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el-baron-rampante

mudo, con la mirada fija

mudo, con la mirada fija al frente que parecía que no viese nada y mantuviera el equilibrio por instinto como los gatos. Trastornado de este modo lo vimos pasar distintas veces por las ramas de nuestro jardín. «¡Allí! ¡Allí!», estallábamos, pues aún, sea lo que fuere aquello que intentásemos hacer, estaba siempre en nuestro pensamiento, y contábamos las horas, los días que llevaba en los árboles, y nuestro padre decía: «¡Está loco! ¡Está endemoniado!», y la tomaba con el abate Fauchelafleur. «¡No hay más remedio que exorcizarlo! ¿Qué esperáis? ¡Os estoy hablando a vos, l'abbé! ¿Qué hacéis ahí mano sobre mano? Tiene el demonio en el cuerpo, mi hijo, ¿entendéis?, sacre nom de Dieu!» El abate parecía reanimarse de repente, la palabra «demonio» parecía despertarle una precisa concatenación de pensamientos, e iniciaba un discurso teológico muy complicado sobre cómo debía entenderse rectamente la presencia del demonio, y no se comprendía si lo que quería era contradecir a mi padre o bien hablar en general: en suma, no se pronunciaba sobre el hecho de si una relación entre el demonio y mi hermano podía estimarse posible o excluirse a priori. El barón se impacientaba, el abate perdía el hilo, y estaba ya fastidiado. En nuestra madre, en cambio, el estado de ansiedad materna, de sentimiento fluido que está por encima de todo, se había consolidado, como tendía a hacer en ella de algún tiempo a esta parte todo sentimiento, en decisiones prácticas y búsquedas de instrumentos adecuados, como deben resolverse precisamente las preocupaciones de un general. Había hallado un anteojo de campaña, largo, con trípode; miraba por él, y se pasaba así horas en la terraza de la villa, graduando continuamente las lentes para tener enfocado al muchacho en medio del follaje, incluso cuando habríamos jurado que estaba fuera de nuestro radio. - ¿Lo ves aún? - le preguntaba desde el jardín nuestro padre, que iba arriba y abajo entre los árboles y no conseguía divisar nunca a Cósimo, salvo cuando lo tenía encima de su cabeza. La generala hacía un gesto afirmativo y al mismo tiempo de que estuviésemos callados, de que no la molestáramos, como si siguiera movimientos de tropas desde una altura. Estaba claro que a veces no lo veía ni remotamente, pero se había hecho la idea, quién sabe por qué, de que tenía que aparecer en ese determinado lugar y no en otro, y hacia allí dirigía el anteojo. De vez en cuando tenía que admitir aún para sí que se había equivocado, y entonces apartaba el ojo de la lente y se ponía a examinar un mapa catastral que tenía abierto sobre las rodillas, con una mano quieta en la boca en actitud pensativa y siguiendo la otra los jeroglíficos del mapa hasta que establecía el lugar en donde su hijo debía de haber llegado, y, calculado el ángulo, apuntaba el anteojo hacia la copa de cualquier árbol en aquel mar de hojas, enfocaba lentamente las lentes, y por cómo le aparecía en los labios una trémula sonrisa comprendíamos que lo había visto, que él estaba realmente allí. Entonces echaba mano de unas banderitas coloreadas que tenía junto al taburete, y agitaba una y luego otra con movimientos decididos, rítmicos, como mensajes en un lenguaje convencional. (Yo sentía una cierta rabia por ello, porque no sabía que nuestra madre tuviera esas banderitas y las supiese manejar, y sin duda habría estado bien que nos hubiera enseñado a jugar con ella a las banderitas, sobre todo antes, cuando los dos éramos más pequeños; pero nuestra madre no hacía nunca nada por jugar, y ahora ya no cabía esperarlo.) Debo decir que con todo su equipo de batalla, seguía siendo madre lo mismo, con el corazón encogido, y el pañuelo apretado en la mano, pero se habría dicho que hacer de generala la sosegaba, o que vivir con este temor en calidad de generala y no de simple madre le impedía sentirse desgarrada, precisamente porque era una mujercita delicada, que por única defensa tenía aquel estilo militar heredado de los Von Kurtewitz. Estaba allí, agitando una de sus banderolas mientras miraba por el anteojo, y he aquí que se le ilumina el rostro y ríe. Comprendimos que Cósimo le había contestado. De qué manera no lo sé, quizá agitando el sombrero, o sacudiendo una rama. Lo cierto es que

