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(Cósimo comprendió que

(Cósimo comprendió que finolis quería decir habitante de las villas, o noble, o, en fin, persona de alta condición social.) - Oye tú - le dijo uno -, las cosas claras: si quieres estar de nuestra parte, las batidas las haces con nosotros y nos enseñas todos los trucos que sabes. - ¡Y nos dejas entrar en el huerto de tu padre! - dijo otro -. ¡A mí una vez me dispararon con sal! Cósimo los estaba oyendo, pero como absorto en un pensamiento. Luego dijo: «Pero decidme, ¿quién es la Sinforosa?» Entonces todos aquellos desarrapados entre las frondas estallaron en carcajadas, y desternillábanse de risa, tanto que alguno por poco se cae del cerezo, y uno se echaba atrás sosteniéndose con las piernas a la rama, y otro se dejaba caer colgado de las manos, siempre riendo y chillando. Con aquel alboroto, claro, volvieron a tener a los perseguidores pisándoles los talones. Mejor dicho, debía de estar allí mismo, aquella cuadrilla con los perros, porque se levantó un fortísimo ladrido y helos aquí a todos de nuevo con los bieldos. Sólo que esta vez, expertos por la derrota sufrida, para empezar ocuparon los árboles de alrededor y subieron por ellos con escaleras de mano, y desde allí con tridentes y rastrillos los rodearon. Abajo, los perros, con aquella desbandada de hombres por los árboles, no comprendieron enseguida por dónde emprenderla y se quedaron un poco desparramados, ladrando con el hocico al aire. De este modo los ladronzuelos pudieron lanzarse aprisa al suelo, correr cada uno por un lado, entre los perros desorientados, y si alguno de ellos se llevó un mordisco en una pantorrilla o un bastonazo o una pedrada, los más despejaron sanos y salvos. En el árbol quedaba Cósimo. «¡Baja!, le gritaban los demás huyendo. «¿Qué haces? ¿Estás dormido? ¡Salta al suelo mientras el camino está libre!» Pero él, aguantándose con las rodillas en la rama, desenvainó el espadín. Desde los árboles cercanos los agricultores avanzaban las horcas atadas a la punta de palos para alcanzarlo, y Cósimo, esgrimiendo el espadín, las mantenía alejadas, hasta que le asestaron una en pleno pecho inmovilizándolo en el tronco. - ¡Quieto! - gritó una voz -. ¡Es el baroncito de Piovasco! Señorito, ¿qué hace ahí arriba? ¿Cómo se ha mezclado con esa gentuza? Cósimo reconoció a Giuá de la Vasca, un colono de nuestro padre. Los horcones se retiraron. Muchos de la cuadrilla se quitaron el sombrero. También mi hermano levantó con dos dedos el tricornio y se inclinó. - ¡Eh, vosotros, los de abajo, atad los perros! - gritaron -. ¡Ayudadle a bajar! Puede bajar, señorito, ¡pero tenga cuidado que el árbol es alto! Espere, le pondremos una escalera. Después lo acompañaré yo mismo a su casa. - No, gracias, gracias - dijo mi hermano -. No os molestéis, conozco mi camino, ¡encontraré mi camino yo solo! Desapareció tras el tronco y volvió a aparecer sobre otra rama, se ocultó otra vez detrás del tronco y reapareció en una rama más arriba, quedó escondido tras el tronco otra vez y se vieron sus pies en una rama aún más alta, pues encima había espesas frondas, y los pies saltaron, y ya no se vio nada. - ¿Adónde habrá ido? - se decían los hombres y no sabían dónde mirar, si arriba o abajo. - ¡Ahí! Estaba en lo alto de otro árbol, lejos, y volvió a desaparecer. - ¡Ahí! De nuevo estaba en lo alto de otro, ondeaba como llevado por el viento, y dio un salto. - ¡Se ha caído! ¡No! ¡Está allí! Sólo se veía, sobre el temblar del verde, el tricornio y la coleta.

