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el-baron-rampante

- Se persiguen. ¡Ella

- Se persiguen. ¡Ella quiere meterle una lagartija viva bajo la camisa para que se le pase el hipo! ¡El no quiere! - Y volvió a irse para verlos. Así pasamos aquella velada en la villa, nada distinta a decir verdad de las demás, con Cósimo sobre los árboles, que participaba como a hurtadillas de nuestra vida, pero esta vez había huéspedes, y la fama del extraño comportamiento de mi hermano se difundía por las cortes de Europa, con vergüenza de nuestro padre. Vergüenza inmotivada, tanto es así que al conde de Estomac nuestra familia le produjo una impresión favorable, y de este modo ocurrió que nuestra hermana Battista se prometió con el condesito. X Los olivos, por sus contorsiones, son para Cósimo caminos cómodos y llanos, árboles pacientes y amigos, con su áspera corteza, para pasar por ellos y para detenerse en ellos, aún cuando las ramas gruesas sean pocas en cada árbol y no haya gran variedad de movimientos. En una higuera, por el contrario, teniendo cuidado de que soporte el peso, no se acaba nunca de dar vueltas; Cósimo está bajo el pabellón de las hojas, ve transparentarse el sol en medio de las nervaduras, los frutos verdes hincharse poco a poco, huele el látex que gotea por el cuello de los pedúnculos. La higuera se apodera de ti, te impregna con su humor gomoso, con los zumbidos de los abejorros; poco después a Cósimo le parecía estar convirtiéndose en higuera él mismo y, molesto, se marchaba. Sobre el duro serbal, o sobre la morera, se está bien; lástima que sean escasos. Lo mismo los nogales, que incluso a mí, y es mucho decir, a veces viendo a mi hermano perderse en un viejo nogal inmenso, como en un palacio de muchos pisos e innumerables habitaciones, me venían ganas de imitarlo, de estarme allá arriba; tanta es la fuerza y la certeza que pone ese árbol en ser árbol, la obstinación en ser pesado y duro, que se expresa hasta por sus hojas. Cósimo se sentía a gusto entre las onduladas hojas de las encinas, y amaba su agrietada corteza, de la que cuando estaba distraído arrancaba pedacitos con los dedos, no por instinto de causar daño, sino como para ayudar al árbol en su largo esfuerzo por rehacerse. O también desescamaba la blanca corteza de los plátanos, descubriendo capas de viejo oro mohoso. Amaba también los troncos almohadillados como los del olmo, que en los nudos echa brotes tiernos y penachos de hojas dentadas y de sámaras de papel; pero es difícil moverse por él porque las ramas van hacia arriba, débiles y tupidas, y dejan poco paso. En los bosques, prefería hayas y encinas; porque en el pino las horcaduras, muy próximas, nada fuertes y todas llenas de agujas, no dejan sitio ni apoyo; y el castaño, entre las hojas espinosas, los erizos, la corteza, y las ramas altas, parece hecho aposta para mantenerlo a uno lejos. Estas amistades y distinciones Cósimo las reconoció más tarde con el tiempo, poco a poco, o sea reconoció conocerlas; pero ya en aquellos primeros días empezaban a formar parte de él como instinto natural. El mundo ya era para él distinto, compuesto de estrechos y curvados puentes en el vacío, de nudos o escamas o arrugas que hacen escabrosas las cortezas, de luces cuyo verde varía según el toldo de hojas espesas o más escasas, temblorosas a la primera sacudida del aire en sus pedúnculos, o modas como velas con el curvarse del árbol. Mientras que el nuestro, de mundo, se achataba allá al fondo, y nosotros teníamos formas desproporcionadas y desde luego no entendíamos nada de lo que él sabía allá arriba, él que pasaba las noches escuchando cómo la madera llena con sus células los anillos que señalan los años en el interior de los troncos, y cómo los mohos aumentan su mancha con el cierzo, y con un estremecimiento los pájaros dormidos dentro del nido esconden la cabeza allí donde es más blanda la pluma del ala, y se despierta la oruga, y se abre el huevo del alcaudón. Hay un momento en que el silencio de la campiña se junta en la cavidad del oído como un polvillo de ruidos, un

