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9 months ago

el-baron-rampante

ajas, y todas las

ajas, y todas las cerezas que había sobre él las sentía encima, no habría sabido explicar cómo, parecían converger hacia él, parecía, en suma, un árbol con ojos en lugar de cerezas. Cósimo alzó el rostro y una cereza demasiado madura le cayó en la frente, ¡chac! Entornó los párpados para mirar a contraluz (el sol crecía) y vio que tanto aquél como los árboles vecinos estaban llenos de chicos encaramados. Al verse observados ya no se estuvieron callados, y con voces agudas aunque apagadas decían algo así como: «¡Míralo ahí qué guapo!», y apartando las hojas de delante, cada uno de la rama en que estaba descendió a la de abajo, hacia el muchacho con el tricornio en la cabeza. Ellos no llevaban nada en la cabeza o bien desflecados sombreros de paja, y algunos iban encapuchados con sacos; vestían desgarradas camisas y calzones; en los pies quien no iba descalzo llevaba tiras de trapo, y alguno atados al cuello tenía los zuecos, que se había quitado para trepar; eran la gran banda de ladronzuelos de fruta, de los que Cósimo y yo nos habíamos mantenido siempre - obedientes en esto a las imposiciones familiares - muy alejados. Esa mañana, en cambio, mi hermano parecía no buscar otra cosa, aún no estando muy claro ni para él aquello que podía esperarse. Se quedó quieto y les esperó mientras bajaban señalándolo y lanzándole, agriamente, en voz baja, invectivas como: «¿Qué es lo que busca por aquí ese tipo?», y le escupían también algún hueso de cereza o le tiraban las picoteadas por los mirlos, tras haberlas hecho voltear en el aire por el rabo de hondas. - ¡Huy! - dijeron de pronto. Habían visto el espadín que le colgaba detrás -. ¿Veis lo que tiene? - y venga risas -. ¡Una palmeta! Luego se callaron y ahogaron las risas porque estaba a punto de ocurrir algo como para volverse locos: dos de estos pequeños bribones, sin decir nada, se habían colocado en una rama justo encima de Cósimo y le dejaban caer la boca de un saco en la cabeza (uno de esos sucios sacos que les servían sin duda para meter el botín, y cuando estaban vacíos se ponían en la cabeza como capuchas que bajaban por la espalda). Enseguida mi hermano se encontraría ensacado sin entender siquiera cómo y lo podrían atar como a un melón y molerlo a palos. Cósimo se olió el peligro, o quizá no se olió nada: se sintió chasqueado por lo del espadín y quiso desenvainarlo por pundonor. Lo blandió en alto, la hoja rozó el saco, él lo vio, y de una sacudida lo arrebató a los dos ladronzuelos y lo echó lejos. Fue un movimiento oportuno. Los otros dijeron «¡Oh!», a un tiempo, de contrariedad y admiración, y a los dos compinches que se habían dejado coger el saco les lanzaron insultos dialectales como: «Cuiasse! Belinúi!» Cósimo no tuvo tiempo de alegrarse de lo sucedido. Una furia opuesta se desencadenó abajo; ladraban, tiraban piedras, gritaban: «Esta vez no os escaparéis, ¡bastardos!, ¡ladrones!», y se alzaban puntas de horcones. Entre los ladronzuelos, sobre las ramas, hubo un agazaparse, un levantar piernas y codos. Había sido todo ese bullicio en torno a Cósimo lo que había dado la alarma a los agricultores que estaban alerta. El ataque estaba necesariamente preparado. Cansados de dejarse robar la fruta a medida que maduraba, algunos de los pequeños propietarios y arrendatarios del valle se habían confederado; porque a la táctica de los granujillas de escalar todos juntos un huerto, saquearlo y escapar a otro sitio, y allí vuelta a empezar, sólo podía oponérsele una táctica parecida: esto es, ponerse al acecho todos juntos en una hacienda donde tarde o temprano habrían ido, y cogerlos infraganti. Ahora los perros lanzados contra ellos ladraban dando zarpazos al pie de los cerezos con las bocas erizadas de dientes, y en el aire se alzaban las horcas de heno. Tres o cuatro ladronzuelos saltaron al suelo justo a tiempo para que les pincharan en la espalda con las puntas de los tridentes y les agujerearan los fondillos de los pantalones los mordiscos de los perros, y echar a correr gritando y hundirse, con la cabeza gacha, entre las hileras de viñas. De modo que ya nadie se atrevió a bajar: estaban aterrados sobre las ramas, tanto ellos como Cósimo. Los