- Pero ¿qué amo tienes tú? - preguntaron a Giuá de la Vasca -. ¿Es hombre o animal salvaje? ¿O es el diablo en persona? Giuá de la Vasca se había quedado sin habla. Se santiguó. Se oyó el canto de Cósimo, una especie de grito modulado. - ¡Oh, la Sin-fo-ro-saaa...! V La Sinforosa: poco a poco, por las conversaciones de los ladronzuelos, supo Cósimo muchas cosas relativas a este personaje. Con ese nombre llamaban a una muchachita de las villas, que paseaba en un caballito blanco enano, y había trabado amistad con aquellos desarrapados, y durante un cierto tiempo los había protegido e incluso, prepotente como era, capitaneado. Corría en su caballito blanco por caminos y senderos, y cuando veía fruta madura en huertos sin vigilancia, los avisaba, y los acompañaba en sus asaltos a caballo como un oficial. Llevaba colgado del cuello un cuerno de caza; mientras ellos saqueaban almendros o perales, iba en su caballito de aquí para allí por el litoral, desde donde se dominaba la campiña, y en cuanto veía movimientos sospechosos de amos o campesinos que podían descubrir a los ladrones y caerles encima, soplaba el cuerno. A ese son, los granujas saltaban de los árboles y echaban a correr; de este modo no los pillaron nunca, mientras la niña estuvo con ellos. Lo que había ocurrido después, era más difícil de entender: aquella «traición» que Sinforosa había cometido en contra de ellos parecía consistir en haberlos atraído a su villa a comer fruta y luego hacerlos apalear por los criados; o quizá en haber preferido a uno de ellos, un tal Bel-Loré, por lo que todavía le gastaban chanzas, y al mismo tiempo a otro, un tal Ugasso, y haberlos puesto uno en contra otro; o que precisamente aquella paliza de los criados no hubiese tenido lugar con ocasión de un robo de fruta sino de una expedición de los dos favoritos celosos, que finalmente se habían aliado contra ella; o bien se hablaba de unas tortas que ella les había prometido repetidas veces y dado al fin, pero a las que había agregado aceite de ricino, por lo que estuvieron con retortijones de tripa durante una semana. Algún episodio de éstos o parecidos a éstos o bien todos ellos juntos, habían producido la ruptura entre Sinforosa y la banda, y ellos hablaban ahora de ella con rencor, pero al mismo tiempo con añoranza. Cósimo escuchaba estas cosas todo oídos, asintiendo como si cada detalle se fuera recomponiendo en una imagen conocida por él, y al fin se decidió a preguntar: - Pero ¿en qué villa vive esta Sinforosa? - Pero cómo, ¿quieres decir que no la conoces? ¡Si sois vecinos! ¡La Sinforosa de la villa de los Ondariva! Cósimo no tenía, desde luego, necesidad de esa confirmación para estar seguro de que la amiga de los vagabundos era Viola, la niña del columpio. Era precisamente - creo yo - porque ella le había dicho que conocía a todos los ladrones de fruta de los alrededores, por lo que se había puesto enseguida a buscar a la banda. Y desde ese momento, el anhelo que bullía en él, aunque indeterminado, se agudizó todavía más. Habría querido ora llevar a la banda a saquear los árboles de la villa de los Ondariva, ora ponerse al servicio de ella contra ellos, acaso incitándoles primero a ir a enojarla para después poderla defender, ora realizar hazañas para que indirectamente le llegasen a los oídos; y en medio de estos propósitos seguía cada vez de más mala gana a la banda, y cuando ellos bajaban de los árboles se quedaba solo y un velo de melancolía pasaba sobre su rostro, como las nubes pasan sobre el sol. Luego, de improviso, saltaba y veloz como un gato trepaba por las ramas y corría sobre huertos y jardines, canturreando entre dientes quién sabe qué, un canturreo nervioso, casi

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