlos

las veces que sean necesarios.

Ahora el Alzheimer había borrado hasta

el día que tomó esa decisión.

Zacarías Zurita Sepúlveda

181


Tengo algo que confesar: me estoy enamorando

de mi mejor amiga. Renata es

mágica, pero no porque sea atractiva

ni tonterías de esas; es mágica de verdad.

Su pelo brilla con luz propia, literalmente;

desprende luz verdosa, casi

color esmeralda. Esa no es su única

cualidad, cada vez que pienso en ella

me mira. Parece tener un radar del que

nada puede escapar. Así que esta mañana

le he pedido consejo a mi madre

y ha sido revelador:

—¡Mamá! ¿Has visto a Renata?

—¿No la has visto tú, Gabi?

—¡No!

—Entonces tu amiga imaginaria ha

desaparecido. Bienvenido a la madurez.

Borja Moreno Martínez

En mi viaje a la Habana, la tormenta

tropical atrapó la aeronave. Moría de

ganas por conocer la isla. Ahora, sentado

en el bar La Bodeguita del Medio,

escucho comentarios de un par de turistas

extranjeros sobre el accidente

aéreo sucedido esta mañana en el mar

Caribe, del cual, no se salvó ningún pasajero.

Asustado, salgo del lugar. Me

asombro al pensar que mi alma voló

más rápido que mi cuerpo.

182

Oscar Seidel


Despertó de madrugada, o así lo creyó

cuando ocurrió, si bien durante años

procuró negarlo y ocultarlo en un oscuro

rincón, donde la mente guarda

sus secretos más opacos. Aquello lo

marcó por siempre, si bien ahora lo ansiaba

en vez de temerlo.

Todo comenzó cuando, con la mente

despierta, comprendió que la realidad

escapaba a su control. Incapaz

de moverse, o de articular palabra,

pronto comenzó a elevarse, como si su

consciencia se separase de su propio

cuerpo. Se elevó y cayó inerte sobre el

colchón, como un saco. Cayó y luego se

movió. Entonces habló. Luego, calló.

Iñaki Sainz de Murieta

Ella divisó su territorio hasta toparse

con su víctima, un hombre solitario

sentado en la barra del bar. La mujer

cogió dos copas de vino y fue por él. Dio

unos pasos y le susurró que la siguiera

a su habitación en el segundo piso.

Perplejo aceptó con la mirada. Dentro,

los más bajos instintos surgieron, ninguno

cedía a la excitación del momento,

entonces, la fémina cambió su porte

mientras hacían el amor, el hombre

sintió un dolor intenso que derivó en

un grito horrible. La vagina de la mujer

tenía colmillos, acababa de castrar

su sexo sin piedad.

Mario Ruddyart Bermúdez Pérez

183


Ella necesitaba ayuda, atrapada bajo

los escombros. Aterrada, enterrada,

atrapada por un odio irracional y discriminador,

con forma de bomba.

El miedo comenzaba a llenar sus pulmones,

igual que el polvo. Lo sentía en

la piel, bajo las uñas, enterrado bajo un

bloque de piedras, incapacitado para

salir. Miedo a estar enterrada viva, miedo

a no entender por qué.

Pero ese día de julio de 1994 en Argentina,

no hubo religión, ni historias,

ni culturas diferentes. Dos palabras bastaron

para cruzar las fronteras de la diferencia.

Sólo dos: «ayuda» y «gracias».

Dos palabras para desvanecer el miedo.

La primera era una convocatoria humana,

a la que muchas manos, al igual

que las de él, respondieron solidariamente:

espíritus unidos en la desgracia.

La última palabra fue la que surgió

ante ese acto de hermandad. «Gracias»

fue la palabra de ella, cuando él la encontró

bajo las piedras, y desvaneció

su miedo.

Silvina Alejandra Pose

Las vestiduras de terciopelo le resultaron

placenteras al tacto, lo incómodo

fue descubrirse dentro de un ataúd.

—Pensaba visitarte mañana... ¿Qué haces

aquí?

—Hace un año tú fuiste a visitarme —dijo

mientras caminaba lastimosamente hacia

el sillón—. Hoy me tocaba a mí...

—Ya pasó mucho tiempo desde aquel

accidente, creí que te recuperarías —una

ligera sonrisa se dibujó en su rostro.

—Ya no me duele, pero no importa,

solo tengo esta cojera —suspiró—. Digo,

algún precio tenía que pagar...

