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el-baron-rampante

- ¿Ah, sí? ¿Y hasta

- ¿Ah, sí? ¿Y hasta dónde llega este territorio tuyo? - Hasta donde se consigue llegar andando sobre los árboles, por acá, por allá, tras la tapia, al olivar, hasta la colina, al otro lado de la colina, al bosque, a las tierras del obispo... ¿Incluso hasta Francia? - Hasta Polonia y Sajonia - dijo Cósimo, que de geografía sólo sabía los nombres oídos a nuestra madre cuando hablaba de las Guerras de Sucesión -. Pero yo no soy egoísta como tú. A mi territorio te invito. Ahora habían pasado a tutearse los dos, pero era ella la que había empezado. - ¿Y el columpio de quién es? - dijo ella, y se sentó en él, con el abanico abierto en una mano. - El columpio es tuyo - estableció Cósimo -, pero como está atado a esta rama, depende de mí. Conque, si estás en él, mientras tocas el suelo con los pies, estás en tu territorio, pero si te levantas por el aire estás en el mío. Ella se dio impulso y voló, las manos cogidas a las cuerdas. Cósimo de la magnolia saltó a la gruesa rama que sostenía el columpio, y desde allí agarró las cuerdas y se puso a balancearla. El columpio subía cada vez más. - ¿Tienes miedo? - Yo no. ¿Cómo te llamas? - Cósimo... ¿Y tú? - Violante, pero me llaman Viola. - A mí me llaman Mino, porque Cósimo es nombre de viejos. - No me gusta. - ¿Cósimo? - No, Mino. - Ah... Puedes llamarme Cósimo. - ¡Ni por asomo! Oye, tú, tenemos que hacer un pacto. - ¿Qué dices? - respondió él, que seguía quedando mal siempre. - Digo que yo puedo subir a tu territorio y soy un huésped sagrado, ¿de acuerdo? Entro y salgo cuando quiero. Tú, en cambio, eres sagrado e inviolable mientras estés en los árboles, en tu territorio, pero en cuanto toques el suelo de mi jardín te conviertes en mi esclavo y se te encadena. - No, yo no bajo a tu jardín y ni siquiera al mío. Para mí todo es territorio enemigo igualmente. Vendrás aquí arriba conmigo, y vendrán tus amigos que roban fruta, quizá también mi hermano Biagio, aunque sea un poco cobarde, y formaremos un ejército siempre sobre los árboles y meteremos en razón a la tierra y sus habitantes. - No, no, nada de eso. Déjame explicarte; las cosas están así. Tú tienes dominio sobre los árboles, ¿de acuerdo?, pero si alguna vez tocas tierra con un pie, pierdes todo tu reino y te conviertes en el último de los esclavos. ¿Lo has entendido? Incluso si se rompe una rama y te caes, ¡lo pierdes todo! - ¡No me he caído de un árbol en mi vida! - Seguro, pero si te caes, si te caes te vuelves ceniza y el viento se te lleva. - Déjate de cuentos. Yo no bajo al suelo porque no quiero. - Oh, qué aburrido eres. - No, no, juguemos. Por ejemplo, en el columpio, ¿podría estar? - Si consigues sentarte en el columpio sin tocar tierra, sí. Cerca del columpio de Viola había otro, colgado de la misma rama, pero levantado con un nudo en las cuerdas para que no chocasen. Cósimo desde la rama bajó deslizándose agarrado a una de las cuerdas, ejercicio en el que era muy hábil porque nuestra madre nos hacía hacer muchas pruebas de gimnasia, llegó al nudo, lo deshizo, se puso en pie sobre el columpio y para darse impulso desplazó el peso del cuerpo doblándose por las rodillas e inclinándose hacia adelante. Así subía cada vez más. Los dos columpios iban

uno en un sentido y el otro en el contrario y ya llegaban a la misma altura, y se cruzaban a la mitad del recorrido. - Pero si pruebas a sentarte y a darte impulso con los pies, llegas más arriba - insinuó Viola. Cósimo le hizo una mueca. - Baja a darme impulso, sé buen chico - dijo ella, sonriéndole amable. - Pero no, si habíamos dicho que no debo bajar por ninguna razón... - y Cósimo volvía a no entender. - Sé amable. - No. - ¡Ja, ja! Has estado a punto de caer en la trampa. ¡Si ponías un pie en el suelo ya lo habías perdido todo! - Viola bajó del columpio y empezó a dar ligeros empujones al columpio de Cósimo -. ¡Huy! - De pronto había agarrado el asiento del columpio en el que mi hermano tenía los pies y le había dado la vuelta. ¡Menos mal que Cósimo se sujetaba con fuerza a las cuerdas! ¡Si no, se habría desplomado al suelo como un calabacín! - ¡Traidora! - gritó, y trepó, sujetándose a las dos cuerdas, pero la subida era mucho más difícil que la bajada, sobre todo con la niña rubia que se hallaba en uno de sus momentos malignos y tiraba de las cuerdas desde abajo en todos los sentidos. Finalmente alcanzó la rama gruesa, y se puso a horcajadas sobre ella. Con la corbata de encaje se enjugó el sudor del rostro. - ¡Ja, ja! ¡No lo has conseguido! - ¡Por un pelo! - ¡Pero yo creía que eras amiga mía! - ¡Creías! - y volvió a abanicarse de nuevo. - ¡Violante! - prorrumpió en ese momento una aguda voz femenina -. ¿Con quién estás hablando? En la escalinata blanca que llevaba a la villa había aparecido una señora: alta, delgada, con una amplísima falda; miraba con unos impertinentes. Cósimo se refugió entre las hojas, intimidado. - Con un joven, matante - dijo la niña -, que ha nacido en la copa de un árbol y por un encantamiento no puede poner los pies en el suelo. Cósimo, muy rojo, preguntándose si la niña hablaba así para burlarse de él delante de la tía, o para burlarse de la tía delante de él, o sólo por continuar el juego, o porque no le importaban nada ni él, ni la tía, ni el juego, se veía escrutado por los impertinentes de la dama, que se acercaba al árbol como para contemplar un extraño papagayo. - Uh, mais c'est un des Piovasques, ce jeune homme, je crois. Viens, Violante. Cósimo despedía llamas de humillación: haberlo reconocido con aquel aire natural, ni aún preguntándose por qué él estaba allí, y haber llamado enseguida a la niña, con firmeza pero sin severidad, y Viola que dócil, sin volverse siquiera, seguía la llamada de la tía; todo parecía sobreentender que él era persona que no contaba para nada, que casi no existía. Así aquella tarde extraordinaria se hundía en una nube de vergüenza. Pero de pronto la niña hace una señal a la tía, la tía baja la cabeza, la niña le dice algo al oído. La tía vuelve a apuntar los impertinentes sobre Cósimo. - Entonces, señorito - le dice -, ¿acepta usted tomar una taza de chocolate? Así nos conoceremos también nosotros - y echa una mirada de reojo a Viola -, en vista de que ya es amigo de la familia. Cósimo se queda allí mirando a tía y sobrina con los ojos muy abiertos. El corazón le latía con fuerza. He aquí que era invitado por los de Ondariva y de Ombrosa, la familia más altanera de aquel lugar, y la humillación de un momento antes se transformaba en desquite y se vengaba de su padre, al ser acogido por adversarios que siempre lo habían mirado de arriba abajo, y Viola había intercedido por él, y ya lo habían aceptado oficialmente como amigo de Viola, y jugaría con ella en ese jardín distinto a todos los jardines. Todo esto sintió Cósimo, pero, al mismo tiempo, un sentimiento opuesto, o más

Ficción
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