desde entonces nuestra madre cambió, ya no tuvo el ansia de antes, y aunque su destino de madre fue tan distinto del de cualquier otra, con un hijo tan extraño y perdido para la acostumbrada vida de los afectos, esa rareza de Cósimo acabó por aceptarla antes que todos nosotros, como si ahora le recompensaran esos saludos que a partir de entonces le enviaba de vez en cuando imprevisiblemente, esos silenciosos mensajes que intercambiaban. Lo curioso fue que nuestra madre no se hizo ninguna ilusión de que Cósimo, habiéndole mandado un saludo, se dispusiera a poner fin a su fuga y volver con nosotros. En este estado de ánimo, en cambio, vivía constantemente nuestro padre, y a cada novedad, aunque mínima, que concerniera a Cósimo se daba a fantasear: «¿Ah, sí? ¿Lo habéis visto? ¿Volverá?» Pero nuestra madre, la más alejada de él, quizá, parecía la única que conseguía aceptarlo tal como era, tal vez porque no intentaba hallar una explicación. Pero volvamos a ese día. Detrás de nuestra madre asomó un momento la cabeza también Battista, que casi nunca se dejaba ver, y con aire suave alargaba un plato con una papilla y alzaba una cucharilla: «Cósimo... ¿Quieres?» Recibió una bofetada de su padre y regresó a casa. Quién sabe qué monstruosa bazofia había preparado. Nuestro hermano había desaparecido. Yo me desvivía por seguirlo, sobre todo ahora que lo sabía partícipe de las hazañas de aquella banda de pequeños pordioseros, y me parecía que me hubiese abierto las puertas de un reino nuevo, al que mirar ya no con temeroso recelo, sino con solidario entusiasmo. Iba y venía de la terraza a un desván alto desde donde podía extender la mirada sobre las copas de los árboles, y desde allí, más con el oído que con la vista, seguía los estallidos de algarada de la banda por los huertos, veía agitarse las cimas de los cerezos, asomar de vez en cuando una mano que tanteaba y arrancaba, una cabeza despeinada o encapuchada con un saco, y entre las voces oía también la de Cósimo y me preguntaba: «Pero ¿cómo se las arregla para estar ahí abajo? ¡Si hace un momento estaba aquí en el parque! ¿Ya corre más ligero que una ardilla?» Recuerdo que estaban en los rojos ciruelos, sobre el Estanque Grande, cuando se oyó el cuerno. También yo lo oí, pero no le hice caso, al no saber qué era. ¡Pero ellos! Mi hermano me contó que se quedaron mudos, y que con la sorpresa de volver a oír el cuerno no se acordaron que era una señal de alarma, sino que se preguntaron solamente si habían oído bien, si era de nuevo Sinforosa que andaba por los caminos con el caballito enano para advertirlos de los peligros. De pronto salieron disparados del huerto, pero no huían por huir, huían para buscarla, para alcanzarla. Sólo Cósimo se quedó allí, con el rostro rojo como una llama. Pero en cuanto vio correr a los granujas y comprendió que iban hacia ella, empezó a pegar brincos por las ramas arriesgándose a romperse el pescuezo a cada paso. Viola estaba en una curva de un camino que subía, parada, con una mano sosteniendo las bridas puestas sobre las crines del caballito, y la otra que empuñaba el látigo. Miraba de arriba abajo a los muchachos y se llevaba la punta del látigo a la boca, mordisqueándolo. El vestido era azul, el cuerno era dorado, colgado con una cadenita del cuello. Los chicos se habían detenido todos a un tiempo y también ellos mordisqueaban, ciruelas o dedos, o cicatrices que tenían en las manos o los brazos, o bordes de los sacos. Y poco a poco, con sus bocas mordisqueantes, casi a la fuerza para vencer un malestar, no impulsados por un verdadero sentimiento, sino más bien deseosos de que se los contradijera, empezaron a decir frases casi sin voz, que sonaban en cadencia como si trataran de cantar: - Qué has... venido a hacer... Sinforosa... ahora vuelves... ya no eres... compañera nuestra... ah, ah, ah..., ah, traicionera... Un susurrar en las ramas y helo aquí, desde una alta higuera asoma la cabeza Cósimo, entre hoja y hoja, jadeante. Ella, de abajo arriba, con el látigo en la boca, miraba a Cósimo

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