—Yo no lo merecía. Tú pudiste... —ella

soltó una carcajada, como siempre, su

humor era muy difícil de entender, me

miró a los ojos y dijo:

—Calla, calla... ya lo hemos hablado

antes. Mejor tráeme un vaso de agua.

Mira que todavía no me acostumbro al

calor de ese lugar...

Aurora Ceres

El pasaje. La mano del chofer rozando

la piel. La mirada de todos los pasajeros.

El roce indecente al ir todos

parados. El asiento vacío. La mirada libidinosa

de alguien sobre el desbordamiento

de los senos. El descubrimiento

de esa mirada.

Un vistazo al celular.

Un «mensaje» sugestivo esperando

a ser visto; luego otro y otro más. Las

respuestas condescendientes: ¿Hoy?

¿A qué hora? ¿Dónde te veo? Mientras

un cosquilleo moja el sexo esperando

ansiosa la respuesta.

Escribiendo…

¡Este es un asalto, cabrones! ¡Celulares,

carteras y cosas de valor o se los

lleva la chingada!

Las sirenas a lo lejos.

El MP.

184

Crista Aun

Jonathan Santamaría


CONOCE A

LOS AUTORES

QUE COMPONEN

ESTE NÚMERO

185


Donis Albert Egea

Donís Albert Egea, Técnico superior informático,

además ayuda a su padre en

el trabajo. Escribe desde hace 17 años y

ha obtenido galardones literarios como

3º puesto en el X EPLA de narrativa 2001,

accesit en el Katharsis de poesía 2009, finalista

en el Limaclara de ensayo 2014, finalista

en el Premio UNIR de ensayo 2015

o aparecido en cantidad de antologías de

poesía, cuento y microrrelato. Actualmente

termina la carrera de Grado en Estudios

Hispánicos en la Universidad de Valencia.

Tania Rivera

Tania Rivera (Xalapa, Ver. 12 de enero

de 1997) es estudiante de Letras y literatura

hispánicas en la Universidad Veracruzana,

ha participado en la presentación

del número 38 de la revista La

Palabra y el Hombre. Actualmente dice

ser escritora, pues como decía Ana María

Matute: escribir es siempre protestar,

aunque sea de uno mismo.

186

Cosme

Nació en el puerto fronterizo de Nuevo

Laredo, Tam. Donde pasó su infancia

y parte de su juventud. Después se

trasladó a la Ciudad de Morelia, Mich.,

dónde estuvo algunos años paseando

y aprendiendo. Ahora nuevamente vive

en el Norte del País con su bella esposa e

hijo. Dedicado actualmente a la docencia,

al Kendo, su iglesia y otras actividades,

nunca perdió el gusto por la lectura.

Alberto Arecchi

Arquitecto italiano, presidente de la Asociación

Cultural Liutprand, de Pavía, que

pública estudios sobre la historia y las

tradiciones locales. (www.liutprand.it) Autor

de publicaciones y libros obre el património

histórico y la história de su ciudad,

otros asuntos de arquitectura, tecnologías

para el desarrollo; escribe cuentos

breves y poemas en diversos diferentes

idiomas, ganando galardones y reconocimientos

en concursos literarios en Italia,

España, América Latina.


David Saade

Mi actual existencia vio luz en 1992.

Desde pequeño amé la literatura, con

colecciones como Elige tu propia aventura.

A mis 8 años, llegó a mis manos un

libro que cambiaría mi vida: Rabia de

Stephen King. Escribo desde 2010. En

los últimos 7 años fui participe de un

taller de letras y eventos relacionados.

Este año publique “Duplicidad” Mi primera

obra. Antología de horror junto a

otra colega.

Allen Schavelzon

Ha escrito desde su adolescencia pues

su pasión por las letras es casi nata,

definiendo su estilo en una amalgama

de tintes oscuros y auras melancólicas.

Actualmente funge como estudiante,

redactora independiente, promotora

de la lectura y en sus ratos libres es autora

del blog La Rosa de Jericó.

Maximiano Revilla Vega

Nació en Tabanera de Valdavia, el 21 de

Diciembre de 1962. Reside en Madrid.

Estudios de Teoría y Creación Poética

con los premios Magón de Poesía en

Costa Rica, Laureano Alban y Julieta Dobles.

UNED. Grado en Lengua y literatura

Española. Miembro activo del Grupo

Aranjuez de Poesía Trascendentalista.

