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7 months ago

el-baron-rampante

distintos aromas, que ya

distintos aromas, que ya conocía de cuando, traídos por el viento, llegaban hasta nuestro jardín y nos parecían una sola cosa junto con el secreto de aquella villa. Luego miraba la fronda y veía hojas nuevas, algunas grandes y brillantes como si corriese por ellas un velo de agua, otras minúsculas y pinadas, y troncos lisos o con escamas. Había un gran silencio. Sólo se elevó un vuelo de pequeñísimos mosquiteros, gritando. Y se oyó una vocecita que cantaba: «Oh, la la la! La ba-lan-çoire...-» Cósimo miró abajo. Colgado de la rama de un gran árbol cercano se balanceaba un columpio, con una niña sentada de unos diez años. Era una niña rubia, con un alto peinado un poco ridículo para una nena, un vestido azul también de persona mayor, cuya falda, ahora levantada por el columpio, se veía rebosante de encajes. La niña miraba con los ojos entornados y la nariz levantada, como por una costumbre de hacerse la señora, y comía una manzana a mordiscos, doblando la cabeza cada vez hacia la mano con la que tenía al mismo tiempo que sostener la manzana y agarrarse a la cuerda del columpio, y se daba impulso golpeando con la punta de los zapatitos en el suelo cada vez que el columpio estaba en el punto más bajo de su recorrido, y arrojaba de la boca los trocitos de piel de manzana mordisqueada, y cantaba: «Oh, la la la! La ba-lan-cobre...», como una muchachita a quien ya no le importara en absoluto ni el columpio, ni las canciones, ni tampoco (aunque quizá algo más) la manzana, y tuviera ya otros pensamientos en la cabeza. Cósimo, desde lo alto de la magnolia, se había descolgado hasta la horcadura más baja, y ahora estaba con los pies puestos, uno aquí y otro allá, en dos horquillas y los codos apoyados en una rama frente a él como en un antepecho. Los vuelos del columpio le traían a la niña justo delante de sus ojos. Ella estaba distraída y no se había dado cuenta de su presencia. De pronto lo vio allí, de pie en el árbol, con tricornio y polainas. «¡Oh!», dijo. La manzana se le cayó de la mano y rodó al pie de la magnolia. Cósimo desenvainó el espadín, se inclinó desde la última rama, alcanzó la manzana con la punta del espadín, la ensartó y se la ofreció a la niña que mientras tanto había hecho un recorrido completo del columpio y estaba de nuevo allí. - Cójala, no se ha ensuciado, sólo está un poco aplastada por un lado. La niña rubia ya se había arrepentido de haber demostrado tanta sorpresa por aquel muchachito desconocido que había aparecido allí en la magnolia, y había recobrado su aire afectado con la nariz hacia arriba. - ¿Sois un ladrón? - dijo. - ¿Un ladrón? - dijo Cósimo, ofendido; después, pensándolo mejor, la idea le gustó -. Pues sí - dijo, y se caló el tricornio sobre la frente -. ¿Algo en contra? - ¿Y qué habéis venido a robar? Cósimo miró la manzana que había ensartado en la punta del espadín, y le vino a la cabeza que tenía hambre, que casi no había probado bocado en la mesa. - Esta manzana - dijo, y empezó a mondarla con la hoja del espadín, que tenía, a pesar de las prohibiciones familiares, muy afilada. - Entonces sois un ladrón de fruta - dijo la muchacha. Mi hermano pensó en las bandas de chicos pobres de Ombrosa, que saltaban muros y setos y saqueaban los huertos, una clase de muchachos a los que se le había enseñado a despreciar y rehuir, y por primera vez pensó en cuán libre y envidiable tenía que ser aquella vida. Sí, tal vez podía convertirse en uno de ellos, y vivir así, de ahora en adelante. «Sí», dijo. Había cortado a tajadas la manzana y se puso a masticarla. La muchachita rubia soltó una carcajada que duró lo que un vuelo del columpio, arriba y abajo. - ¡Qué va! ¡A los chicos que roban fruta yo los conozco! ¡Todos son amigos míos! ¡Y ésos van descalzos, en mangas de camisa, despeinados, y no con polainas y peluca!

