Views
3 months ago

el-baron-rampante

mientras yo de un salto

mientras yo de un salto me subí a la rama de encima. El lobo cayó con un apenas insinuado ladrido de perro, y al dar consigo en el suelo se rompió los huesos quedándose tieso. - ¿Y los otros dos lobos? -...Los otros dos me estaban estudiando, inmóviles. Entonces, así de golpe, me quité la casaca y la capucha de piel de oveja y se los tiré. Uno de los dos lobos, al verse volar encima esta sombra blanca de cordero, trató de aferraría con los dientes, pero como se esperaba un gran peso y se encontró en cambio con un despojo vacío, perdió el equilibrio, terminando también él por romperse patas y cuello en el suelo. - Aún queda uno... -...Aún queda uno, pero al haberme repentinamente aligerado de ropa tras sacarme la casaca, me vino uno de esos estornudos que hacen temblar el cielo. El lobo, ante aquel estruendo imprevisto y nuevo, tuvo tal sobresalto que cayó del árbol rompiéndose el pescuezo como los otros. Así contaba mi hermano su noche de batalla. Lo cierto es que el frío que cogió, ya enfermizo como estaba, casi le fue fatal. Estuvo unos días entre la vida y la muerte, y fue curado a expensas del municipio de Ombrosa, en señal de agradecimiento. Tendido en una hamaca, estaba rodeado por un tropel de doctores que subían y bajaban por las escaleras de mano. Se llamó a consulta a los mejores médicos de la circunscripción, y unos le inyectaban lavativas, otros le hacían sangrar, otros le ponían cataplasmas, o compresas. Nadie hablaba ya del barón de Rondó como de un loco, sino como de uno de los mayores talentos y fenómenos del siglo. Esto mientras estuvo enfermo. Cuando se curó, volvió a llamársele, por unos, sabio como antes, por otros, loco como siempre. El caso es que ya no hizo tantas cosas extrañas. Siguió imprimiendo un hebdomadario, que ya no se tituló El Monitor de los Bípedos sino El Vertebrado Racional. XXV No sé si por esa época ya se había fundado en Ombrosa una Logia de Francmasones; fui iniciado a la masonería mucho más tarde, después de la primera campaña napoleónica, junto con gran parte de la burguesía pudiente y de la pequeña nobleza de nuestras tierras, y no podría decir, por lo tanto, cuáles fueron las primeras relaciones de mi hermano con la Logia. A este propósito citaré un episodio ocurrido más o menos en los tiempos de los que estoy hablando, y que varios testimonios confirmarían como verdadero. Llegaron un día a Ombrosa dos españoles, viajeros de paso. Se fueron a casa de un tal Bartolomeo Cavagna, pastelero, conocido como fracmasón. Parece que se presentaron como hermanos de la Logia de Madrid, de modo que él los llevó por la noche a asistir a una junta de la masonería de Ombrosa, que entonces se reunía a la luz de antorchas y cirios en un claro en medio del bosque. De todo esto se tienen noticias sólo por rumores y suposiciones: lo que es cierto es que al día siguiente los dos españoles, en cuanto salieron de donde se hospedaban, fueron seguidos por Cósimo de Rondó, que sin ser visto los vigilaba desde lo alto de los árboles. Los dos viajeros entraron en el patio de una posada extramuros. Cósimo se apostó sobre una glicina. En una mesa había un cliente que los esperaba; no se le veía el rostro, encubierto por un sombrero negro de anchas alas. Aquellas tres cabezas, o mejor, aquellos tres sombreros, convergieron sobre el cuadrado blanco del mantel; y tras haber confabulado un poco, las manos del desconocido se pusieron a escribir en un papel alargado algo que los otros dos le dictaban y que, por el orden en que colocaba las palabras una bajo otra, se habría dicho una lista de nombres.