Su basta obra narrativa ha sido publicada

pro Ediciones Vitruvio, mientras que

su obra poética se encuentra disponible

en Amazon.

Esther Domínguez Soto

Es profesora de inglés. Vive y trabaja

en Pontevedra, España. Gusta de leer,

escribir, viajar, charlar y tomar café con

las amigas; además de las plantas y el

chocolate.

187


Emmanuel Ivan

Soy originario de Salina Cruz Oaxaca,

donde nací el 05 de diciembre de

1976. Actualmente vivo en el Pueblo

de Santo Tomas Mazaltepec, Etla, Oaxaca.

Abogado de profesión, con una

Maestría en Fiscal. Litigante con despacho

propio. En mis tiempos libres y

por gusto propio, escribo cuentos, en

su mayoría ciencia ficción, aunque he

explorado también otros géneros.

Carlos Cuauhtémoc Martinez

Nacido en la Ciudad de México el 6 de

Marzo del 88. Geógrafo por la UNAM.

Promotor el cuidado de los animales y

lo recursos naturales, tiene como pasiones

la escritura y el fútbol. Al día de hoy

ha publicado 2 ensayos y 2 cuentos de

amor. Tiene en el tintero varias novelas

que espera algún día vean la luz y puedan

dejar un mensaje en sus lectores.

José Francisco Hernández

Nació en la Ciudad de México. Estudió

Pedagogía en la FES ACATLAN─UNAM.

Actualmente está encargado del Archivo

Histórico Francisco I. Madero, en Palacio

Nacional. La vocación de escritor la ha

tenido desde muy joven, sin embargo no

fue hasta el 2003 que se decidió a hacerlo

formalmente. Tiene una gran predilección

por los cuentos porque sabe que el

conjunto de esas pequeñas historias dan

fe del mundo en que vivimos.

Mauricio Vega Vivas

Ciudad de México 1965. Obtuvo el primer

lugar en el Concurso de Cuento de

la Casa Universitaria del Libro UNAM,

CASUL 2011. Y tercer lugar en el Segundo

Concurso de Cuento Rincones Mágicos

de México, convocado por Editorial

Porrúa y Secretaría de Turismo, con el

cuento La ciudad bajo la ciudad. Que

cuenta ya con dos ediciones y forma

parte de su colección infantil Gusano

de Luz.

188


Gabriel Bevilaqua

Argentina. Narrador. Sus microrrelatos

han aparecido en una veintena de antologías

de Argentina, México y España.

Entre otras: Cienfictimínimos (México,

2012), De antología. La logia del microrrelato

(España, 2013), Brevedades

(Argentina, 2013), 40 plumas y pico

(España, 2014) Las palabras contadas

(España, 2015). Mantiene la bitácora El

elefante funambulista.

Gabriela Santamaria Santiago

Licenciada en Educación egresada de

la Escuela Normal Superior de México.

Profesora de Educación Básica en la

SEP. Siempre interesada en la promoción

de la lectura. Ganadora del tercer

lugar del Premio ESRU OPINA 2006. Algunos

de sus cuentos y reseñas aparecen

en la revista Horizontum.

Miguel Fernando Payán Ramírez

Chihuahuense de nacimiento, historiador

por necesidad, músico por convicción

y escritor por accidente. Nacido

junto a una tierra robada, en un norte

inventado, que se cruza con un desierto

a veces ficticio y otras tantas reivindicativo.

Mentiroso profesional y mal

bailarín.

Andrés Briseño Hernández

(Jerez, Zacatecas, 1981). Escritor, narrador

oral y mediador del Programa

Nacional de Salas de Lectura. Autor

de los libros Letras blancas. Letras negras

e Iban cayendo las estrellas y otros

cuentos. Además ha publicado cuentos,

poemas, caricatura y fotografía en diferentes

medios impresos y electrónicos

Integrante de la Compañía Estatal de

Narración Oral de Zacatecas.

189


∆len

Aarón Zamarripa, también conocido

como ∆len, nació en la ciudad de México.

Su carrera en las letras se remite al

2010, cuando por incentivo de su madre

comenzó a escribir sus propias historias.

Su formación literaria ha sido totalmente

autodidacta, gracias a las ávidas lecturas

hechas a autores como: Ignacio

Manuel Altamirano, Howard Phillip Lovecraft,

Algernon Blackwood, Lord Dunsanny,

Jane Austen. Mismos que son sus

influencias más directas.

Mauricio del Castillo

(Ciudad de México, 1979) ha colaborado

para diversas páginas y revistas de CF.