campesinos apoyaban ya las escaleras en los cerezos y subían precedidos por las púas afiladas de los horcones. Pasaron algunos minutos antes de que Cósimo comprendiera que estar asustado porque estaba asustada aquella banda de vagabundos no tenía sentido, como tampoco lo tenía la idea de que ellos fuesen tan avispados y él no. El que se quedaran allí como unos tontos ya era una prueba: ¿qué esperaban para escapar a los árboles de en torno? Mi hermano podía marcharse del mismo modo que había llegado hasta allí: se encasquetó el tricornio en la cabeza, buscó la rama que le había servido de puente, pasó del último cerezo a un algarrobo, del algarrobo balanceándose se dejó caer sobre un ciruelo, y así sucesivamente. Los otros, al verlo andar por las ramas como Pedro por su casa, comprendieron que debían ir detrás de él sin tardar, si no, antes de encontrar su propio camino, quién sabe cuánto habrían padecido; y lo siguieron callados, a gatas por aquel itinerario tortuoso. Él mientras tanto, subiendo por una higuera, saltaba el cercado del campo, se descargaba sobre un melocotonero, de ramas tan tiernas que había que pasar por él de uno en uno. El melocotonero sólo servía para agarrarse al tronco retorcido de un olivo que asomaba por un muro; desde el olivo con un salto se llegaba a un roble que alargaba un robusto brazo al otro lado del torrente, y podía pasarse a los árboles de allí. Los hombres de las horcas, que ya creían en su poder a los ladrones de fruta, los vieron escapar por el aire como pájaros. Los persiguieron, corriendo con los perros ladradores, pero tuvieron que rodear el seto, luego el muro, además en aquella parte del torrente no había puentes, y para encontrar un vado perdieron tiempo y los granujas ya estaban lejos, corriendo. Corrían como cristianos, con los pies en el suelo. Sobre las ramas sólo había quedado mi hermano. - ¿Dónde habrá ido a parar el pájaro solitario con polainas? - se preguntaban, al no verlo delante. Alzaron la mirada: estaba allí, trepando por los olivos -. ¡Eh, tú, baja de ahí, ya no nos pillan! - No bajó, saltó de fronda en fronda, de un olivo pasó a otro, desapareció de la vista entre las espesas hojas plateadas. La pandilla de pequeños vagabundos, con los sacos por capucha y blandiendo cañas, asaltaba ahora unos cerezos en el fondo del valle. Trabajaban metódicamente, despojando una rama tras otra, cuando, en la cima del árbol más alto, encaramado con las piernas cruzadas, arrancando con dos dedos los rabos de las cerezas y metiéndolas en el tricornio puesto sobre las rodillas, ¿a quién vieron? ¡Al chico de las polainas! «Eh, ¿de dónde sales?» le preguntaron, arrogantes. Pero se sentían incómodos porque parecía que hubiese llegado hasta allí volando. Mi hermano cogía ahora una a una las cerezas del tricornio y se las llevaba a la boca como si fueran bombones. Luego escupía los huesos dando un resoplido, poniendo atención en no mancharse el chaleco. - Ese finolis - dijo uno -, ¿qué pretende de nosotros? ¿Por qué se nos pone delante de las narices? - Pero estaban un poco intimidados, porque habían comprendido que en los árboles se desenvolvía mejor que todos ellos. - Entre estos finolis - dijo otro -, de vez en cuando nace por equivocación uno como Dios manda: ya veis la Sinforosa... Al oír este nombre misterioso, Cósimo aguzó las orejas y, sin saber por qué, enrojeció. - ¡La Sinforosa nos ha traicionado! - dijo otro. - Pero para ser una finolis también ella era como Dios manda, y si hubiese estado aún para tocar el cuerno esta mañana no nos habrían cogido. - También un finolis puede quedarse con nosotros, claro, si quiere ser de los nuestros.

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