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el-baron-rampante

la espesura, llegó al

la espesura, llegó al punto donde vio dos ojos que le clavaban la mirada, amarillos, entre las hojas, frente a él. Cósimo adelantó el espadín, apartó una rama, la dejó volver despacio a su sitio. Echó un suspiro de alivio, se rió del miedo pasado; había visto de quién eran aquellos ojos amarillos, eran de un gato. La imagen del gato, apenas vista al apartar la rama, permanecía nítida en su mente, y después de un momento, Cósimo estaba de nuevo temblando de miedo. Porque aquel gato, igual en todo a otro gato, era un gato terrible, espantoso, para ponerse a gritar con sólo verlo. No puede decirse qué era lo que tenía de tan espantoso: era uno de esos gatos grises con estrías negras, más grande que todos los gatos grises, pero esto no quería decir nada, era terrible con sus bigotes rectos como púas de puerco espín, con el bufido que se sentía salir, casi más con la vista que con el oído, de entre una doble fila de dientes afilados como garfios; con las orejas que eran algo más que agudas, eran dos llamas en tensión, adornadas de una falsamente tenue pelusilla; con el pelo, todo tieso, que se hinchaba en torno al cuello contraído en un collar rubio, y desde allí partían las estrías que se agitaban en los costados como acariciándose entre sí; con la cola inmóvil en una postura tan innatural que parecía insostenible: a todo esto que Cósimo había visto en un segundo detrás de la rama dejada volver enseguida a su sitio, agregábase aquello que no había tenido tiempo de ver pero se imaginaba: el mechón exagerado de pelos que en torno a las patas enmascaraba la fuerza lancinante de las uñas, dispuestas a arrojarse contra él; y aquello que aún veía: los iris amarillos que lo miraban entre las hojas girando en torno a la pupila negra; y aquello que sentía: el refunfuño cada vez más ronco e intenso; todo esto le dio a entender que se encontraba ante el más feroz gato salvaje del bosque. Callaban todos los trinos y aleteos. Saltó, el gato salvaje, pero no contra el muchacho, un salto casi vertical que sorprendió a Cósimo más que asustarlo. El susto llegó después, cuando vio al felino sobre una rama justo encima de su cabeza. Allí estaba, encogido, le veía la barriga de largo pelo casi blanco, las patas tensas con las uñas en la madera, mientras arqueaba el lomo y hacía: «fff...», y se preparaba sin duda a caer sobre él. Cósimo, con un movimiento perfecto ni siquiera razonado, pasó a una rama más baja. «Fff... fff...», hizo el gato salvaje, y a cada uno de los «fff...» daba un salto, uno aquí y otro allá, y se halló de nuevo en la rama encima de Cósimo. Mi hermano repitió su movimiento, pero se encontró a horcajadas de la rama más baja de aquella haya. Debajo, el salto hasta el suelo era de una cierta altura, pero no tanto que no fuera preferible saltar antes que esperar qué haría el animal, en cuanto terminase de emitir aquel desgarrador sonido entre el bufido y el maúllo continuado. Cósimo levantó una pierna, como si fuera a saltar, pero como en él chocaron dos instintos - el más natural de ponerse a salvo y el de la obstinación de no bajar ni a costa de la vida -, se sujetó a la rama con los muslos y las rodillas a un tiempo; al gato le pareció que era ése el momento de lanzarse, mientras el muchacho estaba allí oscilante; se le echó encima en una confusión de pelos, uñas erizadas y bufidos; Cósimo no supo hacer nada mejor que cerrar los ojos y adelantar el espadín, un movimiento torpe, que el gato fácilmente evitó y ya estuvo sobre su cabeza, seguro de arrestarlo consigo bajo las uñas. Recibió un zarpazo en la mejilla, pero en vez de caerse, adherido como estaba a la rama con las rodillas, se alargó de espaldas a lo largo de la rama. Todo lo contrario de lo que se esperaba el gato, el cual se encontró lanzado de costado, a punto de caer. Quiso detenerse, hincar las uñas en la rama, y en ese instante giró sobre sí mismo en el aire: un segundo, suficiente para que Cósimo, en un imprevisto impulso de victoria, arremetiera directamente contra la barriga, y lo enfilase maullante en el espadín. Estaba a salvo, sucio de sangre, con el animal salvaje tieso en el espadín como en un asador, y una mejilla rasgada desde debajo del ojo a la barbilla por un triple arañazo. Gritaba de dolor y de victoria y no entendía nada y seguía agarrado a la rama, a la espada, al cadáver de gato, en el momento desesperado de quien ha vencido por primera