- ¡Buenos días, señores! - dijo Cósimo. Los tres sombreros se movieron dejando aparecer tres rostros con los ojos más que abiertos hacia el hombre de la glicina. Pero uno de los tres, el de las anchas alas, volvió a bajar la cabeza enseguida, hasta el punto de tocar la mesa con la punta de la nariz. Mi hermano había tenido tiempo de entrever una fisonomía que no le parecía desconocida. - ¡Buenos días a usted! - dijeron los dos -. Pero ¿es costumbre del lugar presentarse a los forasteros bajando del cielo como un pichón? ¡Espero que queráis descender de inmediato a explicárnoslo! - Quien está en lo alto está bien a la vista por todas partes - dijo el barón -, mientras que hay quien se arrastra para esconder el rostro. - Sabed que ninguno de nosotros está obligado a mostraros el rostro, señor, más de lo que está obligado a mostraros el trasero. - Sé que para cierta clase de personas es un punto de honor tener la cara en la sombra. - ¿Qué personas son ésas? - ¡Los espías, por ejemplo! Los dos compadres quedaron azorados. El inclinado permaneció inmóvil, pero por primera vez se oyó su voz: - O, por decir otras, los miembros de sociedades secretas... - soltó, lentamente. Esta intervención podía interpretarse de varios modos. Cósimo lo pensó y luego lo dijo en voz alta: - Lo que usted ha dicho, señor, puede interpretarse de varios modos. ¿Decís «miembros de sociedades secretas» insinuando que lo sea yo, insinuando que lo seáis vos, que lo seamos ambos, que no lo seamos ni vos ni yo sino otros, o porque, sea como fuere, puede servir para ver lo que digo yo después? - ¿Cómo, cómo, cómo? - dijo desorientado el hombre del sombrero de anchas alas, y en aquella desorientación, olvidándose de que debía mantener la cabeza gacha, la alzó hasta mirar a Cósimo a los ojos. Cósimo lo reconoció: ¡era don Sulpicio, el jesuita enemigo suyo de los tiempos de Olivabassa! - ¡Ah! ¡No me había engañado! ¡Abajo la máscara, reverendo padre! - exclamó el barón. - ¡Vos! ¡Estaba seguro! - dijo el español, y se quitó el sombrero, descubriendo la coronilla -. Don Sulpicio de Guadalete, superior de la Compañía de Jesús. - ¡Cósimo de Rondó, Masón Franco y Aceptado! También los otros dos españoles se presentaron con una leve inclinación. - ¡Don Calixto! - ¡Don Fulgencio! - ¿Jesuitas también los señores? - ¡Nosotros también! - Pero ¿vuestra orden no ha sido disuelta recientemente por el Papa? - ¡No para dar tregua a los libertinos y herejes de vuestra calaña! - dijo don Sulpicio, desenvainando la espada. Eran jesuitas españoles que tras la disolución de la Orden se habían echado al campo, tratando de formar una milicia armada en todas las provincias, para combatir las ideas nuevas y el teísmo. También Cósimo había desenvainado la espada. Alrededor, se había agolpado bastante gente. - Tened la bondad de bajar, si queréis batiros caballerosamente - dijo el español. Más allá había un bosque de nogales. Era la época del vareo y los campesinos habían colgado sábanas de un árbol a otro, para recoger las nueces que vareaban. Cósimo corrió a un nogal, saltó a la sábana, y allí se quedó erguido, frenando los pies que le resbalaban por la tela en aquella especie de gran hamaca.

Ficción
C A T A R R O D E P E C H O
el-cuaderno-dorado_dorislessing
Dragón 40 _2001-12_.pdf - Archivos Forteanos Latinoamericano.
Rosario viaja con perros - Ebel Barat
Eliot, T. S. (Fernando Vargas, traductor) - Poesia completa T. S. Eliot
El duende quiso madrugar. nº 5
libro-2011-2012-i100p
cincuenta-sombras-liberadas-libro-3
Brotes Negros Número 2