Mi hermano se puso rojo como la piel de la manzana. Que se burlaran de él no sólo por la peluca empolvada, que no le importaba nada, sino por las polainas, que le importaban muchísimo, y que se le considerase de aspecto inferior a un ladrón de fruta, a aquella ralea despreciada hasta un momento antes, y sobre todo el descubrir que aquella damita que hacía de dueña del jardín de los de Ondariva era amiga de todos los ladrones de fruta pero no amiga suya, todas estas cosas juntas lo llenaron de rabia, vergüenza y celos. - Oh, la la la... ¡Con polainas y peluquín! - canturreaba la niña en el columpio. Él tuvo un arranque de orgullo. - ¡No soy un ladrón de esos que conocéis! - gritó -. ¡No soy lo que se llama un ladrón! Lo decía para no asustaros, porque si supierais quién soy de verdad, os moriríais de miedo: ¡soy un bandido! ¡Un terrible bandido! La muchachita seguía columpiándose hasta sus mismas narices, se habría dicho que quería llegar a rozarlo con la punta de los pies. - ¡Qué va! ¿Y dónde está la escopeta? ¡Todos los bandidos llevan escopeta! ¡O espingarda! ¡Yo los he visto! ¡A nosotros nos han parado cinco veces la carroza, en los viajes del castillo hasta aquí! - ¡Pero el jefe no! ¡Yo soy el jefe! ¡El jefe de los bandidos no lleva escopeta! ¡Sólo lleva espada! - y mostró su espadín. La muchachita se encogió de hombros. - El jefe de los bandidos - explicó -, es uno que se llama Gian dei Brughi y viene siempre a traernos regalos, por Navidad y Pascua. - ¡Ah! - exclamó Cósimo de Rondó, alcanzado por una oleada de partidismo familiar -. ¡Entonces tiene razón mi padre, cuando dice que el marqués de Ondariva es el protector de todo el bandidaje y contrabando de la zona! La niña pasó cerca del suelo, en lugar de darse impulso frenó en seco, y saltó. El columpio vacío tembló en el aire. - ¡Bajad enseguida de ahí! ¡Cómo os habéis permitido entrar en nuestro territorio! - dijo, apuntando al chico con el índice embravecida. - ¡No he entrado y no bajaré! - dijo Cósimo con un calor parecido -. Nunca he puesto los pies en vuestro territorio, ¡y no los pondría ni por todo el oro del mundo! La muchachita entonces, con mucha tranquilidad, cogió un abanico que estaba sobre una butaca de mimbre, y aunque no hacía mucho calor, se abanicó paseando arriba y abajo. - Ahora - dijo con toda tranquilidad -, llamaré a los criados y haré que os cojan y golpeen. ¡Así aprenderéis a no entrometeros en nuestra finca! Cambiaba siempre de tono, esta niña y mi hermano quedaba desconcertado cada vez que ocurría. - ¡Donde yo estoy no es territorio y no es vuestro! - declaró Cósimo, y le entraba la tentación de añadir: «¡Y además soy el duque de Ombrosa y soy el señor de todo el territorio!», pero se contuvo, porque no le gustaba repetir las cosas que siempre decía su padre, ahora que se había escapado de la mesa tras la disputa con él; no le gustaba y no le parecía justo, también porque aquellas pretensiones al Ducado siempre le habían parecido manías; ¿a qué venía ponerse también él, Cósimo, ahora, a fanfarronear de duque? Pero no quería echarse atrás y continuó con lo que le venía en gana -. Esto no es vuestro - repitió -, porque vuestro es el suelo, y si pusiera un pie en él entonces sería un entrometido. Pero aquí arriba no, y voy por donde quiero. - Sí, entonces todo es tuyo, ahí arriba... - ¡Claro! Territorio personal mío, aquí arriba - e hizo un vago ademán hacia las ramas, las hojas a contraluz, el cielo -. En las ramas de los árboles todo es territorio mío. Di que vengan a cogerme, ¡a ver si lo consiguen! Ahora, tras tantas fanfarronadas, se esperaba que le tomara el pelo quién sabe cómo. En cambio, imprevisiblemente, se mostró interesada.

Ficción
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publicación - Gobierno de Guanajuato