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el-baron-rampante

- Ja, ganz gewiss! ¡Y

- Ja, ganz gewiss! ¡Y un frasco de compota de manzana, bien caliente, envuelto en una media de lana! Y una tela encerada, para extenderla sobre la madera, que no rezume humedad... Pero dónde estará, ahora, pobrecito... Esperemos que consigas encontrarlo... Salí cargado de paquetes a la lluvia, bajo un enorme paraguas verde, y llevaba otro paraguas cerrado bajo el brazo, para dárselo a Cósimo. Lanzaba nuestro silbido, pero sólo me respondía el susurro sin fin de la lluvia sobre las plantas. Estaba oscuro; fuera del jardín no sabía a donde ir, daba pasos al azar por piedras resbaladizas, prados blandos, charcos y silbaba, y para mandar hacia arriba el silbido inclinaba para atrás el paraguas y el agua me azotaba el rostro y me lavaba el silbido de los labios. Quería ir hacia unos terrenos comunales llenos de árboles altos, donde poco más o menos pensaba que podía haberse construido su refugio, pero en aquella oscuridad me perdí, y estaba allí apretando entre los brazos paraguas y paquetes, y sólo el frasco de compota envuelto en la media de lana me daba un poco de calor. Cuando de pronto, allá arriba en la oscuridad vi una claridad entre los árboles, que no podía ser ni de luna ni de estrellas. Tras mi silbido me pareció oír el suyo, en respuesta. - ¡Cósimooo! - ¡Biagioo! - una voz entre la lluvia, allá en la cima. - ¿Dónde estás? - ¡Aquí...! ¡Voy a buscarte, pero date prisa, que me mojo! Nos encontramos. Él, arropado en una manta, bajó hasta la horqueta más baja de un sauce para enseñarme cómo se subía, a través de una complicada maraña de ramificaciones, hasta el haya de alto tronco, de la que venía aquella luz. Le di enseguida el paraguas y unos paquetes, y tratamos de trepar con los paraguas abiertos, pero era imposible, y nos mojábamos igual. Finalmente llegué a donde él me guiaba; no vi nada, salvo una claridad como entre los bordes de una tienda. Cósimo levantó uno de esos bordes y me hizo pasar. A la luz de una linterna me hallé en una especie de pequeña habitación, cubierta y cerrada por todas partes por cortinas y alfombras, atravesada por el tronco del haya, con un piso de tablas, el conjunto apoyado en las gruesas ramas. De momento me pareció un palacio, pero pronto pude darme cuenta de lo inestable que era, porque con estar dos allí dentro ya se dudaba de su equilibrio, y Cósimo enseguida tuvo que ponerse a arreglar vías de agua y puntos débiles. Sacó también los dos paraguas que había llevado, abiertos, para tapar dos agujeros del techo; pero el agua se colaba por varios otros sitios, y estábamos los dos empapados, y en cuanto al frío era como estar fuera. Pero había allí amontonada tal cantidad de mantas que uno podía enterrarse debajo dejando fuera sólo la cabeza. La linterna despedía una luz incierta, oscilante, y en el techo y las paredes de aquella extraña construcción las ramas y las hojas proyectaban sombras intrincadas. Cósimo bebía compota de manzanas a grandes sorbos, haciendo: ¡Puaj! ¡Puaj! - Es una casa bonita - dije yo. - Oh, todavía es provisional - se apresuró a responder Cósimo -. Tengo que estudiarla mejor. - ¿La has construido tú solo? - ¿Y con quién, si no? Es secreta. - ¿Podré venir yo? - No, le enseñarías el camino a alguien. - Papá ha dicho que no te hará buscar más. - Tiene que ser secreta igualmente. - ¿Por esos muchachos que roban? Pero ¿no son amigos tuyos? - A veces sí y a veces no. - ¿Y la niña del caballito? - ¿Qué te importa?

- Quería decir si es amiga tuya, si juegas con ella. - A veces sí y a veces no. - ¿Por qué a veces no? - Porque o no quiero yo o no quiere ella. - Y aquí arriba, a ella aquí arriba, ¿la dejarías subir? Cósimo, sombrío el rostro, trataba de extender una estera puesta encima de una rama. - Si viniera, la dejaría subir - dijo con gravedad. - ¿Ella no quiere? Cósimo se echó tendido en el suelo. - Se ha marchado. - Dime - dije en voz baja -, ¿sois novios? - No - respondió mi hermano, y se encerró en un largo silencio. Al día siguiente hacía buen tiempo y se decidió que Cósimo reanudaría las clases con el abate Fauchelafleur. No se dijo cómo. Simplemente y un poco bruscamente, el barón invitó al abate («En lugar de estar ahí mirando las moscas, l'Abbé...») a ir a buscar a mi hermano adonde se encontraba y hacerle traducir algo de Virgilio. Después temió haber puesto al abate en un aprieto excesivo y trató de facilitarle su tarea; me dijo: «Ve a decirle a tu hermano que esté en el jardín dentro de media hora para la clase de latín.» Lo dijo con el tono más natural que pudo, el tono que quería adoptar de ahora en adelante: con Cósimo en los árboles todo debía continuar como antes. Así que se dio la clase. Mi hermano sentado a horcajadas sobre una rama de olmo, las piernas colgantes, y el abate debajo, en la hierba, sentado en un taburete, repitiendo a coro hexámetros. Yo jugaba por allí y durante un rato los perdí de vista; cuando regresé también el abate estaba en el árbol; con sus largas y flacas piernas dentro de las medias negras trataba de izarse sobre una horqueta, y Cósimo lo ayudaba sosteniéndole por un codo. Encontraron una posición cómoda para el viejo, y juntos acabaron un fragmento difícil, inclinados sobre el libro. Mi hermano parecía dar prueba de gran prontitud. Después no sé cómo ocurrió, cómo el alumno escapó, quizá porque el abate allí arriba se había distraído y se había quedado embobado mirando el vacío como era su costumbre, el hecho es que acurrucado entre las ramas estaba sólo el viejo cura negro, con el libro sobre las rodillas, y miraba volar una mariposa blanca y la seguía con la boca abierta. Cuando la mariposa desapareció, el abate se dio cuenta de que estaba allí en la cima, y le entró miedo. Se abrazó al tronco, empezó a gritar: «Au secours! Au secours!», hasta que vino gente con una escalera y poco a poco se tranquilizó y bajó. IX En fin, Cósimo, con toda su famosa fuga, vivía junto a nosotros casi como antes. Era un solitario que no evitaba a la gente. Al contrario, se habría dicho que sólo la gente le importaba. Se dirigía a los sitios donde había campesinos que cavaban, que esparcían estiércol, que segaban los prados, y lanzaba palabras corteses de saludo. Ellos alzaban la cabeza asombrados y él trataba de mostrarles enseguida dónde estaba, porque ya se le había pasado la costumbre, que tanto habíamos practicado cuando íbamos juntos por los árboles antes, de hacer cucú y bromear con la gente que pasaba por debajo. Al comienzo los campesinos, al verlo salvar tales distancias por las ramas, no entendían, no sabían si saludarlo quitándose el sombrero como se hace con los señores o gritarle como a un granuja. Luego se acostumbraron e intercambiaban con él palabras sobre las labores, el tiempo, y aparentaban incluso valorar su juego de estar allá arriba, ni mejor ni peor que otros muchos juegos que veían practicar a los señores.

Ficción
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