En 2012 publicó su primera colección

de cuentos La variable multimillonaria y

otros relatos. En 2014 apareció su segunda

colección La nave de la discordia y otras

piezas de anticipación. Actualmente se

encuentra preparando la publicación de

su primera novela Metástasis mental para

la Editorial Dreamers.

J. Daniel Pineda

Escritor mexicano de diecinueve años

de edad nacido en Guadalajara, y ahora

residente de la ciudad de León (Guanajuato).

Definido en el área del terror,

desarrolla relatos donde el suspenso

es su principal herramienta para generar

aquellos sentimientos de intranquilidad

y pánico sobre sus lectores. Actualmente

se encuentra escribiendo su

segundo libro: «Penumbra. Relatos de

la Noche». Siendo el sucesor de: «Sombrío.

Relatos de Sangre y Demencia».

190

Racconto Urahara

Racconto Urahara vive en el norte de México.

Escribe de manera independiente,

principalmente ficción, y hace encuadernados

a mano. Bebe café a mares.


Tania Angélica Jáquez Arzaga

Licenciada en Diseño Gráfico (ESCOGRAF)

y Máster en Mercadotecnia (ITESM), nacida

en Chihuahua, Chih. Celosa escritora,

aficionada a la lectura y los videojuegos.

Ha escrito dos novelas: una de fantasía

(inédita) y otra de ciencia ficción (en proceso);

autora de diversos cuentos de fantasía,

cotidianos y ciencia ficción. Escribe

en el blog «La Cueva del Cuervo». Asistente

al Taller de Narrativa «Ray Bradbury»;

acreedora de la Beca Interfaz 2017 en Culiacán

en marzo de ese año.

Daniel Felipe Aldana

Colombiano de 25 años nacido en Bogotá.

Adepto a la tecnología, los videojuegos,

los cómics y la creación literaria,

de preferencia en los géneros suspense,

negro y policíaco, enfocándose en las

historias que exploran el comportamiento

humano cuando éste es errático

y aterrador. Tiene una afición por el

deporte y buen estilo de vida para complementar

el correcto desarrollo de las

capacidades intelectuales.

Gabriela Bolaños Cacho Gasca

Escritora, poetisa y prosista mexicana,

nacida el 18 de abril de 1996 en la actual

Ciudad de México; reside en Aguascalientes

y cursa el penúltimo semestre de la

Licenciatura en Comunicación e Información

en la Universidad Autónoma de

Aguascalientes. También es colaboradora

recurrente en revistas digitales nacionales

como Sputnick y Symposium, ésta última

perteneciente al Ateneo de la Juventud,

así como la publicación de dos de sus textos

auspiciados por editoriales españolas.

Roberto Omar Román

Nació en la Ciudad de México, D.F. en 1965.

Es cofundador del Grupo Literaria Urawa

en la ciudad de Toluca, iniciado en mayo

de 1993, ubicado en la biblioteca central

Leona Vicario, lugar donde se congregan

cada sábado, un reducido grupo de escritores,

principiantes e iniciados, a tallerear

poesía, narrativa y ensayo. Ha publicado

cuentos y poemas en las antologías colectivas

La semana comienza los sábados,

Gambusinos, Átomos literarios y minificciones

en la revista Urawario.

191


Lorenzo Ko

Nacío en 1995 en Valladolid. Por ahora,

estudia Filología Hispánica en la UVa y

Dirección escénica y Dramaturgia en la

ESADCyL; pero, sobre todo, escribe. Escribe

porque es su pasión y, con ello, ha

conseguido publicar y ganar algún que

otro premio.

Juan Pablo Goñi

Escritor argentino. Ha publicado: Bollos

de papel; Mis Escritos (Argentina),

2016; La puerta de Sierras Bayas, Pukiyari

Editores, USA 2014. Mercancía sin

retorno, La Verónica Cartonera (España,

2015). Alejandra y Amores, utopías y

turbulencias, Dunken (Argentina, 2002).

Relatos y poemas en antologías y revistas

en Argentina, España, Ecuador,

Perú, México y Estados Unidos. Ganador

Premio Novela Corta La verónica

Cartonera (España), 2015.

Kalton Harold Bruhl

(Honduras, 1976) ha publicado los libros

de relatos El último vagón (2013),

Un nombre para el olvido (2014), La

dama en el café y otros misterios(2014),

Donde le dije adiós (2014), Sin vuelta

atrás (2015), La intimidad de los Recuerdos

(2017); Novela: La mente dividida(2014).

