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había hecho amigo de

había hecho amigo de una cabra, que iba a trepar a una horqueta de olivo, un sitio fácil, a dos palmos del suelo, o mejor, no es que trepase, subía con las patas de atrás, de suerte que él, bajando con un cubo hasta la horqueta, la ordeñaba. Lo mismo había acordado con una gallina, paduana, roja, excelente. Le había hecho un nido secreto, en la cavidad de un tronco, y un día sí y otro no encontraba allí un huevo, que sorbía tras haberlo agujereado con un alfiler. Otro problema: sus necesidades. Al principio, aquí o allá, no se preocupaba, el mundo es grande, las hacía donde se le ocurría. Luego comprendió que no estaba bien. Entonces halló, a orillas del torrente Merdanzo, un aliso que sobresalía sobre el punto más propicio y apartado, con una horqueta en la que era posible sentarse cómodamente. El Merdanzo era un torrente oscuro, escondido entre las cañas, de curso rápido, y los pueblos vecinos vertían en él los desagües. De este modo, el joven Piovasco de Rondó vivía civilmente, respetando el decoro del prójimo y el suyo propio. Pero un necesario complemento humano le faltaba, en su vida de cazador: un perro. Estaba yo, que me arrojaba por las malezas, entre los matorrales, para buscar el tordo, la agachadiza, la codorniz, caídos al encontrarse en medio del cielo con su disparo, o también los zorros cuando, tras una noche al acecho, detenía uno de larga cola, apenas salía del brezal. Pero sólo de vez en cuando podía escapar para reunirme con él en los bosques: las clases del abate, el estudio, el ayudar a misa, las comidas con mis padres me retenían; los cien deberes de la vida familiar a los que estaba sometido, porque en el fondo la frase que siempre oía repetir: «En una familia, con un rebelde ya es suficiente», no carecía de razón, y dejó su huella durante toda mi vida. Cósimo iba pues de caza casi siempre solo, y para recobrar las piezas (cuando no ocurría el caso de la oropéndola que se quedaba con sus alas amarillas y tiesas colgadas de una rama), usaba una especie de utensilios de pesca: sedales con bramantes, ganchos o anzuelos, pero no siempre lo conseguía, y a veces una becada acababa cubierta de hormigas en el fondo de un zarzal. He hablado hasta ahora de las tareas de los perros cobradores. Porque Cósimo entonces cazaba casi solamente al acecho, y se pasaba mañanas o noches encaramado en su rama, esperando que el tordo se posase en la punta de un árbol, o que la liebre apareciese en un claro del bosque. Si no, vagaba al azar, siguiendo el canto de los pájaros, o adivinando las pistas más probables de los animales de pelo. Y cuando oía el ladrido de los sabuesos tras la liebre o el zorro, sabía que tenía que alejarse de allí, porque aquélla no era bestia suya, sino de un cazador solitario y casual. Respetuoso como era con las normas, aún cuando desde sus infalibles puestos de vigía podía descubrir y apuntar al animal perseguido por los perros ajenos, nunca alzaba el fusil. Esperaba que por el sendero llegase el cazador jadeante, con el oído alerta y la mirada extraviada, y le indicaba hacia dónde había ido la bestia. Un día vio correr un zorro: una ola roja en medio de la hierba verde, un bufido feroz, con bigotes erizados; atravesó el prado y desapareció en el brezal. Y detrás: «¡Uauauaaa!», los perros. Llegaron al galope, midiendo la tierra con los hocicos; dos veces se encontraron sin olor de zorro en las narices y doblaron en ángulo recto. Ya estaban lejos cuando con un gañido: «Ui, ui», hendió la hierba uno que llegaba a saltos, más de pez que de perro, una especie de delfín que nadaba asomando un hocico más agudo y unas orejas más colgantes que un podenco. Por detrás era un pez; parecía nadar agitando aletas, o bien patas de palmípedo, sin piernas y larguísimo. Salió al claro: era un pachón. Sin duda se había unido al tropel de los sabuesos y se había quedado atrás, joven como era, o mejor, casi un cachorro todavía. El ruido de los sabuesos era ahora un «buaf» de despecho, porque habían perdido la pista y la compacta carrera se ramificaba en una red de búsquedas nasales en torno a un claro pelado, con demasiada impaciencia

