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el-baron-rampante

y a los otros, reunidos

y a los otros, reunidos todos en la misma mirada. El no se contuvo: todavía con la lengua fuera soltó: - ¿Sabes que desde entonces nunca he bajado de los árboles? Las empresas que se basan en una tenacidad interior deben ser mudas y oscuras; por poco que uno las manifieste o se vanaglorie de ellas, todo aparece fatuo, sin sentido e incluso mezquino. Así mi hermano, apenas pronunciadas esas palabras habría querido no haberlas dicho nunca, y ya no le importaba nada de nada, y le entraron incluso ganas de bajar y darlo por terminado. Tanto más cuanto que Viola se quitó lentamente el látigo de la boca y dijo, con un tono amable: - ¿Ah, sí? ¡Vaya con el mirlo blanco! De las bocas de aquellos piojosos empezó a bramar una carcajada, antes aún de que se abrieran y estallasen en alaridos a más no poder, y Cósimo allá arriba en la higuera tuvo tal sobresalto de rabia que la higuera, siendo de madera traidora, no resistió; una rama se partió bajo sus pies. Cósimo se desplomó como una piedra. Cayó con los brazos abiertos, no se sostuvo. A decir verdad, fue ésta la única vez, durante su estancia en los árboles de esta tierra, que no tuvo la voluntad y el instinto de agarrarse. Pero uno de los faldones de la cola del frac se enganchó en una rama baja: Cósimo se encontró colgado en el aire a cuatro palmos del suelo, cabeza abajo. La sangre en la cabeza le parecía empujada por la misma fuerza que el rubor de vergüenza. Y el primer pensamiento al desencajar los ojos vueltos al revés y ver invertidos a los muchachos aullantes, asaltados ahora por una general furia de piruetas en la que estaban todos de manera que parecían aferrados a una tierra volcada al abismo, y a la niña rubia que volaba en su caballito empenachado, su primer pensamiento fue solamente que aquélla había sido la primera vez que había hablado de su estancia sobre los árboles y que sería también la última. Con un brinco de los suyos se pegó a la rama y se puso a horcajadas. Viola, una vez devuelta la calma a su caballito, parecía ahora no haberse fijado en nada de lo que había sucedido. Cósimo olvidó al instante su descorazonamiento. La niña se llevó el cuerno a los labios y elevó la ronca nota de alarma. Ante aquel sonido los granujas (a los que - comentó más tarde Cósimo - la presencia de Viola les metía en el cuerpo una extraña excitación, como de liebres al claro de luna) se dieron a la fuga. Se dieron a la fuga así como por instinto, aún sabiendo que ella estaba jugando, y jugando también ellos, y corrían cuesta abajo imitando el sonido del cuerno, tras ella que galopaba sobre el caballito de las patas cortas. E iban tan a ciegas hacia abajo, tan atropelladamente, que de vez en cuando ya no la encontraban delante. Se había desviado y alejado del camino, diseminándolos por allí. ¿Por dónde ir? Galopaba entre los olivares que bajaban al valle en un tenue degradar de prados, y buscaba el olivo en el que en ese momento estaba afanándose Cósimo, y le daba una vuelta alrededor al galope, y volvía a alejarse. Luego hela de nuevo al pie de otro olivo, mientras entre las frondas se agarraba mi hermano. Y así, siguiendo líneas retorcidas como las ramas de los olivos, descendían juntos por el valle. Los ladronzuelos, cuando se dieron cuenta, y vieron la intriga de aquellos dos de la rama a la silla, empezaron a silbar todos juntos, con un maligno silbido de burla. Y elevando más este silbido, se alejaban hacia Porta Cápperi. La niña y mi hermano se quedaron solos en el olivar con aquel juego, pero Cósimo con desilusión notó que, desaparecida la gentuza, la alegría de Viola por aquella diversión tendía a palidecer, como si ya estuviera cediendo al fastidio. Y le entró la sospecha de que ella lo hacía todo sólo para enfurecerlos, pero al mismo tiempo también la esperanza de que ahora se comportaba deliberadamente para enfurecerlo a él: lo cierto es que siempre tenía necesidad de enfurecer a alguien para dárselas de niña bonita.