Es premio Nacional de

Literatura Ramón Rosa y miembro de

número de la Academia Hondureña de

la Lengua, Correspondiente de la Real

Academia de la Lengua.

192

Oliver Salvador López Gutiérrez

Dicen que es un extraño hombrecillo

que deambula de aquí para allá y de

allá para acá. Su nombre es Oliver Salvador

López Gutiérrez, pero le apodan

Chava, y es un espécimen algo raro en

la naturaleza. Es difícil de conversar

con él, pero quien lo hace, encontrará

una clase de charla que difícilmente se

ve en otros. Es de temperamento difícil,

terco y ocurrente. Está en peligro de

extinción.


Cristina Valero

Cristina Valero nació un Diciembre frío y

nevado en Cataluña. Sus padres la abrazaron

y apretándola contra su pecho escuchó

las primeras palabras de Amor, y

sus ojos pequeños se hicieron grandes y

saltones. Estudió Educación Infantil en

Barcelona y se interesó por la literatura

infantil, la transformación emocional, la

pedagogía y la manera del ser humano

de relacionarse consigo mismo. Mirando

y aprendiendo, empezó a escribir

cuentos como si no hubiera mañana.

Miguel Ángel Barragan

Nacido el 5 de septiembre de 1989 en

la Ciudad de México. A los 12 años de

edad ingresé a Iniciación Universitaria

de la Escuela Nacional Preparatoria,

Plantel No. 2, de la UNAM. Seis años

después, estudié Filosofía en la Facultad

de Filosofía y Letras de la UNAM,

de donde egresé con honores en 2012.

Actualmente copywriter publicitario y

amante de las letras.

Andrea Medina

Colombiana nacida en Venezuela, graduada

en Educación en el año 2015. Actualmente

vive en Quito, Ecuador y se

desempeña como tutora privada de inglés

para principiantes. Su gran pasión

es escribir y espera hacerlo profesionalmente

muy pronto; escribe nuevos

relatos con regularidad y trabaja en el

desarrollo de dos novelas. Su género literario

favorito es el thriller psicológico

y lee mucho al respecto.

Juan Christian Aguirre Contreras

Por mucho tiempo, no tuvo la certeza

de lo que estaba haciendo. A veces produciendo,

otras trabajando para redes

sociales o fotografiando animaciones

cuadro por cuadro. Actualmente estudia

la Maestría en Guión y retomó

el gusto por escribir relatos y cuentos

cortos. Ahora vive en un cuarto de hotel

y desde ahí cuenta sus historias. Si

le preguntan que está haciendo, el está

haciendo cine un guión a la vez.

193


Juan Pascal

Licenciado en Economía. Obtuvo uno

de los accésit en el I, II y III Certamen literario

Sierra de Francia con unos relatos

titulados La búsqueda, La mujer del paraguas

y Por su alma, respectivamente.

Además, su relato Los heraldos del bosque

fue seleccionado y publicado en la

antología Kalpa III Relatos satánicos de

Castilla y León.

Juss Kadar

Técnico de farmacia por profesión, su

pasión siempre ha sido escribir cualquier

historia, ya sea de intriga, amor,

fantasía... Una escritora por impulso

que se atreve con todos los géneros.

Ganadora de varios premios literarios

en el Instituto y uno concedido por el

ayuntamiento en San Sebastián de los

Reyes (Madrid) En 2012 iniciaba el blog

La muerte de los sueños, donde como

un diario contaría su lucha para convertirse

en una escritora reconocida.

Aly Cañizales

Escritor regiomontano, su inspiración

llegó a partir de un sueño, complementando

que su sueño fue siempre

ser escritor, A sus 29 años comenta

que desde pequeño se interesó en

la lectura y en las bellas artes como

la fotografía, el teatro, la pintura y la

música. Es fiel seguidor de escritores

digitales españoles tales como Fernando

Trujillo Sáenz, y Cesar García.

José Luis Vázquez

Editor, cantautor, investigador privado

retirado y estudiante de la carrera

de Lengua y literatura hispánica en

la facultad de filosofía y letras de la

UNAM. Además de diversos premios

literarios en Japón, ostenta el segundo

lugar como mejor jugador de Super

Contra en Retroachievemens

194


195


en nuestro siguiente número:

Una nueva y mejorada

revista, la cual será ahora

en formato mensual, con más

cuentos, ensayos para ustedes

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