graznido, un castañeteo, un murmullo velocísimo entre la hierba, un chasquido en el agua, un pataleo entre tierra y piedras, y el chirrido de la cigarra por encima de todo. Los ruidos se atraen uno al otro, el oído llega a distinguir siempre unos nuevos, como a los dedos que deshacen un copo de lana cada hebra se descubre trenzada con hilos cada vez más sutiles e impalpables. Las ranas, mientras tanto, siguen con su croar, que queda al fondo y no altera el flujo de los sonidos, del mismo modo que la luz no varía con el continuo parpadeo de las estrellas. En cambio, cada vez que se levantaba o corría el viento, todos los ruidos cambiaban y eran nuevos. Sólo quedaba en la cavidad más profunda del oído la sombra de un bramido o un murmullo: era el mar. Llegó el invierno, Cósimo se confeccionó una casaca de pieles. La cosió él mismo con trozos de pieles de varios animales cazados por él: liebres, zorros, martas y hurones. En la cabeza llevaba todavía el gorro de gato salvaje. Se cosió también unos calzones de piel de cabra con el fondillo y las rodilleras de cuero. En cuanto a los zapatos, comprendió finalmente que para los árboles lo mejor eran las zapatillas, y se hizo un par con no sé qué piel, quizá de tejón. Así se defendía del frío. Hay que decir que en esa época por aquí los inviernos eran benignos, no con ese frío de ahora que, según dicen, lo ha sacado Napoleón de Rusia y lo ha traído detrás suyo. Pero incluso entonces pasar las noches de invierno al raso no era precisamente algo deseable. Para la noche Cósimo había encontrado el sistema de los odres de piel; nada de tiendas o cabañas: un odre con el pelo hacia dentro, colgado de una rama. Se introducía dentro de él, desaparecía del todo y se dormía acurrucado como un niño. Si un ruido insólito cruzaba la noche, de la boca del saco salía el gorro de piel, el cañón del fusil, y luego él con los ojos muy abiertos. (Decían que los ojos se le habían vuelto luminosos en la oscuridad, como los gatos y los búhos: pero yo no lo advertí nunca.) Por la mañana, en cambio, cuando cantaba el arrendajo, salían fuera del saco dos manos con los puños cerrados, éstos se alzaban y dos brazos se alargaban estirándose lentamente, y ese estirarse sacaba al exterior su cara bostezante, su busto con el fusil en bandolera y el frasco de la pólvora, sus piernas arqueadas (empezaban a torcérsele un poco, por la costumbre de estar y moverse siempre a gatas o en cuclillas). Las piernas aparecían, se desentumecían, y así, con un encogimiento de hombros, rascándose bajo la casaca de piel, despierto y fresco como una rosa, Cósimo comenzaba su jornada. Iba a la fuente, porque tenía una fuente colgante, inventada por él, o mejor dicho, construida ayudando a la naturaleza. Había un riachuelo que en un lugar cortado a pico caía en forma de cascada, y allí cerca una encina alzaba sus altas ramas. Cósimo, con un trozo de corteza de álamo de un par de metros de largo, había construido una especie de canalón, que llevaba el agua desde la cascada a las ramas de la encina, y así podía beber y lavarse. Que se lavaba lo puedo asegurar, porque lo vi en distintas ocasiones; no mucho ni tampoco todos los días, pero se lavaba; incluso tenía jabón. Con el jabón, algunas veces, si le daba por ahí, hacía también la colada; para ello se había subido una tina a ese árbol. Luego tendía la ropa a secar en cuerdas de una rama a otra. Todo lo hacía, pues, sobre los árboles. Hasta había encontrado el modo de asar los animales que cazaba, sin descender nunca. Hacía esto: prendía fuego a una piña con un eslabón y la tiraba al suelo, a un sitio adecuado para hogar (se lo había preparado yo, con unas piedras lisas), luego dejaba caer encima palitos y ramas, regulaba la llama con morillos atados a unos palos largos, de forma que llegasen al asador, colgado entre dos ramas. Todo eso exigía atención, ya que es fácil en los bosques provocar un incendio. Por esta razón este hogar estaba también bajo la encina, cerca de la cascada de la que se podía sacar, en caso de peligro, todo el agua que se quisiera. Así, en parte comiendo de lo que cazaba, en parte intercambiándolo con los campesinos por fruta u hortalizas, se las arreglaba muy bien, incluso sin necesidad de que le pasaran nada de casa. Un día supimos que bebía leche fresca todas las mañanas; se

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