(Sentimientos todos apenas percibidos por el joven Cósimo: en realidad trepaba por aquellas ásperas cortezas sin entender nada, me imagino que como un alelado.) Al volver una loma de pronto se eleva una lluvia de piedras. La niña se protege la cabeza tras el cuello del caballito y escapa; mi hermano sobre un codo de rama, a la descubierta, queda a tiro. Pero las piedras llegan allá arriba demasiado oblicuas para hacerle daño, salvo alguna en la frente o las orejas. Silban y ríen, aquellos desatados, gritan: «Sin-fo-ro-sa es as-que-ro-sa...», y escapan. Ahora los granujas han llegado a Porta Cápperi, adornada con cascadas verdes de alcaparras que bajan por los muros. De las chozas de alrededor sale un griterío de madres. Pero éstos son niños a los que por la noche sus madres no les gritan para que vuelvan, sino porque han vuelto, porque vienen a cenar a casa, en vez de irse a buscar de comer en otro lugar. En torno a Porta Cápperi, en casuchas y barracas de tablas, carromatos renqueantes, tiendas, se apiñaba la gente más pobre de Ombrosa, tan pobre que se la tenía fuera de las puertas de la ciudad y lejos de los campos, gente emigrada de tierras y países lejanos, perseguida por la carestía y la miseria que se extendía por todos los Estados. El sol se ocultaba, y mujeres despeinadas con niños al pecho soplaban en hornillos humeantes, y mendigos se tumbaban al fresco desvendando las llagas, otros jugando a los dados con gritos entrecortados. Los cofrades de la banda de la fruta se mezclaban ahora a ese humo de fritos y a esos altercados, recibían reveses de sus madres, se peleaban entre sí rodando por el polvo. Y ya sus harapos habían cogido el color de todos los otros harapos, y su alegría de pájaros enviscada en aquel conglomerado humano se deshacía en una densa sandez. Hasta tal punto que, ante la aparición de la niña rubia al galope y de Cósimo sobre los árboles de alrededor, apenas alzaron los ojos intimidados, se hicieron atrás, trataron de perderse entre la polvareda y el humo de los hornillos, como si entre ellos se hubiese levantado súbitamente un muro. Todo eso para ellos dos fue un momento, un abrir y cerrar de ojos. Ahora Viola había dejado a sus espaldas el humo de las barracas que se mezclaba con la sombra de la noche y los chillidos de las mujeres y los niños, y corría entre los pinos de la playa. Allí estaba el mar. Se le oía rodar entre los cantos. Estaba oscuro. Un rodar más chirriante: era el caballito que corría salpicando chispas contra los guijarros. Desde un pino bajo y retorcido, mi hermano miraba la sombra clara de la niña rubia atravesar la playa. Una ola sin apenas cresta se elevó desde el mar negro, se levantó volcándose, y avanzaba toda blanca, se rompía y la sombra del caballo con la muchachita la había rozado a la carrera, y sobre el pino una salpicadura blanca de agua salada le mojó el rostro a Cósimo. VI Aquellos primeros días de Cósimo sobre los árboles no tenían una finalidad o un programa, sino que estaban dominados solamente por el deseo de conocer y poseer aquel reino suyo. Habría querido explorarlo enseguida hasta los límites más extremos, estudiar todas las posibilidades que le ofrecía, descubrirlo planta por planta y rama por rama. Digo: habría querido, pero de hecho lo veíamos reaparecer de continuo sobre nuestras cabezas, con ese aire ajetreado y ágil de los animales salvajes, que tal vez se los ve agazapados y quietos, pero siempre como si estuvieran a punto de saltar. ¿Por qué volvía a nuestro parque? Al verlo andar de un plátano a un acebo dentro del radio del anteojo de nuestra madre se habría dicho que la fuerza que lo impulsaba, su pasión dominante, era todavía la polémica con nosotros, el hacernos apenar o enojar. (Digo nosotros porque todavía no había conseguido entender qué pensaba de mí: cuando

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