vez y ahora sabe el padecimiento que es vencer, y sabe que ya está comprometido a continuar por el camino elegido y no se le permitirá la salida del que fracasa. Así lo vi llegar entre los árboles, todo ensangrentado hasta en el chaleco, la coleta deshecha bajo el tricornio deformado, y sostenía por la cola aquel gato salvaje muerto que ahora parecía únicamente un gato. Corrí hacia la generala, a la terraza. - Señora madre - grité -, ¡está herido! - Was? ¿Herido cómo? - y ya apuntaba el anteojo. - ¡Herido que parece un herido! - dije yo, y la generala pareció encontrar pertinente mi definición, porque siguiéndolo con el anteojo mientras saltaba más rápido que nunca, dijo -: Das stimmt. Enseguida se apresuró a preparar gasas y ungüentos y bálsamos como si tuviera que abastecer la ambulancia de un batallón, y me lo dio todo a mí, para que se lo llevara, sin que ni siquiera le asomara la esperanza de que él, al tenerse que curar, se decidiera a volver a casa. Yo, con el paquete de las vendas, corrí al parque y me puse a esperarlo sobre la última morera próxima a la tapia de los de Ondariva, porque ya había desaparecido por entre la magnolia. En el jardín de los de Ondariva apareció triunfante con el animal muerto en la mano. ¿Y qué vio en el claro ante la villa? Una carroza a punto de marcharse, con los criados que cargaban el equipaje en la imperial, y, en medio de un tropel de institutrices y tías de negro y severísimas, a Viola vestida de viaje que abrazaba al marqués y la marquesa. - ¡Viola! - gritó, y alzó el gato por la cola -. ¿Adónde vas? Toda la gente de alrededor de la carroza alzó la mirada a las ramas y al verlo, desgarrado, ensangrentado, con aquel aire de loco, con aquella bestia muerta en la mano, hicieron un gesto de espanto. «Ici de nouveau! Et arrangé de quelle façon!-», y como presas de una furia todas las tías empujaban a la niña hacia la carroza. Viola se volvió con la nariz hacia arriba, y con aire de despecho, un despecho aburrido y afectado contra sus parientes pero que también podría ser contra Cósimo, soltó (sin duda respondiendo a su pregunta): «¡Me mandan al colegio!», y se volvió para subir a la carroza. No había condescendido a una mirada, ni para él ni para su caza. Ya estaba cerrada la portezuela, el cochero estaba en el pescante, y Cósimo que todavía no podía admitir aquella partida, trató de llamar la atención de ella, de darle a entender que le dedicaba aquella cruenta victoria, pero no supo explicarse más que gritándole: «¡He vencido a un gato!» El látigo chasqueó, la carroza entre el ondear de los pañuelos de las tías arrancó y desde la portezuela se oyó un: «¡Estupendo!» de Viola, no se supo si de entusiasmo o de burla. Este fue su adiós. Y en Cósimo, la tensión, el dolor de los arañazos, la desilusión de no obtener gloria por su gesta, la desesperación por aquella imprevista separación, todo se le agolpó y prorrumpió en un llanto feroz, lleno de gritos y chillidos y ramitas arrancadas. - Hors d'ici! Hors d'ici! Polisson sauvage! Hors de notre jardin! - injuriaban las tías, y todos los sirvientes de los de Ondariva acudían con largos palos o tirando piedras para echarlo. Cósimo lanzó el gato muerto a la cara de quien estaba debajo, sollozando y gritando. Los criados levantaron el animal por la cola y lo arrojaron a un estercolero. Cuando supe que nuestra vecina se había marchado, casi esperé que Cósimo bajaría. No sé por qué, ligaba a ella, o también a ella, la decisión de mi hermano de quedarse sobre los árboles. En cambio ni siquiera se habló de ello. Subí yo a llevarle vendas y ungüentos, y se curó él solo los arañazos del rostro y los brazos. Luego quiso un sedal con un gancho. Lo utilizó para recobrar, desde lo alto de un olivo que sobresalía sobre el estercolero de los

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