por encontrar el hilo de olor perdido para buscarlo bien, mientras el ímpetu se perdía y alguno ya aprovechaba para echar una meadita contra una piedra. De este modo el pachón, jadeante, con su trote con el hocico alto injustificadamente triunfal, los alcanzó. Lanzaba, siempre injustificadamente, gañidos de astucia: «¡Uai!, ¡Uai!» Enseguida los sabuesos, «¡Aurrrch!», le gruñeron, dejaron por un momento la búsqueda del olor de zorro y se dirigieron hacia él, abriendo bocas de mordisco: «¡Gggrr!». Luego, rápidos, volvieron a desinteresarse y echaron a correr. Cósimo seguía al pachón, que daba pasos al azar por allí alrededor, y el pachón, oscilando con la nariz distraída, vio al muchacho en el árbol y meneó la cola. Cósimo estaba convencido de que el zorro todavía estaba escondido por allí. Los sabuesos habíanse desbandado, de vez en cuando se los oía pasar por los collados cercanos con un ladrido entrecortado e inmotivado, azuzados por las voces sofocadas e incitantes de los cazadores. Cósimo le dijo al pachón: «¡Venga! ¡Venga! ¡Busca!» El perro joven se lanzó a olfatear, a veces se volvía para mirar al muchacho. «¡Venga! ¡Venga!» Ahora ya no lo veía. Oyó algo entre los matorrales, luego, de improviso: «¡Auauauaaa! ¡Yaí, yaí yaí!» ¡Había levantado el zorro! Cósimo vio al animal correr por el prado. Pero ¿se podía disparar contra un zorro levantado por un perro ajeno? Cósimo lo dejó pasar y no disparó. El pachón alzó el hocico hacia él, con la mirada de los perros cuando no entienden y no saben que pueden tener razón al no entender, y se volvió a lanzar con el hocico bajo, detrás del zorro. - ¡Yaí, yaí, yaí! - le hizo dar toda una vuelta. Ahora volvía. ¿Podía disparar o no podía disparar? No disparó. El pachón miró hacia arriba con ojos afligidos. Ya no ladraba; la lengua le colgaba más que las orejas, estaba agotado, pero seguía corriendo. Aquel jaleo había desorientado a sabuesos y cazadores. Por el sendero corría un viejo con un pesado arcabuz. - ¡Eh! - le dijo Cósimo -, ¿ese pachón es vuestro? - ¡Iros al diablo tú y tus parientes! - gritó el viejo, que debía de estar de malas -. ¿Te parecemos tipos como para cazar con pachones? - Entonces, a lo que le eche el ojo, yo le disparo - insistió Cósimo, que quería a toda costa cumplir las reglas. - ¡Como si le quieres disparar a los santos que están en la gloria! - le respondió el otro, y se alejó corriendo. El pachón volvió a llevarle el zorro. Cósimo disparó y le dio. El pachón fue su perro; le puso de nombre Óptimo Máximo. Óptimo Máximo era un perro de nadie, que se había unido a la manada de sabuesos por pasión juvenil. Pero ¿de dónde venía? Para descubrirlo, Cósimo se dejó guiar por él. El pachón, a ras del suelo, atravesaba setos y fosos; luego se volvía para ver si el muchacho de arriba conseguía seguir su camino. Tan desacostumbrado era este itinerario que Cósimo no se dio cuenta de momento adonde habían llegado. Cuando lo supo, el corazón le latió con fuerza: era el jardín de los marqueses de Ondariva. La villa estaba cerrada, las persianas atrancadas; sólo una, en un tragaluz, batía al viento. El jardín, abandonado, sin cuidar, tenía más que nunca aquel aspecto de selva de otro mundo. Y por las alamedas ya invadidas por la hierba, y por los parterres llenos de maleza, Óptimo Máximo se movía feliz, como por su casa, y perseguía a las mariposas. Desapareció en una mata. Regresó con una cinta en la boca. A Cósimo el corazón le latió aún más fuerte. - ¿Qué es, Óptimo Máximo? ¿Eh? ¿De quién es? Dime! Óptimo Máximo meneaba la cola. - ¡Trae aquí, trae, Óptimo Máximo!

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